Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

martes, 17 de noviembre de 2009

La extremaunción

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard,

Anagrama, Barcelona, 2009.

Hace una década, mientras la abuela agonizaba en una cama de hospital con los labios recién pintados de carmín, un carmín rojo que rápidamente embadurnó su cara por las lágrimas y los besos, me pidieron que la llevara conmigo para que ella no lo viera. Cuando estuvo lista, me ofreció su mano diminuta desde un cuerpo de cincuenta centímetros, embutida en lana oscura desde los pies a la cabeza, abrigada con una bufanda que casi le impedía mostrar los ojos.

Parecía imposible que con tanta ropa pudiera caminar, pero ella estaba decidida a ir al parque de paseo.

Durante aquellas navidades todavía apenas hablaba; se podría decir que aún peleaba tozudamente contra la sintaxis torpe de los niños, dando muestras de una potencial locuacidad que todos asociábamos con una inteligencia deslumbrante. Somos de la familia, del mismo modo que lo éramos entonces, y aun así me pareció que nos entendíamos muy bien. Quizás demasiado bien para una niña de dos años a la que aún le cuesta hablar y un tipo que hace tiempo que prefiere inventar lo que oye en lugar de detenerse a escuchar.

Estuvimos paseando a solas durante tres días enteros, todo el tiempo que transcurrió desde la agonía hasta el funeral. Parábamos a comer y a dormir la siesta. Pero el resto del día lo dedicábamos a visitar el parque Vallina, cogidos de la mano, sin prisa, soportando sin queja todo aquel frío. Daba la sensación de que casi habíamos logrado que pareciera normal: ella había sido rescatada por mí del espectáculo temprano de la muerte y yo, había logrado ocultarme – quién sabrá jamás de qué – detrás de ella.

“Al hombre que, en aquel cuarto de baño, había dejado súbitamente de respirar delante de mí lo había oído morir, pero no visto morir. Y ahora, en la sala, otra vez había muerto un ser humano, otra vez había oído morir a alguien, no visto morir […]”

Había dejado un post-it amarillo en la página, y con un bolígrafo rojo a doble línea había subrayado hace meses este párrafo. Como si no debiera olvidarlo, como si me hubiera ofendido. Pero no volví a él después de la llamada, ni por supuesto tampoco pensé en el libro. Sin embargo sí que se encendió la imagen amarilla de la pegatina en mi cabeza.

Tengo pocas dudas de que el acto reflejo es debido a que en los últimos tiempos oigo a los muertos morir, nunca los veo. Es por culpa de la distancia, me digo. O quizás por culpa del teléfono. Es seguramente por culpa del cómodo desapego, de esa necesidad tan Bernhardiana de odiar el lugar del que procedes, pretendiendo vencer con ello el goce justificador de ser de donde somos. Sí, eso es, la eterna adolescencia del solemne. Amarillo. El color amarillo. En la Isla algunas personas enferman, se curan y sanan, y no parece necesario que yo lo sepa. Pero no así los muertos. Los muertos siempre llaman.

Estoy seguro que este invierno la lana es más colorida, y he visto que ahora sus ojos asoman despiertos tras una discretas gafas de pasta blanca. Rara vez mira a la cara y la locuacidad prometida se ha terminado escondiendo tras el silencio avergonzado de la primera pubertad. Sé por los demás que es muy curiosa y lista, y tan tozuda como entonces. Pero esta vez sería muy poco probable que quisiera pasear conmigo por el parque, y yo descartaría completamente la posibilidad de que lo hiciéramos cogidos de la mano.

Desgraciadamente ha vuelto a ocurrir, y mi presencia tan cercana – después de diez años – la ha hecho sospechar.

“Olvidamos que lo que a nosotros se refiere es un juego de azar, y terminamos por ello amargados. Sólo nos queda abierta al final la falta de esperanza. El resultado es la habitación de morir, en la que se muere, defintiviamente. Todo ha sido sólo un engaño. Toda nuestra vida, si lo pensamos bien, no ha sido más que un calendario de festejos usado y finalmente, de hojas totalmente arrancadas.”

Las novelas que componen los Relatos autobiográficos de Bernhard se pueden leer como narraciones de los procesos preparatorios para recibir los sacramentos. Un calendario de hitos que festejamos para inmediatamente reconocer la amenaza macabra que escondían. Es sencillo reconocerlas en el bautizo, esa celebración alegre del nacimiento que nos marca con el sello de una especie única, la especie pecadora; o en la comunión, esa bienvenida a los marineros que festejan que han dejado de ser cachorros para convertirse en personas: se les presume la virtud del criterio a cambio de la amenaza del juicio. Luego, la penitencia a cambio del perdón, la independencia por soledad.

Parece que no sabemos celebrar la vida sin recordar la amenaza de sus peligros. Festejamos la vida con miedo y escepticismo, hasta la muerte. Porque con la muerte nos cagamos.

Por eso la extremaunción es un sacramento tan distinto. No tiene ninguna amenaza, porque simplemente no tiene futuro. No es tampoco ninguna celebración, es un simple acto de cobardía en el que robamos la voluntad a los moribundos para redimirlos. Pero su misterio, el de la extremaunción, es que no se sabe bien quién pide perdón a quien. O no se sabe o no se confiesa.

Yo creo que es todo el humanismo del mundo quien pide perdón al moribundo, todas nuestras ilusiones se concentran en un cura que pide perdón por el engaño, por haber permitido – a aquel hombre inevitablemente bueno por inevitablemente enfermo – que sus esperanzas tuvieran que vivir rodeadas de todos nuestros fracasos, respirando el aire contaminado por nuestros defectos. La extremaunción es un sacramento cobarde, con el que sencillamente hacemos un pacto de silencio, con el que pedimos que lo ocurrido entre nosotros quede entre nosotros.

Antes de entrar he tenido que salir al porche. En esta ocasión no encontré a nadie fumando y me alegré de disponer de un rato en soledad. Por alguna extraña razón encuentro un placer adicional en disfrutar a solas de la alegría y del dolor. Caminé sin alejarme, imaginando que como entonces también ahora ella me entendería perfectamente, comprendiendo sin necesidad de explicación mi deseo de permanecer oculto. A veces salgo de mi aislamiento familiar para dar la extremaunción, le diría, aunque últimamente sólo lo hago por teléfono. Sin duda es más cómodo. Y aunque sea cobarde, es quizás también menos hipócrita.

Amarillo. El escondite perfecto de la pegatina con su puto color amarillo sobre la letra impresa.

He venido a visitar a la ti… He venido a visitar a tu madre, a darle la extremaunción, pensé. He venido a decir que lo siento.

viernes, 9 de octubre de 2009

Estados de ánimo

Loser

David González,

Bartleby Editores, Madrid, 2009.

Solemos cruzarnos por la calle alguna vez, pero la última que hablé con él fue el mes pasado cuando coincidimos en La Sal. Hacía una vida entera que yo no iba, pero esa noche teníamos el jueves de chicas que con un empeño algo infantil organiza Rosa todos los veranos. Habíamos alargado la cena pero no era demasiado tarde, sólo un poco. Me alegré de verle allí; en realidad, me alegré mucho, así que le sonreí y enseguida se acercó para abrazarme. Él también estaba contento, aunque me pareció algo nervioso.

Hicimos un repaso rápido de nuestras vidas familiares, con esa coletilla hipócrita del aburridas como siempre y con el deseo urgente de superar el trámite formal de las preguntas para pasar a divertirnos como antes. Yo obvié completamente el tema de Diego; él me contó con una sonrisa fugaz que había sacado un nuevo libro. Siempre has tenido más bien pinta de sacar un nuevo disco, le dije. Me gustó reírme, y que él lo hiciera mientras pasaba el brazo sobre mis hombros y yo me dejaba caer en él.

Claro que, por supuesto, yo ya había leído el libro. Pero prefería callármelo como había hecho siempre. Empecé a leerle a escondidas cuando compartíamos la cama. Al principio fue por respeto, por ese afán inútil de tratar de respetar lo incomprensible. Luego fue por miedo, y ahora ya es por costumbre. Estoy segura de que él lo sabe o lo imagina, pero ni pregunta ni se explica. La poesía se ha acabado convirtiendo en un tema prohibido entre nosotros. Los dos sabemos que mis halagos le escuecen en sus culpas.

Hubo un tiempo en el que nos volvía locas a todas. Éramos chicas que querían ser todo lo malas que nos dejara nuestra educación y nuestro padres, pero él no nos tomaba en serio. Fue más tarde y no entonces cuando empezó a hacerlo. Le gustaba que estuviéramos a su alrededor, pero sólo para mostrar ese estilo rabioso, irritante y protector. A veces, aunque lo niegue, se parecía a su padre. En aquella época yo todavía estudiaba en Gijón mientras él paseaba de su brazo a una chica frágil a la que había conquistado a base de preguntas, con ese truco fácil del interrogatorio atento que adoran las mujeres solas. Ella no supo imaginar que a menudo la arrastraría a lugares y estados de ánimos oscuros.

Hasta que ella se hartó de sus crujidos, de sus amagos y del arrepentimiento fugaz. Le echó de casa. Límpialo todo antes de marcharte, dijo.

[…] No quiero otra cosa. Nada más que una como tú. No quiero otra persona. Fíjate lo que te digo. Como tú. Exactamente, exactamente como eres tú. Entonces te vas a dar cuenta de verdad… porque una persona como tú, no la quieres a tu lado. Como tú. Nada más que una como tú. Nada más deseo eso en mi vida. Que cojas una como tú. Y que estéis los dos ahí, todo el día en la cama metidos. Es lo único que deseo. A ver si de verdad soy tan envidiosa como dices que soy … y tan mala… y tan hija de puta…y tan asquerosa…[…]

Como adelantándose a una canción de Nacho Vegas, él se quedó indiferente, no lloró pero se sintió mal. En cualquier caso había mil cosas más por las que llorar, solía decir, yo ya he visto llorar a una madre.

Escúcheme señora, yo,
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo aquí; ahora bien,
lo que ya no sé, lo que ya no puedo
garantizarle,
es cómo va a salir. […]

Cuando yo le escuchaba hablándome de Mari siempre acababa teniendo la sensación de que no la había querido nunca, que sólo le tenía afecto y que en el fondo él pensaba que ella lastraba sus días por su empeño en protegerla. A veces sin embargo pienso lo contrario, que la brutalidad de su estado no le permitía mostrarse tan afectuoso como quería. Lo dudo. Él no tenía el cuerpo para querer a nadie, empezando por sí mismo. Puede que se viera divertido, pero él no se quería.

Nosotros nos conocimos de otra forma, mucho más tarde y casi sin preguntas. Y además fue él que insistió tanto arrancarme de la compañía de mis amigas. Lo cierto es que divertíamos mucho, como ese jueves de La Sal, aunque las risas acabaran convirtiendose en una convencional manifestación de una nostalgia un poco patética. Pero no puedo evitar divertirme recordando esos tiempos y además, él se deja llevar.

– ¿Avisaré a mi madre? – le pregunté.
– Espera a mañana – me dijo –. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo – me dijo ella acariciándome la espalda con ternura –. Tranquilo – repitió –. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

Hubo un tiempo en el que todo parecía ir tan bien que hasta le ahorrábamos disgustos a su madre, pero cuando enfermó volvió a cambiar. Empezó a tomarse más en serio, a escribir con orden, a viajar y a guardarse el tiempo para sí. Empezó a sentirse más alegre pero también empezó a tener miedo. Miedo a no tener tiempo. Prefería las comidas a las cenas, los paseos a las infinitas tardes en la cama y empezó alargar las sobremesas para huir de los tugurios. Así nos dormimos pronto y aprovechamos el día mañana, solía decir como si acabara de descubrir el truco definitivo para vivir. Y yo también me acabé cansando. Todavía era joven y me quedaba algo de mala; para mí el mañana, el futuro, estaba siempre aún lejano. Lloró, lloró mucho, aunque en el fondo estoy convencida de que comprendió que había llegado la hora de que él hiciera su camino por sí mismo, y que al fin tenía fuerzas para ello.

[…]
y mientras los abusones de la clase
trataban de cogerme por los pies
y me gritaban que bajara
y me tiraban cosas
yo continué con mi ascensión
y al llegar arriba
al llegar arriba me puse de pie
y eché a correr

Ahora le veo bien, centrado, seguro. Se le nota con ganas. Sin embargo a veces me parece que la alegría no le centra, no le deja mirarse a sí mismo, estar a solas. A veces, sin que jamás me atreva a decírselo, tengo la sensación de que los halagos le llevan a otro estado ánimo, le obliguen a ser como le quieren. Yo prefería cuando a lo sumo me recitaba un poema a regañadientes en la cama, cuando tenía que arrancárselo verso a verso, con toda mi insistencia. Creo que me gustaba más cuando le leía a escondidas sus libretas.

Siempre quedan, Daniel, querido amigo,
ciertas manchas
que no pueden arrancar
ni las mujeres de tu pueblo,
ni las del mío, que dicho sea de paso,
en gran parte, la parte del río, ya no existe.

Me encantaban sus poemas. Como a todos. A nosotras por el encanto inexplicable que tiene el macarra herido. A ellos por ese punto sádico que tienen todos los hombres leídos. Y me gustaba más cuando aún tenía miedo a escribir.

viernes, 2 de octubre de 2009

Una declaración de posturas

Zorros, ciencia, erizos y literatura

David P. Barash y Nanelle R.Barash,

Belacqva, Barcelona, 2009.

La hipótesis, por supuesto indemostrable, que da vida a este divertido libro de los Barash – padre psicólogo, hija bióloga y literata – es que la literatura, o al menos las grandes obras de la narrativa, son intemporales y universalmente famosas porque nos ofrecen historias biológicamente verosímiles. Dicho de otro modo, nos sentimos todos igualmente fascinados por la gran literatura porque en ella subyacen y son sutilmente retratados los aspectos centrales de nuestra biología.

Como hipótesis de partida me sienta bien. Estoy cómodamente tumbado e intrigado por averiguar hasta dónde me conduce, aunque desde los primeros momentos deba resistir la tentación de dejarme enredar por otra pregunta. Si la gran literatura se ocupa de los aspectos centrales de nuestra biología, ¿qué destino les espera a las historias que se centran en la biología complementaria, esto es, en las nimiedades, las excepciones o las diferencias como la locura o la cojera? Para seguir leyendo, debo suponer que esa literatura se quedará pequeña para siempre, chata, coja y muda, marginada en lo anecdótico e ignorada por lo trascendental.

Entre la hipótesis y la pregunta me acabo encontrado con mi habitual escepticismo, avivado en esta ocasión por el hastío que me produce la cada vez más imperante mitificación de la genética, esa que supone que en unos años seremos capaces de descifrar las conductas humanas en términos de la expresión de uno u otro gen, lo que finalmente permitiría listar en un manual de vida el catálogo completo de reacciones químicas asociadas a cada una de las posibilidades de nuestro comportamiento. Soy completamente consciente de que efectivamente es así, que la vida es un proceso químico largo y pesado, pero confiar en nuestra capacidad de hacer una lista completa es una burla.

A la par que avanzo en el libro (un capítulo dedicado a los celos del macho en Otelo, la elección del semental en las novelas de Austen, el complejo de virgen y puta en una novela de Hardy) descubro que el ambicioso proyecto inicial estrecha sus miras, y que todos los casos estudiados sólo se ocupan de la biología de la reproducción. Es entonces cuando me pregunto si el propósito inicial del ensayo se ha convertido, al menos en mi camino, en otro.

Necesito fumar. Dado que al parecer la gran literatura es así de grande por describir de forma verosímil nuestro comportamiento reproductivo, me pregunto si la cuestión debería dejar de ser la verosimilitud de la literatura y convertirse en una disquisición de por qué la literatura alcanza sus cotas más admiradas sólo cuando habla de sexo, parejas y, sobre todo, de los hijos. Siento la quemazón de la colilla entre mis dedos cuando me convenzo de que si todo esto es cierto es urgente que deje de preocuparme por la literatura. En su lugar debería preocuparme por la verosimilitud de la vida misma. Al menos de aquella que yo practico, por horas, fuera de la cama.

Leyendo Zorros, ciencia, erizos y literatura parece que fuera necesario aceptar que el comportamiento de los seres humanos pudiera reducirse a una perpetua reacción a la tensión reproductiva. Pero la reproducción es un proceso biológico tan básico, tan ancestral y universal que nos atañe a todos por igual. Pero lo hace de un modo simple y creer que nos retrata, es una simpleza.

En los seres humanos el impulso reproductivo – el motor único e insustituible de la existencia – requiere que los progenitores cuiden de sus crías hasta que alcancen la madurez suficiente para reproducirse a su vez. Este proceso de maduración es largo y exigente, y requiere de una capacidad sofisticada de adaptación a un entorno heterogéneo, cambiante y escaso de recursos. Nuestra capacidad de adaptación se manifiesta de forma individual y es tan peculiar y exclusiva que se convierte en nuestra historia.

La referencia insistente a nuestros hábitos reproductivos nos simplifica tanto que nos iguala. Nos convierte en estereotipos facilones, que necesariamente gustan a todo el mundo, inclusive en las novelas e independientemente de la virtud de su letra. Sin embargo afrontar la ardua tarea de adaptarse al entorno y conseguir los recursos para llegar a madurar hasta ser fértiles y atractivos; reproducirse y disponer de los recursos para crías a tus crías requiere de un arma compleja, de la biología adecuada.

El azar y el tiempo – la evolución – nos ha ofrecido como arma la inteligencia, o lo que es lo mismo, el lenguaje. Nuestra biología nos da nuestra historia, que desde luego va más allá de nuestro ímpetu fornicador y nuestros gametos. Nuestra biología es principalmente verbo, y los mecanismos del verbo son la literatura, de modo que nuestra biología es necesariamente la literatura y nuestra vida, representación.

Metaliteratura, susurro a solas al apagar la luz. Para sobrevivir no necesitamos disponer de universales, son tan simples que se convierten en obvios; pero sí necesitamos el potencial de vivir la representación ajena, de robar y experimentar sus vidas. Ahora bien, si lo que buscamos es algo verdaderamente humano, algo que nos afecte y nos emocione por igual es necesario que renunciemos a las sutilezas. Ese humanismo – el de los universales – hay que buscarlo en el bajo vientre, justamente donde lo escondemos.

Esta noche es el alivio el que da paso al sueño. La declaración universal de los derechos del hombre debería ser un ejemplar del Kamasutra.

martes, 15 de septiembre de 2009

Sobre la completitud de los sistemas filosóficos

Pisadas extrañas

Gilbert K. Chesterton,

Styria, Barcelona, 2007.

– Anoche nos dieron un caldo tibio de pollo, dos trozos de carne guisada con arroz y un par de peras. Sólo me comí una y la otra la metí a fermentar en la bolsa. Creo que en dos semanas tendré casi un litro, eso sí, si no te chivas. Ya te cubriste de gloria cuando me quitaron la cuchara.

– No espero que lo entiendas, al menos por ahora. Pero esta vez puedes estar tranquilo, dejaré que termines tu experimento con la fruta. Ayer también hubo fútbol tras la cena, ¿no es así?

– Ayer hubo de todo. Nos dejaron estar en la sala toda la tarde, sentados, viendo el tenis y luego el fútbol. Pero yo no quise ir, los demás me molestan. Se pasan la vida gritando.

Hubiera tenido que estar solo para disfrutarlo, solo y tumbado en un sofá, no con esa chusma. Y me habría venido bien un porro y también un gin-tonic aunque si yo fuera millonario hubiera preferido un cocktail de esos ricos, tan ricos como los que hacían en Londres cuando yo iba.

– Ahora ya los hacen también aquí en Toledo, a veinte kilómetros. Ya ves, no los tienes tan lejos. Pero cuéntame, ¿qué hiciste entonces ayer? Bueno, ya sabes, en realidad vengo a preguntarte cómo has estado toda la semana.

– Ayer al final me quedé aquí solo, toda la tarde. Me pasé el día tirado en la litera, divagando. Un porro me hubiera venido bien, y con una botella de agua también me hubiera arreglado.

– ¿Leíste los libros que te dejé?

– Sí, claro. De hecho después de comer estuve leyendo un rato, y fueron precisamente tus libros los que me llevaron a la divagación. El Padre Brown y el Sr. Chesterton…

Sabes, siempre me han llamado la atención esos enormes libros de consulta, me refiero a los manuales de consulta profesionales, los que usan los abogados, los médicos y demás. Los tomos del código civil por ejemplo, los ladrillos con las tablas de integrales, el vademécum o esos libros tabulados con propiedades de materiales que usan los ingenieros. Son libros en los que uno encuentra siempre todas las respuestas.

– Te estás desviando. No veo qué tiene que ver todo esto con los libros de esta semana.

– Vale. Ocurre que los personajes de los libros que has traído, ese Padre Brown y su creador, el Sr. Chesterton retratado en su Autobiografía, me han recordado a las personas que usan esos manuales. He estado imaginando la seguridad que les debe dar conocer un libro que aclara todas las dudas, un libro que tiene todas las respuestas. Ya sabes que tanto el cura como su creador tienen su libro, en el que, por supuesto, hallan todas las respuestas correctas.

– Sí, ¿y?

– Así cualquiera afronta la vida de cara, con optimismo. Con las reglas claras y con una explicación completa, con un sentido.

–Yo creo que sólo son personas que afrontar sus dudas con espíritu positivo.

– ¡Ya!, y si se da el caso, tienen principios inmutables donde ocultarlas. Así es el Sr. Chesterton. Él ha establecido su modelo de mundo en torno a tres o cuatro dogmas morales de los que se siente orgulloso, y no tiene el menor reparo resolver todos los enigmas con argumentos retóricos, autoreferenciados o simplemente mágicos. Para él lo importante es que su modelo de mundo esté completo.

Pero no te inquietes, no es tan grave. Me he dado cuenta que el ansia de la completitud es común a todos los sistemas filosóficos, no es exclusivo de la religión. En realidad, es en esta ilusión frustrante donde se asientan todos los sistemas humanistas. Todos comparten, de un modo u otro, las palabras que el Papa soltó por la radio anoche: Dios que es Logos nos garantiza la racionalidad del mundo. También lo dice Chesterton en su autobiografía. Aunque él lo dice con inteligencia, gracia y buena pluma, pero con la misma delirante solemnidad:

"Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios; si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguiría el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible."

– Creo que tiene razón, que para creer en la posibilidad de un sistema completo, para creer en el Hombre y en la Naturaleza hay que creer en algún dios. Aunque también existe la posibilidad de renunciar a esa ilusión de la inteligibilidad del mundo y acostumbrarse a vivir sin la verdad. Pero esto no le gusta, y evita discutirlo con un chiste bueno y fácil que revela toda su intolerancia. Dice que no tolera que los escépticos tarden tanto en sacar una conclusión. ¡Ja, ja!… Claro, el juega con ventaja, ¡él tiene el libro!

– Evita excitarte, por favor.

– Aunque le moleste yo prefiero ser un escéptico, por algo soy de ciencias. Además aquí yo tengo todo el tiempo del mundo, y fuera, cuando salga, también tendré todo el tiempo del mundo para sacar una conclusión. La prisa es la hija primogénita del miedo.

– No esperaba verte así, la verdad. La semana pasada te vi más contento...

– Mira, te pondré un ejemplo. No parece posible saber a ciencia cierta si matar es algo reprobable o algo que en ocasiones puede ser razonable. Fíjate en mi caso. En realidad nadie me responsabiliza por lo que ocurrió con mi padre. A nadie le parece mal. No se me culpa por lo que hice, a mí me condenaron por cómo lo hice. Como a los toreros malos.

– ... y además hace mucho que no llamas a tu casa. Sabes que es obligatorio.

– No cambies de tema tú ahora…esta imposibilidad de saber de una vez por todas si matar es algo bueno o algo malo, es una estocada definitiva para la moral. No hay libro que lo aguante y todos nos vemos resignados a confiar en la ética, en razonar la norma, arrastrados al ejercicio delirante de establecer un límite al asesinato. ¿Pero dónde? En una defensa, ¿quizás en alguna venganza? Pronto descubrimos que no se puede; al menos no se puede más allá de acuerdo circunstancial y arbitrario. No se puede porque la Verdad choca con la realidad, porque la Verdad, en el fondo, es contra natura.

– Me estás preocupando. Esperaba verte de otra forma, pensé que te encontraría con otro estado de ánimo. Estás demasiado tiempo a solas.

– Puede ser; pero tampoco acabo de entender para qué sirven estas conversaciones y esos libros que me das y aquí estamos, aunque te aviso de que quiero cambiar el rollo.

– Eran los libros que tocaban. Además el diagnóstico me hizo creer que te sosegarían y lograrías reírte un rato.

– ¿Pero cómo quieres que me sosieguen? El famoso Padre Brown me ha parecido una caricatura en trazo gordo de Chesterton. Será por mi edad, pero me ha parecido una Jessica Fletcher con sotana, resolviendo crímenes con su Libro de los Bienes y los Males, de las correcciones y los defectos.

– Sin embargo dicen que le gustaba mucho a Borges.

– A Borges le gustaría porque le gustaban las adivinanzas, los enigmas. Pero le bastaba el divertimento, ya que él sólo vivía en su imaginación. Estoy seguro que a Borges le interesaban por igual el cubo de Rubik y la Mecánica Cuántica. Pero yo no puedo pasar todo el rato en mi imaginación. Aquí la gente ronca y grita. Además, yo tengo otros problemas, como tus visitas.

– ¡Vaya! Creía que habíamos superado esa fase.

– Escucha. La gente que vive con un Libro a cuestas, se enfrenta al misterio de que nunca conseguimos ser como Dios quiere que seamos, que nunca acabemos de funcionar tal y como él nos diseñó. Si es así, sólo hay tres posible explicaciones para que seamos tan decepcionantes. Puede ser que le hayamos entendido mal y no interpretamos bien las instrucciones del Manual. También puede ser que Él haya olvidado como nos hizo y tras una primera época de euforia hacia su obra, como Artista único que es, haya finalmente renegado de ella. También cabe la posibilidad de que simplemente le hayamos salido mal, defectuosos. Como los hijos. A veces los hijos salen cojonudos, como los espárragos. Pero en la mayoría de las ocasiones somos un fraude.

– Hay personas que no se sienten como tú. Hay formas de vivir que tú no has conocido.

– Comprendo que el golpe puede resultar duro: la incertidumbre, la falta de sentido y para eso están las drogas. Sin embargo ellos prefieren la fe, a pesar de que el precio que acaben pagando sea el miedo. Yo lo lamento y lo celebro a partes iguales.

– ¿Por qué?

– No lo sé, es una sensación que he tenido y sobre la que no he reflexionado. Tendré tiempo aquí dentro para hacerlo más adelante. De hecho ahora preferiría cambiar de tema, y te iba a pedir que me cambiaras los libros de la próxima semana, que fueran más amenos. Querría descansar un tiempo, pensar que no hay ninguna urgencia.

– No lo sé, no estoy convencido. Esperaba verte de otro modo y no creo que estés preparado. Es mejor que nos ciñamos al plan previsto. Recuerda que en dos semanas tienes comité.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Verano

El paseo

Robert Walser,

Siruela, Madrid, 2008.

Por fin ha llegado el verano, lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar, al despertar empapado a causa del calor. Luego también he notado la llegada del verano por el tono de la luz. Se pone ácida y punzante a través de las cortinas, y basta atreverse a abrir ligeramente un ojo para que la luz te fulmine y te despierte.

Así al menos ha sido esta primera mañana de verano, en la que me he despertado en una charca con una sobredosis de luz y de calor.

Había abierto los ojos molesto por la humedad pringosa de la baba que había estado vertiendo – creo que gota a gota – sobre la almohada. Pero los volví a cerrar con pereza al comprobar que la del otro lado de la cama seguía vacía, como siempre. Podía no haber sido así. Se podía haber dado el caso de encontrar allí a Carmen, una estudiante de letras que me ha estado besando en los conciertos durante todo el invierno. Pero Carmen tiene la puta costumbre de no contestar nunca mis llamadas de modo que la había dejado allí en los conciertos, en el invierno y en la ciudad.

Está bien así. A la mierda la ciudad, ya ha llegado el verano.

Me giré para mirar la hora en el teléfono y comprobé que era tan temprano como siempre; tan temprano como de costumbre me obligan la oficina y los atascos. Pero ya estábamos en verano, así que no hice caso del reloj y pensé que además, en esas circunstancias, también era una ventaja que Carmen no estuviera. Cuando al despertar me topo con compañía me resulta mucho más difícil dar media vuelta; me cuesta acomodar la almohada sin más y volver al sueño. Creo que me emociono y me desvelo.

Volví a echar un vistazo a la mesita antes de recostar de nuevo la cabeza en la almohada, por su lado seco esta vez. Me fijé en el color amarillo chillón de la portada de un libro; qué libro es ese, qué hace ahí ahora, con toda la habitación invadida por la luz ácida y por el calor. Era tan temprano.

Recordé que la portada amarilla era de El Paseo de Robert Walser que me había prestado Carmen. Se lo había recomendado con insistencia su profesora de Literatura universal I, y yo no tuve más remedio que hacerme el interesado. Literatura universal, curioso concepto. A pesar de ser la literatura una actividad exclusivamente humana, llamarla universal no me resulta ni pretencioso ni solemne, porque, al fin y al cabo, a qué otro ser del Universo – que no sea humano – puede interesarle un sustituto tan blando de la vida, tan de sofá. El resto de los seres del cosmos, estoy seguro, están mucho más interesados en vivir.

Pero, por fin, ha llegado el verano. Lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar bañado de baba y de sudor. Empecé a notar las sábanas empapadas y pegajosas justo en el momento en el que oí pasar una ambulancia tañendo su sirena. Me pareció que era en mi calle, probablemente se había parado en mi portal. Pero puede que también estuviera confundiendo el sonido de la sirena con el de claxon insistente y melódico de un coche. O quizás era una orquesta completa de coches que pitaban atascados unos contra otros una canción conocida. Dejé que se me abrieran los ojos, los dos, y que la luz - que lo invadía todo de un blanco limpio – encogiera brutalmente mis pupilas. No podía ser una orquesta de coches, es verano, ya no estoy en la ciudad y aquí no caben tantos coches.

Quedé mirando al techo celebrando la llegada del verano y la lejanía de la ciudad. Estaba en el pueblo para gozar del tiempo, para pasear por las repeticiones rutinarias de escenarios, caminar siguiendo el rumbo fijo que marca la orilla de la playa y observar el aburridísimo perfil del mar. Ahora serán la imaginación y la literatura quienes traigan cosas nuevas. En verano se puede pasear, ser niño y leer, que a fin de cuentas es exactamente lo mismo, algo así como imaginar la vida y no vivirla. Yo para eso necesito la rutina de la playa, el inmutable decorado de mi pueblo y la butaca del salón.

[…] Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición.

A la mierda la ciudad, debió pensar Walser cuando abandonó Berlín para volver a su Suiza rural y pasear por lugares conocidos, pasear una y otra vez por escenarios repetidos; pasear hasta la muerte. A la mierda la ciudad y la oficina, pensé yo. Me quedan muchos despertares eternos como este. Ha llegado el verano, un verano sin ciudad ni oficina, sin esa necesidad suya de algo nuevo cada día.

En conjunto la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos.

Me revolví más nervioso en la cama cuando oí sonar la sirena por segunda vez. La melodía me resultó más familiar y quizás se tratara de una alarma. Pero al abrir los ojos sentí el sol más alto en mi frente y decidí que era hora de salir a aprovechar el día. Salté ágil – eso creo – de la cama y como tenía el pelo empapado pensé en visitar al peluquero, preguntarle por sus hijos y cortar un poco la melena para adecuarla a las temperaturas estivales. Decidido como estaba, tomaría una ducha fría, de esas duchas que sólo te permite un buen verano y saldría al quisco a hacer acopio de periódicos, que por esta época son más finos, llenos de noticias de conciertos y fichajes. Sólo algunas páginas siguen dedicadas a los extraterrestres que vagan por el mundo con sus guerras.

Por desgracia no tardé mucho en volver a escuchar la alarma. Ahora la oía con mucha intensidad. Abrí los ojos violentamente, asustado y finalmente reconocí la misteriosa melodía. Era el Nokia Tune de mi teléfono, el que hace de despertador.

Hacía calor y la habitación estaba invadida de una luz ácida e incisiva. Miré el reloj y comprobé que llegaba tarde a la oficina. El primer día.

No, ya no es verano.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Hombres solos

Il giorno prima della felicità

Erri De Luca

Feltrinelli, Milano, 2009.

Cuentan los hombres que hablan de la revolución del 2 de Mayo que siendo España, como tal, un concepto ausente de los pensamientos de sus ciudadanos, el pueblo de Madrid se rebeló contra el invasor francés harto de sus abusos y de sus pretenciosas vestimentas, pero, sobre todo, cansados de ver como los soldados de la ilustración le tocaban sin pudor el culo a sus mujeres.

Armados de una carga ideológica parecida, es decir, desprovistos de ideal patriótico alguno, los ciudadanos de Nápoles protagonizaron una revuelta similar contra el ejército alemán. Ocurrió durante los cuatro últimos días del mes de septiembre de 1943 y suele referirse como Le quattro giornate di Napoli.

Traicionados por el estado fascista italiano y amenazados por la marina americana que esperaba en la bahía el momento oportuno para el ataque, los mandos alemanes que gobernaban la ciudad de San Gennaro decidieron aumentar la presión sobre sus habitantes: se forzó el reclutamiento de los hombres válidos; se derruyeron los edificios que pudieran ser de utilidad para los aliados tras la derrota; se redujo la distribución de agua y alimentos y se represaliaron brutalmente todos los intentos de rebelión partisana. Ante el aumento de la escasez y la tensión, el pueblo de Nápoles, familia a familia, edificio a edificio, barrio a barrio, organizó una revuelta anárquica que en sólo cuatro días supuso la única derrota que un grupo de civiles infringió al ejército del III Reich durante toda la II Guerra mundial.

Como diría Erri de Luca – curiosísimo personaje de la literatura italiana y fantástico novelista – las cuatro jornadas de Nápoles fueron fruto de la complicidad, en ningún caso de la solidaridad. El pueblo napolitano, como el español, fue efímero. Duró exactamente cuatro días. Una vez huidos los alemanes y recuperado el control sobre la ciudad, el pueblo se disolvió y quedaron, solas, las personas.

Los mecanismos emocionales de la rebelión son exactamente los mismos que los de la felicidad. Así como la rebelión es el día antes de la libertad, la felicidad siempre es el día antes de la felicidad. Rebelión y felicidad son siempre el mañana, ilusiones que de tener algo realmente perceptible, tanto en un caso como en el otro, es siempre y sólo la ficción de una promesa que, inevitablemente, da paso a la tragicomedia del día después.

El pueblo de Nápoles se evaporó y llegaron desde el mar los americanos. Aparecieron con sus poderosos jeeps y sus uniformes bien planchados, sus exóticas cajetillas de tabaco y sobretodo, sus sacos de alimentos. Los recibió con especial simpatía un ejército de mujeres, algo así como una manifestación de primas de Sofía Loren, todas ellas de piel morena y gran sonrisa, tan grande, al menos, como sus escotes. Se esfumaron las mujeres y quedaron, solos, los hombres.

Cuando los hombres perdemos a las mujeres, a nuestras mujeres, perdemos la infancia y el futuro, se van nuestras madres y nuestras esposas. Quedamos pasmados, invadidos por esa impotencia tan viril ante la vida, esa soledad melancólica que tiñe de oscuridad y mierda nuestras viviendas. La promesa se convierte en una burla, el aire se llena de un caldo gris de palabras murmuradas, de miradas caídas que se estrellan en las aceras.

En este caldo gris que fue el Nápoles que les quedó a los hombres tras la batalla de las cuatro jornadas, es donde De Luca ha cocido Il giorno prima della felicitá, una historia de hombres solos.

La novela es la historia de un huérfano que recorre el camino de la adolescencia al abrigo de un portero de un edificio viejo y ya casi vacío. Colabora en su educación un librero de segunda mano, incapaz de comprender que cuando el hambre impera no hay tiempo para fantasías. Por su parte, ella, Anna, es la eterna promesa que le llevará a cometer las mismas imprudencias y repetir los mismos errores de quien no sabe – nunca se aprende – que la felicidad es siempre el día antes de la felicidad.

La soledad de los hombres solos sólo puede enseñar a sobrevivir en soledad, y los hombres solos sólo saben hacerlo de dos formas: regalando un libro o regalando un arma. Con un libro aprendemos a evitar mirar en el espejo de nuestras estupideces, nos enseñan a creer que existen experiencias ajenas que permitirán evitar nuestros descalabros. Por el contrario con un arma nos advierten que nuestros sueños conllevan riesgos, que nuestro esfuerzo es a menudo una amenaza, que nuestra libertad siempre es un ataque que se defiende a solas o se pierde.

Puede que fuera por no dejarme nunca solo, o quizás fuera por un solemne gusto estético, pero a mí nunca me regalaron un arma, ni siquiera una navaja. Quizás esto ha provocado en mí la ilusión de la compresión y la consecuente pereza ante la lucha, la dejadez del futuro. Pero si yo llevara un sable oculto en mi pantalón, si lo hubiera llevado desde la adolescencia quizás ahora me aventurara a salir a por ello, quizás pensara que hay días buenos que están por llegar y que sólo es necesario salir a cazarlos.

Pero mi padre siempre me decía que usara la cabeza y así me ha ido. Ahora sólo gano para dudas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Ir al grano

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, Barcelona, 2002.

– Hoy follamos seguro. Sí seguro, te lo digo yo. Hazme caso, venga, nos vemos en media hora donde siempre, hasta luego. – Es lo que le dije antes de colgar, como hago ritualmente a diario en estos días de veraneo tan soleado. Pero habitualmente la esperanza de echar un buen polvo con una desconocida se evapora para ambos con la segunda copa en el primer bar. A partir de ese momento, sólo nos quedamos hábiles de mirada para observarlas desde lejos, incapaces de encontrar el ánimo suficiente para disimular el pedo y mantener una conversación que despierte un mínimo de interés.

Sólo unas horas más tarde, durante el paseo de la retirada, seguimos dándole vueltas a la incompatibilidad entre la seducción y el exceso de alcohol. Yo, mientras arrastro los pies de camino a casa, me siento incapaz de estar callado.

– Seducir es una pérdida de tiempo. Con la seducción casi nunca se folla y además, creo que en el fondo es mejor así. Para acostarse con una tía después de seducirla hay que tener bien medidas las consecuencias. En general uno acaba teniendo la sensación de que el primer polvo es algo así como una meta intermedia de algún camino que se ha empezado a recorrer. Ellas tardan tres días en reprocharte algo, generalmente con una buena bronca por teléfono. Creo que es porque no les gusta descubrir que a lo largo de ese camino también puede tomarse algún desvío.

El pueblo es pequeño y a esas horas no es difícil encontrar por la calle con unas tías jóvenes y alegres. Es verano y algunas están borrachas. Él las suele mirar con indisimulado descaro; a veces les suelta un piropo o un chiste malo, se ríe y me mira con cara de sorpresa antes de hacerme algún comentario soez. Casi siempre tiene razón, pero a veces no le presto atención. Ese día seguía a lo mío.

– Sería mucho mejor al revés. El primer polvo debería ser sin duda la salida, no una meta. Echar el primer polvo, entregar el cuerpo al placer de un desconocido, superar el miedo a ponerse en pelota, es la única forma elegante y responsable de seducir. Conocerse antes de follar es un engaño, mientras que un buen polvo es siempre un buen comienzo. También es, casi siempre, el único final posible. De lo último que queremos desprendernos es de lo único importante, de los cuerpos, de las caricias, del placer, la antítesis de la soledad. Por eso casi todas las rupturas acaban con un polvo y por la misma razón yo no acabo de entender por qué las relaciones no deban empezar, de forma inmediata y sin rodeos, del mismo modo.

Por lo menos no hemos perdido demasiado tiempo, – era hora de irse. – aunque nos hemos metido mucha mierda otra vez. Fíjate, ya no soy capaz de dar callada, así que aquí te dejo. Hasta mañana.

No sé por qué te cuento todo esto. Pero en cualquier caso me parece útil que conozcas cómo trascurren mis noches veraniegas por la Isla. Creo que te lo cuento porque soñé contigo aquella noche, te aparecías como una de las que no quieren seducir. Supongo que también tiene que ver con la lectura playera de Plataforma, en la que seducción no carnal se muestra como una fuente perpetua de frustración y un síntoma de irreversible soledad.

La seducción nos exige inteligencia comunicativa, agilidad mental y empatía, precisamente aquellas características de los humanos que posibilitan la eterna historia de la adaptación del medio. Al fin y al cabo, la seducción también es un mecanismo de adaptación del otro para satisfacer el propio interés; es un esfuerzo de simulación que pretende producir la confianza y excitación que motiven una entrega futura. El truco requiere la escenificación de un ideal, y por supuesto, la ocultación de cualquier debilidad.

[…] Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal de cierto estado de dependencia y de debilidad […]

El que habla es Michel, el protagonista y narrador de la novela de Houellebecq y se lo está diciendo a Valérie, la mujer a la que está completamente entregado, desde el primer momento, desde que abrió la puerta y le ofreció las piernas, sin necesidad de acudir a capacidades sofisticadas de seducción para disimular ese instinto básico y fundamental: el pánico a la soledad. No hay mayor seducción que buen polvo ni tampoco existe una forma de entrega más sincera.

Seducir sin carne consiste en hacerse visible y atractivo, y conseguirlo para mucho tiempo. Pero yo – ahora que el sol empieza a tostar aquí en la playa y las ideas que me ha dejado la novela empiezan a cocer demasiado vivamente en mi cabeza – estoy interesado en ti para esta noche.

De modo que si te encuentro en cualquier bar, ves que te miro a ráfagas cada vez más largas y tú, por la razón que sea, tampoco dejas de mirar; si más tarde tropiezo contigo en el camino hacia el baño y te digo hola, y si a ti, casi sin querer, en ese momento, se te escapa una sonrisa y con los ojos me pides que te hable, si por casualidad ocurriera algo así una noche de estas, te pido por favor que tras los saludos de rigor vayamos, sin rodeos, directamente al grano.

No me hagas esperar. No me pidas que te cuente, no hagas que te engañe.

jueves, 9 de julio de 2009

Otro yo

Céline sectreto

Lucette Destouches y Véronique Robert

Veintisiete Letras, Madrid, 2009.

De pronto, sin haberlo previsto y sin aún poder explicármelo, todo el Céline al que tengo acceso en mi salón ha acabado apilado en mi mesita. Ha estado pegado a mí durante días, rondando a todas horas y, al final, reflejado en un espejo, he aparecido yo.

Me lo llevé a Tel-Aviv facturado en la mochila; viajó en la guantera del coche de camino hacia la Isla, y día tras día, madrugó conmigo en el maletín de la oficina. He estado buscando las razones de esta repentina afinidad con Céline, tratando de encontrar el origen de ese reflejo, inquieto por demostrarme que él es otro, no soy yo. También hemos estado juntos durante las rutinas habituales: el calor, el insomnio, la tele, el hachís.

Todo empezó con Céline Secreto, de Lucette, la última mujer del escritor francés. Una crónica triste y dolorosa de los últimos años que la pareja pasó en Meudon, viviendo aislados de todos y silenciosos entre ellos, sin nada que decirse, con una intensidad en la tristeza de la que todos huían. El libro llevaba tiempo esperando en el estante y decidí abrirlo por casualidad el otro día, dándole vueltas a la traición. Encontré en algún lugar el nombre de Céline bajo la entrada traidor y recordé que había sido condenado oficialmente por traición a la patria, por colaboracionista durante la ocupación de Francia por los nazis. Acudí al libro buscando el lado familiar e íntimo de una traición y me encontré con una aclaración: Céline no era ése, al menos no era ése que pintaban los periódicos, era otro.

Cuenta Lucette que hubo dos hechos en la vida de Céline que provocaron su transformación: su participación en la I Guerra mundial, que le dejó moral y físicamente lastimado y las acusaciones, probablemente hipócritas, de Sartre. La guerra le había dejado inválido de un brazo, expulsado de cualquier ideal de colectividad y con un zumbido en los oídos que – según Lucette – fue responsable del estilo alucinado de los panfletos antisemitas que escribió más tarde. Unos panfletos horribles, desquiciados y llenos de odio que curiosamente no causaron ninguna repulsa de los intelectuales ni del estado francés hasta pasada la guerra. Más tarde salió Sartre a la palestra, le llamó vendido y le llenó de rabia. No quiero explicar estos textos, nadie puede hacerlo. Un traidor se explica a sí mismo o se encierra.

En la primavera de 1951, gracias el abogado Vignancour, - político ultraderechista francés y mentor, entre otros, de Le Pen ­– que logró que en el juicio no se estableciese la relación entre Destouches y el esctritor Céline, pudimos beneficiarnos de la ley de amnistía […] así que a Francia no volvió Céline sino otro, Destouches, el hombre con nombre y apellidos que se ocultaba tras el escritor, el joven que había quedado inválido en la guerra y al que habían otorgado una mención al honor que ahora le permitía expiar sus penas de ciudadanía. Céline se quedó donde estaba, en su mundo dolorido, pesimista y cínico.

Lucette Almanzor fue bailarina, como la mayoría de las mujeres que amó Céline y a las que escribió las Cartas a las amigas que encontré entre los libros más antiguos. Lo compré hace años en una librería de viejo y ahora está destrozado. Ni siquiera el celo evita que le caigan las hojas. Las Cartas muestran a un Céline excitado con el sexo y obsesionado con el culo de las mujeres, pero también paternalista y cariñoso. A mí modo de ver las cartas también demuestran la poca importancia que tenía la política – incluyendo la cuestión judía – para él, que sólo era individualista, práctico y amoral.

También P era bailarina, y siempre nos imaginaba viviendo en un ático muy luminoso: yo pintando y tú con esos libros; con unas gafas aún más gruesas que las mías. Cuando le asentía sonriente, mentía. Sabía que acabaría desertando.

P apareció de nuevo estos días a causa de la traición. Pensé en escribirle una carta, en explicarme, pero es una idea por la que siempre estoy de paso, de la que nunca he ido más allá de imaginarla, de tomar notas para una carta pensada que siempre termina con un adiós, tengo prisa, en el fondo yo ya me iba ya que para quedarme debería encontrar el momento de ser otro, de no ser yo. Ocurrirá otro día, siempre habrá otro día.

Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.

Fueron éstas las primera palabras que releí de Viaje al fin de la noche. También está roto, pero no es tan viejo. Es una edición de bolsillo de la novela de Céline que compré de joven y a la que rompí el lomo para poder leerla. Al reabrirlo comprobé el daño que le hice y me he pasado todos estos días leyendo con el cuidado de no perder ni una de las hojas despegadas, protegiendo la integridad del retrato que poco a poco iba apareciendo al fondo en el espejo.

Ayer decidí, por fin, salir a cenar a un lugar tranquilo y luminoso, para leer con más calma y sin calor. Le pedí al taxista que me llevara al Café Comercial y en la planta de arriba había una pareja con una chica que lloraba. Ella la consolaba y él no le prestaba atención, no me pareció que fuera por hastío, sino por costumbre. Me quedé inconscientemente observando la figura de la chica, me estaba dando la espalda y podía fijarme en detalle en sus caderas, como si sólo allí pudiera encontrar el defecto que explicara tanto llanto.

Podría echarle la culpa a las lecturas de Céline. Pero no es otro, soy yo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Bebiendo ron

Juegos africanos

Ernst Jünger

Tusquets, Barcelona, 2004.

La juventud es una sucesión incontrolada de entusiasmos y fracasos. Pasamos años intentando construir una imagen convincente en la que reconocernos y lo hacemos asidos a unas cuantas idealizaciones de la realidad. A base de voluntad e ignorando los hechos como si no lo fueran, nos disponemos a explorar con ímpetu caminos condenados al fracaso, aventuras que la fuerza de la costumbre, el peso de la inseguridad y el magnetismo de la comodidad revelan de ordinaria ingenuidad. Pasan los años, se espacian los intentos de huida, y somos finalmente conscientes de que los fracasos nos han dejado más miedos que enseñanzas. Es el final de la juventud.

Jünger empezó a hacerse viejo en el norte de África, en la Legión Extranjera. Yo me hice viejo pensando en el Caribe, en el bar de Jose, bebiendo ron. Educado en un ambiente burgués, culto y acomodado, Jünger pasó su juventud siendo un buen estudiante y, ante todo, un espíritu idealista y soñador en el que se combinaban el naturalismo con el ideal guerrero de las lecturas juveniles que, como él mismo cuenta, le enloquecieron como Amadís de Gaula a Don Quijote.

Al cumplir los dieciocho años se convirtió en el joven Herbert Berger, protagonista y narrador de Juegos africanos. Decidió abandonar el hogar paterno y unirse a la Legión con el plan oculto de desertar y vivir una aventura única y solitaria en el continente africano: “Tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

El escritor alemán vivió su última aventura juvenil con la cabeza llena de libros y veinte años más tarde convirtió su diario de viaje en esta novela. En mi último intento de huida también hubo muchos libros, pero no estaban en mi cabeza, estaban en una maleta. Él se fugó empujado por las leyendas románticas de moda entre los estudiantes de los gimnasios alemanes de principios del siglo XX, mientras yo lo hice de acuerdo a los principios en auge en los institutos españoles de los años noventa. A Ernst le excitaba la perspectiva de una vida peligrosa. Yo estaba borracho.

Habíamos terminado el curso y yo había conseguido sacar las habituales buenas notas. Jose no. Él estaba más interesado en empezar a ganar dinero cuanto antes que en la universidad, y se había lanzado a abrir un pub al que – a pesar de no contar con muchos más amigos que yo – acudirían todas las chicas de clase y, detrás de ellas, todos los babosos compañeros de instituto. Me pidió que le ayudara en la inauguración, así que allí nos plantamos desde las ocho de la tarde, la música a todo volumen, solos e impacientes. Aprovechamos los larguísimos tiempos muertos intercambiando discos, inventando planes y, sobre todo,probando todos y cada uno de los rones que había en las estanterías. Pasó la noche y no vino casi nadie, y los que vinieron apenas se quedaron. Pero los ánimos no decayeron porque nos habíamos ganado el derecho a soñar y aquella noche el sueño parecía esperar a la vuelta de la esquina.

Pero lo que finalmente encontré de vuelta a casa fue la bronca de mi madre, que se había desvelado esperando a su hijo favorito, su niño el estudiante. Sin embargo yo ya no era un niño sino un hombre con derechos y, por supuesto, entre mis libertades estaba la de llegar a casa incapaz de articular palabra. Discutimos y ví que aquella era la mejor oportunidad que se me había presentado para independizarme. Me armé de valor y busqué una maleta vieja en la que metí un par de camisetas y un vaquero. Luego empecé a llenar el espacio restante con los libros que poblaban la estantería encima de la cama. Era tan ingenuo y ridículo que aún pensaba que la literatura arropaba más que la ropa interior.

Pasados unos meses en la legión, Jünger vio como sus sueños africanos se daban de bruces con la realidad. Así lo cuenta Berger y a partir de ese momento el diario pierde la fuerza y el interés del viaje por hacer, se convierte en un retrato perezoso de la prosaica realidad. Defraudado por la tediosa vida en el cuartel, Jünger accedió finalmente a la exigencia de su padre y emprendió el camino de vuelta a casa.

En mi caso la realidad se manifestó en el peso de los libros ya que el cansancio y el aturdimiento producidos por la ebriedad hacían imposible caminar más de cinco metros con la maleta al hombro. Decidí posponer el plan y optar por el cobijo de las sábanas frescas y planchadas que mi madre pacientemente me ofrecía. A los cinco minutos estaba dormido.

Aunque volviera a Alemania Jünger mantuvo su sueño de viajar a África, un sueño que sin embargo no pudo realizar a causa del estallido de la II Guerra Mundial. Pero él era un idealista irredento y no despreció la oportunidad de vivir su vida al límite alistándose voluntariamente en el ejército nazi. Volvió a golpear sus ideales contra los hechos. La locura colectiva de la que fue partícipe arruinó definitivamente sus ensoñaciones quijotescas e infantiles. Una vez pasada la guerra dio muestras de un escepticismo propio de un hombre maduro. Se hizo viejo, melancólico y más interesante.

Cuando yo desperté la ropa estaba tirada por el suelo, la resaca martilleaba mis meninges y la maleta de cuero gris llena de libros todavía estaba allí, sobre la alfombra de mi cuarto, componiendo un bodegón absurdo que selló mi renuncia definitiva a convertirme en hijo pródigo. Las risas sarcásticas de mi madre al día siguiente me decidieron a madurar, así que empecé a fumar en casa y me pasé al gin-tonic.

lunes, 22 de junio de 2009

Le pedí que no lo hiciera

Leer para ti

Siri Hustvedt

Bartleby Editores, Madrid, 2007

La forma en la que nos conocimos fue divertida. Y quizás, dejando aparte el sexo, fue lo único divertido que pudimos compartir. Fue un sábado de verano a primera hora de la tarde, yo había terminado mi lectura dominical de prensa – la hago los sábados – y había resuelto refugiarme en una librería con el único propósito de escapar, al menos unos minutos, del sol abrasador. Entré en la primera que encontré y empecé a vagar por ella como quien llega a la estación central de una ciudad desconocida.

No tardé demasiado en sentirme observado e incómodo, y decidí resolver mi necesidad de cobijo de otra manera. Compraría un libro y buscaría un bar fresco donde poder matar un buen rato leyéndolo. Quise hacerlo rápido y pensé que el modo más sencillo de salir pitando de allí era pedirle al librero lo primero que me viniera a la cabeza. Me acerqué al mostrador y allí estaba ella, esperando. Cuando aquel hombre barbudo y pálido apareció desde la trastienda ella empezó a hablar inmediatamente, casi pisándole al librero el saludo, como si durante toda la espera hubiera ensayado una y otra vez lo que debía decir. Me sorprendió el ímpetu, pero su acento lo aclaró todo. Ella intentaba hablar despacio, dejando sonar las vocales, dando golpes secos y un poco forzados con la lengua. Pidió Pájaros de América de Lorrie Moore y yo– en un acto reflejo que debió ser motivado por el culo que le hacía esa combinación de tacones y vaqueros – saltédesde atrás para que a mí me pusiera una de El hospital de ranas, también de Moore. Fue un error. Ella debía haber pedido Autoayuda y yo debería haberme quedado callado.

Se volvió y me miró sonriente y cuando por fin conseguí salir de la tienda, ella estaba afuera, fumando un Lucky Strike, esperándome.

No sabría relatar cómo fueron transcurriendo los hechos y cuáles las palabras de nuestra conversación, pero después de cuatro o cinco cañas, unas croquetas y unas bravas, tomamos el primer gin-tonic en mi cama. Fue ella quien lo propuso y también fue ella la primera en abandonar el colchón escapando del calor.

Paseó desnuda por la casa, con el gin-tonic en la mano y un cigarrillo perpetuo entre sus labios. Después de completar la ronda se quedó parada frente a la librería, mostrándome unas nalgas diferentes a las que yo había intuido hacía unas horas. Empezó a preguntarme por Ferlosio, Vila-Matas, Sebald, la literatura italiana y la música de Coltrane mientras yo estaba tumbado en el sofá, rehuyendo las respuestas, todavía recuperando mi ritmo de respiración habitual, con lo ojos cerrados, comiendo unos trozos de sandía que había rescatado del olvido en la nevera.

Ella cogió el libro de Siri Hustvedt, me preguntó por qué me gustaba, - está muy buena, contesté – lo abrió al azar y, a pesar de mi sorpresa, empezó a leer.

[…] Tell it again. The hair falling out of the tower. In bed, I rest the book on your chest. I will always read to you. I promise. I will read you stories forever into the years. I did not say it. It is what I whished to say. I remember parts of the stories in this book from my childhood, the rest is empty […]

Lo había hecho con una dicción fantástica, con un inglés seductor y suave, pero inmediatamente quiso leerlo en castellano, y lo hizo arrastrando líquidamente las vocales, espetándose contra las consonantes como quien se golpea con una puerta de cristal. No hace falta, le dije, ya está bien, déjalo, no lo hagas:

[…] Cuéntalo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años. No te lo dije. Era lo que quería decir. Recuerdo fragmentos de historias de este libro de mi niñez, el resto está vacío […]

Cuando hace algunos días volví al libro de Hustvedt pensé que casi la había olvidado y que precisamente en la conciencia de ese olvido estaba su recuerdo. También hace calor esta noche y me pregunto para qué sirve recordarla, para dolernos nuevamente, para reírnos como en la primera ocasión, para justificarnos una vez más o para volver a condenarnos.

[…] Ahora recuerdo lo que había olvidado. He olvidado pero cómo es posible que recuerde que olvido. Los entierros son casi siempre afuera, ponen a los muertos lejos de nosotros, fuera de la casa. Son omisiones, espacios en blanco en el paisaje, señalados e inscritos y llevados dentro como si estuvieran vivos. En el vacío, en el día vacío, hay cosas que se van y que vuelven sólo cuando podemos soportar el recuerdo. La cruz del santuario está vacía sobre el mantel violeta de la Cuaresma, la historia después de la muerte, después de morir, después de morir la muerte, los que se mueren y los muertos, muertos, muertos.

Me ha escrito pidiéndome que nos casemos. Le he dicho que sí, que seguramente habrá un momento de nuestras vidas para reencontrarnos y casarnos. También le dije que mi mujer no lo aprobaría, al menos por el momento. De todos modos - la advertí - su voracidad emocional agotaría el matrimonio en tres semanas. Sería perfecto.

domingo, 14 de junio de 2009

La fábrica de nubes

Arquitectura moderna en la central de Soto de Ribera.

Natalia Tielve,

CICEES, Gijón, 2009.

No sé cuánto de esta experiencia me estoy perdiendo por pasarme las horas adormilado en la cabaña, tumbado sobre un camastro adecentado con un colchón tan fino que parece una sábana y una almohada confeccionada con el saco de la ropa sucia. No sé cuánto recordaré de este tiempo pasado en la cabaña frente al mar de Birmania, vencido por el efecto del humo con el que, al atardecer, día tras día, lleno de densas nubes la estancia y de ensoñaciones caprichosas mi mente.

El opio me lo provee uno de los capataces chinos que trabaja con nosotros en la obra. Viaja cada mes a Bangkok y me trae una cantidad suficiente para pasarme adormilado el mes siguiente por lo que siempre me recomienda que sea cuidadoso, que lo comparta, por ejemplo, con el cocinero italiano. No se atreve a pedírmelo pero sé que le gustaría conseguirlo, me dice. Prefiero no hacerlo, desde que me fui he sido de rituales solitarios. Tumbado en la cama despliego el papel de aluminio sobre el suelo, deposito con cuidado una o dos de las bolitas marrones y las caliento con el fuego de un mechero hasta que comiencen a humear. Las hago rodar en círculos sobre el papel para suavizar la combustión y luego inhalo el humo con un canuto de cartón viejo, una y otra vez, profundamente, hasta que se caiga el libro de mis manos, y luego cedan los párpados sobre mis ojos.

Ya queda poco trabajo para finalizar la obra: terminaremos la torre refrigerante de la central en pocas semanas y aunque falten algunos detalles de la presa y adecentar los jardines del poblado para los trabajadores que aquí se instalen, no tardaremos más de un año en estar de vuelta. De hecho ya estamos preparando la logística del retorno y, para organizarlo, ha llegado una chica nueva a la oficina. Se llama Tess, es escocesa y morena, puede que guapa. Como responsable de todos los bienes de la empresa, también se encarga de gestionar el archivo y la biblioteca.

Si hubiera dependido sólo de mí hubiera elegido no conocerla. No necesito crear nuevos vínculos personales con el retorno tan próximo y además hubiera preferido evitar darle explicaciones sobre mi estado. En los últimos tiempos he adelgazado mucho, mis fosas oculares se han hundido y la flaccidez de la cara hace que mi mandíbula parezca más prominente, y los dientes, más separados y amarillos. Pero sigo necesitando acudir a la biblioteca para disponer de libros que me acompañen en el ritual de la quema de las bolitas marrones. A pesar de que el calor, la humedad y el humo hayan atrofiado mi memoria, necesito leer algunas líneas antes de permitir que el opio se apodere de mi voluntad cada noche.

Así que me presenté a Tess. Es de ese tipo de chica que parece de una clase social a la que nunca perteneceré. Tiene los dientes perfectamente alineados, limpios y blancos, tiene el cuerpo firme – no sabría decir si por la juventud o los cuidados – y parece pertenecer a una familia ordenada y agradable, de esas aburridas y convencionales que encandilaban a los escritorzuelos de principios de siglo. Es educadísima e inexpugnable, siempre protegida por su sonrisa y su alegría dicharachera.

Le pregunté si habíamos recibido algún libro nuevo de la central para la biblioteca. Ya te conté que es una biblioteca muy corporativa: libros de empresa, historias de la ingeniería y la arquitectura, ensayos sobre las centrales de ciclo combinado, y volúmenes con miles de datos sobre materiales. También hay algún libro de Ken Follet y de Dan Brown y hace algún tiempo, sorprendentemente, aparecieron en los estantes algunos ejemplares de Conrad traídos por un misionero o un cooperante de la zona. Desaparecieron cuando huyó el aparejador vasco, ese visionario estúpido y sexópata que escapó selva adentro con una muchacha joven del poblado, tan joven que él mismo llamaba Ternura.

Tess me mostró las novedades sin demasiado interés. Quizás pensaba que con mis manos grasientas y callosas lo de leer libros era una impostura. Quizás fuera porque se notaba que yo le hablaba nervioso y cabizbajo. Puede que imaginara que yo trataba de aproximarme a ella para explorar la posibilidad de matar el tiempo con su cuerpo. Pero soy consciente que entre esa alegría de familia educada y mi camastro hay un abismo que sólo se atraviesa con dolor, con un dolor que ya no soy capaz de infligir a nadie.

Me indicó Arquitectura moderna en la central de Soto de Ribera, una de las obras emblemáticas de la empresa, realizada a medidados de siglo pasado cuando el norte de España era todavía el tercer mundo. Soy escocesa, pero mis padres eran de esa zona, me dijo, y desde niña pensaba que en la enorme chimenea se fabricaban las nubes y las lluvias que verdean el paisaje.

Recordé las tardes de juventud, tras el colegio, tú y yo sentados en las colinas fumando, mirando a través del humo de las chimeneas la sombría postal de Manchester en plena decadencia. Perdimos el tiempo esperando que aquella realidad se llenara de chicas libertinas como las que conocimos en Mallorca. Ahora paso las noches odiando la alegría de Tess, tumbado en el camastro infame de mi fábrica de nubes.

Espero volver a verte pronto. Espero estar recuperado y sobrio para entonces.

Siempre tuyo,

John.

miércoles, 10 de junio de 2009

Obediencia debida

Anatomía de un instante

Javier Cercas,

Mondadori, Barcelona, 2009.

Una cuestión moral planea sobre todo el relato que Javier Cercas ha hecho de los sucesos y las circunstancias que dieron lugar al golpe de estado del 23 de Febrero de 1981. El dilema es la imposibilidad de adquirir una ética de la traición, esto es, la incapacidad de construir un código de la infidelidad, un conjunto de reglas y valores que permitan a alguien actuar en contra de los principios a los que ha sido fiel siempre, empujado por otros más recientes que se manifiestan con especial intensidad y convicción.

Aquel que cambia, repentinamente, de principios, de bando o de pareja, está destinado a ser juzgado en rebeldía y condenado sin piedad dado que existen pocos pecados que consideremos más graves que la traición.

Desde Judas a Luis Figo, todos los traidores han sido odiados y perseguidos hasta la melancolía. Sólo los conversos han tenido mejor aceptación, seguramente protegidos por la existencia de otro bando dispuesto a acoger al infiel, a redimirlo. No es así en política, y menos aún en la política tal y como era en España a principios de los ochenta en los que cualquier opinión de carácter político emanaba dosis de misticismo mucho más potentes que los de cualquier religión. Tanta pasión ideológica excluía, sin remedio, la posibilidad de acoger en condición de igualdad al tránsfuga.

Dante imaginó a los traidores a la patria penando sobre hielo, y como estatuas heladas permanecieron en el congreso de los diputados los tres traidores protagonistas de Anatomía de un instante: Adolfo Suárez, presidente del gobierno y traidor al franquismo que le dio todas sus oportunidades, y también traidor al Rey, que le dio la última y más importante; Manuel Gutiérrez Mellado, que era vicepresidente y ministro de defensa y traidor a las fuerzas armadas por su ambición personal que lo había llevado al bando de Suárez; y Santiago Carrillo, secretario general del PCE y diputado que había traicionado a todo el antifranquismo con sus renuncias y tragaderas.

No es exacto decir que los tres protagonistas de esta novela de no ficción se quedaran helados como estatuas cuando la pandilla de Tejero entró en el hemiciclo del congreso ya que Suárez y Gutiérrez Mellado forcejearon con los guardias civiles, y Carrillo se las tuvo que ver, más pacíficamente, con uno de ellos. Pero el ensayo novelado que ha escrito Cercas se centra en el instante en el que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo esperan sentados e inmóviles – fumar como condenados no es moverse – en sus escaños, rodeados por un mar de diputados tumbados en el suelo, asomando tímidamente la mirada, mostrando con su ausencia todo su pavor.

Es llamativo descubrir que somos mucho más comprensivos con los cobardes que con los traidores. También es curioso como el cobarde habitualmente recuerda en tono reivindicativo su actitud, mientras el traidor siempre necesita explicar sus actos. La sociedad española, – no sólo lo cuenta Cercas, sino que lo cuenta cualquiera que recuerde esos días – se recluyó en su casa toda la tarde del 23 de Febrero, aterrada, dispuesta a aceptar con resignación aquello que resultara del asalto al parlamento. Con los años esa misma sociedad – el bando contrario que debía haber comprendido la iluminación de Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, y en consecuencia haberlos acogidos como conversos – vio como los mismos diputados que permanecieron escondidos de cuclillas, los mismos que habían conspirado los días previos al golpe, leían un manifiesto alabando la valentía y la respuesta de rechazo firme que todos habíamos dado aquella tarde a los agresores de la democracia.

Perdonamos y apoyamos al cobarde, como perdonamos y apoyamos a un amigo enamorado loco de su amante pero incapaz de abandonar a su mujer. Al traidor lo condenamos sin piedad, ya lo he dicho; al infiel, a ese que llega un día y nos dice he dejado a mi mujer, sólo sabemos dejarle solo. Igual de solos sabían que estaban Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado; sabían que el golpe de estado significaba su desaparición definitiva de la escena política – certificada tras las elecciones de 1982 –, pero esta certeza debió de actuar a modo de escudo protector de las estatuas, que quedaron observando cómo se cerraba el último capítulo de la guerra civil en el que, dice Cercas, definitivamente quedaría instaurado un sistema político equivalente al derrocado por los militares en 1936.

Segun él mismo relata, la tarde de 1981 Javier Cercas corrió, tras oír la noticia del asalto de Tejero, hacia la universidad en búsqueda de una compañera por la que había perdido los papeles. Que yo recuerde, mi último acto con cierto contenido político fue una manifestación contra la guerra de Irak en febrero de 2003. Yo había acudido arrastrado por P, de la que estaba totalmente enamorado a pesar de las continuas discusiones. Me dejé llevar por complacerla, por no desentonar en un fin de semana en el que nos visitaban sus amigas, todas ellas muy progres y muy modernas. Pero yo, entre la multitud que invadía la Gran Vía, era un traidor.

Pasados los meses de regalo que P me concedió, abandoné definitivamente cualquier vínculo – libros, prensa, debates, discusiones – con la política, y decidí recrearme en mi individualismo cínico y descreído. Sólo una llamada a la que no puedo ser infiel, me lleva a acerarme nuevamente a un debate del que soy incapaz de sacar nada en claro. Ya veis, soy un traidor. Necesito explicarme.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La duda o la vida

Martin Eden

Jack London,

Akal, Madrid, 1986.

– Últimamente te he estado leyendo y me gusta lo que escribes. Creo que deberías abrirte un poco más, ser más sincero. Y también más breve. Pero me gusta.

– ¿A qué viene esto ahora? ¿Tienes ganas de burlarte?

– ¡No!... Si te he dicho que me gusta. – Le divirtió que me irritara a la primera.

– Está bien. ¿Qué quieres decirme?

– Que es un puto fraude.

– Me figuraba que dirías algo así. Veo que te han vuelto a sentar estupendamente los gin-tonics. – Eructó inmediatamente después de que yo terminara la frase. Se rió, esta vez descaradamente.

– Si no fueses tan vago y tan educado te parecerías al gilipollas de Martin Eden. Al muy bruto más le valía haberse quedado donde estaba, con los marineros, en lugar de escupir hacia arriba y perder la cabeza por una musa salida de una estampita. Y a continuación ponerse a escribir como un condenado en una pocilga, sólo por ella, sólo para conquistarla. Pero tú no, tú eres un vago y, además, eres un señorito.

– ¿Y? – Interrumpí pero no me hizo caso, porque ya estaba pensando en la siguiente bravata, abstraído, hasta que le hice un gesto interrogativo con los hombros al que reaccionó devolviéndome la atención de forma exagerada. Debía haberle dejado en paz, que se perdiera a solas en sus pensamientos.

– Digo que Martin Eden era un gilipollas porque a la vista está que de nada le sirvió. Un fracaso total. Por lo menos parece que él si se atrevió a escribir acorde a lo que pensaba. Pero tú no. Tú eres muy educadito y cortés. Además de vago eres un fraude. ¿Te lo había dicho ya? – el ataque estaba lanzado.

– Pero qué pretendes, ¿que me dedique abiertamente a expresar sin tapujos ni coartadas lo que sinceramente pienso de la vida? ¿Quieres que me sincere públicamente?

– Déjate de palabras de quejica. Por cierto, se te da muy bien escribir en plan quejica, debe ser por lo vago que eres. También se te ve bien en el papel del enamorado, lo que dices resulta convincente. Seguro que ligas un montón.

– No nos desviemos a nuestro tema favorito. ¿Podemos, aunque sea sólo una vez, evitalrlo? – me había obligado a subirme a su carro y ahora no podía dejar que se fuera sin más. Debía escucharme.

– Lo que tú digas. Discúlpame.

– Me pareció entender que me decías que yo era un fraude por ocultarme. Tú pretendes que me destape y comunique mi visión sarcástica de la vida, que escriba con ella presente, que intente transmitirla. Pretendes que con ella el resultado será más interesante y convincente.

– ¡No! ¡Yo no he dicho eso en absoluto! No esperes que reclamando que disfrutas de tu soledad, de tu individualismo, confesando que te regocijas en tu íntima crueldad, en tu burla elitista, vayas a resultar más interesante. – Ya estábamos donde él quería – O quizás, como hace el pobre Martin, como debió hacer su alter ego Jack, eres de los que confían en encontrar el ambiente propicio para expresarte libremente, desarrollar tu visión del mundo y comunicarla. Martin estaba borracho de belleza a causa del enamoramiento y luego generalizó su embobamiento a un concepto tan frágil como la belleza. ¿Pero tú? ¿Qué les vas a dar? ¿Qué hay en ti que los demás quieran ver? ¿Las sonrisas negras de bilis?

– Quizás tengas razón y la visión a la que te refieres en mi caso sea tan poco agradable, tan cruel y perezosa que sólo me permite gozar con las pocas personas con las que he aprendido a sacarle el culo a la vida. De modo que mis pensamiento sólo pueden ser de interés para mis cómplices, y te tengo por uno de ellos, que se pasan la vida mofándose de ella, riéndose de su estupidez, gozándola en su íntimo freakismo.

- Y no olvides la biología. – Dijo en tono conciliador, ahora que ya se sentía trinfante.

- No, no me olvido. También soy un cerdo. – Se notó que estaba dolido y a mí ya me apetecía cambiar de tema y hablar de tías.

- Eres un cerdo pero no me refería a eso y lo sabes. No puedes escapar de ella… como yo que me estoy meando. En cualquier caso tú no te preocupes; tú sigue escribiendo así. ¿Ya te he dicho que me gusta? Mira, a ti te han educado muy bien, siempre eres muy cortés, aunque te estés burlando. Sigue así, siempre serás un fraude escribiendo, pero acabarás gustando.

- Y más humilde que tú. – Le corté para acabar con la maldita conversación. – Es cierto que no sabré escribir como pienso. Ni en las noches más rabiosas, en aquellas que te echan con un portazo en la cara, en las que te vence la mala suerte o en las que un bruto ignorante te humilla en cualquier bar. Ni siquiera en noches como esta encuentro el valor suficiente para renunciar, de una vez por todas, a la duda. A la duda que sostiene la vida y que… ¡qué coño!, la justifica.

–¡La duda o la vida!, ¡Ja,ja..! ¡pum!¡pum! – hizo un gesto de vaquero del oeste, simulando disparar con un enorme revólver en cada mano, riéndose con esa cara de bufón sabelotodo. Enfundó las armas, levantó las cejas y giró sobre sí mismo. Se fue a mear, cruzando las puertas batientes hacia el baño que está al lado de la mesa de billar.

domingo, 17 de mayo de 2009

Quiero descansar II

La extracción de la piedra de la locura. Otros poemas.

Alejandra Pizarnik,

Visor, Madrid, 2007.

Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto […] Pero por un instante – sea por una música salvaje, alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia –, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; el yo vibra animado por energías delirantes.

Hoy, como ayer, podría volver a ponerme la gorra de chulapo, repetir el paseo por la pradera, la merienda a base de cañas y gallinejas. Más tarde volvería a brincar al son de alguna música endiablada en las Vistillas y seguramente conseguiría moldear mi estado de ánimo con el uso de las sustancias habituales, esas que en dosis adecuadas hacen perder entereza a mis palabras y me alegran la vida falseándola. Podría haberlo repetido hoy, pero, como de costumbre, necesito descansar.

He decidido recluirme en el limbo de mi habitación e ignorar las visitas inesperadas, las llamadas de las chicas, los planes de los amigos y el sol de verano que pide a gritos una forma más saludable de soledad. Lo he ignorado todo para quedarme tumbado en el sofá con la prensa del día, la programación deportiva, los trucos habituales para dormir y el libro de Pizarnik.

Desde hace una semana ha empezado a hacer calor, así que he necesitado abrir ligeramente la ventana. Con un poco de suerte he conseguido que una brisa suave y constante rozara mi pelo alborotado y acompañara la letanía del peloteo tenístico y la nana suave de los motores de las Hondas, las Yamahas y Ducatis hasta accionar esa habilidad mía para dormirme precisamente en los momentos más emocionantes de la competición.

Tenía los ingredientes para disfrutar de una tarde de tranquilidad inalterada. Aunque también estaba el libro. Le ví cómo esperaba callado en su papel de incómodo intruso, de elemento discordante que amenaza la vocación de banalidad del día. No me atreví a echarlo, pero le rogué que respetara mi descanso.

Alguien mide sollozando
la extensión del alba.
Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo.

Parece que ha sido culpa del neumático delantero. El líder del mundial se ha deslizado en plena curva a dos vueltas de la meta. Ha tenido la mala suerte de arrastrar al piloto local, le ha destrozado la carrera y ha interrumpido mi primera siesta. El público le está increpando mientras me incorporo y en la tele parece que discrepan. Cojo el periódico. Leo y fumo mientras me libero del aturdimiento y busco la postura más cómoda.

Me detengo en la necrológica de Carlos Castilla del Pino. Recuperan unas declaraciones suyas en las que comenta que la muerte de su padre fue una liberación y la de sus hijos una fatalidad de la que no podía sentirse culpable: "Para mí la muerte de mi padre fue en un sentido una liberación. Cuando lo dije mucha gente se escandalizó. Pero lo fue realmente. Me liberé de un conflicto. [...] Mis hijos y yo fuimos convirtiéndonos en extraños y llegó un momento en que hablar sólo lo empeoraba todo […] Mi salvación fue el trabajo".

Este hombre ha debido ser mal padre, me digo. Me recuerda a esos señores de talento y fina cultura que son víctimas de la clase de egoísmo más incontenible: la del tiempo, la de la avidez de soledad.

Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

Me he dejado llevar y he abierto el libro, en un acto casi inconsciente que me ha empujado a leer alguno de los poemas ya señalados. Pero no es el momento, no toca. No he dormido suficiente y además hoy es un día para otras cosas. Cambio de lado, me olvido de preguntarme por qué marcaría yo este poema hace dos años, y me centro en las motos, a punto de acabar.

Me despierto cuando el mejor tenista del mundo ha perdido el primer set. Más jaleo en el público, esta vez más elegante y distinguido. Los comentaristas mantienen la calma, pero hay algo en su tono que resulta resignado. Debe ser el forofo que llevan dentro, su otra voz, la que reprimen tímidamente.

El lío de la cancha de tenis me lleva a pensar en las voces de Pizarnik, las apasionadas voces a las que ella decía estar entregada, las que a su vez ella no podía liberar y las que Beckett – también en el periódico - llamaba recuerdos intrauterinos: sentirse atrapado, estar preso, ser incapaz de escapar, llorar porque le dejaran salir pero sin que nadie pudiera oírte, sin que hubiera nadie escuchándole.

Observo el periódico abierto en la mesa, aún en la página con la foto de C.Castilla del Pino. Quizás realmente fuera un incansable trabajador, un hombre necesitado de tiempo para enfrentarse a solas con sus demonios, sus dudas. También le imagino como un impostor, como un mujeriego decadente o como un padre impotente, asustado y huidizo que necesita escapar de todas las personas que le prometen que le van a querer y que luego añaden la amenaza de que será para siempre.

Siempre es una palabra que me agota y además empieza el fútbol. Pasa en la calle un coche y suena a todo volumen una canción de Maná que ambienta el barrio, tan silencioso, tan tranquilo. Pero inmediatamente una moto tapa el lamento mejicano de la canción con el estruendo de su tubo de escape. Pienso en volver al sueño y cierro la ventana, el libro y los ojos. Quiero descansar.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.