Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Xabiero

Les llingües de la Hidra

Xabiero Cayarga,

Trabe, Oviedo, 2006.

Lo único que necesito para sentarme a escribir es un poco de tranquilidad. El resultado depende exclusivamente de la suerte, pero la ensoñación que busco para concentrarme sólo me la proporciona la tranquilidad. Algo similar me ocurre cuando leo poesía; si no consigo estar tranquilo, los poemas se convierten en un parloteo ruidoso, molesto e indescifrable, que distorsiona la sinfonía de mis ansias.

Quizás en esta necesidad de tranquilidad esté el fundamento para el diagnóstico de L. Dice que mi melancolía es debida al uso del hachís. Yo le digo que es para relajarme. Pero ahora me doy cuenta que no existe melancolía sin sosiego. De hecho estoy convencido de que es el propio sosiego la fuente de melancolía, el que me lleva a evocar tiempos más apasionados que estas horas delante del teclado o las tardes de poemas en el sofá.

Pero los trenes de este verano inútil ya partieron, así que esta mañana me he puesto a buscar sosiego, calma y melancolía en los versos de Les llingües de Hidra, los últimos poemas publicados de Xabiero Cayarga. Por lo que sé, desde Dortmund.

La última vez que vi a Xabiero nos dijimos adiós, pero en aquel momento yo no sabía que el que realmente se marchaba era él. Hace casi diez años, cenamos juntos por última vez el día de mi despedida. Fue en la cena en la que celebramos mi marcha de la Isla. Yo me iba a una tierra casi alemana, y él por su parte, hace algún tiempo que ha establecido su vida en la Alemania de verdad. Desde entonces no hemos podido volver a coincidir así que poco a poco colaron per esi previsible furacu escuru del tiempu los dies que nos ataben. Ahora no me queda otra posibilidad que imaginármelo tranquilo y abrigado, pasando de largo delante de alguna facultad para sentarse a solas en un bar, a disfrutar de una café solitario y melancólico cobijado frente al frío.

Aunque esta mañana encontré el resquicio de tranquilidad que necesitaba para leer a Xabiero, ahora estoy nervioso. Pensé que pensar me calmaría y que me ayudaría a templarme para escribir. Pero no ha sido así. Quería hablar de lo distinto que resulta conocer a alguien y leer sus poemas. Para ello iba a recordar las noches con Xabiero: sidra y pollo al ajillo primero; cervezas y salchichas persiguiendo erasmus tetudas y despistadas donde Paco y finalmente acabar de copas apretujados en el Tigre Juan, ese premio literario que primero fue un tugurio.

Pero esta noche estoy nervioso y otras ensoñaciones se apoderan, una y otra vez, de mí. Pierdo la atención y acabo releyendo las revelaciones de Cayarga:

"Los primero güeyos que vieron
una nueche estrellada.
L'home que se pierde nel so llaberintu, y acuerda
sabiéndose Minotauro.
...
La voz de páxaru
d'un marineru de Colón
que grita: ¡Tierra!
...
El replicante Nexos 6
clisáu pol fulgor d'unos rayos
a les puertes de Tannhäuser.
Yo, el más feliz,
que tengo visto
amanecer
asomáu
a la delicada cuenca del to embeligru.
"

Es curioso, en la mayoría de las conversaciones de aquellos tiempos no tenía cabida el amor. Sí los amoríos, pero no el amor. Tampoco había tiempo para la literatura. Había lengua, pero no había literatura. Dedicábamos demasiado tiempo a reconstruir un país en perpetua demolición que no teníamos tiempo para nosotros. Luego llegó la época del insomnio. Emigramos y empezamos a mirar la Isla desde lejos, para así darnos cuenta que aquí no podíamos dormir porque nos habíamos quedado ya sin sueños.

Sentados, solos ante un café, es fácil rememorarlo. A solas, tumbados en el sofá, es sencillo volver a caer en la letanía del sueño, pero resulta más gozoso recrearse en la indolencia. Hasta que vuelvo a perder la concentración; me vuelve a bloquear la ilusión y trato de entender porqués inexpugnables:

"Al home persíguenlu los suaños
involuntarios guixarros que-y furaquen los zapatos.
Porque'l so corazón – siamos sinceros – nun siente. Ye un músculo apáticu,una
soleta soldada a una mente que miente.
¿Qué órganu letal inventa la primavera?"

Me rindo, Xabiero. Quería escribirte un homenaje y me ha salido una queja amarga. Ojalá el tiempo pudiera volverse atrás, no para volver a ser como entonces, sino sólo para disfrutar de una única noche entera, juntos los de antes, con las mismas ilusiones. Persiguiendo culos y arreglando patrias.

********

Me vuelvo a distraer. Miro el correo electrónico por enésima vez. Leo hasta el spam en busca de un alivio, de una gracia. Pero me doy de bruces con la literatura. En un mensaje de contactos, encuentro – acompañado por una foto que le da sentido a la evolución de las especies – una cita del Marqués de Sade:

"Imperious, Choleric, Irascible, extreme in everything, with a dissolute imagination the like of which has never been seen, atheistic to the point of fanaticism, there you have me in a nutshell. Kill me again or take me as I am."

Kiss me again and take me as I am.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Curriculum vitae

Curso de física teórica. Mecánica.

L.D. Landau y E.M. Lifshitz

Reverté, Barcelona, 1991.


Llegué a la Isla y efectivamente era invierno. Todo el mundo aquí ya está acostumbrado a que con el frío sólo se pueda vivir en dos lugares: en casa o en los bares. Me recomendaron que los bares los dejara para la noche, que dedicara las mañanas al poco sol que aquí asoma y que me buscara la vida por las tardes.

Llevo días enfrentándome sólo a las tardes de la Isla, a estas sobras frías y grises del día. Alguna se me hace tan larga que ni siquiera la exploración espacial me libera de los cíclopes, de esos pensamientos de mirada tan fija que parecen obsesiones.

Busco refugio en mi cuarto hasta que desaparezca esta maldita luz blanquecina y las tabernas vuelvan a abrirme las puertas. Me quedo embobado repasando las tardes de inviernos pasados. Están todas juntas, ordenadas, todas apiladas en un estante aparte. Allí están, como bloques inexpugnables llenos de acertijos y certezas los libros de física a los que tanto tiempo regalé.

Hacía muchos años que no los había vuelto a hojear. Los había abandonado casi con despecho, repudiándolos para imponerme su olvido, aceptar que pertenecían a un tiempo ya pasado. Cuando necesito virar el rumbo, vengarme de mí mismo y reprocharme la recaída, me piro a la francesa. No saludo, mantengo el paso firme, no me vuelvo atrás. Pero a veces me dedico a imaginar obsesivamente las cosas que dejo en el camino, las vidas que no pudieron ser. Entonces necesito actuar y me invento reproches y defectos que me obliguen a la indiferencia. A la física la traté así.

En estas tardes de encierro forzoso me han vuelto a enternecer. He encontrado a viejos amigos en el estante, los he reabierto después de muchos años y he repasado con ellos las antiguas lecciones.

Recuerdo de lo que supuso leer el Calculus de Apóstol. Para mí era la primera vez que comprendía que estudiar matemáticas era lo más parecido a hacer la mili que viviría en mi vida. Una vez superada la instrucción, los miles de retos que contenía Mathematical Methods for Physicists de Arfken me demostraron que efectivamente la Naturaleza habla con los números, y yo disfrutaba imaginando a Galileo atónito ante su descubrimiento.

Una de las lecciones más importante que he recibido de las matemáticas, me la dieron los números complejos. Cuando conseguí leer bien Variable Compleja y Aplicaciones de Churchill y Ward quedé finalmente convencido que hay problemas que conviene no afrontar, que sólo se resuelven bordeándolos.

Las matemáticas trazan planos por los caminos más escarpados, los llenan de armonía humanizada, haciéndolos más simples y comprensibles. La simetría, por ejemplo, es el arma que lo unifica todo, que dota a nuestro entendimiento de una potencia que a mí no ha dejado de asombrarme. Lo descubrí aprendiendo electromagnetismo en las páginas de Principles of Electrodynamics de Schwartz viendo como las leyes de Newton y Maxwell necesitaban de una mente como la de Einstein para unirse y explotar en la asombrosa Teoría General de la Relatividad, que yo aprendí, enamorado como un adolescente, en las páginas de Gravitation and Cosmology de Weinberg.

Sin embargo para todos aquellos a los que la física nos ha robado tardes, mañanas y noches – tanto en verano como en invierno – la aparición de la mecánica cuántica supone una crisis de la que a veces no es sencillo salir. Lo sentí por primera vez en las páginas del Quantum Physics of Atoms, Molecules, Solids, Nuclei and Particules de Eisberg y Resnick. Era un compendio de problemas conceptuales y de parches que parecían responder con malicia sólo a la mitad de las cuestiones. La teoría de los cuantos puede producir melancolía, sentimiento de pérdida, pérdida de verdades las que nos creíamos fuertemente asidos.

El paso del tiempo, la costumbre, un poco de imaginación, y la lectura de Quantum Mechanics de Cohen-Tannoudji, Diu y Laloë permiten recuperar el hálito. Gracias a las páginas de este libro – y sin duda las del Landau o el Messiah – pensé que dominaba la indeterminación aunque el precio que hubiera pagado era el de convertirme en un nihilista, en un nihilista de los buenos.

Más adelante la aventura se torna más compleja y sofisticada. Llegó el día en que pude pelearme con Diagrammatica de Veltman, Field Theory de Ramond; empecé a leer artículos y a garabatear muchos cálculos, mientras por fin sentía que podía observar desde la punta de mi lapicero los orígenes del universo.

Creí haber realizado el sueño depertenecer al mismo grupo los dos más grandes autores de la profesión: Richard Feynman y Lev Landau. El primero ha escrito las lecciones de física más geniales que jamás habrán de escribirse. Toda obra que lo intente superar será siempre una imitación del profesor californiano. El segundo, de la escuela soviética, elaboró una enciclopedia de física que a todos nos gustaría comprender. El primer tomo de su Curso de Física Teórica es esta Mecánica, y es el que me ha hecho sentir físico de nuevo esta tarde, cuando aún me he sentido capaz de captar la elegancia de sus argumentos, la claridad de sus imágenes.

Teorías. Muchas teorías han llenado las tardes de mis inviernos en la Isla. Pero con el paso del tiempo uno acaba descubriendo que inclusive en lo que a la física se refiere, la realidad es infinitamente más terca que nuestras ansias de respuestas. Había creído tanto en las teorías que me olvidé de la Naturaleza. Me conozco y sé que soy así, un idealista que reniega de sí mismo, que disfruta imaginando el mundo consciente del engaño de los sueños, pero que cierra los ojos con tal de no ver la realidad.

Este invierno ha venido con el dolor en el pecho de mi madre, el silencio habitual y misterioso de mi padre y la ausencia de mi hermano, inmóvil y atado a una cama. Cierro los ojos para no ver y hallo cobijo en el pasado, oculto en el estante. Desde allí me he puesto a contarle mi currículum vitae a una musa silenciosa y lejana, que sabe las pocas respuestas que busqué y me oculta su apasionado caos con un manto rojo y racional.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Azzurro

El Jarama

Rafael Sánchez Ferlosio,

Destino, Barcelona, 2004.

Llegan las navidades y la gente se va de veraneo. Mientras me falta un escaso día para volver a la Isla, tengo sensación de estar a finales de Junio y que se acaban los exámenes. Será la oficina, en periodo de cierre, será que el espíritu celebrativo me ha dado fuerte, pero a mí estas navidades me saben a sol y playa.

Sé que Nacho no me lo perdonará nunca, que me condenará por ultrajar su novela fetiche, pero he estado leyendo El Jarama de Ferlosio, con Azzurro - la famosa canción de Paolo Conte – sonando en los descansos. No lo sé, yo creo que es por esta sensación veraniega que me ha poseído.

Después de cuarenta años, cuando Paolo Conte escribió Azzurro para que la cantara Adriano Celentano, y de catorce más para que Ferlosio publicara su novela más conocida, estas dos historias veraniegas se mezclan en mis fantasías. Pero no es una coincidencia, es el paso del tiempo. Al igual que en la canción, en la novela de Ferlosio el drama es el paso del tiempo, esa condena salvadora que nos libra de todos los embrollos. Si Celentano exigía el paso del verano, los personajes de El Jarama lamentan el ritmo del transcurrir de los días, por pesados y eternos, o por breves y fugaces.

He oído siempre decir que el pasado tiene futuro. Que los mecanismos de la memoria nos hacen reinventarlo cada vez que acudimos a él. Pero yo también pienso que el futuro tiene pasado y lo vemos año tras año, cuando nos dedicamos a reimaginar lo que seremos el siguiente. Y si los mecanismos de la memoria son jocosos, los de la imaginación son crueles.

La imaginación del futuro y la reinvención del pasado son las dos voces de El Jarama, encarnadas en la pandilla de jóvenes que acuden al río de excursión, y los habituales de la tasca que viven el espectáculo de la juerga fluvial desde la mesa de la partida, dejados allí apaciblemente, en desuso.

La juventud acude allí en bicicleta a vivir con intensidad, a inventarse el futuro, abrir nuevas puertas y sentir las primeras emociones. Y a los jóvenes todo nos parece poco:

-Así es la vida cielo, no sirve darle vueltas. Los ratos buenos nos pasan más pronto que los malos. Y tampoco por eso dejan de ser buenos.

-Buenos para quedarse con las ganas. ¡Para eso son buenos!

- Ya verás el domingo que viene – terció Marialuisa -; mira, el domingo que viene nos venimos otra vez y armamos aquí un gatuperio de esos que hacen época.

- Pues igual, hija mía, ¿qué más dará?; el domingo que viene pasará lo mismo, parejo a lo de hoy. ¿Por qué iba a ser más largo?

Sin embargo siempre hay tragos amargos en los viajes iniciáticos. Siempre hay un miedo que vencer, unas raíces que podar, siempre al final aparece una pared que derribar a testarazos, un salto al abismo.

Por su parte, todos los domingos los viejos están en el río para entretenerse. Para disfrutar del confort dulce y tranquilo de compartir recuerdos y vino jugando al dominó.

Pero la vejez se desvela por la noche con maltragos. Mientras escupe tabaco maldice el paso de los años, la irrealidad de los recuerdos, la lejanía del goce intenso. Ya se sabe también que a los viejos todo nos parece poco:

- ¡Sí! Que me quiten lo bailado… Eso es lo que dicen muchos a mi edad. Que me quiten lo bailado. ¡Una mierda! No estoy conforme yo con eso, ¡tontería semejante! ¿Cómo demonios voy a estar conforme? Yo lo que digo es justamente lo contrario. Quitado es lo que está, ¡y bien quitado! ¿Acaso lo tengo yo ahora? Lo que hace falta es que me lo diesen. ¡Ésa sería la gracia! Que me lo devolvieran. – Movía las manos con violencia -. ¡Pues ahí está el asunto! Lo que yo digo es que me lo den, ¡que me devuelvan lo bailado!

Me he quedado con la sensación extraña de no saber si todo me parece nuevo o si sentir que estamos como siempre. Si estoy viejo y mi lugar es el mirador desde que se ve el río fluir, o si soy joven para saltar en bomba y salpicar alrededor.

Suena Azurro una vez más, con todas sus vueltas por el patio. Sigo esperando a que llegue mi turno para hablar, desde que este falso verano de navidad se los ha llevado a todos a la playa.

Pero mañana me voy a la Isla. A un planeta pequeño en el que nunca es verano, ni siquiera en navidades. Podré repasar tranquilo los lugares en los que se me da bien pensar. Volveré a las órbitas que me confunden.

…Tres, Dos, Uno, Cero, ignición.

martes, 16 de diciembre de 2008

Lo hiciste mal

Voi non sapete

Andrea Camilleri,

Mondadori, Milano, 2007.

Pizzinu: así se llama el vale de papel sobre el que están escritos los números de la lotería… a conservar por quien ha jugado.

Eso debe pensar mi padre cada vez que le entrego il pizzino con la lista de libros que quiero que me traiga de su viaje a Italia. Ya sé que existe Internet, pero desde hace algunos años mis libros italianos los ha comprado mi padre. En Feltrinelli o Laterza, en Bari. Cada vez que le entrego el recado – ahora en formato digital - lo mira para inmediatamente mirarme extrañado, y yo le imagino de camino a la librería por vía Sparano, pensando qué me habrá tocado esta vez.

En esta ocasión, entre otros, había un diccionario de términos mafiosos escrito por Andrea Cemilleri, basado en la vida de ziu Bennu, el más famoso de los capos de la mafia siciliana.

Cuando le detuvieron en 2006, Bernardo Provenzano llevaba 43 años viviendo en la clandestinidad. Los últimos 20 seguramente los había pasado en ruinosas casas de campo, incluso en gallineros. Desde 1994 era el número uno, el mandamás de Cosa Nostra y siempre escribía pizzini: notas mecanografiadas en trozos de papel, que ocultos en lugares inverosímiles, viajaban por una compleja red de carteros hasta llegar a los afortunados destinatarios del clan.

Desde sus primeros días en la cárcel Provenzano se quejó porque le habían quitado su Biblia. Se la habían requisado y le habían dado una completamente nueva. Pero ziu Bennu quería la suya, llena de anotaciones, marcas e ideas que luego tomaba para sus micro-cartas. Le habían quitado las notas. Le habían quitado los apuntes y ahora se vería obligado a escribir sin brújula.

Me imagino a mí mismo, aquí enfrentado al teclado sin mis libros y sus anotaciones. Estaría perdido, sometido a una biblioteca completamente nueva y sin pasado, que me exige que lo olvide todo, que vuelva a empezar. Imposible escribir ni una sola de estas líneas sin la firma de las emociones que se cruzan por la vida; por esa vida falsa de los libros.

Bernardo Provenzano necesitaba su Biblia como un pilar firme donde apoyarse y estar seguro, para dar buenos consejos. Escribía sus notas intercalando citas del Antiguo Testamento, repitiendo giros devotos, citando al mismo Dios. Lo hacía por el bien de todos, pero sobre todo por el bien de los suyos. Y eran muy buenos consejos. Tanto, que había que seguirlos.

Por qué escribo yo aquí. Apoyado en la frágil columna de papel, desautorizado por cada libro que consulto. Asediado por aquellos que siembran dudas. Qué me da la letra para animarme a decir cosas que realmente no sé decir, que sólo sé balbucear.

Llegó un día en que Bernardo Provenzano lo hizo francamente mal. Estaba nervioso por los rumores, y se sentía atacado por su próstata. Varios descuidos: primero, la antena de la televisión; luego las extrañas conversaciones a solas del dueño de la cabaña; y finalmente una mano que sale de una puerta y le delata. Lo hiciste mal, no debiste tender la mano, te vieron. Al menos no debiste tenderla tanto. Muy mal.

Pienso en Provenzano encarcelado, leyendo su Biblia nueva, maldiciendo la suerte, consciente de su error. Escribiendo pizzini fríos y desorientados desde la celda. Echará de menos poder cruzar con alguien de los suyos la mirada y, como buen siciliano, decirlo todo con los ojos. Lo has hecho mal. Lo hiciste mal.

Tan mal como yo, que ahora tomo notas en papel de plata. Comiendo los restos. Cenando recuerdos. Era un juego y ahora es real.

Compartiría ahora un silencio con Bernardo Provenzano. Sentados a horcajadas en una silla; los codos clavados en el respaldo de mimbre; los hombros encogidos; la mirada fija en el boleto de lotería, maldiciendo la suerte, queriéndolo todo. Tarareando en silencio la maldita canción de Nacho Vegas que se ha asentado en una órbita estacionaria a un palmo de mi cabeza.

A la de tres empezaré a correr. Pero olvido que no sé contar.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Mañana, lunes

Los muertos y los vivos

Sharon Olds,

Bartleby Editores, Madrid, 2006.

Me lo había dicho una impresora. Sí, desde hace algún tiempo a algunos objetos les ha dado por hablarme, como a Millás.

A última hora, casi a oscuras, en una tarde de esas en las que uno se pregunta por qué no me voy ya a casa, me dirigí a por unos papeles que había mandado imprimir en la oficina. Lo que me encontré en la bandeja era una amenaza. Sólo cogí la primera hoja. Sólo una. Era una hoja prácticamente en blanco, como esas en las que sólo se pone el título del libro, en las que sólo aparece a modo de sentencia, en negrita y letra grande, una única frase: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, este era el aviso. Siempre miro a mi alrededor cuando tengo miedo, pero allí estaba yo solo. Estaba dirigido a mí.

Hoy L. me ha mandado un cuento. Un cuento de padres. Un cuento como un poema de Sharon Olds. Este 2008 que se quiere acabar con tanta prisa ha sido para mí un año lleno de historias de padres. De padres que han sido, de padres que son y de otros que serán. Pienso en mi obligación de honrar a mis progenitores y desafortunadamente me doy cuenta de que las historias de padres que se han cruzado en mi camino son historias que no parecen nada honrosas. Pero quizás se trate de un engaño; quizás lo honroso sea que a pesar de toda la suciedad que acumulamos con los años, los padres, sea como sea, salen limpios al final del camino, al encuentro último con sus jueces. A nuestro encuentro. Para salvarnos.

“Esta noche me quedé de pie en el porche - ¿hacia dónde
miramos para hablarles a los muertos? Pensé en la
rosa nueva, y me acerqué hasta la
hierba gris - en realidad las cosas
de noche no tienen ningún color. Bajé
los peldaños de piedra, como si fuera hasta el lugar en el que
se habla con los muertos. La rosa estaba
a medio erguir, iluminada su blancura en el
aire negro
. Más tarde recordé
tu día. Habrías cumplido noventa y yo te habría regalado
rosas. ¿Están ahí los muertos
si no hablamos con ellos? Cuando iba a verte
siempre estabas sentada tranquilita en tu silla,
sin poder hacer punto, por la artritis
sin poder leer, por la ceguera,
ahí sentada. Nunca supe cómo
lo hacías ni lo que pensabas. Ahora
me siento a veces en el porche, espero,
intentando sentir que estás presente como el color de
las flores en la oscuridad.


Hoy L. me ha mandado un cuento. Un cuento de infancia que parece un poema de Sharon Olds. Pero yo tengo un problema de memoria con la infancia. Quizás sean mis vicios, quizás mi preocupación por mis obsesiones, o simplemente porque mi infancia transcurriera en otro idioma, pero no consigo recordarla. Ahora me parece que he sido viejo siempre, y para honrar a los padres hay que recordar la infancia; sea como fuere es lo única época de nuestras vidas en la que la vida tiene un sentido, o quizás no lo necesite. Más adelante llegan las expectativas y las cosas ya no encajan, los sentidos se derrumban.

“La tersa superficie, el sedoso lustre de su pelo
cayendo delicadamente por ellos
como el agua. Apoyé la mejilla – una vez,
quizás – sobre su firme contorno,
mi oído contra el peso negro de su corazón oculto. A lo sumo
una vez – sin embargo cuando pienso en mi padre
pienso en sus senos, con mi cabeza reposando
en su pecho fragrante, como si hubiese pasado
horas, años, en ese olor a pimienta negra y
tierra roturada.”

He intentado leer el cuento que me ha mandado L. varias veces esta tarde. Pero me derrumbo al segundo párrafo una y otra vez. Necesito más vino – el de esta noche es estupendo para estar bebiéndolo a solas – y para cuando se acabe me reconforta la presencia de la ginebra en el estante. Me vuelve a la cabeza ahora L.M. Panero, cuando decía que nos empeñábamos en negarles a los locos sus laberintos, en lugar de cogerles de la mano para acompañarles a través de ellos.

Yo por mi parte sé que cuando encuentro una mano a la que agarrarme, no me importa donde me lleve; que me sirva para entrar o para salir del él, no me importa el laberinto. Como a Sharon Olds, que llena de dolor todos sus poemas para reivindicar su triunfo, su supervivencia.

Me has abierto los ventanales para el viaje. Un viaje en 4x4 con el depósito repleto de gasolina, para que sea largo. Alguien canta en el asiento de atrás sin coger bien el tono, mientras juega distraída con una muñeca. No conduzco. Y aunque sea por un laberinto, no me bajo.

Hoy L. me ha mandado un cuento que me ha recordado al libro de Sharon Olds, leído ya hace tiempo. Y al igual que la impresora, el libro se ha puesto hablar conmigo. El marca-páginas, rojo y orgulloso en la página 92, me decía con enormes letras blancas: "Mañana, lunes".

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Perseguidor a la francesa

Dietario voluble

Enrique Vila-Matas,

Anagrama, Barcelona, 2008.

Estoy empezando a mosquearme seriamente. Si todo es como creo que está ocurriendo debería dejarme llevar por mis impulsos, acercarme esta semana a Barcelona, disfrazando mis modales de hombre bruto tras una camiseta multicolor bien ajustada y unas gafas oscuras muy modernas. También debería llevar un bolso de bandolera de nylon, con un revólver falso dentro, una bufanda de colores más chillones aún que la camiseta y un viejo abrigo azul marino. De esos de lana, como los que usaba Camus para las portadas de sus libros.

Así ataviado estaré en condiciones de perseguir a Vila-Matas por su ciudad, más concretamente por la Travessera de Dalt, hasta que finalmente me reconozca y le entre el pánico. Estoy harto, y también angustiado, de que sea él quien me persiga constantemente a mí. Creo que ya es hora de que le toque a él sentir la humeante presencia de mi aliento en su calle, al igual que ahora yo siento la suya en mi salón.

El primer escalofrío lo sentí cuando, hace ya algún tiempo, traje el último libro de Vila-Matas de la librería hacia mi casa. Lo primero que suelo hacer con todos los libros es pasarles un exhaustivo reconocimiento médico. Hojeo brevemente todas sus páginas, comprobando que no le falte ningún órgano vital, y verifico minuciosamente su identidad (me encantaría encontrar una novela impostora metida en otro libro, pero no ha ocurrido todavía). Finalmente, antes de exiliarles una temporada en el secadero, les hago el primer examen oral.

Abrí casualmente Dietario voluble por primera vez por la página 94, y allí encontré a mi perseguidor escuchando, en un hotel del paseo marítimo de Palma de Mallorca, Batiscafo Katiuskas, la canción de Antonia Font que ha estado metida en mi cabeza intermitentemente desde que la escuchara por primera vez en 2006. Algo iba a ir mal: Vila-Matas se estaba apoderando de también de mi mundo sonoro, y además lo hacía con total desfachatez, saludando desde la terraza y campeando libremente por mi tercera patria.

Dejé pasar un tiempo prudente para que el impacto de este descubrimiento no me bloqueara definitivamente, sumiéndome en una lectura tartamuda de este diario, al parecer un diario de una nueva vida. ¡Ja! Hazle caso a Piglia, sigues siendo el mismo. Probablemente sin güisqui, pero el mismo.

Cuando decidí entregarme al libro, las cosas no fueron mucho mejor. Dice Vila-Matas que lo fantástico de los viajes es la suspensión de nuestra existencia, la suspensión de nuestra realidad. ¡Coño! He pensado en ello muchas veces e inclusive lo he escrito en estas páginas.

Más adelante me fascino ante la descripción de lo difícil que resulta comprar un libro para regalar: lo estúpido que resulto desde fuera al comprar el ejemplar de regalo de un libro que deseo y lo enfermizo que me siento al dejar pasar sólo un día hasta volver a la librería a comprar otro para mí. Eso sí, siempre que haya sido capaz de superar la prueba de no quedarme el ejemplar primero, el destinado al otro. ¡Joder! Si yo pudiera escribir así, no habría posibilidad de que este perseguidor tan persistente, me robara esta historia sólo con observar de lejos mi comportamiento en una librería.

Vila-Matas también me observa cuando busco efemérides de las fechas de cumpleaños de mis allegados, cuando como pizza en Roma, cuando hago listas de mis escritores preferidos, lamento el aspecto que tiene Barcelona o cuando me acuerdo de un personaje de alguna novela. Se está aprovechando de mí. Su descomunal talento lo oculta a primera vista, pero está haciendo de mi convencional vida una historia excepcional, una vida de diario de escritor.

La situación es tan grave que hasta se atreve a dedicarle sus libros a Paula. De acuerdo, la suya es de Parma y la mía es de Padua. Pero son sólo 180 kilómetros para disimular, lo sé.

Intenta perseguirme a la francesa, sin decir hola cuando llega a la esquina de mi casa en la mañana, sin avisarme al empezar su trayecto tras mis pasos. Pero yo llevo tiempo preparando mi venganza. Sin que él se haya dado cuenta yo ya he hecho mis deberes. Le dejo perseguirme sin protestar, porque he decidido nombrarle mi escritor oculto. Tengo el lujo de que el escritor que está escribiendo mi vida sea uno de tamaño talento. Todo un privilegio.

Se me ha quedado Paula - la mía - metida en la cabeza. Fue la única que me alertó sobre Vila-Matas. Pero yo preferí no hacerle caso y me despedí de ella a la francesa. Ahora sé que lo hice así, sin ni siquiera una palabra, porque decir adiós hubiera significado una muestra de desagrado y de ruptura.

Si ella estuviera aún aquí, me diría acuéstate ya y procura no roncar. Mejor, me pediría que me quedara a dormir en el salón, con ese insufrible olor a tabaco negro que rodea todos mis movimientos y con esa obsesión enfermiza que me ha dado con el escritor ese.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Una amenaza silenciosa

En el castillo de Argol

Julien Gracq,

Siruela, Madrid, 2003.

Probablemente tenía que haberlo hecho antes, pero tan sólo hace unas semanas visité a mi hermano en Santander. Siempre hemos tenido vidas asíncronas, así que durante muchos años nos hemos conocido solamente de lejos. Nos ha costado un tiempo llegar a tenernos respeto sincero, aunque amor lo ha habido siempre. Sin embargo, desde hace algún tiempo, de forma completamente inconsciente, siento que nos vamos gustando.

Las expectativas eran muy buenas. Teníamos la suerte de haber hecho coincidir mi visita con el partido del Sporting y así poder tener la oportunidad de chillar e insultar juntos en el campo. Fumar, beber y gritar juntos son estados de ánimo que me capacitan para comulgar con mis amigos, y probablemente sean los más sublimes que tengo para sentirme unido a ellos.

Afortunadamente para todos, y a pesar de la alegría que mantuve durante toda la visita, disfruté de alguna oportunidad para estar solo. No consigo identificar la razón concreta, pero en los momentos más alegres necesito siempre encontrar un hueco a través del cual ventilar diariamente la guarida de mis obsesiones. Si no encuentro este hueco, exclusivamente mío, me ahogo. Al respirar, si no respiro suelo ahogarme, dicen los Vetusta Morla en una canción.

Como tenía curiosidad por conocerla, me acerqué a la librería Estudio pocos minutos antes de la hora del cierre, sin tiempo para entenderla y menos aún para buscar libros escondidos en sus estantes. Pero las neurosis son fieles y silenciosas perseguidoras y, al final, de un modo u otro, siempre aparecen. Me sentí incapaz de marchar de aquel lugar sin unos libros recién comprados y acabé decidiéndome por los poemas de Sylvia Plath y En el castillo de Argol. Este último lo escogí a toda prisa, casi exclusivamente para joder al dependiente de la librería que anunciaba, una y otra vez, que ya era la hora.

Sabía muy poco de Gracq, pero recordaba haber hojeado un reportaje publicado poco después de su muerte en diciembre de 2007. La curiosidad que me había dejado y la incontinencia de mis impulsos, hicieron que al siguiente hueco que encontré me hundiera de cabeza en la lectura de esta extraña novela.

Los inquietantes avisos de Graq ya desde el prólogo – precisamente titulado Aviso al lector - habían secuestrado, no sin cierto acojone por mi parte, toda mi atención:

“En cuanto a las máquinas de guerra que en este relato se emplean aquí y allá, ya que están destinadas a mover los resortes siempre trabajosamente manejables del terror, se ha puesto un esmero particular en que no fuesen y, sobre todo, no pareciesen inéditas, y pudiesen por consiguiente desempeñar, desde lo más lejos posible, el papel de señal de aviso”.

En el castillo de Argol, es una novela gótica y propia del romanticismo alemán, tal y como se dice en la contraportada. Cuenta los inquietantes sucesos que ocurren en la visita que la belleza, Heide, y la amenaza, Herminien, hacen a un viejo amigo de éste, Albert, retirado a vivir en un castillo sumergido en un bosque de la costa. Desde los primeros párrafos aparecen en mi memoria imágenes y sensaciones ya leídas; pocas páginas después me doy cuenta de que estoy pensando en En los acantilados de mármol de Jünger.

Como en la novela del alemán, la historia gira entorno a una fortaleza – una frágil fortaleza interior – situada en un escenario idílico en el que la Naturaleza exhibe todas sus dotes de seducción, todas sus argucias de mantis religiosa. La fortaleza está amenazada por un enemigo invisible, inquietante y confusamente definido. Un enemigo tan amenazante como últimamente me resulta la extendida exaltación de lo rural, ese reclamo de una vuelta a una pureza y sencillez un poco primitiva, un reclamo que oculta algo muy animal y peligroso, algo que palpita nervioso bajo la primera capa de nuestra piel. Así en el Argol de Gracq como en la Marina de Jünger; así en el cielo como en la tierra.

Ya he dicho que yo sabía poco de Gracq, así que no debía precipitarme. Podía haber buscado en wikipedia, pero preferí acudir a los papeles. El reportaje que recordaba era reciente y debía estar entre los recortes que aún guardo en la superficie: a la vista doblados en el primer estante, o todavía arropados entre periódicos arrugados sobre una silla. Al menos no sería necesario bucear en los cajones.

Finalmente encontré un artículo de Juan Pedro Quiñonero sobre Gracq en el ABCD en el que no tardaba más de un párrafo en mencionar a Jünger. ¡Bingo! Necesitaba más y acudí a la enciclopedia. ¡Agua! Sólo una lista de libros publicados. De vuelta a la red descubrí que Gracq había participado en la segunda guerra mundial, de modo que seguramente vivió a la vez que Jünger la experiencia del asedio de París. Vidas síncronas, aunque desde bandos enfrentados a la rivera del Sena.

Quizás fuera esta experiencia la que llevara a Gracq y Jünger a escribir dos historias parecidas que vieron la luz prácticamente el mismo año (1938 y 1939, respectivamente) y que cuentan cómo la idílica representación del paraíso esconde de forma implícita una amenaza brutal. Pero si importantes me parecen las similitudes, también lo son las diferencias. En Argol la amenaza es interna, esta dentro de Albert, la lleva él consigo. En la Marina la amenaza es ajena, es el Gran guardabosques quien la blande. Mientras en el bosque de Argol la muerte es casi imperceptible, en la Marina ésta se anuncia en rituales al ritmo de tambores. Me he puesto muy nervioso al darme cuenta de que la novela de Julián Gracq es una novela silenciosa en la que salvo algunos ruidos provocados por las corrientes de aire, los sonidos del bosque o del mar, todo está en silencio. No es así en la de Jünger, una novela con ruido explícito, en la que los personajes, al menos, dialogan.

Una diferencia análoga distancia a Jünger de Gracq. Mientras Jünger era mundialmente conocido y famoso, Gracq había decidido retirarse a su pueblo de siempre para mantener un silencio prácticamente absoluto, sólo roto a través de sus obras. Practicó el aislamiento militante, renunciando a premios de postín, exiliándose en el planeta de los escritores desaparecidos.

Para mí una novela silenciosa es una maquina de terror. El silencio de una novela me deja desnudo y sólo ante mi representación del mundo, como en una pelea silenciosa o un partido de fútbol a puerta cerrada. Cuando descubrí que su autor fue un escritor silencioso, me quedé con mal cuerpo, me replanteé mi visita: a pesar de haber venido dispuesto a desgañitarme animando al Sporting con mi hermano, me encontré a ratos solo y asustado, hundido - a causa de las prisas del dependiente aquel - en una novela silenciosa.

Debería haberlo pensarlo mucho mejor, y me doy por avisado: así como la derrota del Sporting no me arrancó la alegría de la temporada; al igual que tanto tiempo de distancia no quemó los puentes con mi hermano, nada podrá evitar que me ahogue en el próximo lago; nada puede garantizarme que la chica que ahora me llama con fascinante sonrisa deje de hacerlo ya mañana. Todo en el más profundo silencio, sin hacer el menor ruido.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Vengo de parte de Ray

El puente que cruza la luna

Tess Gallagher,

Bartleby Editores, Madrid, 2006.

Ya confesé aquí en una ocasión mi dificultad para conectar con la las historias escritas por mujeres. En otra no dudé en mostrar mi incomodidad ante una declaración de amor excesivamente intelectualizada y sentimental para su exposición pública. Ahora me gustaría hablar de este libro, pero me doy miedo, así que mejor hablo de por qué he llegado hasta él.

Tess, Tess, Tess, Tess“. Con esta dedicatoria se abría el último libro de poemas de Raymond Carver. Tiene un título precioso: Un sendero nuevo a la cascada. Un título construido con un símil tan sencillo, rico y explícito de los años que Ray vivió con Tess Gallagher. Ella fue un descubrimiento y una salvación. Le devolvió unos años de vida que Ray tenía perdidos, sin que ni siquiera hubiera podido darse cuenta. Años de creatividad deslumbrante y años de disfrute tranquilo del reconocimiento y el éxito. El final de la vida de Carver fue un sendero que le llevó a un lugar fresco y despejado aunque fuera una cascada y no un apacible lago.

Recuerdo que ese libro me descubrió un Carver contento, satisfecho. Yo había visto a Carver casi siempre inquieto, en tensión, capaz de descubrir el dolor en cualquier rincón de la casa, para luego narrarlo de ese modo tan sutil, silencioso. Carver no era nunca complaciente con la humanidad; la mostraba siempre en el filo de la navaja, tan próxima a nosotros que yo tenía que cerrar los ojos y esperar que ese tren pasara sin arrollarme. Sin dejarme herido. Si Carver se portaba así en sus relatos, lo era de una forma aún más dura en sus poemas. De modo que cuando descubrí a Ray contento, satisfecho y tan agradecido a Tess, hizo que la quisiera un poco yo también.

El puente que cruza la luna es el primer libro escrito por Tess Gallagher que se ha publicado en España, y también es el primero que yo he leído. Más tarde, en 2007, Bartleby editó también Carver y yo, y por ahora estas son las únicas dos obras de Gallagher traducidas al castellano. Es curioso que las dos sean obras que hablan de Ray, y que el resto de su biografía siga sin traducirse. Yo por mi parte no lo echo de menos, pero quizás haya alguien con otras sensibilidades que sí lo haga.

huevos, mantequilla de cacahuete, chocolate... y luego, después de un espacio en blanco: ¿Australia?¿La Antártida?

Cuenta Tess en el prólogo de Un sendero hacia la cascada, que esta curiosa lista apareció en un papel encontrado en el bolsillo de una de las camisas de Carver, en un tiempo en el que él ya conocía la gravedad de la enfermedad que lo estaba matando. Pero allí en ese papel estaban los nuevos planes de Ray, planes a corto y largo plazo, propios de esa insistiencia en disfrutar esa propina de tiempo que le había sido regalada.

Fue en los prólogos de los libros de Carver donde yo encontré a Tess Gallagher por primera vez. Son maravillosos, están escritos con una dignidad inusual. En elloss Tess se muestra profesional y un poco distanciada, pero no duda en mostrarnos el baño de su casa para que nade se nos escape. No duda en mostrarnos abiertamente su amor y su dolor; con toda la dignidad a pesar del profundo desgarro, con aparente entereza. Una entereza frágil, a punto de romper a llorar en cada renglón, pero digna y fiel a su pasión por la literatura y su admiración por Carver.

Es una lástima que al leer El puente que cruza la luna me haya sentido yo tan fuera de lugar, invadiendo una intimidad que me resultaba inaccesible; compartiendo una celebración profunda de dolor que me ha de estar vedada, intentando rezar en un velatorio de una religión que desconozco. Los versos de Gallagher no consiguen trasmitirme los matices que prometen, y estoy convencido que es porque están escritos exclusivamente para Ray: los giros, juegos de palabras y los variados guiños parecen componer un código matrimonial, que sólo su intimidad les permite descifrar.

Así que me he tenido que salir del velatorio. Había otro tipo allí fumando. Creo que nos habíamos visto antes alguna vez. Me ha ofrecido un cigarrillo pero yo he avanzado hacia él mostrándole mi cajetilla de Ducados. Hemos estado un rato en silencio. Luego me ha preguntado de qué parte de la familia era yo. Vengo de parte de Ray. Le he dicho.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Una noche entera

After Dark

Haruki Murakami,

Tusquets, Barcelona, 2008.

Voy a contarte lo que escribo desde tu punto de vista. Sí, ya sé que no estás, pero imaginemos por un momento que estás aquí. Ya sabes que yo desde luego puedo hacerlo. ¿Y tú?

Pongamos que estás de pie delante de mi cama; imaginemos que tu mirada se convierte en una cámara. Ves una cama detrás de un biombo blanco, una colcha blanca y varias almohadas multicolores. Pero sobre todo te fijas en el desorden de estas sábanas tan rojas. A la derecha una mesita blanca, un par de libros, un lámpara de lectura y un cenicero en el que humea algo que parece un cigarrillo. Lo acabo de apoyar. Lo dejo encendido porque le queda una calada. Hace calor.

Pero esta noche no es una noche de verano. Hace frío en la calle y desde la ventana de la izquierda aparece el lado oculto de la luna reposando sobre su lomo brillante. Cuarto y mitad, casi dándonos la espalda. Tumbado en una cama flotante, en un cielo oscuro sorprendentemente escaso de nubes.

Yo no tengo un lomo brillante y le pido a mi codo que se mantenga firme; que no se ponga a temblar sobre el colchón y que me permita escribir con buena letra. Pero no olvides que también estás tú, y ya se sabe, todo tiembla.

Vamos, conecta ya la sonda. Así tendrás la imagen completa. Verás lo que pienso escribir. Ahí está. Ahí tienes la casa pequeña desde esa cámara panorámica que has colocado en el techo, a modo de plano picado y cóncavo. Ves el sofá también rojo, la mesa revuelta de papeles sin importancia, la tele en silencio y un tipo encorvado sobre la mesa de cristal frente al ordenador.

Está escribiendo en silencio, con el cenicero humeante y repleto de colillas; sí el mismo cenicero que luego se llevará a la cama y nublará sus sueños. Está pensando en After Dark, la última novela de Murakami, ese escritor con nombre de pájaro divino que tiene legiones de seguidores. Escribe indeciso, no sabe si pensar más en Mari – la enigmática chica solitaria – y su pesado libro, o en Takahashi, el músico amable y extrovertido, ese hombre de historias largas.

Ya parece que lo tiene claro. Toma un poco de agua de su vaso – el vaso de las cervezas, de los gin-tonics, el vaso del agua – y piensa que lo que le gusta de libro es el molde de sus personajes, liberados de cualquier juicio y observados discretamente desde la lejanía. Se necesita arte para lanzarte dentro de un personaje desde tan lejos. Se necesita talento para describir tan fantásticamente una conversación accidental en un bar, una conversación que necesita una noche entera.

Se queda pensativo, ha perdido el hilo. O quizás simplemente se ha consumido. La cámara panorámica se acerca a la pantalla y empieza a registrar las imágenes de un tipo que ahora fantasea delante de su ordenador en tener una conversación accidental en un bar. Descubrir que hay alguien con historias largas que escuchar. Alguien que pretenda hacerlo desde lejos pero que poco a poco necesite la proximidad del primer plano. Una conversación de una noche entera.

Ahí está, sigue con su sueño escrito. Estás viendo un tipo que mientras escribe a diez dedos sueña que lo hace a mano tumbado en una cama, mientras tú le clavas la mirada.

martes, 4 de noviembre de 2008

Libertad, justicia y lujo '08

El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma.

Robin Lane Fox,

Crítica, Barcelona, 2007.

Hay muchas razones para haber traído aquí el libro de Robin Lane Fox, principalmente porque es una narración espléndida de la historia de Grecia y Roma, desde Homero al emperador Adriano. El mundo clásico es un libro que discurre fluidamente, manteniendo la tensión narrativa a la par de parecer siempre fiel y riguroso con los hechos, o al menos con sus testigos. Y los hechos tal y como ocurrieron están llenos de sorpresas, de momentos y situaciones que parecen irrepetibles. Todos ellos, y la maestría de un historiador que dejará huella, justificarían mucha más atención y palabras de las que yo le he dedicado.

Leí el libro a principios de año, cuando en España estábamos en plena campaña electoral, y entonces descubrí una efeméride que me llamó la atención, tan metido en el contexto electoral como yo estaba en aquellos días. Hoy, a la espera de que mañana los americanos elijan a su nuevo presidente, he vuelto a recordarla. Dice Lane Fox:

“… Era necesaria una medida más drástica si querían superar el favor de la ciudad, de modo que probablemente fuera en julio o agosto [de 508 a.c.] coincidiendo con la toma de posesión del nuevo magistrado rival, cuando el estadista más viejo y experto de la familia, Clístenes, propuso en medio de una asamblea pública que se cambiara la constitución y que, en todas las cuestiones, el poder soberano residiera en el conjunto de los ciudadanos varones adultos. Fue un momento magnífico, la primera propuesta de democracia de la que se tiene constancia…”

Así que de ser válida la efeméride, el 2008 se cumpliría el XXV siglo de democracia. No tiene ningún significado especial, sin duda, pero el hecho de que ahora nos encontremos ante cambios aparentemente históricos – el posible triunfo de Obama en EEUU, o la supuesta refundación del capitalismo que, dicen, necesitamos – me parece curioso que la democracia griega, de la que nos sentimos herederos, cumpla este mismo año 25 siglos.

A pesar de tanta historia, yo no consigo saber muy bien qué son las elecciones democráticas. Obviamente creo entender para qué sirven, y en menor medida, cómo funcionan. Pero no acabo de entender completamente qué representan para nosotros: ¿qué representa el hecho de votar, qué ilusiones motivan nuestra elección de voto? También he de decir que yo nunca he participado en ninguna. No es que me haya abstenido, ya que ni siquiera he tenido la necesidad de decidirlo; simplemente mis circunstancias no me permiten votar.

Estados Unidos con su proceso electoral – hechas algunas salvedades – ha vuelto a dar un ejemplo total de democracia al mundo. No tanto por los fastos ni por los globos de colores, claro está. Lo ejemplar es el propio proceso, sus mecanismos y sus tradiciones que demuestran estar tan profundamente arraigadas en los ciudadanos que casi parecen ancestrales. Un ejemplo envidiable, una promesa tan pura, tan auténtica, y tan públicamente expuesta que la hace deseable para todos. Pero cuenta Lane Fox:

“En la década de 440 a.c. se habían firmado alianzas entre los atenienses y más de doscientas comunidades griegas, construyéndose así el imperio más poderoso de la historia de Grecia que se conoce. En los textos de la época oímos hablar de la esclavización de los miembros de la Liga por parte de Atenas y de la arrogancia de ésta, aunque se asegura también que garantizaba más libertad y justicia para los griegos de la que podía llegar a suprimir. […] Los atenienses nunca intervinieron sin ser llamados para imponer o exportar su democracia un Estado aliado estable. […]El tributo pagado a Atenas era bajo y negociable y […] la amenaza que suponían Persia y los sátrapas de Asia Menor distaba mucho de haberse disipado. Mientras tanto los barcos atenienses impedían el desarrollo de la piratería en el mar y aseguraban una defensa contra los persas en caso de crisis […]”

La cita sería mucho más larga, pero mi conclusión es que Atenas prometía y protegía la democracia a cambio de un precio negociable. También acosaba y atacaba – sobre todo comercialmente – a aquellas tiranías próximas a Esparta con el fin de motivar que sus pueblos se rebelaran y reivindicaran para ellos el modelo ateniense. También, cuenta Lane Fox, los atenienses se quedaban con tierras y bienes de las nuevas democracias, lo que más tarde provocó un resentimiento que acabó provocando – entre otras cosas – las Guerras del Peloponeso, que significaron el fin del imperio ateniense.

A leer este retrato de Atenas he visto reflejado a Estados Unidos – desde entonces, para mí, la Atenas moderna - promotor ejemplar de la democracia frente la inextinguible amenaza del enemigo. Eso sí a un precio razonable y bajo alguna que otra amenaza. También me ha recordado a algo muy patrio para mí. Esas organizaciones que a cambio de nada te protegen el negocio.

Volvamos a las elecciones. Ahora pienso que las usamos como medio para expresar nuestro deseo de mundo, nuestro deseo de vida. Y en esas ilusiones se mezclan lo que queremos para todos, lo que no queremos para nadie y lo que sólo queremos para nosotros. Una mezcla difícil, de imposible coherencia.

Dice Lane Fox que la historia del mundo clásico, la historia del mundo en realidad, está guiada por tres deseos irrenunciables: la libertad, la justicia y el lujo. El problema de la democracia es que convertimos estos conceptos en ideales sin darnos cuenta de su incompatibilidad implícita, sorprendidos de que la factura sea unirse al chulo del barrio o a la patrulla vecinal.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Corresponsales del pasado

Un mundo en guerra. Crónicas españolas de la segunda guerra mundial.

Laia Arañó y Francesc Vilanova,

Destino, Barcelona, 2008.

En los últimos años he venido observando como las conversaciones sobre política – afortunadamente cada vez más inusuales – que mantengo con mis amigos acaban convirtiéndose en encendidas discusiones partidistas sobre los medios de comunicación y, en particular, sobre los periódicos.

Realmente yo no tengo ninguna esperanza en que estos debates me sirvan encontrar mejores explicaciones, análisis más completos de aquello que nos rodea, y siempre preferiría hablar de fútbol o de mujeres. Pero, aunque sea tan poco optimista respecto a la aportación de la discusión política, no consigo librarme completamente de ella. Y menos aún del debate sobre la prensa.

En una ocasión alguien en me llamó con guasa “el azote de la prensa”, burlándose de mis repetidos e irritados juicios sobre los periódicos que leemos. Aunque fuera en tono jocoso el calificativo me ruboriza, sobre todo porque me desenmascara: ¿a qué viene tanta queja si luego no puedo vivir sin ellos?

Una pista. Hace una semana J.L. García Martín reflexionaba en ABCD sobre por qué leemos y citaba a alguien que había dicho algo como “leemos para aprender a preguntarnos por qué leemos”. ¿Por qué soy yo tan adicto a leer periódicos? Porque sólo leyéndolos aprendo a odiarlos, a descubrir los mecanismos con los que yo mismo me dejo engañar.

Para ser completamente sincero sobre mi relación con los periódicos, he de decir que, para mí, hay dos tipos de lecturas muy diferentes de un periódico. No es lo mismo enfrentarme al periódico de mañana que leer un periódico de ayer. Mientras con el periódico diario me irrito, discrepo airadamente, al periódico de ayer me une un pasado común, una nostalgia. El periódico de ayer es como alguien que dice ¿te acuerdas de…?

De modo que cargado con mi adicción al periódico de todos los días, y mi fascinación hacia los del pasado esta semana estoy de celebración. He echado la primer ojeada a Un mundo en guerra, un cuidada selección de crónicas aparecidas en ABC, La Vanguardia Española, Arriba… durante la segunda guerra mundial. Un fascinante viaje a la propaganda franquista, una propaganda paleta, oportunista y chaquetera que describen actitudes todavía habituales entre los militantes - de uno y otro bando, si se quiere - de este país. Las crónicas de los años '40 reflejan una clase política y periodística que jamás analizan sus posiciones en positivo, para defenderlas; solamente son capaces de justificarlas como reacción a un supuesto rival.

Leyéndo algunas de las crónicas, voy reencontrándome con elogios filonazis, ataques encendidos contra Churchill o justificaciones anticomunistas posteriores a Nuremberg. Pero también redescubro la dependencia de la prensa hacia el poder político, o el fantástico estilo literario que fue perfilando la cultura rancia de la época.

La otra celebración de la semana se la debo a La Vanguardia, que ha abierto su hemeroteca digital a todos los adictos. Una fiesta. Una ofrenda que me hace sentir dentro de la piel de mis padres, de mis abuelos. Gracias.

Pasaré horas enchufado a la hemeroteca, chutándome para aplacar mi ansia de respuestas, o de preguntas. A estas alturas lo mismo da.

viernes, 31 de octubre de 2008

Pliegues en las esquinas

Navegando a solas por la habitación

Billy Collins,

DVD, Barcelona, 2007.

Me he hecho amigo de Billy Collins. En los últimos días he estado observándole, escuchándole pensar, discurrir y soñar. En estos últimos días hemos tenido la oportunidad de hablar. En algunas ocasiones se nos ha unido un buen amigo mío y estoy seguro que se han caído bien.

He tenido tiempo de leer Navegando a solas por la habitación – eso es lo que hace Billy Collins durante toda la antología – con calma, poco a poco, dándole vueltas a lo que me estaba diciendo. Y de tanta calma, he roto una costumbre.

Suelo señalar con un trozo de post-it los poemas que más me gustan, además de tener la constumbre de pintarrajear las páginas subrayándolos y discutiendo con ellos. Pero nunca he doblado las esquinas de las hojas de los libros. Demasiada violencia. Esta vez, sin embargo, por alguna extraña conspiración - creo que ha sido la alegría - he marcado las páginas con pliegues en las esquinas. No sé qué me ha pasado, lo siento.

Mientras deshacía los cortes y curaba las heridas del libro con las tiritas amarillas, ha llegado Geromín - ¿Qué tal, ho? - quien respecto esto siempre ha estado de acuerdo conmigo. Nuestra discrepancia está en que él nunca ha usado su bolígrafo contra un libro, y siempre me ha echado en cara que yo pintara tonterías en los márgenes. De esto estábamos hablando cuando Billy Collins ha llegado y se ha reído de nosotros con Marginalia. A mí me ha parecido muy gracioso, y los tres nos hemos reído con gusto.

A continuación hemos estado escuchando música, bebiendo güisqui, hablando de tías, filosofando y jugando con los perros. Ha sido una tarde estupenda; nos lo hemos pasado bien, aunque no hayamos echado carreras con las bicis, ni jugado al baloncesto en el patio de atrás. Nevaba y hacía frío, pero no importa, yo creo que nos hemos hechos amigos.

Yo lo he notado sobre todo en este párrafo de Tomes:

I have nothing against

the thin monograph, the odd query,

a note on the identity of Chekov's dentist-

but what I prefer on days like these

is to get up from the couch,

pull down The History of the world,

and hold in my hands a book

containing almost everything

and weighing no more than a sack of potatoes,

11 pounds, I discovered one day when I placed it

on the black iron scale

my mother used to keep in her kitchen,

the device on which she would place

a certain amount of floor,

a certain amount of fish.

Ahora - claro - me toca recomendar a los amigos: salid a buscar a Billy, es fantástico.

jueves, 23 de octubre de 2008

No lo toméis en serio

Schopenhauer, Nietzsche, Freud

Thomas Mann,

Alianza, Madrid, 2006.

Hace algunos años… hace bastantes años, tuve la ocasión compartir un día completo con Andrés Sánchez Pascual. Es conocido por ser el principal traductor al castellano de algunos filósofos alemanes, entre ellos Nietzsche, sin embargo yo le conocí borracho en el sofá de una cafetería de las de antes. No es que le viera borracho desde el primer momento, no, pero sí que le vi borracho. Y no se me ha olvidado nunca.

Entendedme, aquel hombre había venido a un pequeño instituto a dar una conferencia. Lo había invitado un profesor de filosofía irreverente y guasón que se había hecho coleguita de alguno de nosotros, y yo estaba fascinado. En aquella época yo empezaba a ser muy pedante y me entusiasmaba la idea de compartir una tarde con un filósofo conocido. Ahora ya estoy mejor. Gracias.

Después de su indescifrable conferencia algunos fuimos de cañas, y a continuación dimos cuenta de la correspondiente comilona que el esfuerzo intelectual había merecido. Estoy seguro que en la sobremesa empezaron a torcerse las cosas. No me di demasiada cuenta hasta que se me clavó el soniquete del argumento que repetía una y otra vez y que recuerdo perfectamente. La tarde se hizo muy larga, larguísima, pero sin duda él lo pasó fenomenal.

Después de todo el tiempo que ha pasado, he de decir que este episodio siempre me ha inyectado una dosis de entusiasmo. Me sienta fenomenal. Parece una síntesis graciosa de algunas cosas que me pasan: siempre se me ha dado bien obsesionarme con divagaciones sin destino; y también se me da bien emborracharme, seguramente mejor que lo primero. En conclusión consigo tener una vida social alegre, mientras oculto a los demás mis tesoros. Así estaba él, repitiendo obsesivamente una reflexión en un idioma exclusivamente suyo y riéndose tratando de involucrar a los demás.

Cuando recuerdo al traductor de Nietzsche borracho en el Buho’s, yo me pongo un poco más contento. Eso sí, yo para repetirme no necesito alcohol. Esto me sale perfecto.

En las conferencias de este libro, también Mann se repite con frecuencia. Y aunque no demuestre alegría en ningún momento, sí hace un intento continuo de empatizar con el lector. En realidad, con el resto de la humanidad. Mann parece necesitar decirnos una y otra vez es un hombre bondadoso, bueno como diría él. Lo hace en parte porque necesita marcar distancia con lo que representaba Alemania en los años en los que están escritos los ensayos (1924-1947, aunque alguno lo completará más tarde). Curiosamente el más temprano y el más tardío son los dedicados a Nietzsche, y la comparación entre ellos es esclarecedora.

El Nietzsche del ’24 todavía no se ha convertido en el loco enfermo que aparece en el del ’47, retratado como un sabio que se ha extralimitado, que es incapaz ya de contener su delirio y al que, por tanto, no hay que tomar en serio.

En el primer ensayo, y también en muchos párrafos del segundo, Mann muestra una admiración a Nietzsche que revela que lo ha estudiado y entendido muy bien. Yo creo que Mann piensa como Nietzsche. En el fondo se lo cree. Pero se siente incapaz de aceptarlo. Le resulta excesivamente doloroso para sus convicciones morales, sus credos y para su concepción estética de la existencia. Además Mann se ha propuesto explicarle al mundo que también los alemanes pueden ser caritativos, así que fuera Nietzsche. Mejor eludir el debate y argumentar que en su mayor parte sólo fue un enfermo.

Mann prefiere a Schopenhauer y se nota que se siente reconfortado con él. La razón está en la teoría moral del autor de El mundo como voluntad y representación.

Lo que le gusta a Mann como humanista es que haya en el sistema de Schopenhauer espacio para un sentido digno de la vida. Una vida justa, una vida justificada, es aquella que consigue tomar el control de la voluntad – es decir la voluntad de vivir, o mejor dicho el instinto de supervivencia. Asumir que somos parte de una voluntad que transciende a nuestra vida individual y con ello renunciar a nuestro carácter animal y retomar con dignidad la empatía entre los reyes de la creación.

La cuestión es que esta virtud, el control de la voluntad, no se aprende. Se intuye. Como ocurre con el arte, Schopenhauer niega que existan mecanismos que permitan aprender a intuir esta bondad. Es algo así como un don, una esperanza, una quiniela.

Thomas Mann prefiere rezarle a la suerte y ruega por estar tocado por esta virtud intuitiva. Parece un buen protestante.

El añadido de que Schopenhauer mezcle arte y bondad, cumple las mejores expectativas de Mann, que quiere ser un humanista en alma y apariencia. Y como todo buen humanista, desea un sistema filosófico completo o lo que es lo mismo, un sistema que sea satisfactorio (exclusivamente en eso consiste estar completo). Aunque éste repose en la suerte, lo prefiere a un sistema incompleto. No soporta que Nietzsche esté falto de idealismo, que no pretenda el lugar más alto del podio para el hombre.

- ¿Vas a venir a acostarte?

Ya me he vuelto a extender y repetir. No estaré borracho pero soy cada vez más freaky. De hecho he decidido hacerme con todo el merchandising de Nietzsche que exista. Pensad que gracias a su bigote, el filósofo alemán puede tener tanto tirón como el Che Guevara, Elvis o Jesucristo. De acuerdo. A otra escala. Pero fijaros en el bigote. Uno oye Cristo y piensa en una cruz, oye Nietzsche y piensa en un bigote.

Os presento a Freddy. Es el primero de mi colección. ¡Di hola, Freddy! Es la leche. Me lo he comprado en Internet.

- ¡Mira que te lo dije!


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Los premios del Humanismo

(Añadido el 27/10/08, porque no podía dejarlo pasar...)

El pasado 24 de octubre se entregaron en Oviedo los premios Príncipe de Asturias, y me ha llamado mucho la atención el protagonismo que de repente ha cobrado el Humanismo tras los discursos de la gala. Mientras algunos medios encabezaban sus crónicas resaltando la llamada a la unidad frente a la crisis, el principal periódico español sintetizaba el contenido de los discursos pronunciados en el teatro Campoamor de la forma siguiente:

“Fue un acto en clave de manifiesto que reivindicó el precioso humanismo del pasado, tan necesario en el presente, tan urgente para el futuro”.

La cita está extraída del reportaje sobre el acto firmado por Jesús Ruiz Mantilla, titulado sin medias tintas como “Una reivindicación del humanismo“. No estuve pendiente de los discursos de las autoridades en Oviedo, ocupado por terminar el trabajo en la oficina y salir a ligar, pero sí tuve la ocasión de escuchar algunos de ellos. La sensación que me dejaron algunos de los pedazos de catequesis que escuché, es que efectivamente lo que allí había tenido lugar era una reivindicación de la firmeza y el compromiso con los valores morales universales, globalización de la empatía y sobre todo reivindicación del buenismo. Siendo así, el titular de Ruiz Mantilla parece adecuado. Lo que son un delirio son los discursos.

Cuando pensaba que la cosa no iría a más, me encuentro el domingo 26 una columna en el mismo diario titulada “Humanismo” . Está escrita por Carlos Boyero - genial, ácrata y cínico como el que más - y dice lo siguiente:

“[…] me enciendo inevitablemente al constatar año tras años que los príncipes de España reivindican el humanismo. Pues, claro. ¿Qué van a reivindicar personalidades tan cultivadas y modernas? ¿El bestialismo, el satanismo, las Cruzadas, el nazismo, el expolio del Tercer Mundo, la tortura, el belicismo, los extraterrestres, el terrorismo? Me ocurre con el sobadísimo termino "humanismo", que empiezo a hacerme un lío con lo que significa aunque debe de ser algo excelso. Lo único transparente es que todo el personal que chorrea poder y riqueza siente una responsabilidad incansable en la defensa y la exaltación de los valores humanos.”

La pregunta retórica de Boyero, me ha llevado a otra: de haber sido posible, ¿le habrían dado el premio, por ejemplo, a Nietzsche, Sartre, Huellebeq o cualquier otro verdugo de la moral y del humanismo? Puede que sí, pero siempre en calidad de artista, no como filósofo. Podría premiarse algo por ser bonito, pero con la precaución de no tomarlo en serio.

Sigo leyendo el periódico a pesar de todas las dudas que me arroja. Y hoy mismo me encuentro con más polémica humanista. Esta vez relacionada con la crisis económica sobre la empiezo a estar hasta los huevos: hoy hablaban de ella en el papelillo de la galleta de la suerte del chino en el que como.

André Glucksmann dice que las causas de la crisis hay que buscarlas “en capitalismo que cree que todo le está permitido porque habita el mejor de los mundos posibles … síntomas de la euforia devastadora de una existencia posmoderna, más allá del bien y del mal, al margen de lo verdadero y lo falso.” Y lo remata con un fantástica cita de Barbara Ehrenreich, analista del New York Times: “Todo el mundo sabe que no se puede obtener un empleo con un sueldo de más de 15 dólares a la hora si uno no es positivo, ni llegar a director gerente alertando sobre posibles catástrofes”.

De eso se trata entonces. No se puede ser directivo si no hay buenas noticias, no se puede ser dirigente político si no se cree en el futuro. No se gana el Premio Príncipe de Asturias si no se es humansita. Una preocupación más que me quito.

domingo, 19 de octubre de 2008

La alegría de la casa

La tienda de los suicidas

Jean Teulé,

Bruguera, Barcelona, 2008.

“No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Este es probablemente el comienzo de un ensayo filosófico más famoso de la historia. Un arranque digno de competir con el descubrimiento del hielo en la familia Buendía de García Márquez. Sin embargo, más allá del problema teórico que se planteaba Camus, hay otro de índole práctica y de más difícil solución: ¿cómo se lo cuento a los niños?

Hace algunos meses nació el hijo de mi vecino más querido, Mirko, que siempre ha sido un tipo ácido e inteligente. También puede ser simpático y alegre, pero sólo en ocasiones. Pero lo que más me gusta es que me ha acompañado siempre en las divagaciones filosóficas que empiezan en el ascensor y terminan en el salón de su casa, mientras su preciosa y elegantísima mujer nos alegra la charla con dardos deslumbrantes de irónico realismo. Mirko escucha mientras las conversaciones se alargan con el vino, pero cuando se empañan con el güisqui empiezo a sentir la insufrible pesadez de su discurso melancólico. Trato de esconderme escuchando a su mujer y me alegro de que sólo sean mis vecinos, que mi cama esté tan sólo a veinte pasos.

Desde que ha sido padre, Mirko se da cuenta de que es imposible hilar un discurso nihilista con el tono de voz de hacerle carantoñas al niño. Así que lleva semanas agarrándose a ilusiones, a alegrías que no le pegan. Se ve como el presidente de su compañía cuando visita la fábrica vistiendo mono azul y casco. Está incómodo, sabe que ese no es su sitio, y se inquieta porque le cuesta creerlo. Ni siquiera se siente cómodo empleando la jerga post-parto y balbucea cuando lo hace. Lo que le salva es que cada media hora le toca cambiar al niño, poner la lavadora o preparar un biberón. En esos ratos se olvida de lo que pensaba y vuelve a las sonrisitas.

Para que dejara de darme la brasa lo mandé a La tienda de los suicidas, una farmacia (o un todo a cien, no lo recuerdo), inventada por Jean Teulé y regentada por los Tuvache, especializada en remedios para aquellos que consideran que ya es hora y necesitan encontrar la forma más sencilla. Al parecer ahora están pensando en cambiarle el nombre, de hecho en convertirla en un restaurante. ¡Date prisa! Le he dicho a Mirko.

Pero ya llegaba tarde. Cuando entró en la tienda ya era todo alegre por allí. Desde que había nacido Alan, el último de los Tuvache, habían cambiado la angustia por sonrisas y los venenos por pasteles. Todo culpa de un niño que con expresiones y respuestas guasonas había derribado el ideario familiar, tan entregados a la causa melancólica que jamás se habían permitido la alegría entre los suyos. Sin embargo Alan había nacido independiente y tenaz, y conseguiría invertir la pesadumbre de su familia en una alegría sorprendente.

- ¡Para eso están los niños!¡Para traernos la alegría! - Con esas me vino Mirko tras su único almuerzo en el restaurante de los Tuvache. De pronto había descubierto que su responsabilidad exigía ser una persona alegre como era de niño y revivir con su hijo los tiempos de su infancia.

- ¡Eso es la felicidad! – me suelta.

-Vale. Me alegro de que estés alegre. ¿Vas a dejar de darme la vara?

- Sí, tío, ahora lo tengo claro.

Yuri es un poco más borracho que Mirko. Pero es más callado. No tiene novia ni nunca la tendrá, porque es un gordo que sólo sabe tumbarse a ver fútbol en el sofá. Además es un ignorante y una rata. Sólo bebe güisqui cuando yo lo llevo a su casa, y en consecuencia cuando le visito pilla unos pedos importantes, casi insoportables. Pero últimamente lo prefiero a Mirko; Yuri escucha sin hablar casi todo el tiempo, no le interesa nada de lo que digo pero no le molesta que se lo diga.

Es más fácil que con Mirko, que de tan alegre está que no calla nunca.