
David P. Barash y Nanelle R.Barash,
Belacqva, Barcelona, 2009.
La hipótesis, por supuesto indemostrable, que da vida a este divertido libro de los Barash – padre psicólogo, hija bióloga y literata – es que la literatura, o al menos las grandes obras de la narrativa, son intemporales y universalmente famosas porque nos ofrecen historias biológicamente verosímiles. Dicho de otro modo, nos sentimos todos igualmente fascinados por la gran literatura porque en ella subyacen y son sutilmente retratados los aspectos centrales de nuestra biología.
Como hipótesis de partida me sienta bien. Estoy cómodamente tumbado e intrigado por averiguar hasta dónde me conduce, aunque desde los primeros momentos deba resistir la tentación de dejarme enredar por otra pregunta. Si la gran literatura se ocupa de los aspectos centrales de nuestra biología, ¿qué destino les espera a las historias que se centran en la biología complementaria, esto es, en las nimiedades, las excepciones o las diferencias como la locura o la cojera? Para seguir leyendo, debo suponer que esa literatura se quedará pequeña para siempre, chata, coja y muda, marginada en lo anecdótico e ignorada por lo trascendental.
Entre la hipótesis y la pregunta me acabo encontrado con mi habitual escepticismo, avivado en esta ocasión por el hastío que me produce la cada vez más imperante mitificación de la genética, esa que supone que en unos años seremos capaces de descifrar las conductas humanas en términos de la expresión de uno u otro gen, lo que finalmente permitiría listar en un manual de vida el catálogo completo de reacciones químicas asociadas a cada una de las posibilidades de nuestro comportamiento. Soy completamente consciente de que efectivamente es así, que la vida es un proceso químico largo y pesado, pero confiar en nuestra capacidad de hacer una lista completa es una burla.
A la par que avanzo en el libro (un capítulo dedicado a los celos del macho en Otelo, la elección del semental en las novelas de Austen, el complejo de virgen y puta en una novela de Hardy) descubro que el ambicioso proyecto inicial estrecha sus miras, y que todos los casos estudiados sólo se ocupan de la biología de la reproducción. Es entonces cuando me pregunto si el propósito inicial del ensayo se ha convertido, al menos en mi camino, en otro.
Necesito fumar. Dado que al parecer la gran literatura es así de grande por describir de forma verosímil nuestro comportamiento reproductivo, me pregunto si la cuestión debería dejar de ser la verosimilitud de la literatura y convertirse en una disquisición de por qué la literatura alcanza sus cotas más admiradas sólo cuando habla de sexo, parejas y, sobre todo, de los hijos. Siento la quemazón de la colilla entre mis dedos cuando me convenzo de que si todo esto es cierto es urgente que deje de preocuparme por la literatura. En su lugar debería preocuparme por la verosimilitud de la vida misma. Al menos de aquella que yo practico, por horas, fuera de la cama.
Leyendo Zorros, ciencia, erizos y literatura parece que fuera necesario aceptar que el comportamiento de los seres humanos pudiera reducirse a una perpetua reacción a la tensión reproductiva. Pero la reproducción es un proceso biológico tan básico, tan ancestral y universal que nos atañe a todos por igual. Pero lo hace de un modo simple y creer que nos retrata, es una simpleza.
En los seres humanos el impulso reproductivo – el motor único e insustituible de la existencia – requiere que los progenitores cuiden de sus crías hasta que alcancen la madurez suficiente para reproducirse a su vez. Este proceso de maduración es largo y exigente, y requiere de una capacidad sofisticada de adaptación a un entorno heterogéneo, cambiante y escaso de recursos. Nuestra capacidad de adaptación se manifiesta de forma individual y es tan peculiar y exclusiva que se convierte en nuestra historia.
La referencia insistente a nuestros hábitos reproductivos nos simplifica tanto que nos iguala. Nos convierte en estereotipos facilones, que necesariamente gustan a todo el mundo, inclusive en las novelas e independientemente de la virtud de su letra. Sin embargo afrontar la ardua tarea de adaptarse al entorno y conseguir los recursos para llegar a madurar hasta ser fértiles y atractivos; reproducirse y disponer de los recursos para crías a tus crías requiere de un arma compleja, de la biología adecuada.
El azar y el tiempo – la evolución – nos ha ofrecido como arma la inteligencia, o lo que es lo mismo, el lenguaje. Nuestra biología nos da nuestra historia, que desde luego va más allá de nuestro ímpetu fornicador y nuestros gametos. Nuestra biología es principalmente verbo, y los mecanismos del verbo son la literatura, de modo que nuestra biología es necesariamente la literatura y nuestra vida, representación.
Metaliteratura, susurro a solas al apagar la luz. Para sobrevivir no necesitamos disponer de universales, son tan simples que se convierten en obvios; pero sí necesitamos el potencial de vivir la representación ajena, de robar y experimentar sus vidas. Ahora bien, si lo que buscamos es algo verdaderamente humano, algo que nos afecte y nos emocione por igual es necesario que renunciemos a las sutilezas. Ese humanismo – el de los universales – hay que buscarlo en el bajo vientre, justamente donde lo escondemos.
Esta noche es el alivio el que da paso al sueño. La declaración universal de los derechos del hombre debería ser un ejemplar del Kamasutra.
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