Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

lunes, 26 de abril de 2010

Ruido

Todo arrasado, todo quemado.

Wells Tower,

Seix Barral, Barcelona, 2010.

Cama. Un poco de acidez y sabor a tónica. Ducha. Lavabo y cuchilla. Teléfono. Planes. Pereza. Otra vez baño, un rato largo. La maleta de mi padre. Prisa. Hospital. Sala de espera 1. Mostrador de admisiones. Enfermera sin escote. Pasillo. Sala de espera 2, más cómoda. Tiempo. Historia clínica. Enfermera con escote. Habitación 201, buenas tardes, buenas tardes. Cama 1. Revista de historia. Agua. Televisión por cable.

Calle. Café y cigarro. Estadio. Cánticos de esperanza. Uy, poste. Uy, larguero. Uy, córner. Descanso y cerveza. Otro uy. Gol en contra, mierda. Sol en la cara. Fastidio. Segundo gol en contra. Más mierda y carne de segunda. Hospital, otra vez. Todo bien.

Coche. Salón. Philip Roth y Manuel Vicent en un periódico. También las gilipolleces de Almudena Grandes. Las contragilipolleces de De Prada en el otro. Rodeados, completamente rodeados. Asco. Cama. Disco 1. Reflexión. Hastío y rabia. Sed. Reflexión sobre reflexionar. Burla. Libro. Un cuento demasiado triste para un escritor demasiado joven. Radio. Descanso. Disco 2. Pantalla. Mensaje de estado. Sueño. Fin.

martes, 23 de febrero de 2010

Sin voz y sin reflejos

Pobre George

Paula Fox,

Aleph, Barcelona, 2009.

Hay días, como hoy, en los que a pesar de tener la predisposición adecuada, la actitud correcta y exigente que requiere lo social - sonrisa fácil y mano tendida - vuelvo a casa sin haber aprendido nada nuevo. Es posible que donde digo aprender debiera haber dicho sentir, pero prefiero evitar el fatalismo y aunque puedo permitirme ser más sincero, a estas alturas ya no me consiento exagerar. No querría que esto fuera percibido como un drama, y por eso peque quizás de ingenuo si digo que tampoco valoro este tedio inmóvil de los días como un mal presagio. En el fondo, todos sabemos que si obviamos completamente aquellas situaciones que olvidamos con facilidad, la mayoría de los días transcurren así, sin apenas sensaciones, sentimientos ni saberes que invitar por primera vez a la cama.

Me reconforta pensar que esta reiteración inane de los días responde a una necesidad instintiva, a un requisito de nuestra biología. Sospecho que es cosa de nuestros ritmos corporales que, de algún modo, nos obligan a buscar periodos de sosiego y de rutina para asimilar lo ya vivido. También puede ser que sea cosa de la edad, que hace estos periodos cada vez más largos y evidentes. Sea como fuere, no me angustia constatar que, en días como hoy, la vida da muestras de apatía y repetición.

Afortunadamente la Naturaleza es previsora y ha tenido tiempo y oportunidades suficientes para amortiguar esta apisonadora del espíritu que es la rutina; a lo largo del tiempo ha elaborado, probado y refinado herramientas que impiden reacciones excesivamente hastiadas de este tedio, reacciones tan intensas y contagiosas que pudieran llegar a resultar peligrosas para la especie. Después de inventar la rutina, la Naturaleza se dio cuenta de que el aburrimiento tendría un precio y que no podía permitirse el lujo del suicidio universal; puede que Ella necesite tiempo para forzarnos a madurar, pero sabe ya lidiar con la tendencia hacia la catarsis colectiva de la juventud, tan propicia para cultivar toda forma de violencia fraticida. Para Ella debemos apañárnoslas con el ocio, con la engañifa del tiempo bien empleado. El ocio es un engaño, sí, es el ocio del pueblo. Y también es una escapatoria eficaz.

Minutos, horas y días enteros inflados con actividades de distracción que con el tiempo decimos aficiones y que, más adelante, víctimas ya de toda la solemnidad con la que justificar nuestra existencia, llamamos intereses. Tiempo perdido cavando en la arena. Si a mí me hubiera tocado el bricolaje o la pesca, podría haber sido uno de los personajes más desolados de Carver, que siempre aparecen partiendo leña en el jardín o pescando en una ciénaga. Si fuera un aficionado a la música, podría ser uno de Bernhard, o - ¡qué coño! - el Bernhard mismo, aunque para eso también tendría que tener talento. Pero a mí me ha dado por leer y por poco más, así que por eso hoy me siento un personaje desolado como los de Paula Fox. Lúcido, solo y poco imaginativo como George, aunque seguramente más indiferente y más cruel.

Personajes como George y personas como yo necesitamos inventar altibajos emocionales que nos permitan distinguir un día de los demás, artificios contra el muermo encontrados en la lectura ansiosa de los libros, como quien busca entre las novedades musicales historias que cuenten lo que se está a punto de vivir. Muertes y sordidez en una novela, como en ésta, corazones rotos y drogas en una canción. Encontramos sensaciones para cada clima. George y yo somos de los que siempre damos con el mensaje acertado del horóscopo. He tenido tanto tiempo a solas para leer y ya he leído lo suficiente para saber que leer no me hace mejor. Estoy descubriendo que tampoco las canciones me hacen más alegre. Todo esto, te diría si pudiera, querido George, simplemente me hace más solitario.

Pero la puta de la vida también nos da sorpresas que sin embargo no sabemos utilizar. Reflejos perdidos por pasar el tiempo cavando en la arena justo debajo de nuestros pies.

Debería haber llamado a Tess para unos trámites, pero me pone muy nervioso y me hace sentir inseguro como un adolescente. Así que no lo hice, preferí retirarme, convencido de que estaría mucho más cómodo con un poco de vino y un buen rato de lectura en el sofá. Prepararía la cena con la música alta, rasgando a ratos como una guitarra, una sartén. A la tele le dedicaría sólo unos minutos y luego acabaría sentado frente al cuaderno de las notas, pensando en la novela.

“George Mecklin, un profesor discreto de una escuela privada de Manhatan, vive una existencia gris, al borde de la apatía, sumergido en un fondo de fatalismo cotidiano. George es un profesor, un marido, un samaritano, un don nadie que observa la vida con una lucidez que le supera. Un día descubre que un joven adolescente, Ernest, ha irrumpido en su casa sin previo aviso. Y entonces, en lugar de llamar a la policía, como insiste que haga su mujer, George decide convertirse en tutor del chico. A partir de ahí, su vida da un giro radical”.

Un giro de trescientos sesenta grados, diría yo. Un giro radical que por culpa de la lucidez deja al lastimoso George más hundido que antes en su soledad culta y tolerante. Porque también George ha leído muchos libros, y es profesor y todo eso. Ha aprendido a sobrevivir en un entorno de impulsos muy dispares, tan dispares que ha llegado a comprenderlo todo, a consentirlo.

Pero la lucidez es también el mayor ofuscamiento, es una de esas virtudes trampa, esas que terminan siendo fuentes de frustración. No se me comprenda mal. No estoy pensando en la frustración melancólica de quien dice haber descifrado los rodamientos del mecano del mundo y no soporta la existencia, no, ni tampoco otras mamonadas setenteras de esas. La lucidez predispone para tolerarlo todo, para estar dispuesto a aceptarlo y comprenderlo. Ser una persona tolerante permite vivir más cómodo. También distancia y enfría. A veces hiela. Te quita la voz y los reflejos.

Os estoy jodiendo la novela. Aunque lo realmente importante es que debería haber llamado a Tess pero no lo hice. Decidí que aunque fuera para seguir pensando en ella era preferible quedarme en casa leyendo y luego, si encontraba las ganas, me pondría a escribir.

Y entonces llamó ella. Así, de repente, fuera de hora. Y entre la confusión de lo que yo hablaba surgieron los problemas de comunicación. Tenemos problemas de comunicación. Eso dijo. Vaya, problemas de comunicación. Creo que lo primero que pensé es que a fin de cuentas problemas de comunicación no estaba mal del todo. Supongo. Supongo que supuse bien porque recuerdo que no supe qué decirle, lo que al fin y al cabo fue una demostración de que problemas los había, pero también de que eran provocados por una buena causa. Me estaba poniendo cada vez más nervioso e inmediatamente empecé a recordar las conversaciones simuladas que había mantenido con ella durante la tarde de libros en el sofá. Pasé rápidamente a la música y tarareé de memoria todas las canciones que en algún momento había pensado enviarle, acudiendo a ese truco cobarde de convertir a Cyrano al formato mp3. Pero al final no dije nada y donde digo nada podría haber dicho tonterías. Creo que todavía puedo permitirme ser más sincero, pero haré el intento de evitar todo sadismo.

Me quedé sin voz. Como George y Ernest. Como también se quedó Emma, la mujer. En algún momento de su historia todos empezaron a hablar demasiado tiempo a solas y cuando intentaron darse cuenta eran hielo. Pero lo que importa ahora es que colgué y me puse a releer las notas del cuaderno, mecánicamente, a veces susurrándolas, convirtiendo la lectura trabada de esos párrafos inconexos en una oración a las leyes del azar para que me preparen circunstancias más propicias.

Si ella no hubiera llamado esta noche y convertido este día distinto a los demás, yo ahora no podría estar escribiendo esto. Seguramente hoy me hubiera quedado horas ojeando el cuaderno, buscando entre sus párrafos la frase que me diera pie para arrancar. Entonces la repetición insistente de la lectura se habría mezclado con el eco de las conversaciones simuladas, y toda ese zumbido se habría convertido finalmente en un salmo rezado a un dios extranjero, uno al que desesperadamente pedir una oportunidad para este incapaz de encontrar el coraje y las palabras para cerrar el cuaderno, darle al botón de rellamada e invitarla a cenar.

jueves, 11 de febrero de 2010

El dentista

Yo maldigo el río del tiempo

Per Petterson,

Mondadori, Barcelona, 2010.

– Te aviso con tiempo por si no los sabes. Mondadori acaba de publicar el segundo libro traducido de Petterson, Yo maldigo el río del tiempo. Te lo digo por si no te enteraste todavía y quieres salir corriendo a una librería a comprarlo.

– Lo leí en el periódico, pero todavía no lo tengo. ¿Tú ya lo leíste?

– Voy emocionadín por el tercer capítulo y voy a escribir una reseña en el periódico. Promete.

– Nada. Mañana mismo salgo a comprarlo. Por cierto, ¿qué tal la crisis de la guardería?

– ¿Crisis? Mañana sí que hay crisis. Tengo que ir al dentista y estoy acojonao.

– No me extraña. A mí me da pavor. Yo sólo voy al dentista si mi madre viene conmigo. Allí tumbado, lo único que hago es apretar el culo y cerrar los ojos.


Lírica matemática del norte

La Voz de Galicia

Culturas, 6 de Febrero de 2010.

Pablo González

“Uno comprende, después de leer solo dos libros de Per Petterson (Oslo, 1952), que llega un momento en la vida en que es bueno sentarse con tu madre en una fría terraza frente al mar de Dinamarca, cubiertos por edredones y bebiendo una copa de calvados. Que es bueno caminar con ella apretando su mano hasta clavarnos las uñas «porque somos nosotros quienes decidimos cuándo nos duele», escribía al fi nal de Salir a robar caballos, la única novela traducida al español de este gran escritor noruego antes de esta última con título igual de sugerente, Yo maldigo el río del tiempo. Y uno supone que en lo venidero se traducirán muchas más inéditas en castellano de este escritor —al menos seis—, porque resulta acogedor encontrar a alguien que cuente nuestra propia historia de búsqueda de nuestros padres sin que sean los nuestros, e incluso vivan en tierras frías y desconocidas de Noruega y Jutlandia. Y que lo haga con un estilo que habría que describir como lírica matemática: mucha emoción, mucha evocación de paisajes e infancias, pero con una dosificación nórdica que se agradece, pues es fácil caer en el abismo del sentimentalismo cuando se bordean los precipicios por los que Petterson deambula. No es en definitiva como Arco de triunfo, la novela que su madre cree que hay que leer antes de cumplir veinte años.

Petterson vuelve al asunto que a menudo nos acecha: recapitular la convivencia con nuestros padres para llegar a superar la incomprensión mutua de estos seres queridos, a menudo tan desconocidos. El protagonista lo hace cuando su madre ya tiene un cáncer incurable, cuando está a punto de divorciarse y cuando su paraíso comunista se derrumba, en esa fecha tan querida de 1989, cuando por fin cayó el muro que encerraba la gran mentira. Tan ensimismado estaba en su mundo maoísta que Arvid, el adolescente de 37 años y dos hijas que protagoniza la novela, se entera tarde y mal del acontecimiento, como se entera tarde y mal de casi todo. Por un lado quiere ser diferente a un padre al que se parece demasiado, por otro quiere cruzar el «río Grande» que le separa de una madre muy distinta a él. De todo aquello solo le quedará el Mao más humano, el Mao poeta que escribió: «Quebradizas imágenes de la partida y el pueblo de entonces. Yo maldigo el río del tiempo: han pasado treinta y dos años».”

miércoles, 3 de febrero de 2010

Una mujer que me indique el lugar

La historia que no pude o no supe escribir

Javier Cánaves,

Baile del Sol, Tenerife, 2009.

Desde hace algún tiempo sospecho que pasé toda mi infancia en algún barrio de Palma de Mallorca. Aunque sea confuso, a pesar de todas las dudas que emborronan mi memoria, es cada vez más frecuente percibir este recuerdo como una certeza. Más aún cuando vuelve a mí la imagen de la casa de mis padres. Estaba situada, sin duda alguna, en un barrio de interior, en uno de esos barrios mediterráneos que reciben todo el polvo del campo seco en las afueras, mucho más, al menos, que brisa fresca desde el mar, infinitamente más lejano.

Todavía no he sabido averiguar qué razones tiene mi pasado para hacerme creer que crecí en uno esos barrios que bordean las calles que abren la ciudad, aquellas que antaño sirvieron de camino para llegar desde la part forana a la capital y que ahora están más bien pensadas para acercar el puerto a los polígonos industriales. Me refiero a calles como General Riera, Aragón o la calle Manacor, por mencionar algunas. Barrios desiertos en una tarde de verano, abiertos a un sol proletario donde los niños crecían en la plaza a la hora de la siesta; lugares tan alejados del agua azul que la sola idea de pasar un domingo de familia y playa merecía una celebración alborotada. En un allí como estos – no lo puedo ver con más nitidez ahora – estaba la casa en la que me crié.

Me lo insinuó el viejo en su última visita. En su única visita, perdón. Llegábamos desde el aeropuerto al centro y al pasar por el Parc de la Mar me dijo me recuerda a Bari, tiene la misma luz y sobre todo el mismo olor. Todas las ciudades de este mar tan calmo son parecidas, le dije y sí, tienes razón, detrás de la catedral, en cualquiera de las calles del barrio viejo, podría haber señoras vendiendo pasta fresca, ruidosas motocicletas doblando sin casco las esquinas y, en cuanto lo pruebes, verás que el tumbet huele a pizzaiola. También aquí en los salones de las casas los padres apenas hablan entre sí, las madres gobiernan a sus hijos y éstos huyen en cuanto pueden a la calle a darles patadas a un balón.

Pero no supe preguntarle más. Al fin y al cabo fue él el que me enseñó que en nuestra casa no sabremos nunca de dónde somos, que por mucho que investiguemos serán ellas quienes determinen el lugar, tanto la procedencia como el destino.

Fueron, los de la visita, días de invención. Redescubrí junto a mi padre los lugares por los que no había vivido de pequeño: el colegio falso de mi hermano y la iglesia donde no hice la primera comunión, el horno donde no compré nunca el pan, los helados que nunca disfruté. Fui consciente por primera vez que no había nada fundamental en certificar el lugar del que procedo, que podía inventarlo a mi gusto, adaptarlo a las circunstancias y al contexto, esperar, en definitiva, a que llegara el día en que ella apareciera y supiera establecerlo. Darle, por fin, a cada historia su sentido.

También descubrí que importan más los lugares de los alguna vez huimos y encontré una prueba de ello hace unas semanas, en la novela de Javier Cánaves, que es de lo que debería hablar ahora. Aprendí que lo que somos reside en las razones de esa huida, pero estoy tratando de volverme cuidadoso y sé que a menudo éste es un misterio que nos está vedado o que resulta tan doloroso que requiere desandar lo andado, pisar en dirección contraria las cicatrices que quedaron. Fue este miedo el que selló el pacto de silencio de aquellos días, el pacto del silencio y la invención.

Creo que ha llegado el momento de hablarles de la novela de Javier, pero me resulta demasiado cercana y es tremendamente fácil parecer un loco cuando se escribe una carta confiada a un desconocido. Léanla. Léanla como creo que deberían leer cualquiera o, mejor aún, todos sus libros. Léanlos si andan perdidos, y si no lo están, léanlos para recordar cómo eran cuando lo estuvieron. También prometí en una ocasión que explicaría cuál es mi relación con la isla, pero como ya he dicho, lo único que creo saber es que crecí allí, aunque ya saben que no lo recuerdo bien del todo. Probablemente, después de tantos años, mi madre esté dispuesta a negarlo y mi padre no se atreverá a contradecirla.

Lo que sí recuerdo con certeza es que Mallorca siempre ha sido para mí un faro de las noches en calma, de esos faros de mar quieto que muestran caminos inabordables que sin embargo, te empujan a recorrer. En dos ocasiones huí de allí pensando que había llegado la hora de encontrar otro lugar, un lugar al que realmente pertenecer. Por supuesto no fui yo quién supo descubrirlo, sino mujeres que en un momento de mi vida parecieron diferentes, las que nos cambian la vida – las que le ofrecen un sentido – y casi nunca para bien. Ahora, mientras me consuelo pensando que aún puedo hacerles daño, espero, mirando hacia el otro extremo de una calle atestada de coches, a que aparezca la siguiente víctima. La que me devuelva por fin al lugar en el que nací.

jueves, 21 de enero de 2010

Un principio y dos palabras agudas


El fin de semana perdido

José Luis Piquero,

DVD, Barcelona, 2009.

El principio antrópico. En algún momento durante el año en el que yo nací, un físico australiano inventó un misterioso nombre para una obviedad que, a pesar de serlo, carece de toda evidencia empírica posible: el Universo, y las reglas que lo rigen, debe ser compatible con la vida, y más concretamente, con la vida humana.

Más allá de su relevancia filosófica, esta premisa funciona bien a modo de ligadura, de requisito inexcusable para cualquier teoría científica: todas las explicaciones que construyamos de la Naturaleza deben ser compatibles con nuestra aparición sobre el planeta. La distancia entre el Sol y la Tierra debe ser suficientemente grande para que no nos abrasemos; la intensidad de la fuerza nuclear debe ser suficiente para que los átomos sean estables y formen moléculas duraderas, y la masa del protón debe permitir la formación de los átomos de carbono, esenciales para la aparición de la vida.

Sin embargo, y a pesar de toda la controversia generada en torno a él, el principio antrópico es una obviedad. Está implícito en nuestra necesidad de explicar, puesto que todas nuestras elucubraciones sobre el entorno que nos rodea requieren necesariamente que confirmemos nuestra existencia. Toda explicación requiere que nos expliquemos y por ello el principio antrópico no es más que una tecnificación inútil de la máxima cartesiana que igualaba el vivir al pensar. La vida exige que nos pensemos – es nuestra única función biológica diferenciadora –, y pensar el mundo termina equivaliendo a vivir.

Nunca ha habido otro tiempo ni otro espacio.

Una mañana el aire
estaba como virgen, intocado
por la mano del dios, y comprendimos:
nunca llegamos, nunca nos iremos.

Una rueda perfecta, si esto fuera una rueda.
Una prisión perfecta, si esto fuera una prisión.


Aflicción: Una de las consecuencias de nuestra necesidad de explicar el mundo que nos rodea es la inmediata tentación de transformarlo. Nos explicamos el mundo para existir, y, ya que estamos, lo adaptamos para sobrevivir y perpetuarnos. En el fondo más que una consecuencia, nuestro impulso transformador del entorno es una necesidad y, de hecho, sería más correcto postular el enunciado contrario. Nuestra única ventaja adaptativa es nuestra capacidad de transformar el medio para obtener los recursos y crear las condiciones adecuadas para nuestra supervivencia. La evolución nos ha dado la mezcla apropiada de ingenuidad e inteligencia para convencernos de que, para modificar el entorno, la mejor estrategia pasa por la ilusión de comprenderlo.

Desgraciadamente tendemos a convertir la necesidad en destino y así conseguir no sólo explicarnos sino también justificarnos. Es por ello que existe una versión fuerte – mucho más controvertida y delirante – del principio antrópico que dice que no sólo el Universo debe permitir la existencia de la vida humana, sino que de hecho está regulado exclusivamente para producirla. También tendemos a convertir las capacidades en obligaciones, y por ello nuestro potencial transformador se convierte en un deber.

¿Y por qué iban a ser las cosas de otro modo?
Ellos nos miran pero no nos ven.
Se diría que esperan algo que va a ocurrir.
Nunca ha ocurrido nada
y nada va a ocurrir. Permanecemos.

Ha de haber un milagro en todo esto.
O mejor nos dejamos de milagros.

Aflicción, no nos dejes
ahora que sabemos lo que somos.
Aflicción: nuestra última certeza
cuando ya no nos quedan más certezas.


Eyaculación: Hemos sublimado la forma más básica de perpetuarnos y hemos inventado amar. Eyacular amando. Pero todas las eyaculaciones de mi vida son contra natura. Inútilmente elaboradas con el ansia nerviosa de una excitación que finalmente impulsa la dosis perfecta de mis genes para que terminen estampándose contra el algodón sucio de una sábana, la frialdad impasible de la loza o la elasticidad nueva de una goma. A veces ha ocurrido de un modo diferente. Es cierto. En alguna ocasión he mezclado con saliva el elixir de una estirpe futura, y en las más notables lo he depositado, mientras cerraba los ojos con alivio, sobre la piel trémula de alguien que esperaba. Pero no me permito olvidarlo: mis eyaculaciones son contra natura. Sirven para que, aunque sea sólo en un instante eléctrico, yo me olvide de este mundo. No explicarlo, morirlo. Pero no pretenden perpetuarlo, y ya no me permitiría pensar en trasformarlo. Los vicios de juventud, ahora, se compran en la calle.

Morir.
No es necesario, salvo en la adolescencia:
el exceso de amor nos asfixia y estamos dispuestos a inmolarnos con el mundo.
Somos el cuarto oscuro de cualquier casa.
Cada mañana el mundo renace sin nosotros y entre la muchedumbre dejamos esa afrenta,
helados como sombras en el verano de otros.

Tontos adolescentes – por mucho que nos gusten –,
mientras fuman y lloran en mitad de la escalera.

Después de doce años de silencio José Luis Piquero ha escrito un libro que, según dicen, es de lo mejor que ha dado la poesía española el pasado año. Yo me vuelvo a quitar el sombrero para celebrarlo. Hay cosas que, a pesar de mil intentos desde entonces, nunca cambian.

miércoles, 13 de enero de 2010

John y Tess en la fábrica de cuentos

Concierto del No Mundo

A.G. Porta,

Acantilado, Barcelona, 2005.

Se acabará marchando, de eso estoy seguro. Será pronto, y, como de costumbre, no habré hecho lo suficiente para evitarlo. Se acabará yendo y me quedaré igual que siempre, inmóvil, huyendo hacia el teclado como si la única salvación posible que está a mi alcance fuera la de escribir una gran obra que contenga todos mis silencios, todas las imágenes que invento. La vida inventada.

Pero esta noche escribo sin ayuda: terminé la última postura de opio tras tu visita, esperando que me sirviera de coartada para eludir el choque brusco con la realidad, con el Mundo. Sé que debería hacerte caso y dejar de engañarme: mi vida inventada no vale nada sin el humo y la sobriedad no me deja abrir los ojos. Me deja inmóvil, callado y sonriente. Tú mismo sabrías ponerle un símil.

Le he estado dando vueltas, muchas vueltas hasta quedarme atónito observando la bombilla de la única farola que ilumina mi calle. Es una bombilla amarilla, como casi todo aquello que últimamente aparece ante mis ojos en los momentos de alarma. Pero en esta ocasión la luz de la bombilla es de un amarillo blanquecino y tenue. Tan tenue que, francamente, la farola es lo único visible de la calle. Yo, al menos, no logro distinguir nada más: no hay casas, ni aceras, ni asfalto. Tampoco pasan coches. Parece que en esta calle, si realmente existe, sólo hay una farola envuelta en un halo de penumbra amarillenta que desaparece en pocos metros. Todo el resto es oscuridad.

Me he quedado embobado mirando a la bombilla, dándole vueltas a todo esto. También al asunto de Tess. Pero me he distraído pensando en el momento en que, justamente encima de la única ventana de mi habitación, un funcionario municipal decidió poner esta estúpida farola. Una farola tan débil que sólo logra iluminarse a sí misma es una farola inútil. Y esta es tan inútil que sólo cobra sentido si en realidad fue instalada para observarme, ya que, claro está, desde el otro lado de la calle lo único visible es la farola y su penumbra, pero también los son mi ventana y mi cara retorcida observando la bombilla.

La revelación de esta nueva perspectiva de la calle me ha producido una sensación suave de ridículo, similar al pudor que se siente al descubrir ser observado en la distancia. He creído sentir que me espiaban con una linterna, aunque a ratos parecía mucho más probable que estuviera siendo interrogado tras una enorme lámpara policial. He bajado la mirada para descansar la vista y he descubierto mi sombra proyectada más abajo, en el piso de la calle. De forma inconsciente y algo patética me ha parecido estar ante el único foco de un teatro oscuro, de pie en un escenario frente a un mar de butacas que no sé si están vacías, listo para arrancar un monólogo cínico y brillante con el que exponer todas mis certezas. Un monólogo breve y monocorde, sin duda.

Creo que en algún momento del discurso, seguramente cuando estaba siendo más convincente, pensé que la farola era un faro. Pero finalmente comprobé que la luz provenía del viejo flexo que hay sobre mi mesa, el mismo que ahora ilumina un cuaderno casi en blanco en el que he tomado las notas que me ayudarán a escribir tu carta. Decidí cerrar las persianas y apagar la farola. Encerrarme una vez más, darle vueltas al asunto de Tess y resolver de una vez por todas todo esto.

Sé que se acabará marchando y no habrá nada que yo pueda hacer. Pero no importa, debo pensar primero en mí, recuperar el pulso, volver a percibir la vida tal y como es, o al menos tal y como dicen que es. Iré paso a paso. Aquí todavía me cuesta distinguir el día de la noche, a pesar de que en Manchester hace años que el humo de las fábricas dejó de flotar sobre el río. El aire ahora está más limpio, pero no es suficiente y tú lo sabes. Conocemos bien el esfuerzo que pone la ciudad en permanecer gris a todas horas. Además he cerrado las persianas para evitar la luz de la farola y, en cualquier caso, ahora eso no importa: he vuelto con la convicción de concentrarme y resolverlo, de modo que después de algunos días de bienvenida para celebrar mi retorno he decidido evitar a todos los demás. Me he impuesto acudir a su compañía sólo en los momentos más festivos, aquellos que garanticen el éxito de mis bufonadas y no requieran demasiadas confidencias.

Debes darme más tiempo porque ahora es así: necesito arreglar todo lo demás pero cuando cierro los ojos, cuando vuelvo a mi No Mundo, ella se apodera de mi voluntad. Necesito pedirte más paciencia. Ha pasado tiempo y lo sé, pero no aún el suficiente para perder la esperanza de olvidarla.

Hay noches que John el viejo deambula tosiendo por la casa. Duerme tan mal que él tampoco distingue ya el día de la noche. He seguido a lo largo de todos estos años su camino hacia la renuncia y nunca he sido capaz de hacer nada por él. Hubo un tiempo en el que preferí huir y acabé encontrando a Tess. Así que esta noche, en lugar de salir a ayudarle, me recluyo en el estudio frente al teclado, molesto, fastidiado porque que sus ruidos interrumpan mi vida inventada sin pudor, obligándome a recurrir una vez más a la novela de Porta, a la invención de la literatura, a la invención de la invención de la literatura; a la invención de la niña, a la invención de la niña inventada. Y una vez más, Tess se apodera de todo.

“Si no estuviera tan desesperado se sentiría feliz. Feliz porque los pasos de la niña le parecen minuciosamente calculados. No se irá, sonríe. No la dejará marcharse tan fácilmente. Eso sería una huida, y la niña de su historia no puede acabar huyendo, por más cansada que se sienta, por más que le disguste lo que el pensamiento construye a su alrededor.”

Pero yo sé que Tess se irá. No sé cuándo, pero sé que se irá. Quizás a China, o a África, quizás decida hacer las Américas o puede que simplemente vuelva a Tailandia, al lugar donde por primera vez me enseño ese liguero encarnado bajo su falda. Te haré caso y no insistiré en buscarla. También te prometo que dejaré de inventarla. Sé que ahora no puedo condenar a nadie, real o imaginado, a soportar este nubarrón gris que permanentemente planea sobre mi calle. Debo resolver todo lo demás. No puedo pedirle que se pare, como yo sí debo hacer, a esperar que sea la luz del sol la que haga sombra a la única farola de mi calle.

“De vuelta a la realidad, el guionista también precisa una salida a su propia vida. Mientras escribe se le olvida, pero los problemas acaban por imponerse”.

Te prometo que en unos días la dejaré marchar sin hacer ruido, y que esperaré a buscarla más adelante, en otro cuento. En uno largo y luminoso, en el que yo vista un jersey de fondo blanco y rayas de colores. La buscaré en un cuento de Chéjov pero con un final feliz. Lo escribiré, y cuando lo escriba, hablaremos de todo lo demás.

Prométeme que no te preocuparás.

Tu amigo que te quiere,

John.

martes, 17 de noviembre de 2009

La extremaunción

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard,

Anagrama, Barcelona, 2009.

Hace una década, mientras la abuela agonizaba en una cama de hospital con los labios recién pintados de carmín, un carmín rojo que rápidamente embadurnó su cara por las lágrimas y los besos, me pidieron que la llevara conmigo para que ella no lo viera. Cuando estuvo lista, me ofreció su mano diminuta desde un cuerpo de cincuenta centímetros, embutida en lana oscura desde los pies a la cabeza, abrigada con una bufanda que casi le impedía mostrar los ojos.

Parecía imposible que con tanta ropa pudiera caminar, pero ella estaba decidida a ir al parque de paseo.

Durante aquellas navidades todavía apenas hablaba; se podría decir que aún peleaba tozudamente contra la sintaxis torpe de los niños, dando muestras de una potencial locuacidad que todos asociábamos con una inteligencia deslumbrante. Somos de la familia, del mismo modo que lo éramos entonces, y aun así me pareció que nos entendíamos muy bien. Quizás demasiado bien para una niña de dos años a la que aún le cuesta hablar y un tipo que hace tiempo que prefiere inventar lo que oye en lugar de detenerse a escuchar.

Estuvimos paseando a solas durante tres días enteros, todo el tiempo que transcurrió desde la agonía hasta el funeral. Parábamos a comer y a dormir la siesta. Pero el resto del día lo dedicábamos a visitar el parque Vallina, cogidos de la mano, sin prisa, soportando sin queja todo aquel frío. Daba la sensación de que casi habíamos logrado que pareciera normal: ella había sido rescatada por mí del espectáculo temprano de la muerte y yo, había logrado ocultarme – quién sabrá jamás de qué – detrás de ella.

“Al hombre que, en aquel cuarto de baño, había dejado súbitamente de respirar delante de mí lo había oído morir, pero no visto morir. Y ahora, en la sala, otra vez había muerto un ser humano, otra vez había oído morir a alguien, no visto morir […]”

Había dejado un post-it amarillo en la página, y con un bolígrafo rojo a doble línea había subrayado hace meses este párrafo. Como si no debiera olvidarlo, como si me hubiera ofendido. Pero no volví a él después de la llamada, ni por supuesto tampoco pensé en el libro. Sin embargo sí que se encendió la imagen amarilla de la pegatina en mi cabeza.

Tengo pocas dudas de que el acto reflejo es debido a que en los últimos tiempos oigo a los muertos morir, nunca los veo. Es por culpa de la distancia, me digo. O quizás por culpa del teléfono. Es seguramente por culpa del cómodo desapego, de esa necesidad tan Bernhardiana de odiar el lugar del que procedes, pretendiendo vencer con ello el goce justificador de ser de donde somos. Sí, eso es, la eterna adolescencia del solemne. Amarillo. El color amarillo. En la Isla algunas personas enferman, se curan y sanan, y no parece necesario que yo lo sepa. Pero no así los muertos. Los muertos siempre llaman.

Estoy seguro que este invierno la lana es más colorida, y he visto que ahora sus ojos asoman despiertos tras una discretas gafas de pasta blanca. Rara vez mira a la cara y la locuacidad prometida se ha terminado escondiendo tras el silencio avergonzado de la primera pubertad. Sé por los demás que es muy curiosa y lista, y tan tozuda como entonces. Pero esta vez sería muy poco probable que quisiera pasear conmigo por el parque, y yo descartaría completamente la posibilidad de que lo hiciéramos cogidos de la mano.

Desgraciadamente ha vuelto a ocurrir, y mi presencia tan cercana – después de diez años – la ha hecho sospechar.

“Olvidamos que lo que a nosotros se refiere es un juego de azar, y terminamos por ello amargados. Sólo nos queda abierta al final la falta de esperanza. El resultado es la habitación de morir, en la que se muere, defintiviamente. Todo ha sido sólo un engaño. Toda nuestra vida, si lo pensamos bien, no ha sido más que un calendario de festejos usado y finalmente, de hojas totalmente arrancadas.”

Las novelas que componen los Relatos autobiográficos de Bernhard se pueden leer como narraciones de los procesos preparatorios para recibir los sacramentos. Un calendario de hitos que festejamos para inmediatamente reconocer la amenaza macabra que escondían. Es sencillo reconocerlas en el bautizo, esa celebración alegre del nacimiento que nos marca con el sello de una especie única, la especie pecadora; o en la comunión, esa bienvenida a los marineros que festejan que han dejado de ser cachorros para convertirse en personas: se les presume la virtud del criterio a cambio de la amenaza del juicio. Luego, la penitencia a cambio del perdón, la independencia por soledad.

Parece que no sabemos celebrar la vida sin recordar la amenaza de sus peligros. Festejamos la vida con miedo y escepticismo, hasta la muerte. Porque con la muerte nos cagamos.

Por eso la extremaunción es un sacramento tan distinto. No tiene ninguna amenaza, porque simplemente no tiene futuro. No es tampoco ninguna celebración, es un simple acto de cobardía en el que robamos la voluntad a los moribundos para redimirlos. Pero su misterio, el de la extremaunción, es que no se sabe bien quién pide perdón a quien. O no se sabe o no se confiesa.

Yo creo que es todo el humanismo del mundo quien pide perdón al moribundo, todas nuestras ilusiones se concentran en un cura que pide perdón por el engaño, por haber permitido – a aquel hombre inevitablemente bueno por inevitablemente enfermo – que sus esperanzas tuvieran que vivir rodeadas de todos nuestros fracasos, respirando el aire contaminado por nuestros defectos. La extremaunción es un sacramento cobarde, con el que sencillamente hacemos un pacto de silencio, con el que pedimos que lo ocurrido entre nosotros quede entre nosotros.

Antes de entrar he tenido que salir al porche. En esta ocasión no encontré a nadie fumando y me alegré de disponer de un rato en soledad. Por alguna extraña razón encuentro un placer adicional en disfrutar a solas de la alegría y del dolor. Caminé sin alejarme, imaginando que como entonces también ahora ella me entendería perfectamente, comprendiendo sin necesidad de explicación mi deseo de permanecer oculto. A veces salgo de mi aislamiento familiar para dar la extremaunción, le diría, aunque últimamente sólo lo hago por teléfono. Sin duda es más cómodo. Y aunque sea cobarde, es quizás también menos hipócrita.

Amarillo. El escondite perfecto de la pegatina con su puto color amarillo sobre la letra impresa.

He venido a visitar a la ti… He venido a visitar a tu madre, a darle la extremaunción, pensé. He venido a decir que lo siento.

viernes, 9 de octubre de 2009

Estados de ánimo

Loser

David González,

Bartleby Editores, Madrid, 2009.

Solemos cruzarnos por la calle alguna vez, pero la última que hablé con él fue el mes pasado cuando coincidimos en La Sal. Hacía una vida entera que yo no iba, pero esa noche teníamos el jueves de chicas que con un empeño algo infantil organiza Rosa todos los veranos. Habíamos alargado la cena pero no era demasiado tarde, sólo un poco. Me alegré de verle allí; en realidad, me alegré mucho, así que le sonreí y enseguida se acercó para abrazarme. Él también estaba contento, aunque me pareció algo nervioso.

Hicimos un repaso rápido de nuestras vidas familiares, con esa coletilla hipócrita del aburridas como siempre y con el deseo urgente de superar el trámite formal de las preguntas para pasar a divertirnos como antes. Yo obvié completamente el tema de Diego; él me contó con una sonrisa fugaz que había sacado un nuevo libro. Siempre has tenido más bien pinta de sacar un nuevo disco, le dije. Me gustó reírme, y que él lo hiciera mientras pasaba el brazo sobre mis hombros y yo me dejaba caer en él.

Claro que, por supuesto, yo ya había leído el libro. Pero prefería callármelo como había hecho siempre. Empecé a leerle a escondidas cuando compartíamos la cama. Al principio fue por respeto, por ese afán inútil de tratar de respetar lo incomprensible. Luego fue por miedo, y ahora ya es por costumbre. Estoy segura de que él lo sabe o lo imagina, pero ni pregunta ni se explica. La poesía se ha acabado convirtiendo en un tema prohibido entre nosotros. Los dos sabemos que mis halagos le escuecen en sus culpas.

Hubo un tiempo en el que nos volvía locas a todas. Éramos chicas que querían ser todo lo malas que nos dejara nuestra educación y nuestro padres, pero él no nos tomaba en serio. Fue más tarde y no entonces cuando empezó a hacerlo. Le gustaba que estuviéramos a su alrededor, pero sólo para mostrar ese estilo rabioso, irritante y protector. A veces, aunque lo niegue, se parecía a su padre. En aquella época yo todavía estudiaba en Gijón mientras él paseaba de su brazo a una chica frágil a la que había conquistado a base de preguntas, con ese truco fácil del interrogatorio atento que adoran las mujeres solas. Ella no supo imaginar que a menudo la arrastraría a lugares y estados de ánimos oscuros.

Hasta que ella se hartó de sus crujidos, de sus amagos y del arrepentimiento fugaz. Le echó de casa. Límpialo todo antes de marcharte, dijo.

[…] No quiero otra cosa. Nada más que una como tú. No quiero otra persona. Fíjate lo que te digo. Como tú. Exactamente, exactamente como eres tú. Entonces te vas a dar cuenta de verdad… porque una persona como tú, no la quieres a tu lado. Como tú. Nada más que una como tú. Nada más deseo eso en mi vida. Que cojas una como tú. Y que estéis los dos ahí, todo el día en la cama metidos. Es lo único que deseo. A ver si de verdad soy tan envidiosa como dices que soy … y tan mala… y tan hija de puta…y tan asquerosa…[…]

Como adelantándose a una canción de Nacho Vegas, él se quedó indiferente, no lloró pero se sintió mal. En cualquier caso había mil cosas más por las que llorar, solía decir, yo ya he visto llorar a una madre.

Escúcheme señora, yo,
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo aquí; ahora bien,
lo que ya no sé, lo que ya no puedo
garantizarle,
es cómo va a salir. […]

Cuando yo le escuchaba hablándome de Mari siempre acababa teniendo la sensación de que no la había querido nunca, que sólo le tenía afecto y que en el fondo él pensaba que ella lastraba sus días por su empeño en protegerla. A veces sin embargo pienso lo contrario, que la brutalidad de su estado no le permitía mostrarse tan afectuoso como quería. Lo dudo. Él no tenía el cuerpo para querer a nadie, empezando por sí mismo. Puede que se viera divertido, pero él no se quería.

Nosotros nos conocimos de otra forma, mucho más tarde y casi sin preguntas. Y además fue él que insistió tanto arrancarme de la compañía de mis amigas. Lo cierto es que divertíamos mucho, como ese jueves de La Sal, aunque las risas acabaran convirtiendose en una convencional manifestación de una nostalgia un poco patética. Pero no puedo evitar divertirme recordando esos tiempos y además, él se deja llevar.

– ¿Avisaré a mi madre? – le pregunté.
– Espera a mañana – me dijo –. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo – me dijo ella acariciándome la espalda con ternura –. Tranquilo – repitió –. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

Hubo un tiempo en el que todo parecía ir tan bien que hasta le ahorrábamos disgustos a su madre, pero cuando enfermó volvió a cambiar. Empezó a tomarse más en serio, a escribir con orden, a viajar y a guardarse el tiempo para sí. Empezó a sentirse más alegre pero también empezó a tener miedo. Miedo a no tener tiempo. Prefería las comidas a las cenas, los paseos a las infinitas tardes en la cama y empezó alargar las sobremesas para huir de los tugurios. Así nos dormimos pronto y aprovechamos el día mañana, solía decir como si acabara de descubrir el truco definitivo para vivir. Y yo también me acabé cansando. Todavía era joven y me quedaba algo de mala; para mí el mañana, el futuro, estaba siempre aún lejano. Lloró, lloró mucho, aunque en el fondo estoy convencida de que comprendió que había llegado la hora de que él hiciera su camino por sí mismo, y que al fin tenía fuerzas para ello.

[…]
y mientras los abusones de la clase
trataban de cogerme por los pies
y me gritaban que bajara
y me tiraban cosas
yo continué con mi ascensión
y al llegar arriba
al llegar arriba me puse de pie
y eché a correr

Ahora le veo bien, centrado, seguro. Se le nota con ganas. Sin embargo a veces me parece que la alegría no le centra, no le deja mirarse a sí mismo, estar a solas. A veces, sin que jamás me atreva a decírselo, tengo la sensación de que los halagos le llevan a otro estado ánimo, le obliguen a ser como le quieren. Yo prefería cuando a lo sumo me recitaba un poema a regañadientes en la cama, cuando tenía que arrancárselo verso a verso, con toda mi insistencia. Creo que me gustaba más cuando le leía a escondidas sus libretas.

Siempre quedan, Daniel, querido amigo,
ciertas manchas
que no pueden arrancar
ni las mujeres de tu pueblo,
ni las del mío, que dicho sea de paso,
en gran parte, la parte del río, ya no existe.

Me encantaban sus poemas. Como a todos. A nosotras por el encanto inexplicable que tiene el macarra herido. A ellos por ese punto sádico que tienen todos los hombres leídos. Y me gustaba más cuando aún tenía miedo a escribir.

viernes, 2 de octubre de 2009

Una declaración de posturas

Zorros, ciencia, erizos y literatura

David P. Barash y Nanelle R.Barash,

Belacqva, Barcelona, 2009.

La hipótesis, por supuesto indemostrable, que da vida a este divertido libro de los Barash – padre psicólogo, hija bióloga y literata – es que la literatura, o al menos las grandes obras de la narrativa, son intemporales y universalmente famosas porque nos ofrecen historias biológicamente verosímiles. Dicho de otro modo, nos sentimos todos igualmente fascinados por la gran literatura porque en ella subyacen y son sutilmente retratados los aspectos centrales de nuestra biología.

Como hipótesis de partida me sienta bien. Estoy cómodamente tumbado e intrigado por averiguar hasta dónde me conduce, aunque desde los primeros momentos deba resistir la tentación de dejarme enredar por otra pregunta. Si la gran literatura se ocupa de los aspectos centrales de nuestra biología, ¿qué destino les espera a las historias que se centran en la biología complementaria, esto es, en las nimiedades, las excepciones o las diferencias como la locura o la cojera? Para seguir leyendo, debo suponer que esa literatura se quedará pequeña para siempre, chata, coja y muda, marginada en lo anecdótico e ignorada por lo trascendental.

Entre la hipótesis y la pregunta me acabo encontrado con mi habitual escepticismo, avivado en esta ocasión por el hastío que me produce la cada vez más imperante mitificación de la genética, esa que supone que en unos años seremos capaces de descifrar las conductas humanas en términos de la expresión de uno u otro gen, lo que finalmente permitiría listar en un manual de vida el catálogo completo de reacciones químicas asociadas a cada una de las posibilidades de nuestro comportamiento. Soy completamente consciente de que efectivamente es así, que la vida es un proceso químico largo y pesado, pero confiar en nuestra capacidad de hacer una lista completa es una burla.

A la par que avanzo en el libro (un capítulo dedicado a los celos del macho en Otelo, la elección del semental en las novelas de Austen, el complejo de virgen y puta en una novela de Hardy) descubro que el ambicioso proyecto inicial estrecha sus miras, y que todos los casos estudiados sólo se ocupan de la biología de la reproducción. Es entonces cuando me pregunto si el propósito inicial del ensayo se ha convertido, al menos en mi camino, en otro.

Necesito fumar. Dado que al parecer la gran literatura es así de grande por describir de forma verosímil nuestro comportamiento reproductivo, me pregunto si la cuestión debería dejar de ser la verosimilitud de la literatura y convertirse en una disquisición de por qué la literatura alcanza sus cotas más admiradas sólo cuando habla de sexo, parejas y, sobre todo, de los hijos. Siento la quemazón de la colilla entre mis dedos cuando me convenzo de que si todo esto es cierto es urgente que deje de preocuparme por la literatura. En su lugar debería preocuparme por la verosimilitud de la vida misma. Al menos de aquella que yo practico, por horas, fuera de la cama.

Leyendo Zorros, ciencia, erizos y literatura parece que fuera necesario aceptar que el comportamiento de los seres humanos pudiera reducirse a una perpetua reacción a la tensión reproductiva. Pero la reproducción es un proceso biológico tan básico, tan ancestral y universal que nos atañe a todos por igual. Pero lo hace de un modo simple y creer que nos retrata, es una simpleza.

En los seres humanos el impulso reproductivo – el motor único e insustituible de la existencia – requiere que los progenitores cuiden de sus crías hasta que alcancen la madurez suficiente para reproducirse a su vez. Este proceso de maduración es largo y exigente, y requiere de una capacidad sofisticada de adaptación a un entorno heterogéneo, cambiante y escaso de recursos. Nuestra capacidad de adaptación se manifiesta de forma individual y es tan peculiar y exclusiva que se convierte en nuestra historia.

La referencia insistente a nuestros hábitos reproductivos nos simplifica tanto que nos iguala. Nos convierte en estereotipos facilones, que necesariamente gustan a todo el mundo, inclusive en las novelas e independientemente de la virtud de su letra. Sin embargo afrontar la ardua tarea de adaptarse al entorno y conseguir los recursos para llegar a madurar hasta ser fértiles y atractivos; reproducirse y disponer de los recursos para crías a tus crías requiere de un arma compleja, de la biología adecuada.

El azar y el tiempo – la evolución – nos ha ofrecido como arma la inteligencia, o lo que es lo mismo, el lenguaje. Nuestra biología nos da nuestra historia, que desde luego va más allá de nuestro ímpetu fornicador y nuestros gametos. Nuestra biología es principalmente verbo, y los mecanismos del verbo son la literatura, de modo que nuestra biología es necesariamente la literatura y nuestra vida, representación.

Metaliteratura, susurro a solas al apagar la luz. Para sobrevivir no necesitamos disponer de universales, son tan simples que se convierten en obvios; pero sí necesitamos el potencial de vivir la representación ajena, de robar y experimentar sus vidas. Ahora bien, si lo que buscamos es algo verdaderamente humano, algo que nos afecte y nos emocione por igual es necesario que renunciemos a las sutilezas. Ese humanismo – el de los universales – hay que buscarlo en el bajo vientre, justamente donde lo escondemos.

Esta noche es el alivio el que da paso al sueño. La declaración universal de los derechos del hombre debería ser un ejemplar del Kamasutra.

martes, 15 de septiembre de 2009

Sobre la completitud de los sistemas filosóficos

Pisadas extrañas

Gilbert K. Chesterton,

Styria, Barcelona, 2007.

– Anoche nos dieron un caldo tibio de pollo, dos trozos de carne guisada con arroz y un par de peras. Sólo me comí una y la otra la metí a fermentar en la bolsa. Creo que en dos semanas tendré casi un litro, eso sí, si no te chivas. Ya te cubriste de gloria cuando me quitaron la cuchara.

– No espero que lo entiendas, al menos por ahora. Pero esta vez puedes estar tranquilo, dejaré que termines tu experimento con la fruta. Ayer también hubo fútbol tras la cena, ¿no es así?

– Ayer hubo de todo. Nos dejaron estar en la sala toda la tarde, sentados, viendo el tenis y luego el fútbol. Pero yo no quise ir, los demás me molestan. Se pasan la vida gritando.

Hubiera tenido que estar solo para disfrutarlo, solo y tumbado en un sofá, no con esa chusma. Y me habría venido bien un porro y también un gin-tonic aunque si yo fuera millonario hubiera preferido un cocktail de esos ricos, tan ricos como los que hacían en Londres cuando yo iba.

– Ahora ya los hacen también aquí en Toledo, a veinte kilómetros. Ya ves, no los tienes tan lejos. Pero cuéntame, ¿qué hiciste entonces ayer? Bueno, ya sabes, en realidad vengo a preguntarte cómo has estado toda la semana.

– Ayer al final me quedé aquí solo, toda la tarde. Me pasé el día tirado en la litera, divagando. Un porro me hubiera venido bien, y con una botella de agua también me hubiera arreglado.

– ¿Leíste los libros que te dejé?

– Sí, claro. De hecho después de comer estuve leyendo un rato, y fueron precisamente tus libros los que me llevaron a la divagación. El Padre Brown y el Sr. Chesterton…

Sabes, siempre me han llamado la atención esos enormes libros de consulta, me refiero a los manuales de consulta profesionales, los que usan los abogados, los médicos y demás. Los tomos del código civil por ejemplo, los ladrillos con las tablas de integrales, el vademécum o esos libros tabulados con propiedades de materiales que usan los ingenieros. Son libros en los que uno encuentra siempre todas las respuestas.

– Te estás desviando. No veo qué tiene que ver todo esto con los libros de esta semana.

– Vale. Ocurre que los personajes de los libros que has traído, ese Padre Brown y su creador, el Sr. Chesterton retratado en su Autobiografía, me han recordado a las personas que usan esos manuales. He estado imaginando la seguridad que les debe dar conocer un libro que aclara todas las dudas, un libro que tiene todas las respuestas. Ya sabes que tanto el cura como su creador tienen su libro, en el que, por supuesto, hallan todas las respuestas correctas.

– Sí, ¿y?

– Así cualquiera afronta la vida de cara, con optimismo. Con las reglas claras y con una explicación completa, con un sentido.

–Yo creo que sólo son personas que afrontar sus dudas con espíritu positivo.

– ¡Ya!, y si se da el caso, tienen principios inmutables donde ocultarlas. Así es el Sr. Chesterton. Él ha establecido su modelo de mundo en torno a tres o cuatro dogmas morales de los que se siente orgulloso, y no tiene el menor reparo resolver todos los enigmas con argumentos retóricos, autoreferenciados o simplemente mágicos. Para él lo importante es que su modelo de mundo esté completo.

Pero no te inquietes, no es tan grave. Me he dado cuenta que el ansia de la completitud es común a todos los sistemas filosóficos, no es exclusivo de la religión. En realidad, es en esta ilusión frustrante donde se asientan todos los sistemas humanistas. Todos comparten, de un modo u otro, las palabras que el Papa soltó por la radio anoche: Dios que es Logos nos garantiza la racionalidad del mundo. También lo dice Chesterton en su autobiografía. Aunque él lo dice con inteligencia, gracia y buena pluma, pero con la misma delirante solemnidad:

"Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios; si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguiría el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible."

– Creo que tiene razón, que para creer en la posibilidad de un sistema completo, para creer en el Hombre y en la Naturaleza hay que creer en algún dios. Aunque también existe la posibilidad de renunciar a esa ilusión de la inteligibilidad del mundo y acostumbrarse a vivir sin la verdad. Pero esto no le gusta, y evita discutirlo con un chiste bueno y fácil que revela toda su intolerancia. Dice que no tolera que los escépticos tarden tanto en sacar una conclusión. ¡Ja, ja!… Claro, el juega con ventaja, ¡él tiene el libro!

– Evita excitarte, por favor.

– Aunque le moleste yo prefiero ser un escéptico, por algo soy de ciencias. Además aquí yo tengo todo el tiempo del mundo, y fuera, cuando salga, también tendré todo el tiempo del mundo para sacar una conclusión. La prisa es la hija primogénita del miedo.

– No esperaba verte así, la verdad. La semana pasada te vi más contento...

– Mira, te pondré un ejemplo. No parece posible saber a ciencia cierta si matar es algo reprobable o algo que en ocasiones puede ser razonable. Fíjate en mi caso. En realidad nadie me responsabiliza por lo que ocurrió con mi padre. A nadie le parece mal. No se me culpa por lo que hice, a mí me condenaron por cómo lo hice. Como a los toreros malos.

– ... y además hace mucho que no llamas a tu casa. Sabes que es obligatorio.

– No cambies de tema tú ahora…esta imposibilidad de saber de una vez por todas si matar es algo bueno o algo malo, es una estocada definitiva para la moral. No hay libro que lo aguante y todos nos vemos resignados a confiar en la ética, en razonar la norma, arrastrados al ejercicio delirante de establecer un límite al asesinato. ¿Pero dónde? En una defensa, ¿quizás en alguna venganza? Pronto descubrimos que no se puede; al menos no se puede más allá de acuerdo circunstancial y arbitrario. No se puede porque la Verdad choca con la realidad, porque la Verdad, en el fondo, es contra natura.

– Me estás preocupando. Esperaba verte de otra forma, pensé que te encontraría con otro estado de ánimo. Estás demasiado tiempo a solas.

– Puede ser; pero tampoco acabo de entender para qué sirven estas conversaciones y esos libros que me das y aquí estamos, aunque te aviso de que quiero cambiar el rollo.

– Eran los libros que tocaban. Además el diagnóstico me hizo creer que te sosegarían y lograrías reírte un rato.

– ¿Pero cómo quieres que me sosieguen? El famoso Padre Brown me ha parecido una caricatura en trazo gordo de Chesterton. Será por mi edad, pero me ha parecido una Jessica Fletcher con sotana, resolviendo crímenes con su Libro de los Bienes y los Males, de las correcciones y los defectos.

– Sin embargo dicen que le gustaba mucho a Borges.

– A Borges le gustaría porque le gustaban las adivinanzas, los enigmas. Pero le bastaba el divertimento, ya que él sólo vivía en su imaginación. Estoy seguro que a Borges le interesaban por igual el cubo de Rubik y la Mecánica Cuántica. Pero yo no puedo pasar todo el rato en mi imaginación. Aquí la gente ronca y grita. Además, yo tengo otros problemas, como tus visitas.

– ¡Vaya! Creía que habíamos superado esa fase.

– Escucha. La gente que vive con un Libro a cuestas, se enfrenta al misterio de que nunca conseguimos ser como Dios quiere que seamos, que nunca acabemos de funcionar tal y como él nos diseñó. Si es así, sólo hay tres posible explicaciones para que seamos tan decepcionantes. Puede ser que le hayamos entendido mal y no interpretamos bien las instrucciones del Manual. También puede ser que Él haya olvidado como nos hizo y tras una primera época de euforia hacia su obra, como Artista único que es, haya finalmente renegado de ella. También cabe la posibilidad de que simplemente le hayamos salido mal, defectuosos. Como los hijos. A veces los hijos salen cojonudos, como los espárragos. Pero en la mayoría de las ocasiones somos un fraude.

– Hay personas que no se sienten como tú. Hay formas de vivir que tú no has conocido.

– Comprendo que el golpe puede resultar duro: la incertidumbre, la falta de sentido y para eso están las drogas. Sin embargo ellos prefieren la fe, a pesar de que el precio que acaben pagando sea el miedo. Yo lo lamento y lo celebro a partes iguales.

– ¿Por qué?

– No lo sé, es una sensación que he tenido y sobre la que no he reflexionado. Tendré tiempo aquí dentro para hacerlo más adelante. De hecho ahora preferiría cambiar de tema, y te iba a pedir que me cambiaras los libros de la próxima semana, que fueran más amenos. Querría descansar un tiempo, pensar que no hay ninguna urgencia.

– No lo sé, no estoy convencido. Esperaba verte de otro modo y no creo que estés preparado. Es mejor que nos ciñamos al plan previsto. Recuerda que en dos semanas tienes comité.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Verano

El paseo

Robert Walser,

Siruela, Madrid, 2008.

Por fin ha llegado el verano, lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar, al despertar empapado a causa del calor. Luego también he notado la llegada del verano por el tono de la luz. Se pone ácida y punzante a través de las cortinas, y basta atreverse a abrir ligeramente un ojo para que la luz te fulmine y te despierte.

Así al menos ha sido esta primera mañana de verano, en la que me he despertado en una charca con una sobredosis de luz y de calor.

Había abierto los ojos molesto por la humedad pringosa de la baba que había estado vertiendo – creo que gota a gota – sobre la almohada. Pero los volví a cerrar con pereza al comprobar que la del otro lado de la cama seguía vacía, como siempre. Podía no haber sido así. Se podía haber dado el caso de encontrar allí a Carmen, una estudiante de letras que me ha estado besando en los conciertos durante todo el invierno. Pero Carmen tiene la puta costumbre de no contestar nunca mis llamadas de modo que la había dejado allí en los conciertos, en el invierno y en la ciudad.

Está bien así. A la mierda la ciudad, ya ha llegado el verano.

Me giré para mirar la hora en el teléfono y comprobé que era tan temprano como siempre; tan temprano como de costumbre me obligan la oficina y los atascos. Pero ya estábamos en verano, así que no hice caso del reloj y pensé que además, en esas circunstancias, también era una ventaja que Carmen no estuviera. Cuando al despertar me topo con compañía me resulta mucho más difícil dar media vuelta; me cuesta acomodar la almohada sin más y volver al sueño. Creo que me emociono y me desvelo.

Volví a echar un vistazo a la mesita antes de recostar de nuevo la cabeza en la almohada, por su lado seco esta vez. Me fijé en el color amarillo chillón de la portada de un libro; qué libro es ese, qué hace ahí ahora, con toda la habitación invadida por la luz ácida y por el calor. Era tan temprano.

Recordé que la portada amarilla era de El Paseo de Robert Walser que me había prestado Carmen. Se lo había recomendado con insistencia su profesora de Literatura universal I, y yo no tuve más remedio que hacerme el interesado. Literatura universal, curioso concepto. A pesar de ser la literatura una actividad exclusivamente humana, llamarla universal no me resulta ni pretencioso ni solemne, porque, al fin y al cabo, a qué otro ser del Universo – que no sea humano – puede interesarle un sustituto tan blando de la vida, tan de sofá. El resto de los seres del cosmos, estoy seguro, están mucho más interesados en vivir.

Pero, por fin, ha llegado el verano. Lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar bañado de baba y de sudor. Empecé a notar las sábanas empapadas y pegajosas justo en el momento en el que oí pasar una ambulancia tañendo su sirena. Me pareció que era en mi calle, probablemente se había parado en mi portal. Pero puede que también estuviera confundiendo el sonido de la sirena con el de claxon insistente y melódico de un coche. O quizás era una orquesta completa de coches que pitaban atascados unos contra otros una canción conocida. Dejé que se me abrieran los ojos, los dos, y que la luz - que lo invadía todo de un blanco limpio – encogiera brutalmente mis pupilas. No podía ser una orquesta de coches, es verano, ya no estoy en la ciudad y aquí no caben tantos coches.

Quedé mirando al techo celebrando la llegada del verano y la lejanía de la ciudad. Estaba en el pueblo para gozar del tiempo, para pasear por las repeticiones rutinarias de escenarios, caminar siguiendo el rumbo fijo que marca la orilla de la playa y observar el aburridísimo perfil del mar. Ahora serán la imaginación y la literatura quienes traigan cosas nuevas. En verano se puede pasear, ser niño y leer, que a fin de cuentas es exactamente lo mismo, algo así como imaginar la vida y no vivirla. Yo para eso necesito la rutina de la playa, el inmutable decorado de mi pueblo y la butaca del salón.

[…] Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición.

A la mierda la ciudad, debió pensar Walser cuando abandonó Berlín para volver a su Suiza rural y pasear por lugares conocidos, pasear una y otra vez por escenarios repetidos; pasear hasta la muerte. A la mierda la ciudad y la oficina, pensé yo. Me quedan muchos despertares eternos como este. Ha llegado el verano, un verano sin ciudad ni oficina, sin esa necesidad suya de algo nuevo cada día.

En conjunto la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos.

Me revolví más nervioso en la cama cuando oí sonar la sirena por segunda vez. La melodía me resultó más familiar y quizás se tratara de una alarma. Pero al abrir los ojos sentí el sol más alto en mi frente y decidí que era hora de salir a aprovechar el día. Salté ágil – eso creo – de la cama y como tenía el pelo empapado pensé en visitar al peluquero, preguntarle por sus hijos y cortar un poco la melena para adecuarla a las temperaturas estivales. Decidido como estaba, tomaría una ducha fría, de esas duchas que sólo te permite un buen verano y saldría al quisco a hacer acopio de periódicos, que por esta época son más finos, llenos de noticias de conciertos y fichajes. Sólo algunas páginas siguen dedicadas a los extraterrestres que vagan por el mundo con sus guerras.

Por desgracia no tardé mucho en volver a escuchar la alarma. Ahora la oía con mucha intensidad. Abrí los ojos violentamente, asustado y finalmente reconocí la misteriosa melodía. Era el Nokia Tune de mi teléfono, el que hace de despertador.

Hacía calor y la habitación estaba invadida de una luz ácida e incisiva. Miré el reloj y comprobé que llegaba tarde a la oficina. El primer día.

No, ya no es verano.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Hombres solos

Il giorno prima della felicità

Erri De Luca

Feltrinelli, Milano, 2009.

Cuentan los hombres que hablan de la revolución del 2 de Mayo que siendo España, como tal, un concepto ausente de los pensamientos de sus ciudadanos, el pueblo de Madrid se rebeló contra el invasor francés harto de sus abusos y de sus pretenciosas vestimentas, pero, sobre todo, cansados de ver como los soldados de la ilustración le tocaban sin pudor el culo a sus mujeres.

Armados de una carga ideológica parecida, es decir, desprovistos de ideal patriótico alguno, los ciudadanos de Nápoles protagonizaron una revuelta similar contra el ejército alemán. Ocurrió durante los cuatro últimos días del mes de septiembre de 1943 y suele referirse como Le quattro giornate di Napoli.

Traicionados por el estado fascista italiano y amenazados por la marina americana que esperaba en la bahía el momento oportuno para el ataque, los mandos alemanes que gobernaban la ciudad de San Gennaro decidieron aumentar la presión sobre sus habitantes: se forzó el reclutamiento de los hombres válidos; se derruyeron los edificios que pudieran ser de utilidad para los aliados tras la derrota; se redujo la distribución de agua y alimentos y se represaliaron brutalmente todos los intentos de rebelión partisana. Ante el aumento de la escasez y la tensión, el pueblo de Nápoles, familia a familia, edificio a edificio, barrio a barrio, organizó una revuelta anárquica que en sólo cuatro días supuso la única derrota que un grupo de civiles infringió al ejército del III Reich durante toda la II Guerra mundial.

Como diría Erri de Luca – curiosísimo personaje de la literatura italiana y fantástico novelista – las cuatro jornadas de Nápoles fueron fruto de la complicidad, en ningún caso de la solidaridad. El pueblo napolitano, como el español, fue efímero. Duró exactamente cuatro días. Una vez huidos los alemanes y recuperado el control sobre la ciudad, el pueblo se disolvió y quedaron, solas, las personas.

Los mecanismos emocionales de la rebelión son exactamente los mismos que los de la felicidad. Así como la rebelión es el día antes de la libertad, la felicidad siempre es el día antes de la felicidad. Rebelión y felicidad son siempre el mañana, ilusiones que de tener algo realmente perceptible, tanto en un caso como en el otro, es siempre y sólo la ficción de una promesa que, inevitablemente, da paso a la tragicomedia del día después.

El pueblo de Nápoles se evaporó y llegaron desde el mar los americanos. Aparecieron con sus poderosos jeeps y sus uniformes bien planchados, sus exóticas cajetillas de tabaco y sobretodo, sus sacos de alimentos. Los recibió con especial simpatía un ejército de mujeres, algo así como una manifestación de primas de Sofía Loren, todas ellas de piel morena y gran sonrisa, tan grande, al menos, como sus escotes. Se esfumaron las mujeres y quedaron, solos, los hombres.

Cuando los hombres perdemos a las mujeres, a nuestras mujeres, perdemos la infancia y el futuro, se van nuestras madres y nuestras esposas. Quedamos pasmados, invadidos por esa impotencia tan viril ante la vida, esa soledad melancólica que tiñe de oscuridad y mierda nuestras viviendas. La promesa se convierte en una burla, el aire se llena de un caldo gris de palabras murmuradas, de miradas caídas que se estrellan en las aceras.

En este caldo gris que fue el Nápoles que les quedó a los hombres tras la batalla de las cuatro jornadas, es donde De Luca ha cocido Il giorno prima della felicitá, una historia de hombres solos.

La novela es la historia de un huérfano que recorre el camino de la adolescencia al abrigo de un portero de un edificio viejo y ya casi vacío. Colabora en su educación un librero de segunda mano, incapaz de comprender que cuando el hambre impera no hay tiempo para fantasías. Por su parte, ella, Anna, es la eterna promesa que le llevará a cometer las mismas imprudencias y repetir los mismos errores de quien no sabe – nunca se aprende – que la felicidad es siempre el día antes de la felicidad.

La soledad de los hombres solos sólo puede enseñar a sobrevivir en soledad, y los hombres solos sólo saben hacerlo de dos formas: regalando un libro o regalando un arma. Con un libro aprendemos a evitar mirar en el espejo de nuestras estupideces, nos enseñan a creer que existen experiencias ajenas que permitirán evitar nuestros descalabros. Por el contrario con un arma nos advierten que nuestros sueños conllevan riesgos, que nuestro esfuerzo es a menudo una amenaza, que nuestra libertad siempre es un ataque que se defiende a solas o se pierde.

Puede que fuera por no dejarme nunca solo, o quizás fuera por un solemne gusto estético, pero a mí nunca me regalaron un arma, ni siquiera una navaja. Quizás esto ha provocado en mí la ilusión de la compresión y la consecuente pereza ante la lucha, la dejadez del futuro. Pero si yo llevara un sable oculto en mi pantalón, si lo hubiera llevado desde la adolescencia quizás ahora me aventurara a salir a por ello, quizás pensara que hay días buenos que están por llegar y que sólo es necesario salir a cazarlos.

Pero mi padre siempre me decía que usara la cabeza y así me ha ido. Ahora sólo gano para dudas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Ir al grano

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, Barcelona, 2002.

– Hoy follamos seguro. Sí seguro, te lo digo yo. Hazme caso, venga, nos vemos en media hora donde siempre, hasta luego. – Es lo que le dije antes de colgar, como hago ritualmente a diario en estos días de veraneo tan soleado. Pero habitualmente la esperanza de echar un buen polvo con una desconocida se evapora para ambos con la segunda copa en el primer bar. A partir de ese momento, sólo nos quedamos hábiles de mirada para observarlas desde lejos, incapaces de encontrar el ánimo suficiente para disimular el pedo y mantener una conversación que despierte un mínimo de interés.

Sólo unas horas más tarde, durante el paseo de la retirada, seguimos dándole vueltas a la incompatibilidad entre la seducción y el exceso de alcohol. Yo, mientras arrastro los pies de camino a casa, me siento incapaz de estar callado.

– Seducir es una pérdida de tiempo. Con la seducción casi nunca se folla y además, creo que en el fondo es mejor así. Para acostarse con una tía después de seducirla hay que tener bien medidas las consecuencias. En general uno acaba teniendo la sensación de que el primer polvo es algo así como una meta intermedia de algún camino que se ha empezado a recorrer. Ellas tardan tres días en reprocharte algo, generalmente con una buena bronca por teléfono. Creo que es porque no les gusta descubrir que a lo largo de ese camino también puede tomarse algún desvío.

El pueblo es pequeño y a esas horas no es difícil encontrar por la calle con unas tías jóvenes y alegres. Es verano y algunas están borrachas. Él las suele mirar con indisimulado descaro; a veces les suelta un piropo o un chiste malo, se ríe y me mira con cara de sorpresa antes de hacerme algún comentario soez. Casi siempre tiene razón, pero a veces no le presto atención. Ese día seguía a lo mío.

– Sería mucho mejor al revés. El primer polvo debería ser sin duda la salida, no una meta. Echar el primer polvo, entregar el cuerpo al placer de un desconocido, superar el miedo a ponerse en pelota, es la única forma elegante y responsable de seducir. Conocerse antes de follar es un engaño, mientras que un buen polvo es siempre un buen comienzo. También es, casi siempre, el único final posible. De lo último que queremos desprendernos es de lo único importante, de los cuerpos, de las caricias, del placer, la antítesis de la soledad. Por eso casi todas las rupturas acaban con un polvo y por la misma razón yo no acabo de entender por qué las relaciones no deban empezar, de forma inmediata y sin rodeos, del mismo modo.

Por lo menos no hemos perdido demasiado tiempo, – era hora de irse. – aunque nos hemos metido mucha mierda otra vez. Fíjate, ya no soy capaz de dar callada, así que aquí te dejo. Hasta mañana.

No sé por qué te cuento todo esto. Pero en cualquier caso me parece útil que conozcas cómo trascurren mis noches veraniegas por la Isla. Creo que te lo cuento porque soñé contigo aquella noche, te aparecías como una de las que no quieren seducir. Supongo que también tiene que ver con la lectura playera de Plataforma, en la que seducción no carnal se muestra como una fuente perpetua de frustración y un síntoma de irreversible soledad.

La seducción nos exige inteligencia comunicativa, agilidad mental y empatía, precisamente aquellas características de los humanos que posibilitan la eterna historia de la adaptación del medio. Al fin y al cabo, la seducción también es un mecanismo de adaptación del otro para satisfacer el propio interés; es un esfuerzo de simulación que pretende producir la confianza y excitación que motiven una entrega futura. El truco requiere la escenificación de un ideal, y por supuesto, la ocultación de cualquier debilidad.

[…] Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal de cierto estado de dependencia y de debilidad […]

El que habla es Michel, el protagonista y narrador de la novela de Houellebecq y se lo está diciendo a Valérie, la mujer a la que está completamente entregado, desde el primer momento, desde que abrió la puerta y le ofreció las piernas, sin necesidad de acudir a capacidades sofisticadas de seducción para disimular ese instinto básico y fundamental: el pánico a la soledad. No hay mayor seducción que buen polvo ni tampoco existe una forma de entrega más sincera.

Seducir sin carne consiste en hacerse visible y atractivo, y conseguirlo para mucho tiempo. Pero yo – ahora que el sol empieza a tostar aquí en la playa y las ideas que me ha dejado la novela empiezan a cocer demasiado vivamente en mi cabeza – estoy interesado en ti para esta noche.

De modo que si te encuentro en cualquier bar, ves que te miro a ráfagas cada vez más largas y tú, por la razón que sea, tampoco dejas de mirar; si más tarde tropiezo contigo en el camino hacia el baño y te digo hola, y si a ti, casi sin querer, en ese momento, se te escapa una sonrisa y con los ojos me pides que te hable, si por casualidad ocurriera algo así una noche de estas, te pido por favor que tras los saludos de rigor vayamos, sin rodeos, directamente al grano.

No me hagas esperar. No me pidas que te cuente, no hagas que te engañe.