Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

lunes, 22 de junio de 2009

Le pedí que no lo hiciera

Leer para ti

Siri Hustvedt

Bartleby Editores, Madrid, 2007

La forma en la que nos conocimos fue divertida. Y quizás, dejando aparte el sexo, fue lo único divertido que pudimos compartir. Fue un sábado de verano a primera hora de la tarde, yo había terminado mi lectura dominical de prensa – la hago los sábados – y había resuelto refugiarme en una librería con el único propósito de escapar, al menos unos minutos, del sol abrasador. Entré en la primera que encontré y empecé a vagar por ella como quien llega a la estación central de una ciudad desconocida.

No tardé demasiado en sentirme observado e incómodo, y decidí resolver mi necesidad de cobijo de otra manera. Compraría un libro y buscaría un bar fresco donde poder matar un buen rato leyéndolo. Quise hacerlo rápido y pensé que el modo más sencillo de salir pitando de allí era pedirle al librero lo primero que me viniera a la cabeza. Me acerqué al mostrador y allí estaba ella, esperando. Cuando aquel hombre barbudo y pálido apareció desde la trastienda ella empezó a hablar inmediatamente, casi pisándole al librero el saludo, como si durante toda la espera hubiera ensayado una y otra vez lo que debía decir. Me sorprendió el ímpetu, pero su acento lo aclaró todo. Ella intentaba hablar despacio, dejando sonar las vocales, dando golpes secos y un poco forzados con la lengua. Pidió Pájaros de América de Lorrie Moore y yo– en un acto reflejo que debió ser motivado por el culo que le hacía esa combinación de tacones y vaqueros – saltédesde atrás para que a mí me pusiera una de El hospital de ranas, también de Moore. Fue un error. Ella debía haber pedido Autoayuda y yo debería haberme quedado callado.

Se volvió y me miró sonriente y cuando por fin conseguí salir de la tienda, ella estaba afuera, fumando un Lucky Strike, esperándome.

No sabría relatar cómo fueron transcurriendo los hechos y cuáles las palabras de nuestra conversación, pero después de cuatro o cinco cañas, unas croquetas y unas bravas, tomamos el primer gin-tonic en mi cama. Fue ella quien lo propuso y también fue ella la primera en abandonar el colchón escapando del calor.

Paseó desnuda por la casa, con el gin-tonic en la mano y un cigarrillo perpetuo entre sus labios. Después de completar la ronda se quedó parada frente a la librería, mostrándome unas nalgas diferentes a las que yo había intuido hacía unas horas. Empezó a preguntarme por Ferlosio, Vila-Matas, Sebald, la literatura italiana y la música de Coltrane mientras yo estaba tumbado en el sofá, rehuyendo las respuestas, todavía recuperando mi ritmo de respiración habitual, con lo ojos cerrados, comiendo unos trozos de sandía que había rescatado del olvido en la nevera.

Ella cogió el libro de Siri Hustvedt, me preguntó por qué me gustaba, - está muy buena, contesté – lo abrió al azar y, a pesar de mi sorpresa, empezó a leer.

[…] Tell it again. The hair falling out of the tower. In bed, I rest the book on your chest. I will always read to you. I promise. I will read you stories forever into the years. I did not say it. It is what I whished to say. I remember parts of the stories in this book from my childhood, the rest is empty […]

Lo había hecho con una dicción fantástica, con un inglés seductor y suave, pero inmediatamente quiso leerlo en castellano, y lo hizo arrastrando líquidamente las vocales, espetándose contra las consonantes como quien se golpea con una puerta de cristal. No hace falta, le dije, ya está bien, déjalo, no lo hagas:

[…] Cuéntalo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años. No te lo dije. Era lo que quería decir. Recuerdo fragmentos de historias de este libro de mi niñez, el resto está vacío […]

Cuando hace algunos días volví al libro de Hustvedt pensé que casi la había olvidado y que precisamente en la conciencia de ese olvido estaba su recuerdo. También hace calor esta noche y me pregunto para qué sirve recordarla, para dolernos nuevamente, para reírnos como en la primera ocasión, para justificarnos una vez más o para volver a condenarnos.

[…] Ahora recuerdo lo que había olvidado. He olvidado pero cómo es posible que recuerde que olvido. Los entierros son casi siempre afuera, ponen a los muertos lejos de nosotros, fuera de la casa. Son omisiones, espacios en blanco en el paisaje, señalados e inscritos y llevados dentro como si estuvieran vivos. En el vacío, en el día vacío, hay cosas que se van y que vuelven sólo cuando podemos soportar el recuerdo. La cruz del santuario está vacía sobre el mantel violeta de la Cuaresma, la historia después de la muerte, después de morir, después de morir la muerte, los que se mueren y los muertos, muertos, muertos.

Me ha escrito pidiéndome que nos casemos. Le he dicho que sí, que seguramente habrá un momento de nuestras vidas para reencontrarnos y casarnos. También le dije que mi mujer no lo aprobaría, al menos por el momento. De todos modos - la advertí - su voracidad emocional agotaría el matrimonio en tres semanas. Sería perfecto.

domingo, 14 de junio de 2009

La fábrica de nubes

Arquitectura moderna en la central de Soto de Ribera.

Natalia Tielve,

CICEES, Gijón, 2009.

No sé cuánto de esta experiencia me estoy perdiendo por pasarme las horas adormilado en la cabaña, tumbado sobre un camastro adecentado con un colchón tan fino que parece una sábana y una almohada confeccionada con el saco de la ropa sucia. No sé cuánto recordaré de este tiempo pasado en la cabaña frente al mar de Birmania, vencido por el efecto del humo con el que, al atardecer, día tras día, lleno de densas nubes la estancia y de ensoñaciones caprichosas mi mente.

El opio me lo provee uno de los capataces chinos que trabaja con nosotros en la obra. Viaja cada mes a Bangkok y me trae una cantidad suficiente para pasarme adormilado el mes siguiente por lo que siempre me recomienda que sea cuidadoso, que lo comparta, por ejemplo, con el cocinero italiano. No se atreve a pedírmelo pero sé que le gustaría conseguirlo, me dice. Prefiero no hacerlo, desde que me fui he sido de rituales solitarios. Tumbado en la cama despliego el papel de aluminio sobre el suelo, deposito con cuidado una o dos de las bolitas marrones y las caliento con el fuego de un mechero hasta que comiencen a humear. Las hago rodar en círculos sobre el papel para suavizar la combustión y luego inhalo el humo con un canuto de cartón viejo, una y otra vez, profundamente, hasta que se caiga el libro de mis manos, y luego cedan los párpados sobre mis ojos.

Ya queda poco trabajo para finalizar la obra: terminaremos la torre refrigerante de la central en pocas semanas y aunque falten algunos detalles de la presa y adecentar los jardines del poblado para los trabajadores que aquí se instalen, no tardaremos más de un año en estar de vuelta. De hecho ya estamos preparando la logística del retorno y, para organizarlo, ha llegado una chica nueva a la oficina. Se llama Tess, es escocesa y morena, puede que guapa. Como responsable de todos los bienes de la empresa, también se encarga de gestionar el archivo y la biblioteca.

Si hubiera dependido sólo de mí hubiera elegido no conocerla. No necesito crear nuevos vínculos personales con el retorno tan próximo y además hubiera preferido evitar darle explicaciones sobre mi estado. En los últimos tiempos he adelgazado mucho, mis fosas oculares se han hundido y la flaccidez de la cara hace que mi mandíbula parezca más prominente, y los dientes, más separados y amarillos. Pero sigo necesitando acudir a la biblioteca para disponer de libros que me acompañen en el ritual de la quema de las bolitas marrones. A pesar de que el calor, la humedad y el humo hayan atrofiado mi memoria, necesito leer algunas líneas antes de permitir que el opio se apodere de mi voluntad cada noche.

Así que me presenté a Tess. Es de ese tipo de chica que parece de una clase social a la que nunca perteneceré. Tiene los dientes perfectamente alineados, limpios y blancos, tiene el cuerpo firme – no sabría decir si por la juventud o los cuidados – y parece pertenecer a una familia ordenada y agradable, de esas aburridas y convencionales que encandilaban a los escritorzuelos de principios de siglo. Es educadísima e inexpugnable, siempre protegida por su sonrisa y su alegría dicharachera.

Le pregunté si habíamos recibido algún libro nuevo de la central para la biblioteca. Ya te conté que es una biblioteca muy corporativa: libros de empresa, historias de la ingeniería y la arquitectura, ensayos sobre las centrales de ciclo combinado, y volúmenes con miles de datos sobre materiales. También hay algún libro de Ken Follet y de Dan Brown y hace algún tiempo, sorprendentemente, aparecieron en los estantes algunos ejemplares de Conrad traídos por un misionero o un cooperante de la zona. Desaparecieron cuando huyó el aparejador vasco, ese visionario estúpido y sexópata que escapó selva adentro con una muchacha joven del poblado, tan joven que él mismo llamaba Ternura.

Tess me mostró las novedades sin demasiado interés. Quizás pensaba que con mis manos grasientas y callosas lo de leer libros era una impostura. Quizás fuera porque se notaba que yo le hablaba nervioso y cabizbajo. Puede que imaginara que yo trataba de aproximarme a ella para explorar la posibilidad de matar el tiempo con su cuerpo. Pero soy consciente que entre esa alegría de familia educada y mi camastro hay un abismo que sólo se atraviesa con dolor, con un dolor que ya no soy capaz de infligir a nadie.

Me indicó Arquitectura moderna en la central de Soto de Ribera, una de las obras emblemáticas de la empresa, realizada a medidados de siglo pasado cuando el norte de España era todavía el tercer mundo. Soy escocesa, pero mis padres eran de esa zona, me dijo, y desde niña pensaba que en la enorme chimenea se fabricaban las nubes y las lluvias que verdean el paisaje.

Recordé las tardes de juventud, tras el colegio, tú y yo sentados en las colinas fumando, mirando a través del humo de las chimeneas la sombría postal de Manchester en plena decadencia. Perdimos el tiempo esperando que aquella realidad se llenara de chicas libertinas como las que conocimos en Mallorca. Ahora paso las noches odiando la alegría de Tess, tumbado en el camastro infame de mi fábrica de nubes.

Espero volver a verte pronto. Espero estar recuperado y sobrio para entonces.

Siempre tuyo,

John.

miércoles, 10 de junio de 2009

Obediencia debida

Anatomía de un instante

Javier Cercas,

Mondadori, Barcelona, 2009.

Una cuestión moral planea sobre todo el relato que Javier Cercas ha hecho de los sucesos y las circunstancias que dieron lugar al golpe de estado del 23 de Febrero de 1981. El dilema es la imposibilidad de adquirir una ética de la traición, esto es, la incapacidad de construir un código de la infidelidad, un conjunto de reglas y valores que permitan a alguien actuar en contra de los principios a los que ha sido fiel siempre, empujado por otros más recientes que se manifiestan con especial intensidad y convicción.

Aquel que cambia, repentinamente, de principios, de bando o de pareja, está destinado a ser juzgado en rebeldía y condenado sin piedad dado que existen pocos pecados que consideremos más graves que la traición.

Desde Judas a Luis Figo, todos los traidores han sido odiados y perseguidos hasta la melancolía. Sólo los conversos han tenido mejor aceptación, seguramente protegidos por la existencia de otro bando dispuesto a acoger al infiel, a redimirlo. No es así en política, y menos aún en la política tal y como era en España a principios de los ochenta en los que cualquier opinión de carácter político emanaba dosis de misticismo mucho más potentes que los de cualquier religión. Tanta pasión ideológica excluía, sin remedio, la posibilidad de acoger en condición de igualdad al tránsfuga.

Dante imaginó a los traidores a la patria penando sobre hielo, y como estatuas heladas permanecieron en el congreso de los diputados los tres traidores protagonistas de Anatomía de un instante: Adolfo Suárez, presidente del gobierno y traidor al franquismo que le dio todas sus oportunidades, y también traidor al Rey, que le dio la última y más importante; Manuel Gutiérrez Mellado, que era vicepresidente y ministro de defensa y traidor a las fuerzas armadas por su ambición personal que lo había llevado al bando de Suárez; y Santiago Carrillo, secretario general del PCE y diputado que había traicionado a todo el antifranquismo con sus renuncias y tragaderas.

No es exacto decir que los tres protagonistas de esta novela de no ficción se quedaran helados como estatuas cuando la pandilla de Tejero entró en el hemiciclo del congreso ya que Suárez y Gutiérrez Mellado forcejearon con los guardias civiles, y Carrillo se las tuvo que ver, más pacíficamente, con uno de ellos. Pero el ensayo novelado que ha escrito Cercas se centra en el instante en el que Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo esperan sentados e inmóviles – fumar como condenados no es moverse – en sus escaños, rodeados por un mar de diputados tumbados en el suelo, asomando tímidamente la mirada, mostrando con su ausencia todo su pavor.

Es llamativo descubrir que somos mucho más comprensivos con los cobardes que con los traidores. También es curioso como el cobarde habitualmente recuerda en tono reivindicativo su actitud, mientras el traidor siempre necesita explicar sus actos. La sociedad española, – no sólo lo cuenta Cercas, sino que lo cuenta cualquiera que recuerde esos días – se recluyó en su casa toda la tarde del 23 de Febrero, aterrada, dispuesta a aceptar con resignación aquello que resultara del asalto al parlamento. Con los años esa misma sociedad – el bando contrario que debía haber comprendido la iluminación de Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, y en consecuencia haberlos acogidos como conversos – vio como los mismos diputados que permanecieron escondidos de cuclillas, los mismos que habían conspirado los días previos al golpe, leían un manifiesto alabando la valentía y la respuesta de rechazo firme que todos habíamos dado aquella tarde a los agresores de la democracia.

Perdonamos y apoyamos al cobarde, como perdonamos y apoyamos a un amigo enamorado loco de su amante pero incapaz de abandonar a su mujer. Al traidor lo condenamos sin piedad, ya lo he dicho; al infiel, a ese que llega un día y nos dice he dejado a mi mujer, sólo sabemos dejarle solo. Igual de solos sabían que estaban Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado; sabían que el golpe de estado significaba su desaparición definitiva de la escena política – certificada tras las elecciones de 1982 –, pero esta certeza debió de actuar a modo de escudo protector de las estatuas, que quedaron observando cómo se cerraba el último capítulo de la guerra civil en el que, dice Cercas, definitivamente quedaría instaurado un sistema político equivalente al derrocado por los militares en 1936.

Segun él mismo relata, la tarde de 1981 Javier Cercas corrió, tras oír la noticia del asalto de Tejero, hacia la universidad en búsqueda de una compañera por la que había perdido los papeles. Que yo recuerde, mi último acto con cierto contenido político fue una manifestación contra la guerra de Irak en febrero de 2003. Yo había acudido arrastrado por P, de la que estaba totalmente enamorado a pesar de las continuas discusiones. Me dejé llevar por complacerla, por no desentonar en un fin de semana en el que nos visitaban sus amigas, todas ellas muy progres y muy modernas. Pero yo, entre la multitud que invadía la Gran Vía, era un traidor.

Pasados los meses de regalo que P me concedió, abandoné definitivamente cualquier vínculo – libros, prensa, debates, discusiones – con la política, y decidí recrearme en mi individualismo cínico y descreído. Sólo una llamada a la que no puedo ser infiel, me lleva a acerarme nuevamente a un debate del que soy incapaz de sacar nada en claro. Ya veis, soy un traidor. Necesito explicarme.

miércoles, 27 de mayo de 2009

La duda o la vida

Martin Eden

Jack London,

Akal, Madrid, 1986.

– Últimamente te he estado leyendo y me gusta lo que escribes. Creo que deberías abrirte un poco más, ser más sincero. Y también más breve. Pero me gusta.

– ¿A qué viene esto ahora? ¿Tienes ganas de burlarte?

– ¡No!... Si te he dicho que me gusta. – Le divirtió que me irritara a la primera.

– Está bien. ¿Qué quieres decirme?

– Que es un puto fraude.

– Me figuraba que dirías algo así. Veo que te han vuelto a sentar estupendamente los gin-tonics. – Eructó inmediatamente después de que yo terminara la frase. Se rió, esta vez descaradamente.

– Si no fueses tan vago y tan educado te parecerías al gilipollas de Martin Eden. Al muy bruto más le valía haberse quedado donde estaba, con los marineros, en lugar de escupir hacia arriba y perder la cabeza por una musa salida de una estampita. Y a continuación ponerse a escribir como un condenado en una pocilga, sólo por ella, sólo para conquistarla. Pero tú no, tú eres un vago y, además, eres un señorito.

– ¿Y? – Interrumpí pero no me hizo caso, porque ya estaba pensando en la siguiente bravata, abstraído, hasta que le hice un gesto interrogativo con los hombros al que reaccionó devolviéndome la atención de forma exagerada. Debía haberle dejado en paz, que se perdiera a solas en sus pensamientos.

– Digo que Martin Eden era un gilipollas porque a la vista está que de nada le sirvió. Un fracaso total. Por lo menos parece que él si se atrevió a escribir acorde a lo que pensaba. Pero tú no. Tú eres muy educadito y cortés. Además de vago eres un fraude. ¿Te lo había dicho ya? – el ataque estaba lanzado.

– Pero qué pretendes, ¿que me dedique abiertamente a expresar sin tapujos ni coartadas lo que sinceramente pienso de la vida? ¿Quieres que me sincere públicamente?

– Déjate de palabras de quejica. Por cierto, se te da muy bien escribir en plan quejica, debe ser por lo vago que eres. También se te ve bien en el papel del enamorado, lo que dices resulta convincente. Seguro que ligas un montón.

– No nos desviemos a nuestro tema favorito. ¿Podemos, aunque sea sólo una vez, evitalrlo? – me había obligado a subirme a su carro y ahora no podía dejar que se fuera sin más. Debía escucharme.

– Lo que tú digas. Discúlpame.

– Me pareció entender que me decías que yo era un fraude por ocultarme. Tú pretendes que me destape y comunique mi visión sarcástica de la vida, que escriba con ella presente, que intente transmitirla. Pretendes que con ella el resultado será más interesante y convincente.

– ¡No! ¡Yo no he dicho eso en absoluto! No esperes que reclamando que disfrutas de tu soledad, de tu individualismo, confesando que te regocijas en tu íntima crueldad, en tu burla elitista, vayas a resultar más interesante. – Ya estábamos donde él quería – O quizás, como hace el pobre Martin, como debió hacer su alter ego Jack, eres de los que confían en encontrar el ambiente propicio para expresarte libremente, desarrollar tu visión del mundo y comunicarla. Martin estaba borracho de belleza a causa del enamoramiento y luego generalizó su embobamiento a un concepto tan frágil como la belleza. ¿Pero tú? ¿Qué les vas a dar? ¿Qué hay en ti que los demás quieran ver? ¿Las sonrisas negras de bilis?

– Quizás tengas razón y la visión a la que te refieres en mi caso sea tan poco agradable, tan cruel y perezosa que sólo me permite gozar con las pocas personas con las que he aprendido a sacarle el culo a la vida. De modo que mis pensamiento sólo pueden ser de interés para mis cómplices, y te tengo por uno de ellos, que se pasan la vida mofándose de ella, riéndose de su estupidez, gozándola en su íntimo freakismo.

- Y no olvides la biología. – Dijo en tono conciliador, ahora que ya se sentía trinfante.

- No, no me olvido. También soy un cerdo. – Se notó que estaba dolido y a mí ya me apetecía cambiar de tema y hablar de tías.

- Eres un cerdo pero no me refería a eso y lo sabes. No puedes escapar de ella… como yo que me estoy meando. En cualquier caso tú no te preocupes; tú sigue escribiendo así. ¿Ya te he dicho que me gusta? Mira, a ti te han educado muy bien, siempre eres muy cortés, aunque te estés burlando. Sigue así, siempre serás un fraude escribiendo, pero acabarás gustando.

- Y más humilde que tú. – Le corté para acabar con la maldita conversación. – Es cierto que no sabré escribir como pienso. Ni en las noches más rabiosas, en aquellas que te echan con un portazo en la cara, en las que te vence la mala suerte o en las que un bruto ignorante te humilla en cualquier bar. Ni siquiera en noches como esta encuentro el valor suficiente para renunciar, de una vez por todas, a la duda. A la duda que sostiene la vida y que… ¡qué coño!, la justifica.

–¡La duda o la vida!, ¡Ja,ja..! ¡pum!¡pum! – hizo un gesto de vaquero del oeste, simulando disparar con un enorme revólver en cada mano, riéndose con esa cara de bufón sabelotodo. Enfundó las armas, levantó las cejas y giró sobre sí mismo. Se fue a mear, cruzando las puertas batientes hacia el baño que está al lado de la mesa de billar.

domingo, 17 de mayo de 2009

Quiero descansar II

La extracción de la piedra de la locura. Otros poemas.

Alejandra Pizarnik,

Visor, Madrid, 2007.

Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto […] Pero por un instante – sea por una música salvaje, alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia –, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; el yo vibra animado por energías delirantes.

Hoy, como ayer, podría volver a ponerme la gorra de chulapo, repetir el paseo por la pradera, la merienda a base de cañas y gallinejas. Más tarde volvería a brincar al son de alguna música endiablada en las Vistillas y seguramente conseguiría moldear mi estado de ánimo con el uso de las sustancias habituales, esas que en dosis adecuadas hacen perder entereza a mis palabras y me alegran la vida falseándola. Podría haberlo repetido hoy, pero, como de costumbre, necesito descansar.

He decidido recluirme en el limbo de mi habitación e ignorar las visitas inesperadas, las llamadas de las chicas, los planes de los amigos y el sol de verano que pide a gritos una forma más saludable de soledad. Lo he ignorado todo para quedarme tumbado en el sofá con la prensa del día, la programación deportiva, los trucos habituales para dormir y el libro de Pizarnik.

Desde hace una semana ha empezado a hacer calor, así que he necesitado abrir ligeramente la ventana. Con un poco de suerte he conseguido que una brisa suave y constante rozara mi pelo alborotado y acompañara la letanía del peloteo tenístico y la nana suave de los motores de las Hondas, las Yamahas y Ducatis hasta accionar esa habilidad mía para dormirme precisamente en los momentos más emocionantes de la competición.

Tenía los ingredientes para disfrutar de una tarde de tranquilidad inalterada. Aunque también estaba el libro. Le ví cómo esperaba callado en su papel de incómodo intruso, de elemento discordante que amenaza la vocación de banalidad del día. No me atreví a echarlo, pero le rogué que respetara mi descanso.

Alguien mide sollozando
la extensión del alba.
Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo.

Parece que ha sido culpa del neumático delantero. El líder del mundial se ha deslizado en plena curva a dos vueltas de la meta. Ha tenido la mala suerte de arrastrar al piloto local, le ha destrozado la carrera y ha interrumpido mi primera siesta. El público le está increpando mientras me incorporo y en la tele parece que discrepan. Cojo el periódico. Leo y fumo mientras me libero del aturdimiento y busco la postura más cómoda.

Me detengo en la necrológica de Carlos Castilla del Pino. Recuperan unas declaraciones suyas en las que comenta que la muerte de su padre fue una liberación y la de sus hijos una fatalidad de la que no podía sentirse culpable: "Para mí la muerte de mi padre fue en un sentido una liberación. Cuando lo dije mucha gente se escandalizó. Pero lo fue realmente. Me liberé de un conflicto. [...] Mis hijos y yo fuimos convirtiéndonos en extraños y llegó un momento en que hablar sólo lo empeoraba todo […] Mi salvación fue el trabajo".

Este hombre ha debido ser mal padre, me digo. Me recuerda a esos señores de talento y fina cultura que son víctimas de la clase de egoísmo más incontenible: la del tiempo, la de la avidez de soledad.

Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

Me he dejado llevar y he abierto el libro, en un acto casi inconsciente que me ha empujado a leer alguno de los poemas ya señalados. Pero no es el momento, no toca. No he dormido suficiente y además hoy es un día para otras cosas. Cambio de lado, me olvido de preguntarme por qué marcaría yo este poema hace dos años, y me centro en las motos, a punto de acabar.

Me despierto cuando el mejor tenista del mundo ha perdido el primer set. Más jaleo en el público, esta vez más elegante y distinguido. Los comentaristas mantienen la calma, pero hay algo en su tono que resulta resignado. Debe ser el forofo que llevan dentro, su otra voz, la que reprimen tímidamente.

El lío de la cancha de tenis me lleva a pensar en las voces de Pizarnik, las apasionadas voces a las que ella decía estar entregada, las que a su vez ella no podía liberar y las que Beckett – también en el periódico - llamaba recuerdos intrauterinos: sentirse atrapado, estar preso, ser incapaz de escapar, llorar porque le dejaran salir pero sin que nadie pudiera oírte, sin que hubiera nadie escuchándole.

Observo el periódico abierto en la mesa, aún en la página con la foto de C.Castilla del Pino. Quizás realmente fuera un incansable trabajador, un hombre necesitado de tiempo para enfrentarse a solas con sus demonios, sus dudas. También le imagino como un impostor, como un mujeriego decadente o como un padre impotente, asustado y huidizo que necesita escapar de todas las personas que le prometen que le van a querer y que luego añaden la amenaza de que será para siempre.

Siempre es una palabra que me agota y además empieza el fútbol. Pasa en la calle un coche y suena a todo volumen una canción de Maná que ambienta el barrio, tan silencioso, tan tranquilo. Pero inmediatamente una moto tapa el lamento mejicano de la canción con el estruendo de su tubo de escape. Pienso en volver al sueño y cierro la ventana, el libro y los ojos. Quiero descansar.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.