Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

domingo, 17 de mayo de 2009

Quiero descansar II

La extracción de la piedra de la locura. Otros poemas.

Alejandra Pizarnik,

Visor, Madrid, 2007.

Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto […] Pero por un instante – sea por una música salvaje, alguna droga, o el acto sexual en su máxima violencia –, el ritmo lentísimo del melancólico no sólo llega a acordarse con el del mundo externo, sino que lo sobrepasa con una desmesura indeciblemente dichosa; el yo vibra animado por energías delirantes.

Hoy, como ayer, podría volver a ponerme la gorra de chulapo, repetir el paseo por la pradera, la merienda a base de cañas y gallinejas. Más tarde volvería a brincar al son de alguna música endiablada en las Vistillas y seguramente conseguiría moldear mi estado de ánimo con el uso de las sustancias habituales, esas que en dosis adecuadas hacen perder entereza a mis palabras y me alegran la vida falseándola. Podría haberlo repetido hoy, pero, como de costumbre, necesito descansar.

He decidido recluirme en el limbo de mi habitación e ignorar las visitas inesperadas, las llamadas de las chicas, los planes de los amigos y el sol de verano que pide a gritos una forma más saludable de soledad. Lo he ignorado todo para quedarme tumbado en el sofá con la prensa del día, la programación deportiva, los trucos habituales para dormir y el libro de Pizarnik.

Desde hace una semana ha empezado a hacer calor, así que he necesitado abrir ligeramente la ventana. Con un poco de suerte he conseguido que una brisa suave y constante rozara mi pelo alborotado y acompañara la letanía del peloteo tenístico y la nana suave de los motores de las Hondas, las Yamahas y Ducatis hasta accionar esa habilidad mía para dormirme precisamente en los momentos más emocionantes de la competición.

Tenía los ingredientes para disfrutar de una tarde de tranquilidad inalterada. Aunque también estaba el libro. Le ví cómo esperaba callado en su papel de incómodo intruso, de elemento discordante que amenaza la vocación de banalidad del día. No me atreví a echarlo, pero le rogué que respetara mi descanso.

Alguien mide sollozando
la extensión del alba.
Alguien apuñala la almohada
en busca de su imposible
lugar de reposo.

Parece que ha sido culpa del neumático delantero. El líder del mundial se ha deslizado en plena curva a dos vueltas de la meta. Ha tenido la mala suerte de arrastrar al piloto local, le ha destrozado la carrera y ha interrumpido mi primera siesta. El público le está increpando mientras me incorporo y en la tele parece que discrepan. Cojo el periódico. Leo y fumo mientras me libero del aturdimiento y busco la postura más cómoda.

Me detengo en la necrológica de Carlos Castilla del Pino. Recuperan unas declaraciones suyas en las que comenta que la muerte de su padre fue una liberación y la de sus hijos una fatalidad de la que no podía sentirse culpable: "Para mí la muerte de mi padre fue en un sentido una liberación. Cuando lo dije mucha gente se escandalizó. Pero lo fue realmente. Me liberé de un conflicto. [...] Mis hijos y yo fuimos convirtiéndonos en extraños y llegó un momento en que hablar sólo lo empeoraba todo […] Mi salvación fue el trabajo".

Este hombre ha debido ser mal padre, me digo. Me recuerda a esos señores de talento y fina cultura que son víctimas de la clase de egoísmo más incontenible: la del tiempo, la de la avidez de soledad.

Paso desnuda con un cirio en la mano, castillo frío, jardín de las delicias. La soledad no es estar parada en el muelle, a la madrugada, mirando el agua con avidez. La soledad es no poder decirla por no poder circundarla por no poder darle un rostro por no poder hacerla sinónimo de un paisaje. La soledad sería esta melodía rota de mis frases.

Me he dejado llevar y he abierto el libro, en un acto casi inconsciente que me ha empujado a leer alguno de los poemas ya señalados. Pero no es el momento, no toca. No he dormido suficiente y además hoy es un día para otras cosas. Cambio de lado, me olvido de preguntarme por qué marcaría yo este poema hace dos años, y me centro en las motos, a punto de acabar.

Me despierto cuando el mejor tenista del mundo ha perdido el primer set. Más jaleo en el público, esta vez más elegante y distinguido. Los comentaristas mantienen la calma, pero hay algo en su tono que resulta resignado. Debe ser el forofo que llevan dentro, su otra voz, la que reprimen tímidamente.

El lío de la cancha de tenis me lleva a pensar en las voces de Pizarnik, las apasionadas voces a las que ella decía estar entregada, las que a su vez ella no podía liberar y las que Beckett – también en el periódico - llamaba recuerdos intrauterinos: sentirse atrapado, estar preso, ser incapaz de escapar, llorar porque le dejaran salir pero sin que nadie pudiera oírte, sin que hubiera nadie escuchándole.

Observo el periódico abierto en la mesa, aún en la página con la foto de C.Castilla del Pino. Quizás realmente fuera un incansable trabajador, un hombre necesitado de tiempo para enfrentarse a solas con sus demonios, sus dudas. También le imagino como un impostor, como un mujeriego decadente o como un padre impotente, asustado y huidizo que necesita escapar de todas las personas que le prometen que le van a querer y que luego añaden la amenaza de que será para siempre.

Siempre es una palabra que me agota y además empieza el fútbol. Pasa en la calle un coche y suena a todo volumen una canción de Maná que ambienta el barrio, tan silencioso, tan tranquilo. Pero inmediatamente una moto tapa el lamento mejicano de la canción con el estruendo de su tubo de escape. Pienso en volver al sueño y cierro la ventana, el libro y los ojos. Quiero descansar.

Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.


sábado, 9 de mayo de 2009

Parálisis permanente

Los hijos de la viuda

Paula Fox,

El Aleph, Barcelona, 2008.

- ¿Cómo ha sido el trabajo común con R? ¿Tenéis algún futuro proyecto conjunto previsto? ¿No es demasiado inteligente esta señora? ¿Puede un hombre mantener con R. "la distancia adecuada"?

- Yo no he sabido hacerlo. Demasiado inteligente, sí... Y otras muchas cosas. Sí es posible que hagamos algo más juntos, aunque ahora estamos ambos ocupados con nuestras vidas. Nunca se sabe.

Acudimos como perros ante la llamada de sus amos; nos aventuramos impotentes en el territorio hostil y allí, paralizados, presas del pánico, servimos todo con sonrisa permanente, frustrante y falsa. No somos camareros noveles. Somos las personas.

No nos salvarán las ofrendas, los regalos que entreguemos, las infinitas consideraciones; de nada sirve ese esfuerzo estúpido por extremar la comprensión, por procurar refugios donde eludir toda responsabilidad moral, donde expiar las culpas. Tampoco importan la fugaz alegría, las risas. No son clientes exigentes, son nuestros dueños.

Algunos de nosotros tenemos una capacidad infinita para dejarnos atrapar en las telarañas de personas que son incapaces de amar sin destruirnos. Algunos nos dicen que son redes conocidas, detectables, previsibles y fácilmente eludibles. Pero yo sé que a estas garras acudimos impotentes, no inconscientes. Sabemos que en el mejor de los casos el encuentro sólo nos dejará dolor y nos consolamos con la ilusión de que será la última vez. Pero, impotentes, nos sabemos incapaces de evitarlo. Sólo la huida, el atajo más corto entre la exposición cruel y el rincón protector del hogar, de la soledad, nos consigue librar de esa sensación de estupidez incontrolable que es la debilidad. La huida es como una ducha fresca de verano. Esa que te quita todo el salitre de la playa y te devuelve la ligereza pero te deja molido.

Clara, pivote en torno al cual orbita la reflexión – si semejante cosa es posible – de esta estupenda novela de Paula Fox, piensa que los que sufrimos esta clase de parálisis permanente somos víctimas de la introspección. Nos coacciona, dice. El dueño y verdugo de Clara es Laura, su madre. Ella es el epicentro del terremoto que desencadena esta historia newyorkina de personajes que recuerdan a los retratados por el Capote más cínico. Podría haberla conocido en una biblioteca. Yo, oculto tras un tomo enorme, sentado, perdiendo el tiempo observando a los demás. Ella guapísima con el pelo recogido, la bufanda y los guantes rojos, los zapatos de siempre.

Tiene aspecto de chica de paso, siempre ligera de equipaje, como si todo su mundo cupiera en la mochila vieja que delata su decisión de estar siempre lista para desaparecer, para cambiar de lugar, confiada en que la oportunidad de escapar de su verdugo brotará en cualquier esquina. Sin embargo Clara necesita algo más para abandonarla, para repetir lo que ella le hizo cuando decidió dejarla en manos de su abuela Alma, el personaje que da inicio y final a una tribu de tres generaciones crecidas bajo el manto de un matriarcado agotado, decadente y doloroso.

Podría haber conocido a Clara en una biblioteca. Ella, entre los estantes de los libros de arte – esos que nos incitan a pensar que la libertad sólo tiene ese nombre – empeñada en no poseer ningún libro sino sólo en hojearlos; yo, invitándola a compartir frío y cigarrillos en la entrada, pensando que quizás un día me acepte un regalo que me entregue para siempre.

Hace algunos meses presentía que la canción de Nacho Vegas que orbitaba en mi cabeza era una señal fácil de descifrar. A pesar de todo la ignoré por mis cojones. Hoy él se me aparece otra vez, contestando a una pregunta en el periódico, derrotado y avergonzado. Leo su respuesta y siento esa resignación característica de quienes sabemos que, por mil batallas que ganemos, volveremos a las garras de aquellos que nos hurtan las noches.

jueves, 30 de abril de 2009

Poética

Cómo hablar de libros que no se han leído

Pierre Bayard,

Anagrama, Barcelona, 2008.

Mientras leía Cómo hablar de libros que no se han leído fantaseé con ser profesor de instituto. Imaginé un taller de literatura en el que cada uno de mis alumnos recibía un libro con el encargo de hacer un trabajo sobre el. No les pedía que estudiaran ningún aspecto concreto, sino que escribieran con total libertad sobre el libro, y, lo más importante, que lo hicieran sin sentirse obligados a leerlo.

La especulación sobre los resultados de este experimento soñado, me acompañó durante el resto de la lectura, con la sensación de que mi fantasía se había dejado llevar hasta el extremo opuesto de lo que habitualmente recordamos de las lecturas escolares. De hecho - y así lo subraya Bayard – la virtud de leer, la obligación de hacerlo de forma amplia y completa y la descalificación sistemática de quienes hablan de un libro sin leerlo, son los mandamientos elementales que nos inculcan desde las academias de las letras.

Bayard sostiene que estos axiomas marcan para siempre nuestra relación con los libros y la lectura, construida en torno a tres obligaciones que son reflejo, a mi modo de ver, de los tres principios morales que nos andan jodiendo la vida: la bondad, o nuestra obligación de perseguir el bien, la obligación de leer en busca de la verdad; la coherencia, que nos fuerza a ser precisos, a construir argumentos completos, a leer los libros desde el índice hasta el epílogo. Y, por último, la sinceridad; la que nos coacciona a la hora de pronunciarnos sobre los textos desconocidos, no leídos.

En mi opinión estos principios morales tienen como origen, como sustento argumental, un equívoco. Un equívoco que aunque sea bienintencionado, a menudo no pasa de ser autocomplaciente.

El error consiste en atribuir a la literatura la capacidad de transferirnos conocimiento. Un conocimiento acumulable, que es posible ampliar y refinar. Se asume habitualmente que gracias a la literatura seremos capaces de comprobar, demostrar, construir unas teorías sobre los avances de otras y – como en las ciencias formales – eliminar tajantemente los caminos que no llevan a ningún lado. Con esta meta como reto, nadie puede rebatir que la lectura deba ser un propósito obligado y loable.

Pero la literatura no es conocimiento, es discusión. No debemos esperar que los libros abran caminos hacia el aprendizaje; cumplen su cometido con el simple hecho de entrar a formar parte de nuestra experiencia personal, de integrarse en lo vivido. Las lecturas, pienso, sólo se viven.

Partiendo de este análisis, Bayard argumenta que aquel que tenga una mayor capacidad para integrar un libro en el conjunto de sus experiencias – también, por supuesto, las ocasionadas por la lectura – es quien menos necesidad tiene de leerlo y, en cierto modo, haciéndolo limita todo el potencial de disfrute que le darían las múltiples formas de no hacerlo. Como el que yo ofrecía, generosamente, a los alumnos de mi sueño.

Más allá del estilo irreverente y divertido que emplea, creo que el fondo de la propuesta de este profesor francés reside en que los libros no tienen la función de ser leídos, sino que se usan necesariamente como elementos para construir nuestra propia representación teatral de la vida y del mundo. En consecuencia, aunque sea un proceso creativo, hablar de libros – y en particular de aquellos que no se han leído - no es necesariamente un proceso fantasioso. Todos tenemos relaciones y experiencias personales con todos los libros, empezando por la de no haberlos leído nunca. Hablar de libros consiste en narrar estas experiencias. Hablar de libros es siempre, sin remedio, hablar de uno mismo.

En la segunda parte del libro, llamada Situaciones de discurso, Bayard argumenta su tesis con el análisis de aquellas situaciones en las que uno se siente obligado a hablar de libros que no se conocen o se conocen muy poco. Lo llamativo, para mí, es que para ilustrar y evocar experiencias vitales, reales – presuntamente vividas – acuda a situaciones análogas de personajes de ficción. Explica la vida recurriendo a la novela para cerrar así el círculo en el punto en que lo vivido vuelve a lo leído. Son las vivencias, ahora, las que también se leen.

Hasta aquí la parte del libro que, a pocos días de cumplir un año escribiendo esta Bibliácora, adopto como poética. Ahora que la he desvelado, si no os importa, me tomaré el derecho de cambiarla.

viernes, 24 de abril de 2009

El iPod

La isla

Giani Stuparich,

Minúscula, Barcelona, 2008.

No he tenido nunca la costumbre de escuchar música con unos auriculares por la calle. No recuerdo haber usado walkman cuando era niño, ni haber entrado cinco minutos tarde en clase en la facultad, pidiendo perdón y apagando el discman. Por supuesto no he tenido nunca un iPod y de hecho creo que mi rechazo se debe a una sensación parecida al miedo, a alguna clase de vértigo que me vence ante tanto aislamiento entre la gente.
No le ocurre lo mismo al amigo mallorquín que visité hace unos días. Cuando le conocí siendo niños, hace años, llevaba siempre unos cascos enormes de esos antiguos que tenían la almohadilla de espuma naranja. Me parecía muy peligroso que los llevara incluso cuando pedaleaba a toda leche entre el club de tenis y su casa del paseo Mallorca, pero no dejó de hacerlo nunca. Años más tarde, compartir una habitación con él significaba dormirse oyendo el zumbido grimoso que hacían los CDs al girar en su discman. Durante un tiempo usó su teléfono y ahora es un fanático del iPod.

Si vas a salir a dar un paseo, me dijo, llévatelo y pruébalo. Volverás nuevo.

Y así lo hice. Programé una lista aleatoria de canciones– modo shuffle – pero decidí elegir la que sonaría en primer lugar. Bajé las escaleras hasta el portal y di un único paso hacia la calle San Magí. Pulsé el botón del play y a todo volumen arrancó Leyenda del tiempo de Camarón. Me dirigí hacia el centro. Hacía sol.

No fui consciente del grado de aislamiento que producía la música hasta que no entré al mercado de Santa Catalina por la esquina del Eroski. Tenía como único cometido reservar paella en Can Joan Frau, un bar de mercado que es todo un símbolo en el barrio. Cuando me quité los cascos y el murmullo mañanero del mercado se abalanzó sobre mí sentí un subidón de adrenalina que me dejó nervioso y aturdido. Le pedí a Pere el arroz con cara de susto, me disculpé e inmediatamente volví a la música para calmarme. Con los cascos puestos el silencio entra por los ojos.

Crucé el mercado entre las fruterías, fijándome, con envidia descarada, en el color rojo de los tomates; luego las tiendas de flores, las carnicerías, el otro bar y, un poco más allá, finalmente la puerta. Recuperé la luz mientras sonaba Al respirar de Vetusta Morla. Afuera, ni una nube en el horizonte.

Bordeé el parque de Sa Faxina fascinado por la luz. Es algo que echo de menos sólo cuando la recupero. Se lo había dicho a Carlos en el aeropuerto: Te parecerá un tópico, pero echaba de menos este aire, esta luz”. Me acordé de La isla, la novela de Stuparich que había terminado de leer en el último avión. La había conocido por Vila-Matas en el periódico y la había leído durante una semana ajetreada, en varios vuelos, a trozos, con la sensación de que no le estaba prestando la debida atención. Pero la novela, una historia de un hijo y un padre con los días contados en búsqueda de tiempos pasados en su isla del adriático friulano, es ante todo evocadora. Luminosa. Al parecer Stuparich era el único de una generación de escritores triestinos que sobrevivió a la gran guerra, y el único de ellos que quiso transmitir luz. El único representante de la triestinidad blanca. Igualmente luminosa y blanca es la novela: una terrible historia de miedo y confianza que, sin embargo, provoca una brisa suave de resignación positiva.

Decidí bajar por Jaime III en lugar de atravesar el casco viejo hacia el Borne. Quería aprovechar el sol por calles más anchas, metido en mi burbuja musical en la que hacía aparición, como un mal augurio, Corcovado. Se puso a llover de repente, con esas gotas gordas del verano. Aceleré el paso y entre la música y las prisas pensé que se me salía el corazón. La música se detuvo cuando alcancé los soportales. Descansé un rato esperando que amainara y me quedé mirando a una pareja de ancianos que se peleaban con el paraguas, quejándose de la torpeza de su edad.

También me acordé de Miguel, que había llamado para decir que no podría venir al aperitivo. Este fin de semana le tocaba a él quedarse con su padre.

Solían salir a dar un paseo en esa antigua zodiac lenta y ruidosa, su padre sentado en la goma, a la izquierda de Miguel que era quien timoneaba. Era un paseo apacible, tranquilo y silencioso. Pero hacía tiempo que había perdido la alegría de cuando ponían la radio. Miguel lo vivía preguntándose casi siempre en qué estaría pensando su padre y por qué él no era ya capaz de preguntárselo sin ese tono de lástima. El desgaste y la pena habían quebrado la confianza. No era posible volver a aquellos tiempos en los que su padre llevaba el timón, mostraba a Miguel los más mínimos detalles del paisaje y medía con precisión y rigor los tiempos de los baños. Le hubiera gustado volver atrás, pero ahora era él quien debía llevar la barca.

Si no ocurre nada extraño, a todos nos llega el momento en que ya no encontramos sosiego en los padres, sino que nos sentimos obligados a dárselo. Cuando los roles se invierten, sólo lograríamos deshacer el cambio descargándonos completamente de nuestro sentido de la responsabilidad, volver a ser libres y temerarios como un adolescente. Pero intentarlo con un padre enfermo es frustrante y doloroso porque es imposible. Imposible volver a disfrutar de la zodiac, imposible volver a la isla.

La lluvia y la melancolía que me dejó el recuerdo de La isla; la historia que Miguel vive ahora y que me recuerda a otras ya pasadas; todas las sensaciones de inquietud sobre el futuro me empujaron a dar la vuelta desde el Borne por la Lonja, llegar a la plaza de Tarazanas y subir la calle San Pere hacia el barrio. Le di al stop y busqué las canciones de Nacho Vegas. Decidí tomar los mandos de mi vida. Perdón, de mi música.

Hace poco una amiga lamentaba haber perdido los cascos de su radio. Mientras salíamos del portal me decía qué rabia, hubiera preferido llegar al centro metida yo sola en mi burbuja. Pensando en mis cosas, pensando en mí. Olvidándome de ti y de todos, escuchando a Macaco. Si yo hubiera probado el iPod antes, si aquel día hubiera hecho un día de sol mediterráneo en Madrid o si yo hubiera tenido en la cabeza la evocación que me producen los recuerdos de La isla, la habría entendido mucho mejor.

Llegué de vuelta al mercado por la calle Fábrica y al entrar en él por la esquina contraria a la de la meca del frito, el pica-pica, las albóndigas y la paella de los sábados, empezaba a sonar Ai Dolors de Manel. Es una propuesta alegre, una invitación a un último baile festivo, nada solemne, sencillamente un baile que nos recuerde que a veces debemos pensar que qué más da. Que aunque se vaya, la vida sigue.

Al fondo, diviso a mis amigos. Es hora de salir de la burbuja. Es hora de volver a la vida que sigue y mete ruido.

jueves, 16 de abril de 2009

Operación retorno

Tiempo y materiales

Robert Hass,

Bartleby, Madrid, 2008.

Esta vez conseguí robarle tiempo al trabajo en la oficina. Había hecho la maleta con antelación y por tanto podía marchar con calma hacia la Isla que suele estar espléndida de primavera y visitantes en Semana Santa. A media mañana las carreteras estaban aún vacías; la radio proponía una banda sonora llena de éxitos de los ochenta y el sol resaltaba el verde de riego y el marrón oscuro del campo castellano. Yo sólo fumaba y disfrutaba del viaje.

Unas hora más tarde, ya en Asturias, llegué a Lieres, un cúmulo de casas que el progreso ha convertido en pueblo fantasma. Allí decidí salirme de la ruta más rápida y tomar la carretera antigua hacia la Isla. Es la carretera que bordea el valle de Valdediós, hace cumbre en el alto de la Campa y baja entre eucaliptos, robles y castaños hasta casi mimetizarse con la serpiente de agua de la ría. Es una carretera de las de antes: estrecha, tortuosa e invadida por la vegetación en los arcenes. Una carretera de las de antes de la autopista.

He recorrido esta carretera una infinitud de veces, a todas las edades, desde la infancia hasta ese engaño que llamamos responsabilidad. Conocía todas sus curvas de memoria, disfrutaba con los colores cambiantes de las copas de los árboles: los marrones, ocres y dorados del otoño; el verde fosforescente de los meses de lluvia, la oscuridad del cambio de hora en invierno.

Como entonces, la semana pasada sentí la misma excitación de siempre cuando alcancé el alto y pude contemplar a lo lejos, casi en el horizonte, la arena amarilla de la playa de Rodiles. En la radio sonaba Voyage, voyage, ese himno de los coches de choque de Kate Ryan:

La niebla se ha retirado de la costa estas últimas semanas
regalándonos unos días de Marzo esplendorosos […]

Llevaba Tiempo y materiales en la mochila, y me pareció divisar, sólo por un instante, las velas de los barcos que tanta felicidad le producían a Milosz. Me parecía que podía ser feliz, que sin duda todo aquello era una señal de la felicidad fugaz prometida para esos días.

Pero yo no soy Milosz, y, muy a mi pesar, los lugares no tienen alma. Por mucho que queramos siempre han sido inertes, observadores pasivos de los días. Es arriesgado atribuirles capacidades emotivas puesto que al final, siempre, nos sorprenden con una trampa, con un reproche.

Lo supe algunos días más tarde. En el mismo lugar en el que yo había estado celebrando la vida con mis amigos; un lugar en el que acaricié, de niño, por primera vez el lomo de una vaca y en el que probablemente besé a la primera chica. Hace unos días una sirena llenó el ambiente con un intermitencia de un amarillo intenso, sincronizada a la perfección con el ruido ensordecedor de una alarma.

Una ambulancia que sale del corredor de urgencias de un hospital es siempre un espectáculo impactante. Cuando la ambulancia que ves partir es la que lleva a tu madre en búsqueda de un remedio urgente, toda la culpa se te viene encima. No hay escapatoria. Todas las responsabilidades quedan clarificadas, todos tus pecados son irrefutables. No hay dudas ni matices morales que te eximan; todo se esclarece, todas las soledades ajenas son tu culpa.

[…] Habría dado las yemas de mis dedos por tocar tus pómulos […]

Pensé en las otras mujeres. Pensé en las últimas huidas. Pensé que ya estoy harto de mitos, de musas. Quiero verla esta noche y decirle que estoy tan cansado que se me han hinchado los pies. Recostarme en esta cama que fue suya hace tan poco tiempo, hablarle del atardecer que compartimos, de esa puesta de sol que hace que hoy todo huela más fuerte.

Pero no ha quedado tiempo. Todos hemos tenido que marcharnos. Así que volví a coger el coche, hice la maleta como pude y pisé el acelerador a fondo por el carril izquierdo de la autopista. Tuve la suerte de que hubieran abierto el peaje y ni siquiera necesité parar. El retorno lo hice a toda prisa, sin música y sin sol.

El cuerpo un fulgor amarillo y la cabeza
Un poco naranja como en las pinturas chinas
Bañadas de crepúsculo por los dioses del verano
Que también provocan esa sacudida repentina
De los álamos, menos viento que río
Donde estaba el pájaro que creías
Ver, creyeras haberlo visto o
No, y luego no estaba, se había
Ocultado, dejando tras de sí el vacío
Que ahora zumba ligeramente en ti, lo cual no es malo
Ni triste, sólo que se asemeja a un temor reverente, al miedo.
El pájaro ahora está en otra parte y tú estás aquí.