Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

jueves, 18 de septiembre de 2008

Oda a la felicidad. O casi.

Mística abajo.

Andrés Neuman,

Acantilado, Barcelona, 2008.

¿Es posible hacer poesía de la felicidad? No puedo afirmarlo tajantemente, pero me huelo que no. En cualquier caso de lo que sí estoy seguro es que no me emociono cuando me cantan a la felicidad. Para que unos versos me emocionen necesito que la felicidad sólo sea un instante. Sin misterio, sin dolor, sin miedo, sin al menos algunas cicatrices, no existe, para mí, la poesía.

“Porque he sido feliz y algo muy sordo

hemos debido hacer con las palabras

cuando pueden sonarnos/ triviales al decirnos maravillas.”

(Gota de luz)

En la poética que introducía sus poemas en Veinticinco poetas españoles jóvenes, la antología en la que yo di por primera vez con su poesía, Andrés Neuman decía que los verdaderos pesimistas no escriben. En cierto modo Mística abajo sigue en esta línea, asignándoles una misión concreta a los poetas:

“un poeta, dijiste, es quien consigue

pese a todo empezar de cero siempre”

(Necesidad del Canto)

Y para ello, lo que Andrés Neuman comparte con los poemas de este libro es el asombro hacia la vida, un asombro, dice él, al que no prestamos la suficiente atención, que no gozamos con entrega.

“Amor por lo que vive, si supieras

qué fácil es perderte

sabrías cuánto ansío conservarte.”

(Acopio nuevo)

Aparece de nuevo el miedo, el verdadero origen de la felicidad que tanto ansiamos, una felicidad que se torna en herramienta, en el terco motor de nuestra búsqueda. La felicidad es esperanza. Esperanza con minúsculas.

"La juventud no acaba con la edad

sino con la certeza de algún daño."

(La gotera).

jueves, 11 de septiembre de 2008

El intelectual enamorado

Carta a D. Historia de un amor.

André Gorz,

Paidós, Barcelona, 2008.

Llevo varios días dudando si escribir sobre este libro. Bueno, mejor dicho, he estado dudando si comprendía el contenido de este libro hasta el punto de poder hablar de él. Ahora pienso que lo mejor hubiera sido no leerlo, no haberme dejado llevar por la fascinación inexplicable que tengo por los suicidas. Amor y suicidio, qué combinación tan romántica.

El caso es que dudaba porque, por un lado, no conozco la obra de André Gorz, un filósofo judío vienés convertido en parisino tras su huida del nazismo. Gorz fue miembro activo de la izquierda alternativa francesa, compañero de batallas de Sartre en Tiempos modernos y especialista en economía política, siguiendo la estela de Marcuse, Habermas y la escuela de Frankfurt. Más adelante, ya pasadas las euforias del ’68, se centró en la crítica de la tecnociencia y en proveer de contenido ideológico al ecologismo. En los tiempos en los que vivimos, no creo que haya duda de que el legado principal de Gorz es Le nouvel observateur del que fue fundador.

El próximo 25 de septiembre hará un año que una amiga de Gorz y de su mujer Dorine, se alertaba ante un cartel colgado en la puerta de su casa: "prévenir la gendarmerie". Dentro, yacían los cuerpos del matrimonio suicida. No hace falta decir que el impacto mediático de la noticia fue importante y pronto se escribieron reseñas, homenajes y todo tipo de elegías para uno de los últimos intelectuales de los que tanto gustaban a nuestros padres.

En 2006, al conocer la grave enfermedad de Dorine, André Gorz escribió Carta a D. Historia de un amor, en el que – dicen las reseñas – declaraba un amor incondicional y absoluto hacia su mujer, insinuando además la intención de no sobrevivir a la muerte de la amada. Para el resto de los mortales todo este amor se hizo real el día de su muerte.

Sin estar exento de polémicas (el bien, el mal), desde el día de su suicidio Gorz y su mujer se han convertido en un icono del amor absoluto, adecuadamente complementado por la imagen del intelectual de la izquierda antiautoritaria, sesentayochesca y ecologista.

Con la publicación por Paidós de la famosa carta, en abril de este año, volvieron a publicarse románticas reseñas del filósofo francés (sólo un ejemplo). Para ello no ha habido demasiados reparos en hacer uso de lo que podríamos denominar marketing suicidal, eso sí políticamente correcto pero suicidal. Pero, ¿alguien se ha leído el libro?

Yo no dudo del amor de esta pareja, ni estoy en condiciones de valorar el legado Gorziano (aunque pasados ya unos años de mi adscripción Marcusiana, me temo lo peor), pero de lo que sí estoy seguro es que Carta a D. es todo menos una carta de amor.

Salvo puntuales elogios y declaraciones de entrega, el libro es simplemente la narración de un intelectual, la explicación egocéntrica de una vida – o mejor dicho de una vida de filósofo - y de una compañía. Una compañía casi carente de toda complicidad íntima, de una complicidad mínimamente diferente a la que un ejecutivo pueda tener con su querida secretaria. Una carta amorosa que carece completamente de cualquier atisbo de pasión; una carta que es un ensayo, una reflexión sobre lo que significaba filosofar - a ratos cogidos de la mano - en los ’60 parisinos.

Si esta es la única carta de amor que Gorz era capaz de escribir en 2006 a su mujer gravemente enferma, no debía haberse publicado jamás. Si Gorz necesitaba expiar su culpa por la obsesión por el trabajo, por su silenciosa y pesada introspección filosófica, por la poca atención prestada a Dorine, debería habérsela leído para luego guardarla en sus archivos.

De haber sido así, tras escucharle con paciencia, Dorine habría hecho ese gesto tan fantásticamente femenino. Levantando los párpados, bajando tímidamente la mirada y ladeando dulcemente la cabeza, le habría espetado a su amado André: Es muy bonita, ¿pero me quieres?

lunes, 8 de septiembre de 2008

Vis á Vis con la memoria

La casa de los encuentros

Martin Amis,

Anagrama, Barcelona, 2008.

Ya no hace tanto calor, ya empezábamos a recuperado un poco el ritmo. Todavía aturdidos por la relajación vacacional, los habitantes de Península - sí, esta tierra a la que debemos venir los azorianos para escapar de la locura anticiclónica – nos resignamos hastiados ante una nueva reedición del debate sobre la memoria histórica. Debate que, quiero que quede claro, a mí me importa un bledo.

En primer lugar porque no acabo de entender muy bien de qué se trata, ¿de qué hablan cuando dicen memoria histórica? Es igual. No tratéis de explicármelo. Hace ya tiempo que los azorianos decidimos que el viento se llevara la memoria y dejara sólo los recuerdos. Aunque no lo parezca, hay una diferencia sustancial. La primera es una para todos y los segundos son todos para uno. Para eso consumimos literatura.

Por otro lado, el debate me la suda porque hace ya demasiado tiempo que decidí darme de baja de la convicción de que es necesario que conozcamos el pasado para evitar repetirlo. Todo lo contrario. La mayoría de los crímenes que recordamos se han cometido blandiendo la bandera del pasado en las trincheras. Ni el conocimiento de la historia, ni cualquier otro conocimiento nos va a librar de nuestra propia brutalidad. Y Rusia, tal y como la retrata Martin Amis, es un buen ejemplo.

“A una de las características de la vida rusa que aventura Conrad – la frecuencia de lo excepcional – yo añadiría otra: la frecuencia de lo total.”

Dos supervivientes de los campos del GULAG, el anónimo narrador y su hermano Lev, son los protagonistas de La casa de los encuentros. El bestia y el poeta convertidos en nihilista y cínico respectivamente. Zoya, la mujer de Lev, es el campo de batalla; Rusia, es el estilo de vida. El ritmo lo ponen los tiempos del terror de la Rusia Soviética. La letra es del imperialismo comunista.

Aquí en Península la mayoría de contrarios a la memoria alega que será necesario resarcir también a los muertos del otro bando. Por su parte, los creadores de la nueva realidad, esto es, los voceros gubernamentales, celebran el envite: de una vez por todas, nuestro bando – los vencidos – verá por fin restablecida su dignidad y, sobre todo, su superioridad moral.

Para ello es necesario mantener sin mácula el legado rojo poniendo el acento en los eternos cuarenta años de dictadura nacionalcatólica. Pero, para que no se diga, los herederos del franquismo responden insistiendo y exagerando los crímenes del bando republicano durante la guerra, y por qué no, del octubre del ‘34.

No son los muertos. Son los bandos. ¡No dividamos a la sociedad, no! Pero en Península los votos, las audiencias, las ventas de periódicos están en los bandos.

“Rusia aprendió a gatear, y aprendió a correr. Pero jamás aprendió a caminar.”

Amis hila la novela con dos cartas. Dos cartas de despedida. Una – la novela – la del narrador a su hija. Es una carta escrita al desnudo, sin remilgos, sin emitir un juicio sobre sí mismo pero sin eludir ninguna responsabilidad. Pero también es una carta escrita sin dolor. La otra, es la carta de Lev. Una carta escrita poco antes de morir que el narrador lleva consigo hacia el destino de su viaje terminal. La leerá a su llegada, y le espera una carta sorprendente. Dura. Pero sin dolor.

Esta indolencia es un elemento principal de la novela. Ambos protagonistas pasan por situaciones y sensaciones similares a las que describió, por ejemplo, Levi en Se questo é un uomo: sentirse infrahumano, tratar de sobrevivir a la brutal arbitrariedad. Sucios, enjaulados como animales. Lev se encierra en sí mismo, renuncia a cualquier batalla, se exilia dentro del mismo campo donde su hermano se convierte en la bestia más temida, el líder de la brutalidad. Hasta una noche fatal. La noche de la casa de los encuentros. Zoya visita a Lev. Pero Lev en lugar de ver a su mujer, mantiene un vis á vis con el pasado, con lo que él fue y le fue arrebatado.

Luego viene la vuelta a la libertad, y los cambios. El aislamiento de uno, la vileza del otro. Y pasan los años, y sigue sonando esa polka que tanto embriaga a los rusos de Rusia.

Amis ha pintado un retrato de Rusia con dos hermanos sufridores que al final de sus días han decidido convertirse en cínicos. En ningún momento, en sus cartas de despedida, manifiestan el desgarro que provoca ese dolor. Pero también saben de sus culpas. No las niegan, no se aferran a nada que les pueda justificar.

Aquí en Península el problema es que nadie piensa que el pasado fue un error. Todos aquí creen que el pasado tuvo un culpable, pero no fue un error. Para unos no fue un error el alzamiento nacional, ni los años de dictadura. Otros no sienten culpa por la brutalidad del Frente Popular. Y así seguimos, en pleno siglo XXI reivindicando la estupidez idealista de los años treinta, incapaces de juzgarla con perspectiva, incapaces de asumir, aunque sea en silencio, nuestra culpa de adhesión. Incapaces tampoco de mirar a las víctimas.

“Oh…¿por qué piensa la gente que puede volver a ponerse a molestar a todo el mundo? Piensa que puede volver como si tal cosa. Y causar tanto dolor con esas viejas heridas.”

Sólo un ejemplo significativo: los más radicales opositores a las iniciativas de censar a los desaparecidos durante la guerra son la derecha más carca y Santiago Carrillo.

jueves, 28 de agosto de 2008

Alemania enamorada

Conversaciones con Albert Speer. Preguntas sin respuestas.

Joachim Fest,

Destino, Barcelona, 2008.

El pasado sábado el suplemento cultural de ABC publicaba varios artículos sobre las relaciones entre arquitectura y propaganda política. En uno de ellos la referencia era la espectacular demostración de poder y riqueza que el gobierno chino había hecho a través de los edificios olímpicos. Hasta aquí nada extraño.

Mi sorpresa, casi diría que susto – aunque hay que tener en cuenta que apuraba yo mis días de descanso a base de gintonics – fue descubrir que Albert Speer Jr., siguiendo la tradición familiar, había participado como arquitecto en la planificación urbanística del majestuoso Pekín 2008. Me quedé helado – como el gintonic – al descubrir que el hijo del arquitecto de Hitler tenía el cometido de remodelar de la avenida que cruza la capital china de norte a sur. Su padre no había podido culminar su majestuoso proyecto para la Germania-Berlín que contemplaba, como un elemento estelar, la remodelación de la avenida que cruza la ciudad de este a oeste (¡hay que ver estos hijos, siempre al revés!).

No conozco las causas, pero Albert Speer Jr. no participó finalmente en el reto pekinés y al igual que su padre ha visto truncado el que seguro sería uno de sus proyectos más importantes. En el caso de Albert Speer padre, sí conocemos las razones del fracaso. Y, en cierto modo, de esto va este libro.

Joachim Fest es un historiador alemán que se ha hecho recientemente famoso por su relato de los últimos momentos de Hitler antes de la toma de Berlín. Acompañado por el editor Siedler mantuvo desde 1967 hasta 1981 (año de su muerte) frecuentes conversaciones con Speer, con el fin de asesorarle en la elaboración de sus Memorias y en los posteriores Diarios de Landau. A estas conversaciones – reconstruidas por Fest, a partir de sus notas – corresponde el contenido este libro. Confesiones, explicaciones y reflexiones del arquitecto nazi que no quiso hacer públicas en vida.

Fest siempre se ha distinguido por su constante e insistente condena moral del nazismo. Esta actitud militante muy presente en el libro la demuestra con el tesón – ¡más de 20 años de conversaciones! – con el que trata de arrancar una confesión a Speer sobre su conocimiento de los crímenes nazis. Speer siempre lo negó. Aunque mintiera. A mí, esta insistencia tan teutona de Fest me fastidia.

¡Pregúntaselo a Alemania entera! Hay demasiado dolor, es una resaca demasiado fuerte, demasiado vergonzante para confesar.

Por otro lado Fest, quizás bajo el influjo de El hundimiento, pone mucha atención y detalle en las narraciones de Speer sobre la personalidad de Hitler. En particular en los últimos momentos del búnker. Entiendo y participo de la fascinación que genera un personaje como Hitler, pero respecto a Speer, esta excesiva atención en su jefe nos priva de conocerle mejor.

En cierto modo el libro sostiene que la clave del caso alemán está en comprender cómo un tarado como Hitler pudo seducir a tantas personas. Por ejemplo a una persona como Speer: culta, talentosa y tan activa. Esta visión, en mi opinión, plantea un simple engaño masivo y tiende a culpabilizar, de un punto de vista ideológico, exclusivamente a Hitler. Su carisma y atractivo hicieron el resto.

No es tan sencillo. Para caer enamorado de un icono, al igual que para enamorarse de una persona, hay que empatizar. Y la clave es entender el origen de esta empatía. ¿Por qué una persona sobresaliente como Speer se enamora de Hitler? ¿Por qué empatiza con él? Porque antes se había enamorado del nazismo. ¿Por qué cayó seducida la sociedad alemana ante Hitler? ¿Por qué un pueblo culto, laborioso, orgulloso de sus refinadas costumbres y sus valores tan edificantes, empatiza con Hitler? Porque antes se había enamorado del nazismo.

Speer es el símil perfecto de la Alemania enamorada. No era un bruto, no era un asesino. Era un chico que – como Jünger – participaba en los Wandervogel, ese movimiento libertario, nacionalista y naturalista cuna de tantos angelitos. Vivió con intensidad su juventud hasta convertirse en el alemán idealista. En palabras de Fest: delicado y refinado en privado, ambicioso y aguerrido en la vida pública. Llega la fascinación por Hitler, la afiliación al partido y finalmente la posibilidad de llegar al círculo íntimo del Führer le abre paso al amor. Al amor delirante.

Con la llegada del poder se da rienda suelta a la ambición, llega la megalomanía. Para eso hace falta la lucha, la guerra y la eficiencia paranoica. Aunque al final del camino está la derrota. Y más que la derrota, está la vergüenza. La terrible vergüenza de las barbaridades cometidas. Todo por estar enamorado.

Contaba Sebald que una de las paradojas más sorprendentes de Alemania es que tras los bombardeos aliados, todo alemán tuvo un nuevo cometido, como si todo lo ocurrido estaba asumido. Había que volver a empezar, volver a construir. El empeño de Speer en el juicio de Nuremberg por evitar la pena de muerte negando todo lo que sí sabía es un ejemplo fantástico: “Quizás porque, más allá de todo lo dicho, volvía a tener una tarea. Y además, ya sabe usted que soy incapaz de hacer las cosas a medias”.

Toda Alemania fue Speer. Vivió un amor delirante que tenía las raíces metidas en las profundidades de su forma de ser y entender el mundo. Participó de un delirio asesino por un ideal de mundo que había que construir. Fest duda de este amor. Se niega a dar credibilidad a la explicación que Speer da de su última y peligrosísima visita a Hitler en el búnker. El arquitecto dice que fue por amor – ¡vale!, dice amistad – porque había tenido una relación mucho más que política con el Führer. El historiador sólo cree que fue por ansia de poder.

Fest trata de mostrarnos a Speer como una bestia ambiciosa. Siedler sin embargo y da muestras de comprensión hacia él, como si fuera un vecino. Fest quiere que veamos a los nazis como monstruos. Siedler, y yo con él, como personas. Y os aseguro que da mucho más miedo.

martes, 26 de agosto de 2008

Esperando a que caiga la pelota

Caos calmo

Sandro Veronesi,

Anagrama, Barcelona, 2008.

Conocí la historia de Pietro Paladíni – el protagonista - en algún periódico que anunciaba el próximo estreno de una película protagonizada por Nanni Moretti. Se llamaba Caos calmo y estaba basada en una novela homónima de Sandro Veronesi. A mí las historias de Nanni Moretti siempre me han parecido geniales. Personajes histriónicos, originales y emotivos que transitan por relatos absurdos e inteligentes a la vez.

Pero lo más importante es que las películas de Moretti tienen personajes italianos – él es el primero - muy italianos. Italianos en el sentido más sutil del adjetivo: un italiano puede darle simultáneamente la misma importancia, trascendencia incluso, a una gilipollez que a algún concepto sublime y profundo. Por eso andan tan perdidos. Por eso son tan fascinantes.

Sobre las historias de Sandro Veronesi, ni papa.

Pronto averigüé que en el caso de Caos calmo, Moretti no era ni guionista, ni director, ni productor. Sólo era el actor, sólo le ponía cara, voz y gestos al personaje. ¡Vaya! Ahora Caos Calmo ya no era una historia de Nanni Moretti sino una novela de un desconocido con un personaje principal que ya tiene cara, gestos y voz. Un personaje que si además no me resulta simpático, chiflado y muy italiano me va a defraudar.

Es una putada que te impongan la cara de un personaje. A mí – que tengo mucha memoria para las caras – se me queda fijada la imagen toda la novela. Me condiciona, me molesta.

No sé si Veronesi escribió pensando igual, pero yo empecé la novela con las barbas de Moretti metidas en la cabeza. Afortunadamente Pietro Paladíni es un personaje con vida propia. Es cierto que es un personaje histriónico, absurdo, brillante y muy italiano. Pero también lo es que con el paso de las hojas Pietro va mostrando nuevas facetas que dejan al estereotipo de los personajes de Moretti pequeño.

Aunque la imagen inicial permaneciera de algún modo siempre presente, más adelante también vi a un Paladíni ambicioso, calculador y más fuerte. Un dirigente de éxito del mundo cultural que sin embargo mantiene un espíritu íntegro e independiente. Adorador de la cultura pop pero hijo de una cultura muy clásica. Durante esta fase me rondaba todo el rato en la cabeza el bigote de Juan Cueto, al que luego descubrí en pole position en la lista de los agradecimientos.

A pesar de su éxito, Pietro también es débil, caprichoso e impulsivo. No es egoísta pero sí un poco cobarde, tiene miedo de sufrir y de que todo se le escape de las manos por ello. En consecuencia prefiere no moverse, detener el tiempo, mirar para otro lado. A poder ser girar el cuello para seguir el balanceo de un buen par de tetas.

En este momento, con estos adjetivos aparecí yo. Y empecé a preocuparme. Pero también a divertirme. Y eso que hace tiempo que no me dejo ningún pelo en la cara.

Caos calmo es la historia de un otoño muy especial de la vida de Pietro Paladíni, un burgués de éxito que pierde a su mujer en los mismos momentos en los que él estaba salvando a otra en una playa. Con la pesada carga – que no afronta nunca – de no haber estado en el lugar correcto en el momento más importante de su vida, decide permanecer todo el día sentado frente al colegio de su hija.

Con una naturalidad sorprendente van pasando los días y Pietro se va transformando de pobre viudo en icono de la resistencia y el compromiso. Poco a poco aquellos que inicialmente le tachaban de loco le visitan para pedirle consejo o confesarle los dolores más íntimos. Su tenacidad loca de permanecer frente al colegio y de anteponer ese compromiso a cualquier otra preocupación se ha convertido en una referencia moral.

Pietro Paladini se encentra de repente en una posición moral superior, de forma increíble una locura que ha consistido en no hacer nada es… ¡pooooiiiiingggg! Le acaba de caer la pelota en la cabeza. Se la ha tirado una niña. Se la ha tirado de muy cerca y era muy obvia.

Sandro Veronesi ha escrito el retrato perfecto. Pietro Paladini es un padre complejo y está tan perfectamente retratado que parezco yo mismo. Claudia, su hija, es una niña sencilla y brillante. Sus intervenciones aligeran la novela llenándola de un nihilismo alegre que renueva las fuerzas para seguir. El resto del coro de personajes (la cuñada chiflada, el hermano excéntrico, la tía buena del parque, los compañeros de trabajos, los magnates de las finanzas...) participa armosionsamente del caos calmo de un hombre que para huir de no se le occurre nada mejor que quedarse quieto.