Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

viernes, 9 de octubre de 2009

Estados de ánimo

Loser

David González,

Bartleby Editores, Madrid, 2009.

Solemos cruzarnos por la calle alguna vez, pero la última que hablé con él fue el mes pasado cuando coincidimos en La Sal. Hacía una vida entera que yo no iba, pero esa noche teníamos el jueves de chicas que con un empeño algo infantil organiza Rosa todos los veranos. Habíamos alargado la cena pero no era demasiado tarde, sólo un poco. Me alegré de verle allí; en realidad, me alegré mucho, así que le sonreí y enseguida se acercó para abrazarme. Él también estaba contento, aunque me pareció algo nervioso.

Hicimos un repaso rápido de nuestras vidas familiares, con esa coletilla hipócrita del aburridas como siempre y con el deseo urgente de superar el trámite formal de las preguntas para pasar a divertirnos como antes. Yo obvié completamente el tema de Diego; él me contó con una sonrisa fugaz que había sacado un nuevo libro. Siempre has tenido más bien pinta de sacar un nuevo disco, le dije. Me gustó reírme, y que él lo hiciera mientras pasaba el brazo sobre mis hombros y yo me dejaba caer en él.

Claro que, por supuesto, yo ya había leído el libro. Pero prefería callármelo como había hecho siempre. Empecé a leerle a escondidas cuando compartíamos la cama. Al principio fue por respeto, por ese afán inútil de tratar de respetar lo incomprensible. Luego fue por miedo, y ahora ya es por costumbre. Estoy segura de que él lo sabe o lo imagina, pero ni pregunta ni se explica. La poesía se ha acabado convirtiendo en un tema prohibido entre nosotros. Los dos sabemos que mis halagos le escuecen en sus culpas.

Hubo un tiempo en el que nos volvía locas a todas. Éramos chicas que querían ser todo lo malas que nos dejara nuestra educación y nuestro padres, pero él no nos tomaba en serio. Fue más tarde y no entonces cuando empezó a hacerlo. Le gustaba que estuviéramos a su alrededor, pero sólo para mostrar ese estilo rabioso, irritante y protector. A veces, aunque lo niegue, se parecía a su padre. En aquella época yo todavía estudiaba en Gijón mientras él paseaba de su brazo a una chica frágil a la que había conquistado a base de preguntas, con ese truco fácil del interrogatorio atento que adoran las mujeres solas. Ella no supo imaginar que a menudo la arrastraría a lugares y estados de ánimos oscuros.

Hasta que ella se hartó de sus crujidos, de sus amagos y del arrepentimiento fugaz. Le echó de casa. Límpialo todo antes de marcharte, dijo.

[…] No quiero otra cosa. Nada más que una como tú. No quiero otra persona. Fíjate lo que te digo. Como tú. Exactamente, exactamente como eres tú. Entonces te vas a dar cuenta de verdad… porque una persona como tú, no la quieres a tu lado. Como tú. Nada más que una como tú. Nada más deseo eso en mi vida. Que cojas una como tú. Y que estéis los dos ahí, todo el día en la cama metidos. Es lo único que deseo. A ver si de verdad soy tan envidiosa como dices que soy … y tan mala… y tan hija de puta…y tan asquerosa…[…]

Como adelantándose a una canción de Nacho Vegas, él se quedó indiferente, no lloró pero se sintió mal. En cualquier caso había mil cosas más por las que llorar, solía decir, yo ya he visto llorar a una madre.

Escúcheme señora, yo,
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo aquí; ahora bien,
lo que ya no sé, lo que ya no puedo
garantizarle,
es cómo va a salir. […]

Cuando yo le escuchaba hablándome de Mari siempre acababa teniendo la sensación de que no la había querido nunca, que sólo le tenía afecto y que en el fondo él pensaba que ella lastraba sus días por su empeño en protegerla. A veces sin embargo pienso lo contrario, que la brutalidad de su estado no le permitía mostrarse tan afectuoso como quería. Lo dudo. Él no tenía el cuerpo para querer a nadie, empezando por sí mismo. Puede que se viera divertido, pero él no se quería.

Nosotros nos conocimos de otra forma, mucho más tarde y casi sin preguntas. Y además fue él que insistió tanto arrancarme de la compañía de mis amigas. Lo cierto es que divertíamos mucho, como ese jueves de La Sal, aunque las risas acabaran convirtiendose en una convencional manifestación de una nostalgia un poco patética. Pero no puedo evitar divertirme recordando esos tiempos y además, él se deja llevar.

– ¿Avisaré a mi madre? – le pregunté.
– Espera a mañana – me dijo –. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo – me dijo ella acariciándome la espalda con ternura –. Tranquilo – repitió –. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

Hubo un tiempo en el que todo parecía ir tan bien que hasta le ahorrábamos disgustos a su madre, pero cuando enfermó volvió a cambiar. Empezó a tomarse más en serio, a escribir con orden, a viajar y a guardarse el tiempo para sí. Empezó a sentirse más alegre pero también empezó a tener miedo. Miedo a no tener tiempo. Prefería las comidas a las cenas, los paseos a las infinitas tardes en la cama y empezó alargar las sobremesas para huir de los tugurios. Así nos dormimos pronto y aprovechamos el día mañana, solía decir como si acabara de descubrir el truco definitivo para vivir. Y yo también me acabé cansando. Todavía era joven y me quedaba algo de mala; para mí el mañana, el futuro, estaba siempre aún lejano. Lloró, lloró mucho, aunque en el fondo estoy convencida de que comprendió que había llegado la hora de que él hiciera su camino por sí mismo, y que al fin tenía fuerzas para ello.

[…]
y mientras los abusones de la clase
trataban de cogerme por los pies
y me gritaban que bajara
y me tiraban cosas
yo continué con mi ascensión
y al llegar arriba
al llegar arriba me puse de pie
y eché a correr

Ahora le veo bien, centrado, seguro. Se le nota con ganas. Sin embargo a veces me parece que la alegría no le centra, no le deja mirarse a sí mismo, estar a solas. A veces, sin que jamás me atreva a decírselo, tengo la sensación de que los halagos le llevan a otro estado ánimo, le obliguen a ser como le quieren. Yo prefería cuando a lo sumo me recitaba un poema a regañadientes en la cama, cuando tenía que arrancárselo verso a verso, con toda mi insistencia. Creo que me gustaba más cuando le leía a escondidas sus libretas.

Siempre quedan, Daniel, querido amigo,
ciertas manchas
que no pueden arrancar
ni las mujeres de tu pueblo,
ni las del mío, que dicho sea de paso,
en gran parte, la parte del río, ya no existe.

Me encantaban sus poemas. Como a todos. A nosotras por el encanto inexplicable que tiene el macarra herido. A ellos por ese punto sádico que tienen todos los hombres leídos. Y me gustaba más cuando aún tenía miedo a escribir.

viernes, 2 de octubre de 2009

Una declaración de posturas

Zorros, ciencia, erizos y literatura

David P. Barash y Nanelle R.Barash,

Belacqva, Barcelona, 2009.

La hipótesis, por supuesto indemostrable, que da vida a este divertido libro de los Barash – padre psicólogo, hija bióloga y literata – es que la literatura, o al menos las grandes obras de la narrativa, son intemporales y universalmente famosas porque nos ofrecen historias biológicamente verosímiles. Dicho de otro modo, nos sentimos todos igualmente fascinados por la gran literatura porque en ella subyacen y son sutilmente retratados los aspectos centrales de nuestra biología.

Como hipótesis de partida me sienta bien. Estoy cómodamente tumbado e intrigado por averiguar hasta dónde me conduce, aunque desde los primeros momentos deba resistir la tentación de dejarme enredar por otra pregunta. Si la gran literatura se ocupa de los aspectos centrales de nuestra biología, ¿qué destino les espera a las historias que se centran en la biología complementaria, esto es, en las nimiedades, las excepciones o las diferencias como la locura o la cojera? Para seguir leyendo, debo suponer que esa literatura se quedará pequeña para siempre, chata, coja y muda, marginada en lo anecdótico e ignorada por lo trascendental.

Entre la hipótesis y la pregunta me acabo encontrado con mi habitual escepticismo, avivado en esta ocasión por el hastío que me produce la cada vez más imperante mitificación de la genética, esa que supone que en unos años seremos capaces de descifrar las conductas humanas en términos de la expresión de uno u otro gen, lo que finalmente permitiría listar en un manual de vida el catálogo completo de reacciones químicas asociadas a cada una de las posibilidades de nuestro comportamiento. Soy completamente consciente de que efectivamente es así, que la vida es un proceso químico largo y pesado, pero confiar en nuestra capacidad de hacer una lista completa es una burla.

A la par que avanzo en el libro (un capítulo dedicado a los celos del macho en Otelo, la elección del semental en las novelas de Austen, el complejo de virgen y puta en una novela de Hardy) descubro que el ambicioso proyecto inicial estrecha sus miras, y que todos los casos estudiados sólo se ocupan de la biología de la reproducción. Es entonces cuando me pregunto si el propósito inicial del ensayo se ha convertido, al menos en mi camino, en otro.

Necesito fumar. Dado que al parecer la gran literatura es así de grande por describir de forma verosímil nuestro comportamiento reproductivo, me pregunto si la cuestión debería dejar de ser la verosimilitud de la literatura y convertirse en una disquisición de por qué la literatura alcanza sus cotas más admiradas sólo cuando habla de sexo, parejas y, sobre todo, de los hijos. Siento la quemazón de la colilla entre mis dedos cuando me convenzo de que si todo esto es cierto es urgente que deje de preocuparme por la literatura. En su lugar debería preocuparme por la verosimilitud de la vida misma. Al menos de aquella que yo practico, por horas, fuera de la cama.

Leyendo Zorros, ciencia, erizos y literatura parece que fuera necesario aceptar que el comportamiento de los seres humanos pudiera reducirse a una perpetua reacción a la tensión reproductiva. Pero la reproducción es un proceso biológico tan básico, tan ancestral y universal que nos atañe a todos por igual. Pero lo hace de un modo simple y creer que nos retrata, es una simpleza.

En los seres humanos el impulso reproductivo – el motor único e insustituible de la existencia – requiere que los progenitores cuiden de sus crías hasta que alcancen la madurez suficiente para reproducirse a su vez. Este proceso de maduración es largo y exigente, y requiere de una capacidad sofisticada de adaptación a un entorno heterogéneo, cambiante y escaso de recursos. Nuestra capacidad de adaptación se manifiesta de forma individual y es tan peculiar y exclusiva que se convierte en nuestra historia.

La referencia insistente a nuestros hábitos reproductivos nos simplifica tanto que nos iguala. Nos convierte en estereotipos facilones, que necesariamente gustan a todo el mundo, inclusive en las novelas e independientemente de la virtud de su letra. Sin embargo afrontar la ardua tarea de adaptarse al entorno y conseguir los recursos para llegar a madurar hasta ser fértiles y atractivos; reproducirse y disponer de los recursos para crías a tus crías requiere de un arma compleja, de la biología adecuada.

El azar y el tiempo – la evolución – nos ha ofrecido como arma la inteligencia, o lo que es lo mismo, el lenguaje. Nuestra biología nos da nuestra historia, que desde luego va más allá de nuestro ímpetu fornicador y nuestros gametos. Nuestra biología es principalmente verbo, y los mecanismos del verbo son la literatura, de modo que nuestra biología es necesariamente la literatura y nuestra vida, representación.

Metaliteratura, susurro a solas al apagar la luz. Para sobrevivir no necesitamos disponer de universales, son tan simples que se convierten en obvios; pero sí necesitamos el potencial de vivir la representación ajena, de robar y experimentar sus vidas. Ahora bien, si lo que buscamos es algo verdaderamente humano, algo que nos afecte y nos emocione por igual es necesario que renunciemos a las sutilezas. Ese humanismo – el de los universales – hay que buscarlo en el bajo vientre, justamente donde lo escondemos.

Esta noche es el alivio el que da paso al sueño. La declaración universal de los derechos del hombre debería ser un ejemplar del Kamasutra.

martes, 15 de septiembre de 2009

Sobre la completitud de los sistemas filosóficos

Pisadas extrañas

Gilbert K. Chesterton,

Styria, Barcelona, 2007.

– Anoche nos dieron un caldo tibio de pollo, dos trozos de carne guisada con arroz y un par de peras. Sólo me comí una y la otra la metí a fermentar en la bolsa. Creo que en dos semanas tendré casi un litro, eso sí, si no te chivas. Ya te cubriste de gloria cuando me quitaron la cuchara.

– No espero que lo entiendas, al menos por ahora. Pero esta vez puedes estar tranquilo, dejaré que termines tu experimento con la fruta. Ayer también hubo fútbol tras la cena, ¿no es así?

– Ayer hubo de todo. Nos dejaron estar en la sala toda la tarde, sentados, viendo el tenis y luego el fútbol. Pero yo no quise ir, los demás me molestan. Se pasan la vida gritando.

Hubiera tenido que estar solo para disfrutarlo, solo y tumbado en un sofá, no con esa chusma. Y me habría venido bien un porro y también un gin-tonic aunque si yo fuera millonario hubiera preferido un cocktail de esos ricos, tan ricos como los que hacían en Londres cuando yo iba.

– Ahora ya los hacen también aquí en Toledo, a veinte kilómetros. Ya ves, no los tienes tan lejos. Pero cuéntame, ¿qué hiciste entonces ayer? Bueno, ya sabes, en realidad vengo a preguntarte cómo has estado toda la semana.

– Ayer al final me quedé aquí solo, toda la tarde. Me pasé el día tirado en la litera, divagando. Un porro me hubiera venido bien, y con una botella de agua también me hubiera arreglado.

– ¿Leíste los libros que te dejé?

– Sí, claro. De hecho después de comer estuve leyendo un rato, y fueron precisamente tus libros los que me llevaron a la divagación. El Padre Brown y el Sr. Chesterton…

Sabes, siempre me han llamado la atención esos enormes libros de consulta, me refiero a los manuales de consulta profesionales, los que usan los abogados, los médicos y demás. Los tomos del código civil por ejemplo, los ladrillos con las tablas de integrales, el vademécum o esos libros tabulados con propiedades de materiales que usan los ingenieros. Son libros en los que uno encuentra siempre todas las respuestas.

– Te estás desviando. No veo qué tiene que ver todo esto con los libros de esta semana.

– Vale. Ocurre que los personajes de los libros que has traído, ese Padre Brown y su creador, el Sr. Chesterton retratado en su Autobiografía, me han recordado a las personas que usan esos manuales. He estado imaginando la seguridad que les debe dar conocer un libro que aclara todas las dudas, un libro que tiene todas las respuestas. Ya sabes que tanto el cura como su creador tienen su libro, en el que, por supuesto, hallan todas las respuestas correctas.

– Sí, ¿y?

– Así cualquiera afronta la vida de cara, con optimismo. Con las reglas claras y con una explicación completa, con un sentido.

–Yo creo que sólo son personas que afrontar sus dudas con espíritu positivo.

– ¡Ya!, y si se da el caso, tienen principios inmutables donde ocultarlas. Así es el Sr. Chesterton. Él ha establecido su modelo de mundo en torno a tres o cuatro dogmas morales de los que se siente orgulloso, y no tiene el menor reparo resolver todos los enigmas con argumentos retóricos, autoreferenciados o simplemente mágicos. Para él lo importante es que su modelo de mundo esté completo.

Pero no te inquietes, no es tan grave. Me he dado cuenta que el ansia de la completitud es común a todos los sistemas filosóficos, no es exclusivo de la religión. En realidad, es en esta ilusión frustrante donde se asientan todos los sistemas humanistas. Todos comparten, de un modo u otro, las palabras que el Papa soltó por la radio anoche: Dios que es Logos nos garantiza la racionalidad del mundo. También lo dice Chesterton en su autobiografía. Aunque él lo dice con inteligencia, gracia y buena pluma, pero con la misma delirante solemnidad:

"Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios; si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguiría el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible."

– Creo que tiene razón, que para creer en la posibilidad de un sistema completo, para creer en el Hombre y en la Naturaleza hay que creer en algún dios. Aunque también existe la posibilidad de renunciar a esa ilusión de la inteligibilidad del mundo y acostumbrarse a vivir sin la verdad. Pero esto no le gusta, y evita discutirlo con un chiste bueno y fácil que revela toda su intolerancia. Dice que no tolera que los escépticos tarden tanto en sacar una conclusión. ¡Ja, ja!… Claro, el juega con ventaja, ¡él tiene el libro!

– Evita excitarte, por favor.

– Aunque le moleste yo prefiero ser un escéptico, por algo soy de ciencias. Además aquí yo tengo todo el tiempo del mundo, y fuera, cuando salga, también tendré todo el tiempo del mundo para sacar una conclusión. La prisa es la hija primogénita del miedo.

– No esperaba verte así, la verdad. La semana pasada te vi más contento...

– Mira, te pondré un ejemplo. No parece posible saber a ciencia cierta si matar es algo reprobable o algo que en ocasiones puede ser razonable. Fíjate en mi caso. En realidad nadie me responsabiliza por lo que ocurrió con mi padre. A nadie le parece mal. No se me culpa por lo que hice, a mí me condenaron por cómo lo hice. Como a los toreros malos.

– ... y además hace mucho que no llamas a tu casa. Sabes que es obligatorio.

– No cambies de tema tú ahora…esta imposibilidad de saber de una vez por todas si matar es algo bueno o algo malo, es una estocada definitiva para la moral. No hay libro que lo aguante y todos nos vemos resignados a confiar en la ética, en razonar la norma, arrastrados al ejercicio delirante de establecer un límite al asesinato. ¿Pero dónde? En una defensa, ¿quizás en alguna venganza? Pronto descubrimos que no se puede; al menos no se puede más allá de acuerdo circunstancial y arbitrario. No se puede porque la Verdad choca con la realidad, porque la Verdad, en el fondo, es contra natura.

– Me estás preocupando. Esperaba verte de otra forma, pensé que te encontraría con otro estado de ánimo. Estás demasiado tiempo a solas.

– Puede ser; pero tampoco acabo de entender para qué sirven estas conversaciones y esos libros que me das y aquí estamos, aunque te aviso de que quiero cambiar el rollo.

– Eran los libros que tocaban. Además el diagnóstico me hizo creer que te sosegarían y lograrías reírte un rato.

– ¿Pero cómo quieres que me sosieguen? El famoso Padre Brown me ha parecido una caricatura en trazo gordo de Chesterton. Será por mi edad, pero me ha parecido una Jessica Fletcher con sotana, resolviendo crímenes con su Libro de los Bienes y los Males, de las correcciones y los defectos.

– Sin embargo dicen que le gustaba mucho a Borges.

– A Borges le gustaría porque le gustaban las adivinanzas, los enigmas. Pero le bastaba el divertimento, ya que él sólo vivía en su imaginación. Estoy seguro que a Borges le interesaban por igual el cubo de Rubik y la Mecánica Cuántica. Pero yo no puedo pasar todo el rato en mi imaginación. Aquí la gente ronca y grita. Además, yo tengo otros problemas, como tus visitas.

– ¡Vaya! Creía que habíamos superado esa fase.

– Escucha. La gente que vive con un Libro a cuestas, se enfrenta al misterio de que nunca conseguimos ser como Dios quiere que seamos, que nunca acabemos de funcionar tal y como él nos diseñó. Si es así, sólo hay tres posible explicaciones para que seamos tan decepcionantes. Puede ser que le hayamos entendido mal y no interpretamos bien las instrucciones del Manual. También puede ser que Él haya olvidado como nos hizo y tras una primera época de euforia hacia su obra, como Artista único que es, haya finalmente renegado de ella. También cabe la posibilidad de que simplemente le hayamos salido mal, defectuosos. Como los hijos. A veces los hijos salen cojonudos, como los espárragos. Pero en la mayoría de las ocasiones somos un fraude.

– Hay personas que no se sienten como tú. Hay formas de vivir que tú no has conocido.

– Comprendo que el golpe puede resultar duro: la incertidumbre, la falta de sentido y para eso están las drogas. Sin embargo ellos prefieren la fe, a pesar de que el precio que acaben pagando sea el miedo. Yo lo lamento y lo celebro a partes iguales.

– ¿Por qué?

– No lo sé, es una sensación que he tenido y sobre la que no he reflexionado. Tendré tiempo aquí dentro para hacerlo más adelante. De hecho ahora preferiría cambiar de tema, y te iba a pedir que me cambiaras los libros de la próxima semana, que fueran más amenos. Querría descansar un tiempo, pensar que no hay ninguna urgencia.

– No lo sé, no estoy convencido. Esperaba verte de otro modo y no creo que estés preparado. Es mejor que nos ciñamos al plan previsto. Recuerda que en dos semanas tienes comité.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Verano

El paseo

Robert Walser,

Siruela, Madrid, 2008.

Por fin ha llegado el verano, lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar, al despertar empapado a causa del calor. Luego también he notado la llegada del verano por el tono de la luz. Se pone ácida y punzante a través de las cortinas, y basta atreverse a abrir ligeramente un ojo para que la luz te fulmine y te despierte.

Así al menos ha sido esta primera mañana de verano, en la que me he despertado en una charca con una sobredosis de luz y de calor.

Había abierto los ojos molesto por la humedad pringosa de la baba que había estado vertiendo – creo que gota a gota – sobre la almohada. Pero los volví a cerrar con pereza al comprobar que la del otro lado de la cama seguía vacía, como siempre. Podía no haber sido así. Se podía haber dado el caso de encontrar allí a Carmen, una estudiante de letras que me ha estado besando en los conciertos durante todo el invierno. Pero Carmen tiene la puta costumbre de no contestar nunca mis llamadas de modo que la había dejado allí en los conciertos, en el invierno y en la ciudad.

Está bien así. A la mierda la ciudad, ya ha llegado el verano.

Me giré para mirar la hora en el teléfono y comprobé que era tan temprano como siempre; tan temprano como de costumbre me obligan la oficina y los atascos. Pero ya estábamos en verano, así que no hice caso del reloj y pensé que además, en esas circunstancias, también era una ventaja que Carmen no estuviera. Cuando al despertar me topo con compañía me resulta mucho más difícil dar media vuelta; me cuesta acomodar la almohada sin más y volver al sueño. Creo que me emociono y me desvelo.

Volví a echar un vistazo a la mesita antes de recostar de nuevo la cabeza en la almohada, por su lado seco esta vez. Me fijé en el color amarillo chillón de la portada de un libro; qué libro es ese, qué hace ahí ahora, con toda la habitación invadida por la luz ácida y por el calor. Era tan temprano.

Recordé que la portada amarilla era de El Paseo de Robert Walser que me había prestado Carmen. Se lo había recomendado con insistencia su profesora de Literatura universal I, y yo no tuve más remedio que hacerme el interesado. Literatura universal, curioso concepto. A pesar de ser la literatura una actividad exclusivamente humana, llamarla universal no me resulta ni pretencioso ni solemne, porque, al fin y al cabo, a qué otro ser del Universo – que no sea humano – puede interesarle un sustituto tan blando de la vida, tan de sofá. El resto de los seres del cosmos, estoy seguro, están mucho más interesados en vivir.

Pero, por fin, ha llegado el verano. Lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar bañado de baba y de sudor. Empecé a notar las sábanas empapadas y pegajosas justo en el momento en el que oí pasar una ambulancia tañendo su sirena. Me pareció que era en mi calle, probablemente se había parado en mi portal. Pero puede que también estuviera confundiendo el sonido de la sirena con el de claxon insistente y melódico de un coche. O quizás era una orquesta completa de coches que pitaban atascados unos contra otros una canción conocida. Dejé que se me abrieran los ojos, los dos, y que la luz - que lo invadía todo de un blanco limpio – encogiera brutalmente mis pupilas. No podía ser una orquesta de coches, es verano, ya no estoy en la ciudad y aquí no caben tantos coches.

Quedé mirando al techo celebrando la llegada del verano y la lejanía de la ciudad. Estaba en el pueblo para gozar del tiempo, para pasear por las repeticiones rutinarias de escenarios, caminar siguiendo el rumbo fijo que marca la orilla de la playa y observar el aburridísimo perfil del mar. Ahora serán la imaginación y la literatura quienes traigan cosas nuevas. En verano se puede pasear, ser niño y leer, que a fin de cuentas es exactamente lo mismo, algo así como imaginar la vida y no vivirla. Yo para eso necesito la rutina de la playa, el inmutable decorado de mi pueblo y la butaca del salón.

[…] Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición.

A la mierda la ciudad, debió pensar Walser cuando abandonó Berlín para volver a su Suiza rural y pasear por lugares conocidos, pasear una y otra vez por escenarios repetidos; pasear hasta la muerte. A la mierda la ciudad y la oficina, pensé yo. Me quedan muchos despertares eternos como este. Ha llegado el verano, un verano sin ciudad ni oficina, sin esa necesidad suya de algo nuevo cada día.

En conjunto la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos.

Me revolví más nervioso en la cama cuando oí sonar la sirena por segunda vez. La melodía me resultó más familiar y quizás se tratara de una alarma. Pero al abrir los ojos sentí el sol más alto en mi frente y decidí que era hora de salir a aprovechar el día. Salté ágil – eso creo – de la cama y como tenía el pelo empapado pensé en visitar al peluquero, preguntarle por sus hijos y cortar un poco la melena para adecuarla a las temperaturas estivales. Decidido como estaba, tomaría una ducha fría, de esas duchas que sólo te permite un buen verano y saldría al quisco a hacer acopio de periódicos, que por esta época son más finos, llenos de noticias de conciertos y fichajes. Sólo algunas páginas siguen dedicadas a los extraterrestres que vagan por el mundo con sus guerras.

Por desgracia no tardé mucho en volver a escuchar la alarma. Ahora la oía con mucha intensidad. Abrí los ojos violentamente, asustado y finalmente reconocí la misteriosa melodía. Era el Nokia Tune de mi teléfono, el que hace de despertador.

Hacía calor y la habitación estaba invadida de una luz ácida e incisiva. Miré el reloj y comprobé que llegaba tarde a la oficina. El primer día.

No, ya no es verano.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Hombres solos

Il giorno prima della felicità

Erri De Luca

Feltrinelli, Milano, 2009.

Cuentan los hombres que hablan de la revolución del 2 de Mayo que siendo España, como tal, un concepto ausente de los pensamientos de sus ciudadanos, el pueblo de Madrid se rebeló contra el invasor francés harto de sus abusos y de sus pretenciosas vestimentas, pero, sobre todo, cansados de ver como los soldados de la ilustración le tocaban sin pudor el culo a sus mujeres.

Armados de una carga ideológica parecida, es decir, desprovistos de ideal patriótico alguno, los ciudadanos de Nápoles protagonizaron una revuelta similar contra el ejército alemán. Ocurrió durante los cuatro últimos días del mes de septiembre de 1943 y suele referirse como Le quattro giornate di Napoli.

Traicionados por el estado fascista italiano y amenazados por la marina americana que esperaba en la bahía el momento oportuno para el ataque, los mandos alemanes que gobernaban la ciudad de San Gennaro decidieron aumentar la presión sobre sus habitantes: se forzó el reclutamiento de los hombres válidos; se derruyeron los edificios que pudieran ser de utilidad para los aliados tras la derrota; se redujo la distribución de agua y alimentos y se represaliaron brutalmente todos los intentos de rebelión partisana. Ante el aumento de la escasez y la tensión, el pueblo de Nápoles, familia a familia, edificio a edificio, barrio a barrio, organizó una revuelta anárquica que en sólo cuatro días supuso la única derrota que un grupo de civiles infringió al ejército del III Reich durante toda la II Guerra mundial.

Como diría Erri de Luca – curiosísimo personaje de la literatura italiana y fantástico novelista – las cuatro jornadas de Nápoles fueron fruto de la complicidad, en ningún caso de la solidaridad. El pueblo napolitano, como el español, fue efímero. Duró exactamente cuatro días. Una vez huidos los alemanes y recuperado el control sobre la ciudad, el pueblo se disolvió y quedaron, solas, las personas.

Los mecanismos emocionales de la rebelión son exactamente los mismos que los de la felicidad. Así como la rebelión es el día antes de la libertad, la felicidad siempre es el día antes de la felicidad. Rebelión y felicidad son siempre el mañana, ilusiones que de tener algo realmente perceptible, tanto en un caso como en el otro, es siempre y sólo la ficción de una promesa que, inevitablemente, da paso a la tragicomedia del día después.

El pueblo de Nápoles se evaporó y llegaron desde el mar los americanos. Aparecieron con sus poderosos jeeps y sus uniformes bien planchados, sus exóticas cajetillas de tabaco y sobretodo, sus sacos de alimentos. Los recibió con especial simpatía un ejército de mujeres, algo así como una manifestación de primas de Sofía Loren, todas ellas de piel morena y gran sonrisa, tan grande, al menos, como sus escotes. Se esfumaron las mujeres y quedaron, solos, los hombres.

Cuando los hombres perdemos a las mujeres, a nuestras mujeres, perdemos la infancia y el futuro, se van nuestras madres y nuestras esposas. Quedamos pasmados, invadidos por esa impotencia tan viril ante la vida, esa soledad melancólica que tiñe de oscuridad y mierda nuestras viviendas. La promesa se convierte en una burla, el aire se llena de un caldo gris de palabras murmuradas, de miradas caídas que se estrellan en las aceras.

En este caldo gris que fue el Nápoles que les quedó a los hombres tras la batalla de las cuatro jornadas, es donde De Luca ha cocido Il giorno prima della felicitá, una historia de hombres solos.

La novela es la historia de un huérfano que recorre el camino de la adolescencia al abrigo de un portero de un edificio viejo y ya casi vacío. Colabora en su educación un librero de segunda mano, incapaz de comprender que cuando el hambre impera no hay tiempo para fantasías. Por su parte, ella, Anna, es la eterna promesa que le llevará a cometer las mismas imprudencias y repetir los mismos errores de quien no sabe – nunca se aprende – que la felicidad es siempre el día antes de la felicidad.

La soledad de los hombres solos sólo puede enseñar a sobrevivir en soledad, y los hombres solos sólo saben hacerlo de dos formas: regalando un libro o regalando un arma. Con un libro aprendemos a evitar mirar en el espejo de nuestras estupideces, nos enseñan a creer que existen experiencias ajenas que permitirán evitar nuestros descalabros. Por el contrario con un arma nos advierten que nuestros sueños conllevan riesgos, que nuestro esfuerzo es a menudo una amenaza, que nuestra libertad siempre es un ataque que se defiende a solas o se pierde.

Puede que fuera por no dejarme nunca solo, o quizás fuera por un solemne gusto estético, pero a mí nunca me regalaron un arma, ni siquiera una navaja. Quizás esto ha provocado en mí la ilusión de la compresión y la consecuente pereza ante la lucha, la dejadez del futuro. Pero si yo llevara un sable oculto en mi pantalón, si lo hubiera llevado desde la adolescencia quizás ahora me aventurara a salir a por ello, quizás pensara que hay días buenos que están por llegar y que sólo es necesario salir a cazarlos.

Pero mi padre siempre me decía que usara la cabeza y así me ha ido. Ahora sólo gano para dudas.