Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

martes, 15 de septiembre de 2009

Sobre la completitud de los sistemas filosóficos

Pisadas extrañas

Gilbert K. Chesterton,

Styria, Barcelona, 2007.

– Anoche nos dieron un caldo tibio de pollo, dos trozos de carne guisada con arroz y un par de peras. Sólo me comí una y la otra la metí a fermentar en la bolsa. Creo que en dos semanas tendré casi un litro, eso sí, si no te chivas. Ya te cubriste de gloria cuando me quitaron la cuchara.

– No espero que lo entiendas, al menos por ahora. Pero esta vez puedes estar tranquilo, dejaré que termines tu experimento con la fruta. Ayer también hubo fútbol tras la cena, ¿no es así?

– Ayer hubo de todo. Nos dejaron estar en la sala toda la tarde, sentados, viendo el tenis y luego el fútbol. Pero yo no quise ir, los demás me molestan. Se pasan la vida gritando.

Hubiera tenido que estar solo para disfrutarlo, solo y tumbado en un sofá, no con esa chusma. Y me habría venido bien un porro y también un gin-tonic aunque si yo fuera millonario hubiera preferido un cocktail de esos ricos, tan ricos como los que hacían en Londres cuando yo iba.

– Ahora ya los hacen también aquí en Toledo, a veinte kilómetros. Ya ves, no los tienes tan lejos. Pero cuéntame, ¿qué hiciste entonces ayer? Bueno, ya sabes, en realidad vengo a preguntarte cómo has estado toda la semana.

– Ayer al final me quedé aquí solo, toda la tarde. Me pasé el día tirado en la litera, divagando. Un porro me hubiera venido bien, y con una botella de agua también me hubiera arreglado.

– ¿Leíste los libros que te dejé?

– Sí, claro. De hecho después de comer estuve leyendo un rato, y fueron precisamente tus libros los que me llevaron a la divagación. El Padre Brown y el Sr. Chesterton…

Sabes, siempre me han llamado la atención esos enormes libros de consulta, me refiero a los manuales de consulta profesionales, los que usan los abogados, los médicos y demás. Los tomos del código civil por ejemplo, los ladrillos con las tablas de integrales, el vademécum o esos libros tabulados con propiedades de materiales que usan los ingenieros. Son libros en los que uno encuentra siempre todas las respuestas.

– Te estás desviando. No veo qué tiene que ver todo esto con los libros de esta semana.

– Vale. Ocurre que los personajes de los libros que has traído, ese Padre Brown y su creador, el Sr. Chesterton retratado en su Autobiografía, me han recordado a las personas que usan esos manuales. He estado imaginando la seguridad que les debe dar conocer un libro que aclara todas las dudas, un libro que tiene todas las respuestas. Ya sabes que tanto el cura como su creador tienen su libro, en el que, por supuesto, hallan todas las respuestas correctas.

– Sí, ¿y?

– Así cualquiera afronta la vida de cara, con optimismo. Con las reglas claras y con una explicación completa, con un sentido.

–Yo creo que sólo son personas que afrontar sus dudas con espíritu positivo.

– ¡Ya!, y si se da el caso, tienen principios inmutables donde ocultarlas. Así es el Sr. Chesterton. Él ha establecido su modelo de mundo en torno a tres o cuatro dogmas morales de los que se siente orgulloso, y no tiene el menor reparo resolver todos los enigmas con argumentos retóricos, autoreferenciados o simplemente mágicos. Para él lo importante es que su modelo de mundo esté completo.

Pero no te inquietes, no es tan grave. Me he dado cuenta que el ansia de la completitud es común a todos los sistemas filosóficos, no es exclusivo de la religión. En realidad, es en esta ilusión frustrante donde se asientan todos los sistemas humanistas. Todos comparten, de un modo u otro, las palabras que el Papa soltó por la radio anoche: Dios que es Logos nos garantiza la racionalidad del mundo. También lo dice Chesterton en su autobiografía. Aunque él lo dice con inteligencia, gracia y buena pluma, pero con la misma delirante solemnidad:

"Los poetas, incluso los paganos, sólo pueden creer directamente en la Naturaleza si indirectamente creen en Dios; si la segunda idea se desvaneciera de verdad, tarde o temprano la primera seguiría el mismo camino. Y aunque sólo sea por una especie de dolorido respeto por la lógica humana, desearía que fuera lo más temprano posible."

– Creo que tiene razón, que para creer en la posibilidad de un sistema completo, para creer en el Hombre y en la Naturaleza hay que creer en algún dios. Aunque también existe la posibilidad de renunciar a esa ilusión de la inteligibilidad del mundo y acostumbrarse a vivir sin la verdad. Pero esto no le gusta, y evita discutirlo con un chiste bueno y fácil que revela toda su intolerancia. Dice que no tolera que los escépticos tarden tanto en sacar una conclusión. ¡Ja, ja!… Claro, el juega con ventaja, ¡él tiene el libro!

– Evita excitarte, por favor.

– Aunque le moleste yo prefiero ser un escéptico, por algo soy de ciencias. Además aquí yo tengo todo el tiempo del mundo, y fuera, cuando salga, también tendré todo el tiempo del mundo para sacar una conclusión. La prisa es la hija primogénita del miedo.

– No esperaba verte así, la verdad. La semana pasada te vi más contento...

– Mira, te pondré un ejemplo. No parece posible saber a ciencia cierta si matar es algo reprobable o algo que en ocasiones puede ser razonable. Fíjate en mi caso. En realidad nadie me responsabiliza por lo que ocurrió con mi padre. A nadie le parece mal. No se me culpa por lo que hice, a mí me condenaron por cómo lo hice. Como a los toreros malos.

– ... y además hace mucho que no llamas a tu casa. Sabes que es obligatorio.

– No cambies de tema tú ahora…esta imposibilidad de saber de una vez por todas si matar es algo bueno o algo malo, es una estocada definitiva para la moral. No hay libro que lo aguante y todos nos vemos resignados a confiar en la ética, en razonar la norma, arrastrados al ejercicio delirante de establecer un límite al asesinato. ¿Pero dónde? En una defensa, ¿quizás en alguna venganza? Pronto descubrimos que no se puede; al menos no se puede más allá de acuerdo circunstancial y arbitrario. No se puede porque la Verdad choca con la realidad, porque la Verdad, en el fondo, es contra natura.

– Me estás preocupando. Esperaba verte de otra forma, pensé que te encontraría con otro estado de ánimo. Estás demasiado tiempo a solas.

– Puede ser; pero tampoco acabo de entender para qué sirven estas conversaciones y esos libros que me das y aquí estamos, aunque te aviso de que quiero cambiar el rollo.

– Eran los libros que tocaban. Además el diagnóstico me hizo creer que te sosegarían y lograrías reírte un rato.

– ¿Pero cómo quieres que me sosieguen? El famoso Padre Brown me ha parecido una caricatura en trazo gordo de Chesterton. Será por mi edad, pero me ha parecido una Jessica Fletcher con sotana, resolviendo crímenes con su Libro de los Bienes y los Males, de las correcciones y los defectos.

– Sin embargo dicen que le gustaba mucho a Borges.

– A Borges le gustaría porque le gustaban las adivinanzas, los enigmas. Pero le bastaba el divertimento, ya que él sólo vivía en su imaginación. Estoy seguro que a Borges le interesaban por igual el cubo de Rubik y la Mecánica Cuántica. Pero yo no puedo pasar todo el rato en mi imaginación. Aquí la gente ronca y grita. Además, yo tengo otros problemas, como tus visitas.

– ¡Vaya! Creía que habíamos superado esa fase.

– Escucha. La gente que vive con un Libro a cuestas, se enfrenta al misterio de que nunca conseguimos ser como Dios quiere que seamos, que nunca acabemos de funcionar tal y como él nos diseñó. Si es así, sólo hay tres posible explicaciones para que seamos tan decepcionantes. Puede ser que le hayamos entendido mal y no interpretamos bien las instrucciones del Manual. También puede ser que Él haya olvidado como nos hizo y tras una primera época de euforia hacia su obra, como Artista único que es, haya finalmente renegado de ella. También cabe la posibilidad de que simplemente le hayamos salido mal, defectuosos. Como los hijos. A veces los hijos salen cojonudos, como los espárragos. Pero en la mayoría de las ocasiones somos un fraude.

– Hay personas que no se sienten como tú. Hay formas de vivir que tú no has conocido.

– Comprendo que el golpe puede resultar duro: la incertidumbre, la falta de sentido y para eso están las drogas. Sin embargo ellos prefieren la fe, a pesar de que el precio que acaben pagando sea el miedo. Yo lo lamento y lo celebro a partes iguales.

– ¿Por qué?

– No lo sé, es una sensación que he tenido y sobre la que no he reflexionado. Tendré tiempo aquí dentro para hacerlo más adelante. De hecho ahora preferiría cambiar de tema, y te iba a pedir que me cambiaras los libros de la próxima semana, que fueran más amenos. Querría descansar un tiempo, pensar que no hay ninguna urgencia.

– No lo sé, no estoy convencido. Esperaba verte de otro modo y no creo que estés preparado. Es mejor que nos ciñamos al plan previsto. Recuerda que en dos semanas tienes comité.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Verano

El paseo

Robert Walser,

Siruela, Madrid, 2008.

Por fin ha llegado el verano, lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar, al despertar empapado a causa del calor. Luego también he notado la llegada del verano por el tono de la luz. Se pone ácida y punzante a través de las cortinas, y basta atreverse a abrir ligeramente un ojo para que la luz te fulmine y te despierte.

Así al menos ha sido esta primera mañana de verano, en la que me he despertado en una charca con una sobredosis de luz y de calor.

Había abierto los ojos molesto por la humedad pringosa de la baba que había estado vertiendo – creo que gota a gota – sobre la almohada. Pero los volví a cerrar con pereza al comprobar que la del otro lado de la cama seguía vacía, como siempre. Podía no haber sido así. Se podía haber dado el caso de encontrar allí a Carmen, una estudiante de letras que me ha estado besando en los conciertos durante todo el invierno. Pero Carmen tiene la puta costumbre de no contestar nunca mis llamadas de modo que la había dejado allí en los conciertos, en el invierno y en la ciudad.

Está bien así. A la mierda la ciudad, ya ha llegado el verano.

Me giré para mirar la hora en el teléfono y comprobé que era tan temprano como siempre; tan temprano como de costumbre me obligan la oficina y los atascos. Pero ya estábamos en verano, así que no hice caso del reloj y pensé que además, en esas circunstancias, también era una ventaja que Carmen no estuviera. Cuando al despertar me topo con compañía me resulta mucho más difícil dar media vuelta; me cuesta acomodar la almohada sin más y volver al sueño. Creo que me emociono y me desvelo.

Volví a echar un vistazo a la mesita antes de recostar de nuevo la cabeza en la almohada, por su lado seco esta vez. Me fijé en el color amarillo chillón de la portada de un libro; qué libro es ese, qué hace ahí ahora, con toda la habitación invadida por la luz ácida y por el calor. Era tan temprano.

Recordé que la portada amarilla era de El Paseo de Robert Walser que me había prestado Carmen. Se lo había recomendado con insistencia su profesora de Literatura universal I, y yo no tuve más remedio que hacerme el interesado. Literatura universal, curioso concepto. A pesar de ser la literatura una actividad exclusivamente humana, llamarla universal no me resulta ni pretencioso ni solemne, porque, al fin y al cabo, a qué otro ser del Universo – que no sea humano – puede interesarle un sustituto tan blando de la vida, tan de sofá. El resto de los seres del cosmos, estoy seguro, están mucho más interesados en vivir.

Pero, por fin, ha llegado el verano. Lo noto por el calor. Me he dado cuenta esta mañana al despertar bañado de baba y de sudor. Empecé a notar las sábanas empapadas y pegajosas justo en el momento en el que oí pasar una ambulancia tañendo su sirena. Me pareció que era en mi calle, probablemente se había parado en mi portal. Pero puede que también estuviera confundiendo el sonido de la sirena con el de claxon insistente y melódico de un coche. O quizás era una orquesta completa de coches que pitaban atascados unos contra otros una canción conocida. Dejé que se me abrieran los ojos, los dos, y que la luz - que lo invadía todo de un blanco limpio – encogiera brutalmente mis pupilas. No podía ser una orquesta de coches, es verano, ya no estoy en la ciudad y aquí no caben tantos coches.

Quedé mirando al techo celebrando la llegada del verano y la lejanía de la ciudad. Estaba en el pueblo para gozar del tiempo, para pasear por las repeticiones rutinarias de escenarios, caminar siguiendo el rumbo fijo que marca la orilla de la playa y observar el aburridísimo perfil del mar. Ahora serán la imaginación y la literatura quienes traigan cosas nuevas. En verano se puede pasear, ser niño y leer, que a fin de cuentas es exactamente lo mismo, algo así como imaginar la vida y no vivirla. Yo para eso necesito la rutina de la playa, el inmutable decorado de mi pueblo y la butaca del salón.

[…] Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición.

A la mierda la ciudad, debió pensar Walser cuando abandonó Berlín para volver a su Suiza rural y pasear por lugares conocidos, pasear una y otra vez por escenarios repetidos; pasear hasta la muerte. A la mierda la ciudad y la oficina, pensé yo. Me quedan muchos despertares eternos como este. Ha llegado el verano, un verano sin ciudad ni oficina, sin esa necesidad suya de algo nuevo cada día.

En conjunto la continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos.

Me revolví más nervioso en la cama cuando oí sonar la sirena por segunda vez. La melodía me resultó más familiar y quizás se tratara de una alarma. Pero al abrir los ojos sentí el sol más alto en mi frente y decidí que era hora de salir a aprovechar el día. Salté ágil – eso creo – de la cama y como tenía el pelo empapado pensé en visitar al peluquero, preguntarle por sus hijos y cortar un poco la melena para adecuarla a las temperaturas estivales. Decidido como estaba, tomaría una ducha fría, de esas duchas que sólo te permite un buen verano y saldría al quisco a hacer acopio de periódicos, que por esta época son más finos, llenos de noticias de conciertos y fichajes. Sólo algunas páginas siguen dedicadas a los extraterrestres que vagan por el mundo con sus guerras.

Por desgracia no tardé mucho en volver a escuchar la alarma. Ahora la oía con mucha intensidad. Abrí los ojos violentamente, asustado y finalmente reconocí la misteriosa melodía. Era el Nokia Tune de mi teléfono, el que hace de despertador.

Hacía calor y la habitación estaba invadida de una luz ácida e incisiva. Miré el reloj y comprobé que llegaba tarde a la oficina. El primer día.

No, ya no es verano.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Hombres solos

Il giorno prima della felicità

Erri De Luca

Feltrinelli, Milano, 2009.

Cuentan los hombres que hablan de la revolución del 2 de Mayo que siendo España, como tal, un concepto ausente de los pensamientos de sus ciudadanos, el pueblo de Madrid se rebeló contra el invasor francés harto de sus abusos y de sus pretenciosas vestimentas, pero, sobre todo, cansados de ver como los soldados de la ilustración le tocaban sin pudor el culo a sus mujeres.

Armados de una carga ideológica parecida, es decir, desprovistos de ideal patriótico alguno, los ciudadanos de Nápoles protagonizaron una revuelta similar contra el ejército alemán. Ocurrió durante los cuatro últimos días del mes de septiembre de 1943 y suele referirse como Le quattro giornate di Napoli.

Traicionados por el estado fascista italiano y amenazados por la marina americana que esperaba en la bahía el momento oportuno para el ataque, los mandos alemanes que gobernaban la ciudad de San Gennaro decidieron aumentar la presión sobre sus habitantes: se forzó el reclutamiento de los hombres válidos; se derruyeron los edificios que pudieran ser de utilidad para los aliados tras la derrota; se redujo la distribución de agua y alimentos y se represaliaron brutalmente todos los intentos de rebelión partisana. Ante el aumento de la escasez y la tensión, el pueblo de Nápoles, familia a familia, edificio a edificio, barrio a barrio, organizó una revuelta anárquica que en sólo cuatro días supuso la única derrota que un grupo de civiles infringió al ejército del III Reich durante toda la II Guerra mundial.

Como diría Erri de Luca – curiosísimo personaje de la literatura italiana y fantástico novelista – las cuatro jornadas de Nápoles fueron fruto de la complicidad, en ningún caso de la solidaridad. El pueblo napolitano, como el español, fue efímero. Duró exactamente cuatro días. Una vez huidos los alemanes y recuperado el control sobre la ciudad, el pueblo se disolvió y quedaron, solas, las personas.

Los mecanismos emocionales de la rebelión son exactamente los mismos que los de la felicidad. Así como la rebelión es el día antes de la libertad, la felicidad siempre es el día antes de la felicidad. Rebelión y felicidad son siempre el mañana, ilusiones que de tener algo realmente perceptible, tanto en un caso como en el otro, es siempre y sólo la ficción de una promesa que, inevitablemente, da paso a la tragicomedia del día después.

El pueblo de Nápoles se evaporó y llegaron desde el mar los americanos. Aparecieron con sus poderosos jeeps y sus uniformes bien planchados, sus exóticas cajetillas de tabaco y sobretodo, sus sacos de alimentos. Los recibió con especial simpatía un ejército de mujeres, algo así como una manifestación de primas de Sofía Loren, todas ellas de piel morena y gran sonrisa, tan grande, al menos, como sus escotes. Se esfumaron las mujeres y quedaron, solos, los hombres.

Cuando los hombres perdemos a las mujeres, a nuestras mujeres, perdemos la infancia y el futuro, se van nuestras madres y nuestras esposas. Quedamos pasmados, invadidos por esa impotencia tan viril ante la vida, esa soledad melancólica que tiñe de oscuridad y mierda nuestras viviendas. La promesa se convierte en una burla, el aire se llena de un caldo gris de palabras murmuradas, de miradas caídas que se estrellan en las aceras.

En este caldo gris que fue el Nápoles que les quedó a los hombres tras la batalla de las cuatro jornadas, es donde De Luca ha cocido Il giorno prima della felicitá, una historia de hombres solos.

La novela es la historia de un huérfano que recorre el camino de la adolescencia al abrigo de un portero de un edificio viejo y ya casi vacío. Colabora en su educación un librero de segunda mano, incapaz de comprender que cuando el hambre impera no hay tiempo para fantasías. Por su parte, ella, Anna, es la eterna promesa que le llevará a cometer las mismas imprudencias y repetir los mismos errores de quien no sabe – nunca se aprende – que la felicidad es siempre el día antes de la felicidad.

La soledad de los hombres solos sólo puede enseñar a sobrevivir en soledad, y los hombres solos sólo saben hacerlo de dos formas: regalando un libro o regalando un arma. Con un libro aprendemos a evitar mirar en el espejo de nuestras estupideces, nos enseñan a creer que existen experiencias ajenas que permitirán evitar nuestros descalabros. Por el contrario con un arma nos advierten que nuestros sueños conllevan riesgos, que nuestro esfuerzo es a menudo una amenaza, que nuestra libertad siempre es un ataque que se defiende a solas o se pierde.

Puede que fuera por no dejarme nunca solo, o quizás fuera por un solemne gusto estético, pero a mí nunca me regalaron un arma, ni siquiera una navaja. Quizás esto ha provocado en mí la ilusión de la compresión y la consecuente pereza ante la lucha, la dejadez del futuro. Pero si yo llevara un sable oculto en mi pantalón, si lo hubiera llevado desde la adolescencia quizás ahora me aventurara a salir a por ello, quizás pensara que hay días buenos que están por llegar y que sólo es necesario salir a cazarlos.

Pero mi padre siempre me decía que usara la cabeza y así me ha ido. Ahora sólo gano para dudas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Ir al grano

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, Barcelona, 2002.

– Hoy follamos seguro. Sí seguro, te lo digo yo. Hazme caso, venga, nos vemos en media hora donde siempre, hasta luego. – Es lo que le dije antes de colgar, como hago ritualmente a diario en estos días de veraneo tan soleado. Pero habitualmente la esperanza de echar un buen polvo con una desconocida se evapora para ambos con la segunda copa en el primer bar. A partir de ese momento, sólo nos quedamos hábiles de mirada para observarlas desde lejos, incapaces de encontrar el ánimo suficiente para disimular el pedo y mantener una conversación que despierte un mínimo de interés.

Sólo unas horas más tarde, durante el paseo de la retirada, seguimos dándole vueltas a la incompatibilidad entre la seducción y el exceso de alcohol. Yo, mientras arrastro los pies de camino a casa, me siento incapaz de estar callado.

– Seducir es una pérdida de tiempo. Con la seducción casi nunca se folla y además, creo que en el fondo es mejor así. Para acostarse con una tía después de seducirla hay que tener bien medidas las consecuencias. En general uno acaba teniendo la sensación de que el primer polvo es algo así como una meta intermedia de algún camino que se ha empezado a recorrer. Ellas tardan tres días en reprocharte algo, generalmente con una buena bronca por teléfono. Creo que es porque no les gusta descubrir que a lo largo de ese camino también puede tomarse algún desvío.

El pueblo es pequeño y a esas horas no es difícil encontrar por la calle con unas tías jóvenes y alegres. Es verano y algunas están borrachas. Él las suele mirar con indisimulado descaro; a veces les suelta un piropo o un chiste malo, se ríe y me mira con cara de sorpresa antes de hacerme algún comentario soez. Casi siempre tiene razón, pero a veces no le presto atención. Ese día seguía a lo mío.

– Sería mucho mejor al revés. El primer polvo debería ser sin duda la salida, no una meta. Echar el primer polvo, entregar el cuerpo al placer de un desconocido, superar el miedo a ponerse en pelota, es la única forma elegante y responsable de seducir. Conocerse antes de follar es un engaño, mientras que un buen polvo es siempre un buen comienzo. También es, casi siempre, el único final posible. De lo último que queremos desprendernos es de lo único importante, de los cuerpos, de las caricias, del placer, la antítesis de la soledad. Por eso casi todas las rupturas acaban con un polvo y por la misma razón yo no acabo de entender por qué las relaciones no deban empezar, de forma inmediata y sin rodeos, del mismo modo.

Por lo menos no hemos perdido demasiado tiempo, – era hora de irse. – aunque nos hemos metido mucha mierda otra vez. Fíjate, ya no soy capaz de dar callada, así que aquí te dejo. Hasta mañana.

No sé por qué te cuento todo esto. Pero en cualquier caso me parece útil que conozcas cómo trascurren mis noches veraniegas por la Isla. Creo que te lo cuento porque soñé contigo aquella noche, te aparecías como una de las que no quieren seducir. Supongo que también tiene que ver con la lectura playera de Plataforma, en la que seducción no carnal se muestra como una fuente perpetua de frustración y un síntoma de irreversible soledad.

La seducción nos exige inteligencia comunicativa, agilidad mental y empatía, precisamente aquellas características de los humanos que posibilitan la eterna historia de la adaptación del medio. Al fin y al cabo, la seducción también es un mecanismo de adaptación del otro para satisfacer el propio interés; es un esfuerzo de simulación que pretende producir la confianza y excitación que motiven una entrega futura. El truco requiere la escenificación de un ideal, y por supuesto, la ocultación de cualquier debilidad.

[…] Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal de cierto estado de dependencia y de debilidad […]

El que habla es Michel, el protagonista y narrador de la novela de Houellebecq y se lo está diciendo a Valérie, la mujer a la que está completamente entregado, desde el primer momento, desde que abrió la puerta y le ofreció las piernas, sin necesidad de acudir a capacidades sofisticadas de seducción para disimular ese instinto básico y fundamental: el pánico a la soledad. No hay mayor seducción que buen polvo ni tampoco existe una forma de entrega más sincera.

Seducir sin carne consiste en hacerse visible y atractivo, y conseguirlo para mucho tiempo. Pero yo – ahora que el sol empieza a tostar aquí en la playa y las ideas que me ha dejado la novela empiezan a cocer demasiado vivamente en mi cabeza – estoy interesado en ti para esta noche.

De modo que si te encuentro en cualquier bar, ves que te miro a ráfagas cada vez más largas y tú, por la razón que sea, tampoco dejas de mirar; si más tarde tropiezo contigo en el camino hacia el baño y te digo hola, y si a ti, casi sin querer, en ese momento, se te escapa una sonrisa y con los ojos me pides que te hable, si por casualidad ocurriera algo así una noche de estas, te pido por favor que tras los saludos de rigor vayamos, sin rodeos, directamente al grano.

No me hagas esperar. No me pidas que te cuente, no hagas que te engañe.

jueves, 9 de julio de 2009

Otro yo

Céline sectreto

Lucette Destouches y Véronique Robert

Veintisiete Letras, Madrid, 2009.

De pronto, sin haberlo previsto y sin aún poder explicármelo, todo el Céline al que tengo acceso en mi salón ha acabado apilado en mi mesita. Ha estado pegado a mí durante días, rondando a todas horas y, al final, reflejado en un espejo, he aparecido yo.

Me lo llevé a Tel-Aviv facturado en la mochila; viajó en la guantera del coche de camino hacia la Isla, y día tras día, madrugó conmigo en el maletín de la oficina. He estado buscando las razones de esta repentina afinidad con Céline, tratando de encontrar el origen de ese reflejo, inquieto por demostrarme que él es otro, no soy yo. También hemos estado juntos durante las rutinas habituales: el calor, el insomnio, la tele, el hachís.

Todo empezó con Céline Secreto, de Lucette, la última mujer del escritor francés. Una crónica triste y dolorosa de los últimos años que la pareja pasó en Meudon, viviendo aislados de todos y silenciosos entre ellos, sin nada que decirse, con una intensidad en la tristeza de la que todos huían. El libro llevaba tiempo esperando en el estante y decidí abrirlo por casualidad el otro día, dándole vueltas a la traición. Encontré en algún lugar el nombre de Céline bajo la entrada traidor y recordé que había sido condenado oficialmente por traición a la patria, por colaboracionista durante la ocupación de Francia por los nazis. Acudí al libro buscando el lado familiar e íntimo de una traición y me encontré con una aclaración: Céline no era ése, al menos no era ése que pintaban los periódicos, era otro.

Cuenta Lucette que hubo dos hechos en la vida de Céline que provocaron su transformación: su participación en la I Guerra mundial, que le dejó moral y físicamente lastimado y las acusaciones, probablemente hipócritas, de Sartre. La guerra le había dejado inválido de un brazo, expulsado de cualquier ideal de colectividad y con un zumbido en los oídos que – según Lucette – fue responsable del estilo alucinado de los panfletos antisemitas que escribió más tarde. Unos panfletos horribles, desquiciados y llenos de odio que curiosamente no causaron ninguna repulsa de los intelectuales ni del estado francés hasta pasada la guerra. Más tarde salió Sartre a la palestra, le llamó vendido y le llenó de rabia. No quiero explicar estos textos, nadie puede hacerlo. Un traidor se explica a sí mismo o se encierra.

En la primavera de 1951, gracias el abogado Vignancour, - político ultraderechista francés y mentor, entre otros, de Le Pen ­– que logró que en el juicio no se estableciese la relación entre Destouches y el esctritor Céline, pudimos beneficiarnos de la ley de amnistía […] así que a Francia no volvió Céline sino otro, Destouches, el hombre con nombre y apellidos que se ocultaba tras el escritor, el joven que había quedado inválido en la guerra y al que habían otorgado una mención al honor que ahora le permitía expiar sus penas de ciudadanía. Céline se quedó donde estaba, en su mundo dolorido, pesimista y cínico.

Lucette Almanzor fue bailarina, como la mayoría de las mujeres que amó Céline y a las que escribió las Cartas a las amigas que encontré entre los libros más antiguos. Lo compré hace años en una librería de viejo y ahora está destrozado. Ni siquiera el celo evita que le caigan las hojas. Las Cartas muestran a un Céline excitado con el sexo y obsesionado con el culo de las mujeres, pero también paternalista y cariñoso. A mí modo de ver las cartas también demuestran la poca importancia que tenía la política – incluyendo la cuestión judía – para él, que sólo era individualista, práctico y amoral.

También P era bailarina, y siempre nos imaginaba viviendo en un ático muy luminoso: yo pintando y tú con esos libros; con unas gafas aún más gruesas que las mías. Cuando le asentía sonriente, mentía. Sabía que acabaría desertando.

P apareció de nuevo estos días a causa de la traición. Pensé en escribirle una carta, en explicarme, pero es una idea por la que siempre estoy de paso, de la que nunca he ido más allá de imaginarla, de tomar notas para una carta pensada que siempre termina con un adiós, tengo prisa, en el fondo yo ya me iba ya que para quedarme debería encontrar el momento de ser otro, de no ser yo. Ocurrirá otro día, siempre habrá otro día.

Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.

Fueron éstas las primera palabras que releí de Viaje al fin de la noche. También está roto, pero no es tan viejo. Es una edición de bolsillo de la novela de Céline que compré de joven y a la que rompí el lomo para poder leerla. Al reabrirlo comprobé el daño que le hice y me he pasado todos estos días leyendo con el cuidado de no perder ni una de las hojas despegadas, protegiendo la integridad del retrato que poco a poco iba apareciendo al fondo en el espejo.

Ayer decidí, por fin, salir a cenar a un lugar tranquilo y luminoso, para leer con más calma y sin calor. Le pedí al taxista que me llevara al Café Comercial y en la planta de arriba había una pareja con una chica que lloraba. Ella la consolaba y él no le prestaba atención, no me pareció que fuera por hastío, sino por costumbre. Me quedé inconscientemente observando la figura de la chica, me estaba dando la espalda y podía fijarme en detalle en sus caderas, como si sólo allí pudiera encontrar el defecto que explicara tanto llanto.

Podría echarle la culpa a las lecturas de Céline. Pero no es otro, soy yo.