Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

miércoles, 26 de agosto de 2009

Hombres solos

Il giorno prima della felicità

Erri De Luca

Feltrinelli, Milano, 2009.

Cuentan los hombres que hablan de la revolución del 2 de Mayo que siendo España, como tal, un concepto ausente de los pensamientos de sus ciudadanos, el pueblo de Madrid se rebeló contra el invasor francés harto de sus abusos y de sus pretenciosas vestimentas, pero, sobre todo, cansados de ver como los soldados de la ilustración le tocaban sin pudor el culo a sus mujeres.

Armados de una carga ideológica parecida, es decir, desprovistos de ideal patriótico alguno, los ciudadanos de Nápoles protagonizaron una revuelta similar contra el ejército alemán. Ocurrió durante los cuatro últimos días del mes de septiembre de 1943 y suele referirse como Le quattro giornate di Napoli.

Traicionados por el estado fascista italiano y amenazados por la marina americana que esperaba en la bahía el momento oportuno para el ataque, los mandos alemanes que gobernaban la ciudad de San Gennaro decidieron aumentar la presión sobre sus habitantes: se forzó el reclutamiento de los hombres válidos; se derruyeron los edificios que pudieran ser de utilidad para los aliados tras la derrota; se redujo la distribución de agua y alimentos y se represaliaron brutalmente todos los intentos de rebelión partisana. Ante el aumento de la escasez y la tensión, el pueblo de Nápoles, familia a familia, edificio a edificio, barrio a barrio, organizó una revuelta anárquica que en sólo cuatro días supuso la única derrota que un grupo de civiles infringió al ejército del III Reich durante toda la II Guerra mundial.

Como diría Erri de Luca – curiosísimo personaje de la literatura italiana y fantástico novelista – las cuatro jornadas de Nápoles fueron fruto de la complicidad, en ningún caso de la solidaridad. El pueblo napolitano, como el español, fue efímero. Duró exactamente cuatro días. Una vez huidos los alemanes y recuperado el control sobre la ciudad, el pueblo se disolvió y quedaron, solas, las personas.

Los mecanismos emocionales de la rebelión son exactamente los mismos que los de la felicidad. Así como la rebelión es el día antes de la libertad, la felicidad siempre es el día antes de la felicidad. Rebelión y felicidad son siempre el mañana, ilusiones que de tener algo realmente perceptible, tanto en un caso como en el otro, es siempre y sólo la ficción de una promesa que, inevitablemente, da paso a la tragicomedia del día después.

El pueblo de Nápoles se evaporó y llegaron desde el mar los americanos. Aparecieron con sus poderosos jeeps y sus uniformes bien planchados, sus exóticas cajetillas de tabaco y sobretodo, sus sacos de alimentos. Los recibió con especial simpatía un ejército de mujeres, algo así como una manifestación de primas de Sofía Loren, todas ellas de piel morena y gran sonrisa, tan grande, al menos, como sus escotes. Se esfumaron las mujeres y quedaron, solos, los hombres.

Cuando los hombres perdemos a las mujeres, a nuestras mujeres, perdemos la infancia y el futuro, se van nuestras madres y nuestras esposas. Quedamos pasmados, invadidos por esa impotencia tan viril ante la vida, esa soledad melancólica que tiñe de oscuridad y mierda nuestras viviendas. La promesa se convierte en una burla, el aire se llena de un caldo gris de palabras murmuradas, de miradas caídas que se estrellan en las aceras.

En este caldo gris que fue el Nápoles que les quedó a los hombres tras la batalla de las cuatro jornadas, es donde De Luca ha cocido Il giorno prima della felicitá, una historia de hombres solos.

La novela es la historia de un huérfano que recorre el camino de la adolescencia al abrigo de un portero de un edificio viejo y ya casi vacío. Colabora en su educación un librero de segunda mano, incapaz de comprender que cuando el hambre impera no hay tiempo para fantasías. Por su parte, ella, Anna, es la eterna promesa que le llevará a cometer las mismas imprudencias y repetir los mismos errores de quien no sabe – nunca se aprende – que la felicidad es siempre el día antes de la felicidad.

La soledad de los hombres solos sólo puede enseñar a sobrevivir en soledad, y los hombres solos sólo saben hacerlo de dos formas: regalando un libro o regalando un arma. Con un libro aprendemos a evitar mirar en el espejo de nuestras estupideces, nos enseñan a creer que existen experiencias ajenas que permitirán evitar nuestros descalabros. Por el contrario con un arma nos advierten que nuestros sueños conllevan riesgos, que nuestro esfuerzo es a menudo una amenaza, que nuestra libertad siempre es un ataque que se defiende a solas o se pierde.

Puede que fuera por no dejarme nunca solo, o quizás fuera por un solemne gusto estético, pero a mí nunca me regalaron un arma, ni siquiera una navaja. Quizás esto ha provocado en mí la ilusión de la compresión y la consecuente pereza ante la lucha, la dejadez del futuro. Pero si yo llevara un sable oculto en mi pantalón, si lo hubiera llevado desde la adolescencia quizás ahora me aventurara a salir a por ello, quizás pensara que hay días buenos que están por llegar y que sólo es necesario salir a cazarlos.

Pero mi padre siempre me decía que usara la cabeza y así me ha ido. Ahora sólo gano para dudas.

lunes, 17 de agosto de 2009

Ir al grano

Plataforma

Michel Houellebecq

Anagrama, Barcelona, 2002.

– Hoy follamos seguro. Sí seguro, te lo digo yo. Hazme caso, venga, nos vemos en media hora donde siempre, hasta luego. – Es lo que le dije antes de colgar, como hago ritualmente a diario en estos días de veraneo tan soleado. Pero habitualmente la esperanza de echar un buen polvo con una desconocida se evapora para ambos con la segunda copa en el primer bar. A partir de ese momento, sólo nos quedamos hábiles de mirada para observarlas desde lejos, incapaces de encontrar el ánimo suficiente para disimular el pedo y mantener una conversación que despierte un mínimo de interés.

Sólo unas horas más tarde, durante el paseo de la retirada, seguimos dándole vueltas a la incompatibilidad entre la seducción y el exceso de alcohol. Yo, mientras arrastro los pies de camino a casa, me siento incapaz de estar callado.

– Seducir es una pérdida de tiempo. Con la seducción casi nunca se folla y además, creo que en el fondo es mejor así. Para acostarse con una tía después de seducirla hay que tener bien medidas las consecuencias. En general uno acaba teniendo la sensación de que el primer polvo es algo así como una meta intermedia de algún camino que se ha empezado a recorrer. Ellas tardan tres días en reprocharte algo, generalmente con una buena bronca por teléfono. Creo que es porque no les gusta descubrir que a lo largo de ese camino también puede tomarse algún desvío.

El pueblo es pequeño y a esas horas no es difícil encontrar por la calle con unas tías jóvenes y alegres. Es verano y algunas están borrachas. Él las suele mirar con indisimulado descaro; a veces les suelta un piropo o un chiste malo, se ríe y me mira con cara de sorpresa antes de hacerme algún comentario soez. Casi siempre tiene razón, pero a veces no le presto atención. Ese día seguía a lo mío.

– Sería mucho mejor al revés. El primer polvo debería ser sin duda la salida, no una meta. Echar el primer polvo, entregar el cuerpo al placer de un desconocido, superar el miedo a ponerse en pelota, es la única forma elegante y responsable de seducir. Conocerse antes de follar es un engaño, mientras que un buen polvo es siempre un buen comienzo. También es, casi siempre, el único final posible. De lo último que queremos desprendernos es de lo único importante, de los cuerpos, de las caricias, del placer, la antítesis de la soledad. Por eso casi todas las rupturas acaban con un polvo y por la misma razón yo no acabo de entender por qué las relaciones no deban empezar, de forma inmediata y sin rodeos, del mismo modo.

Por lo menos no hemos perdido demasiado tiempo, – era hora de irse. – aunque nos hemos metido mucha mierda otra vez. Fíjate, ya no soy capaz de dar callada, así que aquí te dejo. Hasta mañana.

No sé por qué te cuento todo esto. Pero en cualquier caso me parece útil que conozcas cómo trascurren mis noches veraniegas por la Isla. Creo que te lo cuento porque soñé contigo aquella noche, te aparecías como una de las que no quieren seducir. Supongo que también tiene que ver con la lectura playera de Plataforma, en la que seducción no carnal se muestra como una fuente perpetua de frustración y un síntoma de irreversible soledad.

La seducción nos exige inteligencia comunicativa, agilidad mental y empatía, precisamente aquellas características de los humanos que posibilitan la eterna historia de la adaptación del medio. Al fin y al cabo, la seducción también es un mecanismo de adaptación del otro para satisfacer el propio interés; es un esfuerzo de simulación que pretende producir la confianza y excitación que motiven una entrega futura. El truco requiere la escenificación de un ideal, y por supuesto, la ocultación de cualquier debilidad.

[…] Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen, no consiguen que el sexo sea algo natural. No sólo se avergüenzan de su propio cuerpo, que no está a la altura de las exigencias del porno, sino que, por los mismos motivos, no sienten la menor atracción hacia el cuerpo de los demás. Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono, sin la aceptación, al menos temporal de cierto estado de dependencia y de debilidad […]

El que habla es Michel, el protagonista y narrador de la novela de Houellebecq y se lo está diciendo a Valérie, la mujer a la que está completamente entregado, desde el primer momento, desde que abrió la puerta y le ofreció las piernas, sin necesidad de acudir a capacidades sofisticadas de seducción para disimular ese instinto básico y fundamental: el pánico a la soledad. No hay mayor seducción que buen polvo ni tampoco existe una forma de entrega más sincera.

Seducir sin carne consiste en hacerse visible y atractivo, y conseguirlo para mucho tiempo. Pero yo – ahora que el sol empieza a tostar aquí en la playa y las ideas que me ha dejado la novela empiezan a cocer demasiado vivamente en mi cabeza – estoy interesado en ti para esta noche.

De modo que si te encuentro en cualquier bar, ves que te miro a ráfagas cada vez más largas y tú, por la razón que sea, tampoco dejas de mirar; si más tarde tropiezo contigo en el camino hacia el baño y te digo hola, y si a ti, casi sin querer, en ese momento, se te escapa una sonrisa y con los ojos me pides que te hable, si por casualidad ocurriera algo así una noche de estas, te pido por favor que tras los saludos de rigor vayamos, sin rodeos, directamente al grano.

No me hagas esperar. No me pidas que te cuente, no hagas que te engañe.

jueves, 9 de julio de 2009

Otro yo

Céline sectreto

Lucette Destouches y Véronique Robert

Veintisiete Letras, Madrid, 2009.

De pronto, sin haberlo previsto y sin aún poder explicármelo, todo el Céline al que tengo acceso en mi salón ha acabado apilado en mi mesita. Ha estado pegado a mí durante días, rondando a todas horas y, al final, reflejado en un espejo, he aparecido yo.

Me lo llevé a Tel-Aviv facturado en la mochila; viajó en la guantera del coche de camino hacia la Isla, y día tras día, madrugó conmigo en el maletín de la oficina. He estado buscando las razones de esta repentina afinidad con Céline, tratando de encontrar el origen de ese reflejo, inquieto por demostrarme que él es otro, no soy yo. También hemos estado juntos durante las rutinas habituales: el calor, el insomnio, la tele, el hachís.

Todo empezó con Céline Secreto, de Lucette, la última mujer del escritor francés. Una crónica triste y dolorosa de los últimos años que la pareja pasó en Meudon, viviendo aislados de todos y silenciosos entre ellos, sin nada que decirse, con una intensidad en la tristeza de la que todos huían. El libro llevaba tiempo esperando en el estante y decidí abrirlo por casualidad el otro día, dándole vueltas a la traición. Encontré en algún lugar el nombre de Céline bajo la entrada traidor y recordé que había sido condenado oficialmente por traición a la patria, por colaboracionista durante la ocupación de Francia por los nazis. Acudí al libro buscando el lado familiar e íntimo de una traición y me encontré con una aclaración: Céline no era ése, al menos no era ése que pintaban los periódicos, era otro.

Cuenta Lucette que hubo dos hechos en la vida de Céline que provocaron su transformación: su participación en la I Guerra mundial, que le dejó moral y físicamente lastimado y las acusaciones, probablemente hipócritas, de Sartre. La guerra le había dejado inválido de un brazo, expulsado de cualquier ideal de colectividad y con un zumbido en los oídos que – según Lucette – fue responsable del estilo alucinado de los panfletos antisemitas que escribió más tarde. Unos panfletos horribles, desquiciados y llenos de odio que curiosamente no causaron ninguna repulsa de los intelectuales ni del estado francés hasta pasada la guerra. Más tarde salió Sartre a la palestra, le llamó vendido y le llenó de rabia. No quiero explicar estos textos, nadie puede hacerlo. Un traidor se explica a sí mismo o se encierra.

En la primavera de 1951, gracias el abogado Vignancour, - político ultraderechista francés y mentor, entre otros, de Le Pen ­– que logró que en el juicio no se estableciese la relación entre Destouches y el esctritor Céline, pudimos beneficiarnos de la ley de amnistía […] así que a Francia no volvió Céline sino otro, Destouches, el hombre con nombre y apellidos que se ocultaba tras el escritor, el joven que había quedado inválido en la guerra y al que habían otorgado una mención al honor que ahora le permitía expiar sus penas de ciudadanía. Céline se quedó donde estaba, en su mundo dolorido, pesimista y cínico.

Lucette Almanzor fue bailarina, como la mayoría de las mujeres que amó Céline y a las que escribió las Cartas a las amigas que encontré entre los libros más antiguos. Lo compré hace años en una librería de viejo y ahora está destrozado. Ni siquiera el celo evita que le caigan las hojas. Las Cartas muestran a un Céline excitado con el sexo y obsesionado con el culo de las mujeres, pero también paternalista y cariñoso. A mí modo de ver las cartas también demuestran la poca importancia que tenía la política – incluyendo la cuestión judía – para él, que sólo era individualista, práctico y amoral.

También P era bailarina, y siempre nos imaginaba viviendo en un ático muy luminoso: yo pintando y tú con esos libros; con unas gafas aún más gruesas que las mías. Cuando le asentía sonriente, mentía. Sabía que acabaría desertando.

P apareció de nuevo estos días a causa de la traición. Pensé en escribirle una carta, en explicarme, pero es una idea por la que siempre estoy de paso, de la que nunca he ido más allá de imaginarla, de tomar notas para una carta pensada que siempre termina con un adiós, tengo prisa, en el fondo yo ya me iba ya que para quedarme debería encontrar el momento de ser otro, de no ser yo. Ocurrirá otro día, siempre habrá otro día.

Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida: ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.

Fueron éstas las primera palabras que releí de Viaje al fin de la noche. También está roto, pero no es tan viejo. Es una edición de bolsillo de la novela de Céline que compré de joven y a la que rompí el lomo para poder leerla. Al reabrirlo comprobé el daño que le hice y me he pasado todos estos días leyendo con el cuidado de no perder ni una de las hojas despegadas, protegiendo la integridad del retrato que poco a poco iba apareciendo al fondo en el espejo.

Ayer decidí, por fin, salir a cenar a un lugar tranquilo y luminoso, para leer con más calma y sin calor. Le pedí al taxista que me llevara al Café Comercial y en la planta de arriba había una pareja con una chica que lloraba. Ella la consolaba y él no le prestaba atención, no me pareció que fuera por hastío, sino por costumbre. Me quedé inconscientemente observando la figura de la chica, me estaba dando la espalda y podía fijarme en detalle en sus caderas, como si sólo allí pudiera encontrar el defecto que explicara tanto llanto.

Podría echarle la culpa a las lecturas de Céline. Pero no es otro, soy yo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Bebiendo ron

Juegos africanos

Ernst Jünger

Tusquets, Barcelona, 2004.

La juventud es una sucesión incontrolada de entusiasmos y fracasos. Pasamos años intentando construir una imagen convincente en la que reconocernos y lo hacemos asidos a unas cuantas idealizaciones de la realidad. A base de voluntad e ignorando los hechos como si no lo fueran, nos disponemos a explorar con ímpetu caminos condenados al fracaso, aventuras que la fuerza de la costumbre, el peso de la inseguridad y el magnetismo de la comodidad revelan de ordinaria ingenuidad. Pasan los años, se espacian los intentos de huida, y somos finalmente conscientes de que los fracasos nos han dejado más miedos que enseñanzas. Es el final de la juventud.

Jünger empezó a hacerse viejo en el norte de África, en la Legión Extranjera. Yo me hice viejo pensando en el Caribe, en el bar de Jose, bebiendo ron. Educado en un ambiente burgués, culto y acomodado, Jünger pasó su juventud siendo un buen estudiante y, ante todo, un espíritu idealista y soñador en el que se combinaban el naturalismo con el ideal guerrero de las lecturas juveniles que, como él mismo cuenta, le enloquecieron como Amadís de Gaula a Don Quijote.

Al cumplir los dieciocho años se convirtió en el joven Herbert Berger, protagonista y narrador de Juegos africanos. Decidió abandonar el hogar paterno y unirse a la Legión con el plan oculto de desertar y vivir una aventura única y solitaria en el continente africano: “Tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

El escritor alemán vivió su última aventura juvenil con la cabeza llena de libros y veinte años más tarde convirtió su diario de viaje en esta novela. En mi último intento de huida también hubo muchos libros, pero no estaban en mi cabeza, estaban en una maleta. Él se fugó empujado por las leyendas románticas de moda entre los estudiantes de los gimnasios alemanes de principios del siglo XX, mientras yo lo hice de acuerdo a los principios en auge en los institutos españoles de los años noventa. A Ernst le excitaba la perspectiva de una vida peligrosa. Yo estaba borracho.

Habíamos terminado el curso y yo había conseguido sacar las habituales buenas notas. Jose no. Él estaba más interesado en empezar a ganar dinero cuanto antes que en la universidad, y se había lanzado a abrir un pub al que – a pesar de no contar con muchos más amigos que yo – acudirían todas las chicas de clase y, detrás de ellas, todos los babosos compañeros de instituto. Me pidió que le ayudara en la inauguración, así que allí nos plantamos desde las ocho de la tarde, la música a todo volumen, solos e impacientes. Aprovechamos los larguísimos tiempos muertos intercambiando discos, inventando planes y, sobre todo,probando todos y cada uno de los rones que había en las estanterías. Pasó la noche y no vino casi nadie, y los que vinieron apenas se quedaron. Pero los ánimos no decayeron porque nos habíamos ganado el derecho a soñar y aquella noche el sueño parecía esperar a la vuelta de la esquina.

Pero lo que finalmente encontré de vuelta a casa fue la bronca de mi madre, que se había desvelado esperando a su hijo favorito, su niño el estudiante. Sin embargo yo ya no era un niño sino un hombre con derechos y, por supuesto, entre mis libertades estaba la de llegar a casa incapaz de articular palabra. Discutimos y ví que aquella era la mejor oportunidad que se me había presentado para independizarme. Me armé de valor y busqué una maleta vieja en la que metí un par de camisetas y un vaquero. Luego empecé a llenar el espacio restante con los libros que poblaban la estantería encima de la cama. Era tan ingenuo y ridículo que aún pensaba que la literatura arropaba más que la ropa interior.

Pasados unos meses en la legión, Jünger vio como sus sueños africanos se daban de bruces con la realidad. Así lo cuenta Berger y a partir de ese momento el diario pierde la fuerza y el interés del viaje por hacer, se convierte en un retrato perezoso de la prosaica realidad. Defraudado por la tediosa vida en el cuartel, Jünger accedió finalmente a la exigencia de su padre y emprendió el camino de vuelta a casa.

En mi caso la realidad se manifestó en el peso de los libros ya que el cansancio y el aturdimiento producidos por la ebriedad hacían imposible caminar más de cinco metros con la maleta al hombro. Decidí posponer el plan y optar por el cobijo de las sábanas frescas y planchadas que mi madre pacientemente me ofrecía. A los cinco minutos estaba dormido.

Aunque volviera a Alemania Jünger mantuvo su sueño de viajar a África, un sueño que sin embargo no pudo realizar a causa del estallido de la II Guerra Mundial. Pero él era un idealista irredento y no despreció la oportunidad de vivir su vida al límite alistándose voluntariamente en el ejército nazi. Volvió a golpear sus ideales contra los hechos. La locura colectiva de la que fue partícipe arruinó definitivamente sus ensoñaciones quijotescas e infantiles. Una vez pasada la guerra dio muestras de un escepticismo propio de un hombre maduro. Se hizo viejo, melancólico y más interesante.

Cuando yo desperté la ropa estaba tirada por el suelo, la resaca martilleaba mis meninges y la maleta de cuero gris llena de libros todavía estaba allí, sobre la alfombra de mi cuarto, componiendo un bodegón absurdo que selló mi renuncia definitiva a convertirme en hijo pródigo. Las risas sarcásticas de mi madre al día siguiente me decidieron a madurar, así que empecé a fumar en casa y me pasé al gin-tonic.

lunes, 22 de junio de 2009

Le pedí que no lo hiciera

Leer para ti

Siri Hustvedt

Bartleby Editores, Madrid, 2007

La forma en la que nos conocimos fue divertida. Y quizás, dejando aparte el sexo, fue lo único divertido que pudimos compartir. Fue un sábado de verano a primera hora de la tarde, yo había terminado mi lectura dominical de prensa – la hago los sábados – y había resuelto refugiarme en una librería con el único propósito de escapar, al menos unos minutos, del sol abrasador. Entré en la primera que encontré y empecé a vagar por ella como quien llega a la estación central de una ciudad desconocida.

No tardé demasiado en sentirme observado e incómodo, y decidí resolver mi necesidad de cobijo de otra manera. Compraría un libro y buscaría un bar fresco donde poder matar un buen rato leyéndolo. Quise hacerlo rápido y pensé que el modo más sencillo de salir pitando de allí era pedirle al librero lo primero que me viniera a la cabeza. Me acerqué al mostrador y allí estaba ella, esperando. Cuando aquel hombre barbudo y pálido apareció desde la trastienda ella empezó a hablar inmediatamente, casi pisándole al librero el saludo, como si durante toda la espera hubiera ensayado una y otra vez lo que debía decir. Me sorprendió el ímpetu, pero su acento lo aclaró todo. Ella intentaba hablar despacio, dejando sonar las vocales, dando golpes secos y un poco forzados con la lengua. Pidió Pájaros de América de Lorrie Moore y yo– en un acto reflejo que debió ser motivado por el culo que le hacía esa combinación de tacones y vaqueros – saltédesde atrás para que a mí me pusiera una de El hospital de ranas, también de Moore. Fue un error. Ella debía haber pedido Autoayuda y yo debería haberme quedado callado.

Se volvió y me miró sonriente y cuando por fin conseguí salir de la tienda, ella estaba afuera, fumando un Lucky Strike, esperándome.

No sabría relatar cómo fueron transcurriendo los hechos y cuáles las palabras de nuestra conversación, pero después de cuatro o cinco cañas, unas croquetas y unas bravas, tomamos el primer gin-tonic en mi cama. Fue ella quien lo propuso y también fue ella la primera en abandonar el colchón escapando del calor.

Paseó desnuda por la casa, con el gin-tonic en la mano y un cigarrillo perpetuo entre sus labios. Después de completar la ronda se quedó parada frente a la librería, mostrándome unas nalgas diferentes a las que yo había intuido hacía unas horas. Empezó a preguntarme por Ferlosio, Vila-Matas, Sebald, la literatura italiana y la música de Coltrane mientras yo estaba tumbado en el sofá, rehuyendo las respuestas, todavía recuperando mi ritmo de respiración habitual, con lo ojos cerrados, comiendo unos trozos de sandía que había rescatado del olvido en la nevera.

Ella cogió el libro de Siri Hustvedt, me preguntó por qué me gustaba, - está muy buena, contesté – lo abrió al azar y, a pesar de mi sorpresa, empezó a leer.

[…] Tell it again. The hair falling out of the tower. In bed, I rest the book on your chest. I will always read to you. I promise. I will read you stories forever into the years. I did not say it. It is what I whished to say. I remember parts of the stories in this book from my childhood, the rest is empty […]

Lo había hecho con una dicción fantástica, con un inglés seductor y suave, pero inmediatamente quiso leerlo en castellano, y lo hizo arrastrando líquidamente las vocales, espetándose contra las consonantes como quien se golpea con una puerta de cristal. No hace falta, le dije, ya está bien, déjalo, no lo hagas:

[…] Cuéntalo otra vez. El pelo que cae de la torre. Dejo descansar el libro sobre tu pecho, en la cama. Siempre te leeré. Te lo prometo. Te leeré cuentos siempre, a medida que pasen los años. No te lo dije. Era lo que quería decir. Recuerdo fragmentos de historias de este libro de mi niñez, el resto está vacío […]

Cuando hace algunos días volví al libro de Hustvedt pensé que casi la había olvidado y que precisamente en la conciencia de ese olvido estaba su recuerdo. También hace calor esta noche y me pregunto para qué sirve recordarla, para dolernos nuevamente, para reírnos como en la primera ocasión, para justificarnos una vez más o para volver a condenarnos.

[…] Ahora recuerdo lo que había olvidado. He olvidado pero cómo es posible que recuerde que olvido. Los entierros son casi siempre afuera, ponen a los muertos lejos de nosotros, fuera de la casa. Son omisiones, espacios en blanco en el paisaje, señalados e inscritos y llevados dentro como si estuvieran vivos. En el vacío, en el día vacío, hay cosas que se van y que vuelven sólo cuando podemos soportar el recuerdo. La cruz del santuario está vacía sobre el mantel violeta de la Cuaresma, la historia después de la muerte, después de morir, después de morir la muerte, los que se mueren y los muertos, muertos, muertos.

Me ha escrito pidiéndome que nos casemos. Le he dicho que sí, que seguramente habrá un momento de nuestras vidas para reencontrarnos y casarnos. También le dije que mi mujer no lo aprobaría, al menos por el momento. De todos modos - la advertí - su voracidad emocional agotaría el matrimonio en tres semanas. Sería perfecto.