Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

jueves, 11 de febrero de 2010

El dentista

Yo maldigo el río del tiempo

Per Petterson,

Mondadori, Barcelona, 2010.

– Te aviso con tiempo por si no los sabes. Mondadori acaba de publicar el segundo libro traducido de Petterson, Yo maldigo el río del tiempo. Te lo digo por si no te enteraste todavía y quieres salir corriendo a una librería a comprarlo.

– Lo leí en el periódico, pero todavía no lo tengo. ¿Tú ya lo leíste?

– Voy emocionadín por el tercer capítulo y voy a escribir una reseña en el periódico. Promete.

– Nada. Mañana mismo salgo a comprarlo. Por cierto, ¿qué tal la crisis de la guardería?

– ¿Crisis? Mañana sí que hay crisis. Tengo que ir al dentista y estoy acojonao.

– No me extraña. A mí me da pavor. Yo sólo voy al dentista si mi madre viene conmigo. Allí tumbado, lo único que hago es apretar el culo y cerrar los ojos.


Lírica matemática del norte

La Voz de Galicia

Culturas, 6 de Febrero de 2010.

Pablo González

“Uno comprende, después de leer solo dos libros de Per Petterson (Oslo, 1952), que llega un momento en la vida en que es bueno sentarse con tu madre en una fría terraza frente al mar de Dinamarca, cubiertos por edredones y bebiendo una copa de calvados. Que es bueno caminar con ella apretando su mano hasta clavarnos las uñas «porque somos nosotros quienes decidimos cuándo nos duele», escribía al fi nal de Salir a robar caballos, la única novela traducida al español de este gran escritor noruego antes de esta última con título igual de sugerente, Yo maldigo el río del tiempo. Y uno supone que en lo venidero se traducirán muchas más inéditas en castellano de este escritor —al menos seis—, porque resulta acogedor encontrar a alguien que cuente nuestra propia historia de búsqueda de nuestros padres sin que sean los nuestros, e incluso vivan en tierras frías y desconocidas de Noruega y Jutlandia. Y que lo haga con un estilo que habría que describir como lírica matemática: mucha emoción, mucha evocación de paisajes e infancias, pero con una dosificación nórdica que se agradece, pues es fácil caer en el abismo del sentimentalismo cuando se bordean los precipicios por los que Petterson deambula. No es en definitiva como Arco de triunfo, la novela que su madre cree que hay que leer antes de cumplir veinte años.

Petterson vuelve al asunto que a menudo nos acecha: recapitular la convivencia con nuestros padres para llegar a superar la incomprensión mutua de estos seres queridos, a menudo tan desconocidos. El protagonista lo hace cuando su madre ya tiene un cáncer incurable, cuando está a punto de divorciarse y cuando su paraíso comunista se derrumba, en esa fecha tan querida de 1989, cuando por fin cayó el muro que encerraba la gran mentira. Tan ensimismado estaba en su mundo maoísta que Arvid, el adolescente de 37 años y dos hijas que protagoniza la novela, se entera tarde y mal del acontecimiento, como se entera tarde y mal de casi todo. Por un lado quiere ser diferente a un padre al que se parece demasiado, por otro quiere cruzar el «río Grande» que le separa de una madre muy distinta a él. De todo aquello solo le quedará el Mao más humano, el Mao poeta que escribió: «Quebradizas imágenes de la partida y el pueblo de entonces. Yo maldigo el río del tiempo: han pasado treinta y dos años».”

miércoles, 3 de febrero de 2010

Una mujer que me indique el lugar

La historia que no pude o no supe escribir

Javier Cánaves,

Baile del Sol, Tenerife, 2009.

Desde hace algún tiempo sospecho que pasé toda mi infancia en algún barrio de Palma de Mallorca. Aunque sea confuso, a pesar de todas las dudas que emborronan mi memoria, es cada vez más frecuente percibir este recuerdo como una certeza. Más aún cuando vuelve a mí la imagen de la casa de mis padres. Estaba situada, sin duda alguna, en un barrio de interior, en uno de esos barrios mediterráneos que reciben todo el polvo del campo seco en las afueras, mucho más, al menos, que brisa fresca desde el mar, infinitamente más lejano.

Todavía no he sabido averiguar qué razones tiene mi pasado para hacerme creer que crecí en uno esos barrios que bordean las calles que abren la ciudad, aquellas que antaño sirvieron de camino para llegar desde la part forana a la capital y que ahora están más bien pensadas para acercar el puerto a los polígonos industriales. Me refiero a calles como General Riera, Aragón o la calle Manacor, por mencionar algunas. Barrios desiertos en una tarde de verano, abiertos a un sol proletario donde los niños crecían en la plaza a la hora de la siesta; lugares tan alejados del agua azul que la sola idea de pasar un domingo de familia y playa merecía una celebración alborotada. En un allí como estos – no lo puedo ver con más nitidez ahora – estaba la casa en la que me crié.

Me lo insinuó el viejo en su última visita. En su única visita, perdón. Llegábamos desde el aeropuerto al centro y al pasar por el Parc de la Mar me dijo me recuerda a Bari, tiene la misma luz y sobre todo el mismo olor. Todas las ciudades de este mar tan calmo son parecidas, le dije y sí, tienes razón, detrás de la catedral, en cualquiera de las calles del barrio viejo, podría haber señoras vendiendo pasta fresca, ruidosas motocicletas doblando sin casco las esquinas y, en cuanto lo pruebes, verás que el tumbet huele a pizzaiola. También aquí en los salones de las casas los padres apenas hablan entre sí, las madres gobiernan a sus hijos y éstos huyen en cuanto pueden a la calle a darles patadas a un balón.

Pero no supe preguntarle más. Al fin y al cabo fue él el que me enseñó que en nuestra casa no sabremos nunca de dónde somos, que por mucho que investiguemos serán ellas quienes determinen el lugar, tanto la procedencia como el destino.

Fueron, los de la visita, días de invención. Redescubrí junto a mi padre los lugares por los que no había vivido de pequeño: el colegio falso de mi hermano y la iglesia donde no hice la primera comunión, el horno donde no compré nunca el pan, los helados que nunca disfruté. Fui consciente por primera vez que no había nada fundamental en certificar el lugar del que procedo, que podía inventarlo a mi gusto, adaptarlo a las circunstancias y al contexto, esperar, en definitiva, a que llegara el día en que ella apareciera y supiera establecerlo. Darle, por fin, a cada historia su sentido.

También descubrí que importan más los lugares de los alguna vez huimos y encontré una prueba de ello hace unas semanas, en la novela de Javier Cánaves, que es de lo que debería hablar ahora. Aprendí que lo que somos reside en las razones de esa huida, pero estoy tratando de volverme cuidadoso y sé que a menudo éste es un misterio que nos está vedado o que resulta tan doloroso que requiere desandar lo andado, pisar en dirección contraria las cicatrices que quedaron. Fue este miedo el que selló el pacto de silencio de aquellos días, el pacto del silencio y la invención.

Creo que ha llegado el momento de hablarles de la novela de Javier, pero me resulta demasiado cercana y es tremendamente fácil parecer un loco cuando se escribe una carta confiada a un desconocido. Léanla. Léanla como creo que deberían leer cualquiera o, mejor aún, todos sus libros. Léanlos si andan perdidos, y si no lo están, léanlos para recordar cómo eran cuando lo estuvieron. También prometí en una ocasión que explicaría cuál es mi relación con la isla, pero como ya he dicho, lo único que creo saber es que crecí allí, aunque ya saben que no lo recuerdo bien del todo. Probablemente, después de tantos años, mi madre esté dispuesta a negarlo y mi padre no se atreverá a contradecirla.

Lo que sí recuerdo con certeza es que Mallorca siempre ha sido para mí un faro de las noches en calma, de esos faros de mar quieto que muestran caminos inabordables que sin embargo, te empujan a recorrer. En dos ocasiones huí de allí pensando que había llegado la hora de encontrar otro lugar, un lugar al que realmente pertenecer. Por supuesto no fui yo quién supo descubrirlo, sino mujeres que en un momento de mi vida parecieron diferentes, las que nos cambian la vida – las que le ofrecen un sentido – y casi nunca para bien. Ahora, mientras me consuelo pensando que aún puedo hacerles daño, espero, mirando hacia el otro extremo de una calle atestada de coches, a que aparezca la siguiente víctima. La que me devuelva por fin al lugar en el que nací.

jueves, 21 de enero de 2010

Un principio y dos palabras agudas


El fin de semana perdido

José Luis Piquero,

DVD, Barcelona, 2009.

El principio antrópico. En algún momento durante el año en el que yo nací, un físico australiano inventó un misterioso nombre para una obviedad que, a pesar de serlo, carece de toda evidencia empírica posible: el Universo, y las reglas que lo rigen, debe ser compatible con la vida, y más concretamente, con la vida humana.

Más allá de su relevancia filosófica, esta premisa funciona bien a modo de ligadura, de requisito inexcusable para cualquier teoría científica: todas las explicaciones que construyamos de la Naturaleza deben ser compatibles con nuestra aparición sobre el planeta. La distancia entre el Sol y la Tierra debe ser suficientemente grande para que no nos abrasemos; la intensidad de la fuerza nuclear debe ser suficiente para que los átomos sean estables y formen moléculas duraderas, y la masa del protón debe permitir la formación de los átomos de carbono, esenciales para la aparición de la vida.

Sin embargo, y a pesar de toda la controversia generada en torno a él, el principio antrópico es una obviedad. Está implícito en nuestra necesidad de explicar, puesto que todas nuestras elucubraciones sobre el entorno que nos rodea requieren necesariamente que confirmemos nuestra existencia. Toda explicación requiere que nos expliquemos y por ello el principio antrópico no es más que una tecnificación inútil de la máxima cartesiana que igualaba el vivir al pensar. La vida exige que nos pensemos – es nuestra única función biológica diferenciadora –, y pensar el mundo termina equivaliendo a vivir.

Nunca ha habido otro tiempo ni otro espacio.

Una mañana el aire
estaba como virgen, intocado
por la mano del dios, y comprendimos:
nunca llegamos, nunca nos iremos.

Una rueda perfecta, si esto fuera una rueda.
Una prisión perfecta, si esto fuera una prisión.


Aflicción: Una de las consecuencias de nuestra necesidad de explicar el mundo que nos rodea es la inmediata tentación de transformarlo. Nos explicamos el mundo para existir, y, ya que estamos, lo adaptamos para sobrevivir y perpetuarnos. En el fondo más que una consecuencia, nuestro impulso transformador del entorno es una necesidad y, de hecho, sería más correcto postular el enunciado contrario. Nuestra única ventaja adaptativa es nuestra capacidad de transformar el medio para obtener los recursos y crear las condiciones adecuadas para nuestra supervivencia. La evolución nos ha dado la mezcla apropiada de ingenuidad e inteligencia para convencernos de que, para modificar el entorno, la mejor estrategia pasa por la ilusión de comprenderlo.

Desgraciadamente tendemos a convertir la necesidad en destino y así conseguir no sólo explicarnos sino también justificarnos. Es por ello que existe una versión fuerte – mucho más controvertida y delirante – del principio antrópico que dice que no sólo el Universo debe permitir la existencia de la vida humana, sino que de hecho está regulado exclusivamente para producirla. También tendemos a convertir las capacidades en obligaciones, y por ello nuestro potencial transformador se convierte en un deber.

¿Y por qué iban a ser las cosas de otro modo?
Ellos nos miran pero no nos ven.
Se diría que esperan algo que va a ocurrir.
Nunca ha ocurrido nada
y nada va a ocurrir. Permanecemos.

Ha de haber un milagro en todo esto.
O mejor nos dejamos de milagros.

Aflicción, no nos dejes
ahora que sabemos lo que somos.
Aflicción: nuestra última certeza
cuando ya no nos quedan más certezas.


Eyaculación: Hemos sublimado la forma más básica de perpetuarnos y hemos inventado amar. Eyacular amando. Pero todas las eyaculaciones de mi vida son contra natura. Inútilmente elaboradas con el ansia nerviosa de una excitación que finalmente impulsa la dosis perfecta de mis genes para que terminen estampándose contra el algodón sucio de una sábana, la frialdad impasible de la loza o la elasticidad nueva de una goma. A veces ha ocurrido de un modo diferente. Es cierto. En alguna ocasión he mezclado con saliva el elixir de una estirpe futura, y en las más notables lo he depositado, mientras cerraba los ojos con alivio, sobre la piel trémula de alguien que esperaba. Pero no me permito olvidarlo: mis eyaculaciones son contra natura. Sirven para que, aunque sea sólo en un instante eléctrico, yo me olvide de este mundo. No explicarlo, morirlo. Pero no pretenden perpetuarlo, y ya no me permitiría pensar en trasformarlo. Los vicios de juventud, ahora, se compran en la calle.

Morir.
No es necesario, salvo en la adolescencia:
el exceso de amor nos asfixia y estamos dispuestos a inmolarnos con el mundo.
Somos el cuarto oscuro de cualquier casa.
Cada mañana el mundo renace sin nosotros y entre la muchedumbre dejamos esa afrenta,
helados como sombras en el verano de otros.

Tontos adolescentes – por mucho que nos gusten –,
mientras fuman y lloran en mitad de la escalera.

Después de doce años de silencio José Luis Piquero ha escrito un libro que, según dicen, es de lo mejor que ha dado la poesía española el pasado año. Yo me vuelvo a quitar el sombrero para celebrarlo. Hay cosas que, a pesar de mil intentos desde entonces, nunca cambian.

miércoles, 13 de enero de 2010

John y Tess en la fábrica de cuentos

Concierto del No Mundo

A.G. Porta,

Acantilado, Barcelona, 2005.

Se acabará marchando, de eso estoy seguro. Será pronto, y, como de costumbre, no habré hecho lo suficiente para evitarlo. Se acabará yendo y me quedaré igual que siempre, inmóvil, huyendo hacia el teclado como si la única salvación posible que está a mi alcance fuera la de escribir una gran obra que contenga todos mis silencios, todas las imágenes que invento. La vida inventada.

Pero esta noche escribo sin ayuda: terminé la última postura de opio tras tu visita, esperando que me sirviera de coartada para eludir el choque brusco con la realidad, con el Mundo. Sé que debería hacerte caso y dejar de engañarme: mi vida inventada no vale nada sin el humo y la sobriedad no me deja abrir los ojos. Me deja inmóvil, callado y sonriente. Tú mismo sabrías ponerle un símil.

Le he estado dando vueltas, muchas vueltas hasta quedarme atónito observando la bombilla de la única farola que ilumina mi calle. Es una bombilla amarilla, como casi todo aquello que últimamente aparece ante mis ojos en los momentos de alarma. Pero en esta ocasión la luz de la bombilla es de un amarillo blanquecino y tenue. Tan tenue que, francamente, la farola es lo único visible de la calle. Yo, al menos, no logro distinguir nada más: no hay casas, ni aceras, ni asfalto. Tampoco pasan coches. Parece que en esta calle, si realmente existe, sólo hay una farola envuelta en un halo de penumbra amarillenta que desaparece en pocos metros. Todo el resto es oscuridad.

Me he quedado embobado mirando a la bombilla, dándole vueltas a todo esto. También al asunto de Tess. Pero me he distraído pensando en el momento en que, justamente encima de la única ventana de mi habitación, un funcionario municipal decidió poner esta estúpida farola. Una farola tan débil que sólo logra iluminarse a sí misma es una farola inútil. Y esta es tan inútil que sólo cobra sentido si en realidad fue instalada para observarme, ya que, claro está, desde el otro lado de la calle lo único visible es la farola y su penumbra, pero también los son mi ventana y mi cara retorcida observando la bombilla.

La revelación de esta nueva perspectiva de la calle me ha producido una sensación suave de ridículo, similar al pudor que se siente al descubrir ser observado en la distancia. He creído sentir que me espiaban con una linterna, aunque a ratos parecía mucho más probable que estuviera siendo interrogado tras una enorme lámpara policial. He bajado la mirada para descansar la vista y he descubierto mi sombra proyectada más abajo, en el piso de la calle. De forma inconsciente y algo patética me ha parecido estar ante el único foco de un teatro oscuro, de pie en un escenario frente a un mar de butacas que no sé si están vacías, listo para arrancar un monólogo cínico y brillante con el que exponer todas mis certezas. Un monólogo breve y monocorde, sin duda.

Creo que en algún momento del discurso, seguramente cuando estaba siendo más convincente, pensé que la farola era un faro. Pero finalmente comprobé que la luz provenía del viejo flexo que hay sobre mi mesa, el mismo que ahora ilumina un cuaderno casi en blanco en el que he tomado las notas que me ayudarán a escribir tu carta. Decidí cerrar las persianas y apagar la farola. Encerrarme una vez más, darle vueltas al asunto de Tess y resolver de una vez por todas todo esto.

Sé que se acabará marchando y no habrá nada que yo pueda hacer. Pero no importa, debo pensar primero en mí, recuperar el pulso, volver a percibir la vida tal y como es, o al menos tal y como dicen que es. Iré paso a paso. Aquí todavía me cuesta distinguir el día de la noche, a pesar de que en Manchester hace años que el humo de las fábricas dejó de flotar sobre el río. El aire ahora está más limpio, pero no es suficiente y tú lo sabes. Conocemos bien el esfuerzo que pone la ciudad en permanecer gris a todas horas. Además he cerrado las persianas para evitar la luz de la farola y, en cualquier caso, ahora eso no importa: he vuelto con la convicción de concentrarme y resolverlo, de modo que después de algunos días de bienvenida para celebrar mi retorno he decidido evitar a todos los demás. Me he impuesto acudir a su compañía sólo en los momentos más festivos, aquellos que garanticen el éxito de mis bufonadas y no requieran demasiadas confidencias.

Debes darme más tiempo porque ahora es así: necesito arreglar todo lo demás pero cuando cierro los ojos, cuando vuelvo a mi No Mundo, ella se apodera de mi voluntad. Necesito pedirte más paciencia. Ha pasado tiempo y lo sé, pero no aún el suficiente para perder la esperanza de olvidarla.

Hay noches que John el viejo deambula tosiendo por la casa. Duerme tan mal que él tampoco distingue ya el día de la noche. He seguido a lo largo de todos estos años su camino hacia la renuncia y nunca he sido capaz de hacer nada por él. Hubo un tiempo en el que preferí huir y acabé encontrando a Tess. Así que esta noche, en lugar de salir a ayudarle, me recluyo en el estudio frente al teclado, molesto, fastidiado porque que sus ruidos interrumpan mi vida inventada sin pudor, obligándome a recurrir una vez más a la novela de Porta, a la invención de la literatura, a la invención de la invención de la literatura; a la invención de la niña, a la invención de la niña inventada. Y una vez más, Tess se apodera de todo.

“Si no estuviera tan desesperado se sentiría feliz. Feliz porque los pasos de la niña le parecen minuciosamente calculados. No se irá, sonríe. No la dejará marcharse tan fácilmente. Eso sería una huida, y la niña de su historia no puede acabar huyendo, por más cansada que se sienta, por más que le disguste lo que el pensamiento construye a su alrededor.”

Pero yo sé que Tess se irá. No sé cuándo, pero sé que se irá. Quizás a China, o a África, quizás decida hacer las Américas o puede que simplemente vuelva a Tailandia, al lugar donde por primera vez me enseño ese liguero encarnado bajo su falda. Te haré caso y no insistiré en buscarla. También te prometo que dejaré de inventarla. Sé que ahora no puedo condenar a nadie, real o imaginado, a soportar este nubarrón gris que permanentemente planea sobre mi calle. Debo resolver todo lo demás. No puedo pedirle que se pare, como yo sí debo hacer, a esperar que sea la luz del sol la que haga sombra a la única farola de mi calle.

“De vuelta a la realidad, el guionista también precisa una salida a su propia vida. Mientras escribe se le olvida, pero los problemas acaban por imponerse”.

Te prometo que en unos días la dejaré marchar sin hacer ruido, y que esperaré a buscarla más adelante, en otro cuento. En uno largo y luminoso, en el que yo vista un jersey de fondo blanco y rayas de colores. La buscaré en un cuento de Chéjov pero con un final feliz. Lo escribiré, y cuando lo escriba, hablaremos de todo lo demás.

Prométeme que no te preocuparás.

Tu amigo que te quiere,

John.

martes, 17 de noviembre de 2009

La extremaunción

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard,

Anagrama, Barcelona, 2009.

Hace una década, mientras la abuela agonizaba en una cama de hospital con los labios recién pintados de carmín, un carmín rojo que rápidamente embadurnó su cara por las lágrimas y los besos, me pidieron que la llevara conmigo para que ella no lo viera. Cuando estuvo lista, me ofreció su mano diminuta desde un cuerpo de cincuenta centímetros, embutida en lana oscura desde los pies a la cabeza, abrigada con una bufanda que casi le impedía mostrar los ojos.

Parecía imposible que con tanta ropa pudiera caminar, pero ella estaba decidida a ir al parque de paseo.

Durante aquellas navidades todavía apenas hablaba; se podría decir que aún peleaba tozudamente contra la sintaxis torpe de los niños, dando muestras de una potencial locuacidad que todos asociábamos con una inteligencia deslumbrante. Somos de la familia, del mismo modo que lo éramos entonces, y aun así me pareció que nos entendíamos muy bien. Quizás demasiado bien para una niña de dos años a la que aún le cuesta hablar y un tipo que hace tiempo que prefiere inventar lo que oye en lugar de detenerse a escuchar.

Estuvimos paseando a solas durante tres días enteros, todo el tiempo que transcurrió desde la agonía hasta el funeral. Parábamos a comer y a dormir la siesta. Pero el resto del día lo dedicábamos a visitar el parque Vallina, cogidos de la mano, sin prisa, soportando sin queja todo aquel frío. Daba la sensación de que casi habíamos logrado que pareciera normal: ella había sido rescatada por mí del espectáculo temprano de la muerte y yo, había logrado ocultarme – quién sabrá jamás de qué – detrás de ella.

“Al hombre que, en aquel cuarto de baño, había dejado súbitamente de respirar delante de mí lo había oído morir, pero no visto morir. Y ahora, en la sala, otra vez había muerto un ser humano, otra vez había oído morir a alguien, no visto morir […]”

Había dejado un post-it amarillo en la página, y con un bolígrafo rojo a doble línea había subrayado hace meses este párrafo. Como si no debiera olvidarlo, como si me hubiera ofendido. Pero no volví a él después de la llamada, ni por supuesto tampoco pensé en el libro. Sin embargo sí que se encendió la imagen amarilla de la pegatina en mi cabeza.

Tengo pocas dudas de que el acto reflejo es debido a que en los últimos tiempos oigo a los muertos morir, nunca los veo. Es por culpa de la distancia, me digo. O quizás por culpa del teléfono. Es seguramente por culpa del cómodo desapego, de esa necesidad tan Bernhardiana de odiar el lugar del que procedes, pretendiendo vencer con ello el goce justificador de ser de donde somos. Sí, eso es, la eterna adolescencia del solemne. Amarillo. El color amarillo. En la Isla algunas personas enferman, se curan y sanan, y no parece necesario que yo lo sepa. Pero no así los muertos. Los muertos siempre llaman.

Estoy seguro que este invierno la lana es más colorida, y he visto que ahora sus ojos asoman despiertos tras una discretas gafas de pasta blanca. Rara vez mira a la cara y la locuacidad prometida se ha terminado escondiendo tras el silencio avergonzado de la primera pubertad. Sé por los demás que es muy curiosa y lista, y tan tozuda como entonces. Pero esta vez sería muy poco probable que quisiera pasear conmigo por el parque, y yo descartaría completamente la posibilidad de que lo hiciéramos cogidos de la mano.

Desgraciadamente ha vuelto a ocurrir, y mi presencia tan cercana – después de diez años – la ha hecho sospechar.

“Olvidamos que lo que a nosotros se refiere es un juego de azar, y terminamos por ello amargados. Sólo nos queda abierta al final la falta de esperanza. El resultado es la habitación de morir, en la que se muere, defintiviamente. Todo ha sido sólo un engaño. Toda nuestra vida, si lo pensamos bien, no ha sido más que un calendario de festejos usado y finalmente, de hojas totalmente arrancadas.”

Las novelas que componen los Relatos autobiográficos de Bernhard se pueden leer como narraciones de los procesos preparatorios para recibir los sacramentos. Un calendario de hitos que festejamos para inmediatamente reconocer la amenaza macabra que escondían. Es sencillo reconocerlas en el bautizo, esa celebración alegre del nacimiento que nos marca con el sello de una especie única, la especie pecadora; o en la comunión, esa bienvenida a los marineros que festejan que han dejado de ser cachorros para convertirse en personas: se les presume la virtud del criterio a cambio de la amenaza del juicio. Luego, la penitencia a cambio del perdón, la independencia por soledad.

Parece que no sabemos celebrar la vida sin recordar la amenaza de sus peligros. Festejamos la vida con miedo y escepticismo, hasta la muerte. Porque con la muerte nos cagamos.

Por eso la extremaunción es un sacramento tan distinto. No tiene ninguna amenaza, porque simplemente no tiene futuro. No es tampoco ninguna celebración, es un simple acto de cobardía en el que robamos la voluntad a los moribundos para redimirlos. Pero su misterio, el de la extremaunción, es que no se sabe bien quién pide perdón a quien. O no se sabe o no se confiesa.

Yo creo que es todo el humanismo del mundo quien pide perdón al moribundo, todas nuestras ilusiones se concentran en un cura que pide perdón por el engaño, por haber permitido – a aquel hombre inevitablemente bueno por inevitablemente enfermo – que sus esperanzas tuvieran que vivir rodeadas de todos nuestros fracasos, respirando el aire contaminado por nuestros defectos. La extremaunción es un sacramento cobarde, con el que sencillamente hacemos un pacto de silencio, con el que pedimos que lo ocurrido entre nosotros quede entre nosotros.

Antes de entrar he tenido que salir al porche. En esta ocasión no encontré a nadie fumando y me alegré de disponer de un rato en soledad. Por alguna extraña razón encuentro un placer adicional en disfrutar a solas de la alegría y del dolor. Caminé sin alejarme, imaginando que como entonces también ahora ella me entendería perfectamente, comprendiendo sin necesidad de explicación mi deseo de permanecer oculto. A veces salgo de mi aislamiento familiar para dar la extremaunción, le diría, aunque últimamente sólo lo hago por teléfono. Sin duda es más cómodo. Y aunque sea cobarde, es quizás también menos hipócrita.

Amarillo. El escondite perfecto de la pegatina con su puto color amarillo sobre la letra impresa.

He venido a visitar a la ti… He venido a visitar a tu madre, a darle la extremaunción, pensé. He venido a decir que lo siento.