Cuando él y Emma iban a un restaurante, él siempre era incómodamente consciente de las personas que comían solas. ¿No estaban a disgusto? ¿No se sentían solas? No se le había ocurrido hasta ahora que quizás estuvieran comiendo solas por decisión propia, o por toda una secuencia de decisiones que las había conducido a un solo plato, un solo vaso, un solo periódico abierto, un libro.

Paula Fox
, "Pobre George".

jueves, 21 de enero de 2010

Un principio y dos palabras agudas


El fin de semana perdido

José Luis Piquero,

DVD, Barcelona, 2009.

El principio antrópico. En algún momento durante el año en el que yo nací, un físico australiano inventó un misterioso nombre para una obviedad que, a pesar de serlo, carece de toda evidencia empírica posible: el Universo, y las reglas que lo rigen, debe ser compatible con la vida, y más concretamente, con la vida humana.

Más allá de su relevancia filosófica, esta premisa funciona bien a modo de ligadura, de requisito inexcusable para cualquier teoría científica: todas las explicaciones que construyamos de la Naturaleza deben ser compatibles con nuestra aparición sobre el planeta. La distancia entre el Sol y la Tierra debe ser suficientemente grande para que no nos abrasemos; la intensidad de la fuerza nuclear debe ser suficiente para que los átomos sean estables y formen moléculas duraderas, y la masa del protón debe permitir la formación de los átomos de carbono, esenciales para la aparición de la vida.

Sin embargo, y a pesar de toda la controversia generada en torno a él, el principio antrópico es una obviedad. Está implícito en nuestra necesidad de explicar, puesto que todas nuestras elucubraciones sobre el entorno que nos rodea requieren necesariamente que confirmemos nuestra existencia. Toda explicación requiere que nos expliquemos y por ello el principio antrópico no es más que una tecnificación inútil de la máxima cartesiana que igualaba el vivir al pensar. La vida exige que nos pensemos – es nuestra única función biológica diferenciadora –, y pensar el mundo termina equivaliendo a vivir.

Nunca ha habido otro tiempo ni otro espacio.

Una mañana el aire
estaba como virgen, intocado
por la mano del dios, y comprendimos:
nunca llegamos, nunca nos iremos.

Una rueda perfecta, si esto fuera una rueda.
Una prisión perfecta, si esto fuera una prisión.


Aflicción: Una de las consecuencias de nuestra necesidad de explicar el mundo que nos rodea es la inmediata tentación de transformarlo. Nos explicamos el mundo para existir, y, ya que estamos, lo adaptamos para sobrevivir y perpetuarnos. En el fondo más que una consecuencia, nuestro impulso transformador del entorno es una necesidad y, de hecho, sería más correcto postular el enunciado contrario. Nuestra única ventaja adaptativa es nuestra capacidad de transformar el medio para obtener los recursos y crear las condiciones adecuadas para nuestra supervivencia. La evolución nos ha dado la mezcla apropiada de ingenuidad e inteligencia para convencernos de que, para modificar el entorno, la mejor estrategia pasa por la ilusión de comprenderlo.

Desgraciadamente tendemos a convertir la necesidad en destino y así conseguir no sólo explicarnos sino también justificarnos. Es por ello que existe una versión fuerte – mucho más controvertida y delirante – del principio antrópico que dice que no sólo el Universo debe permitir la existencia de la vida humana, sino que de hecho está regulado exclusivamente para producirla. También tendemos a convertir las capacidades en obligaciones, y por ello nuestro potencial transformador se convierte en un deber.

¿Y por qué iban a ser las cosas de otro modo?
Ellos nos miran pero no nos ven.
Se diría que esperan algo que va a ocurrir.
Nunca ha ocurrido nada
y nada va a ocurrir. Permanecemos.

Ha de haber un milagro en todo esto.
O mejor nos dejamos de milagros.

Aflicción, no nos dejes
ahora que sabemos lo que somos.
Aflicción: nuestra última certeza
cuando ya no nos quedan más certezas.


Eyaculación: Hemos sublimado la forma más básica de perpetuarnos y hemos inventado amar. Eyacular amando. Pero todas las eyaculaciones de mi vida son contra natura. Inútilmente elaboradas con el ansia nerviosa de una excitación que finalmente impulsa la dosis perfecta de mis genes para que terminen estampándose contra el algodón sucio de una sábana, la frialdad impasible de la loza o la elasticidad nueva de una goma. A veces ha ocurrido de un modo diferente. Es cierto. En alguna ocasión he mezclado con saliva el elixir de una estirpe futura, y en las más notables lo he depositado, mientras cerraba los ojos con alivio, sobre la piel trémula de alguien que esperaba. Pero no me permito olvidarlo: mis eyaculaciones son contra natura. Sirven para que, aunque sea sólo en un instante eléctrico, yo me olvide de este mundo. No explicarlo, morirlo. Pero no pretenden perpetuarlo, y ya no me permitiría pensar en trasformarlo. Los vicios de juventud, ahora, se compran en la calle.

Morir.
No es necesario, salvo en la adolescencia:
el exceso de amor nos asfixia y estamos dispuestos a inmolarnos con el mundo.
Somos el cuarto oscuro de cualquier casa.
Cada mañana el mundo renace sin nosotros y entre la muchedumbre dejamos esa afrenta,
helados como sombras en el verano de otros.

Tontos adolescentes – por mucho que nos gusten –,
mientras fuman y lloran en mitad de la escalera.

Después de doce años de silencio José Luis Piquero ha escrito un libro que, según dicen, es de lo mejor que ha dado la poesía española el pasado año. Yo me vuelvo a quitar el sombrero para celebrarlo. Hay cosas que, a pesar de mil intentos desde entonces, nunca cambian.

miércoles, 13 de enero de 2010

John y Tess en la fábrica de cuentos

Concierto del No Mundo

A.G. Porta,

Acantilado, Barcelona, 2005.

Se acabará marchando, de eso estoy seguro. Será pronto, y, como de costumbre, no habré hecho lo suficiente para evitarlo. Se acabará yendo y me quedaré igual que siempre, inmóvil, huyendo hacia el teclado como si la única salvación posible que está a mi alcance fuera la de escribir una gran obra que contenga todos mis silencios, todas las imágenes que invento. La vida inventada.

Pero esta noche escribo sin ayuda: terminé la última postura de opio tras tu visita, esperando que me sirviera de coartada para eludir el choque brusco con la realidad, con el Mundo. Sé que debería hacerte caso y dejar de engañarme: mi vida inventada no vale nada sin el humo y la sobriedad no me deja abrir los ojos. Me deja inmóvil, callado y sonriente. Tú mismo sabrías ponerle un símil.

Le he estado dando vueltas, muchas vueltas hasta quedarme atónito observando la bombilla de la única farola que ilumina mi calle. Es una bombilla amarilla, como casi todo aquello que últimamente aparece ante mis ojos en los momentos de alarma. Pero en esta ocasión la luz de la bombilla es de un amarillo blanquecino y tenue. Tan tenue que, francamente, la farola es lo único visible de la calle. Yo, al menos, no logro distinguir nada más: no hay casas, ni aceras, ni asfalto. Tampoco pasan coches. Parece que en esta calle, si realmente existe, sólo hay una farola envuelta en un halo de penumbra amarillenta que desaparece en pocos metros. Todo el resto es oscuridad.

Me he quedado embobado mirando a la bombilla, dándole vueltas a todo esto. También al asunto de Tess. Pero me he distraído pensando en el momento en que, justamente encima de la única ventana de mi habitación, un funcionario municipal decidió poner esta estúpida farola. Una farola tan débil que sólo logra iluminarse a sí misma es una farola inútil. Y esta es tan inútil que sólo cobra sentido si en realidad fue instalada para observarme, ya que, claro está, desde el otro lado de la calle lo único visible es la farola y su penumbra, pero también los son mi ventana y mi cara retorcida observando la bombilla.

La revelación de esta nueva perspectiva de la calle me ha producido una sensación suave de ridículo, similar al pudor que se siente al descubrir ser observado en la distancia. He creído sentir que me espiaban con una linterna, aunque a ratos parecía mucho más probable que estuviera siendo interrogado tras una enorme lámpara policial. He bajado la mirada para descansar la vista y he descubierto mi sombra proyectada más abajo, en el piso de la calle. De forma inconsciente y algo patética me ha parecido estar ante el único foco de un teatro oscuro, de pie en un escenario frente a un mar de butacas que no sé si están vacías, listo para arrancar un monólogo cínico y brillante con el que exponer todas mis certezas. Un monólogo breve y monocorde, sin duda.

Creo que en algún momento del discurso, seguramente cuando estaba siendo más convincente, pensé que la farola era un faro. Pero finalmente comprobé que la luz provenía del viejo flexo que hay sobre mi mesa, el mismo que ahora ilumina un cuaderno casi en blanco en el que he tomado las notas que me ayudarán a escribir tu carta. Decidí cerrar las persianas y apagar la farola. Encerrarme una vez más, darle vueltas al asunto de Tess y resolver de una vez por todas todo esto.

Sé que se acabará marchando y no habrá nada que yo pueda hacer. Pero no importa, debo pensar primero en mí, recuperar el pulso, volver a percibir la vida tal y como es, o al menos tal y como dicen que es. Iré paso a paso. Aquí todavía me cuesta distinguir el día de la noche, a pesar de que en Manchester hace años que el humo de las fábricas dejó de flotar sobre el río. El aire ahora está más limpio, pero no es suficiente y tú lo sabes. Conocemos bien el esfuerzo que pone la ciudad en permanecer gris a todas horas. Además he cerrado las persianas para evitar la luz de la farola y, en cualquier caso, ahora eso no importa: he vuelto con la convicción de concentrarme y resolverlo, de modo que después de algunos días de bienvenida para celebrar mi retorno he decidido evitar a todos los demás. Me he impuesto acudir a su compañía sólo en los momentos más festivos, aquellos que garanticen el éxito de mis bufonadas y no requieran demasiadas confidencias.

Debes darme más tiempo porque ahora es así: necesito arreglar todo lo demás pero cuando cierro los ojos, cuando vuelvo a mi No Mundo, ella se apodera de mi voluntad. Necesito pedirte más paciencia. Ha pasado tiempo y lo sé, pero no aún el suficiente para perder la esperanza de olvidarla.

Hay noches que John el viejo deambula tosiendo por la casa. Duerme tan mal que él tampoco distingue ya el día de la noche. He seguido a lo largo de todos estos años su camino hacia la renuncia y nunca he sido capaz de hacer nada por él. Hubo un tiempo en el que preferí huir y acabé encontrando a Tess. Así que esta noche, en lugar de salir a ayudarle, me recluyo en el estudio frente al teclado, molesto, fastidiado porque que sus ruidos interrumpan mi vida inventada sin pudor, obligándome a recurrir una vez más a la novela de Porta, a la invención de la literatura, a la invención de la invención de la literatura; a la invención de la niña, a la invención de la niña inventada. Y una vez más, Tess se apodera de todo.

“Si no estuviera tan desesperado se sentiría feliz. Feliz porque los pasos de la niña le parecen minuciosamente calculados. No se irá, sonríe. No la dejará marcharse tan fácilmente. Eso sería una huida, y la niña de su historia no puede acabar huyendo, por más cansada que se sienta, por más que le disguste lo que el pensamiento construye a su alrededor.”

Pero yo sé que Tess se irá. No sé cuándo, pero sé que se irá. Quizás a China, o a África, quizás decida hacer las Américas o puede que simplemente vuelva a Tailandia, al lugar donde por primera vez me enseño ese liguero encarnado bajo su falda. Te haré caso y no insistiré en buscarla. También te prometo que dejaré de inventarla. Sé que ahora no puedo condenar a nadie, real o imaginado, a soportar este nubarrón gris que permanentemente planea sobre mi calle. Debo resolver todo lo demás. No puedo pedirle que se pare, como yo sí debo hacer, a esperar que sea la luz del sol la que haga sombra a la única farola de mi calle.

“De vuelta a la realidad, el guionista también precisa una salida a su propia vida. Mientras escribe se le olvida, pero los problemas acaban por imponerse”.

Te prometo que en unos días la dejaré marchar sin hacer ruido, y que esperaré a buscarla más adelante, en otro cuento. En uno largo y luminoso, en el que yo vista un jersey de fondo blanco y rayas de colores. La buscaré en un cuento de Chéjov pero con un final feliz. Lo escribiré, y cuando lo escriba, hablaremos de todo lo demás.

Prométeme que no te preocuparás.

Tu amigo que te quiere,

John.

martes, 17 de noviembre de 2009

La extremaunción

Relatos autobiográficos

Thomas Bernhard,

Anagrama, Barcelona, 2009.

Hace una década, mientras la abuela agonizaba en una cama de hospital con los labios recién pintados de carmín, un carmín rojo que rápidamente embadurnó su cara por las lágrimas y los besos, me pidieron que la llevara conmigo para que ella no lo viera. Cuando estuvo lista, me ofreció su mano diminuta desde un cuerpo de cincuenta centímetros, embutida en lana oscura desde los pies a la cabeza, abrigada con una bufanda que casi le impedía mostrar los ojos.

Parecía imposible que con tanta ropa pudiera caminar, pero ella estaba decidida a ir al parque de paseo.

Durante aquellas navidades todavía apenas hablaba; se podría decir que aún peleaba tozudamente contra la sintaxis torpe de los niños, dando muestras de una potencial locuacidad que todos asociábamos con una inteligencia deslumbrante. Somos de la familia, del mismo modo que lo éramos entonces, y aun así me pareció que nos entendíamos muy bien. Quizás demasiado bien para una niña de dos años a la que aún le cuesta hablar y un tipo que hace tiempo que prefiere inventar lo que oye en lugar de detenerse a escuchar.

Estuvimos paseando a solas durante tres días enteros, todo el tiempo que transcurrió desde la agonía hasta el funeral. Parábamos a comer y a dormir la siesta. Pero el resto del día lo dedicábamos a visitar el parque Vallina, cogidos de la mano, sin prisa, soportando sin queja todo aquel frío. Daba la sensación de que casi habíamos logrado que pareciera normal: ella había sido rescatada por mí del espectáculo temprano de la muerte y yo, había logrado ocultarme – quién sabrá jamás de qué – detrás de ella.

“Al hombre que, en aquel cuarto de baño, había dejado súbitamente de respirar delante de mí lo había oído morir, pero no visto morir. Y ahora, en la sala, otra vez había muerto un ser humano, otra vez había oído morir a alguien, no visto morir […]”

Había dejado un post-it amarillo en la página, y con un bolígrafo rojo a doble línea había subrayado hace meses este párrafo. Como si no debiera olvidarlo, como si me hubiera ofendido. Pero no volví a él después de la llamada, ni por supuesto tampoco pensé en el libro. Sin embargo sí que se encendió la imagen amarilla de la pegatina en mi cabeza.

Tengo pocas dudas de que el acto reflejo es debido a que en los últimos tiempos oigo a los muertos morir, nunca los veo. Es por culpa de la distancia, me digo. O quizás por culpa del teléfono. Es seguramente por culpa del cómodo desapego, de esa necesidad tan Bernhardiana de odiar el lugar del que procedes, pretendiendo vencer con ello el goce justificador de ser de donde somos. Sí, eso es, la eterna adolescencia del solemne. Amarillo. El color amarillo. En la Isla algunas personas enferman, se curan y sanan, y no parece necesario que yo lo sepa. Pero no así los muertos. Los muertos siempre llaman.

Estoy seguro que este invierno la lana es más colorida, y he visto que ahora sus ojos asoman despiertos tras una discretas gafas de pasta blanca. Rara vez mira a la cara y la locuacidad prometida se ha terminado escondiendo tras el silencio avergonzado de la primera pubertad. Sé por los demás que es muy curiosa y lista, y tan tozuda como entonces. Pero esta vez sería muy poco probable que quisiera pasear conmigo por el parque, y yo descartaría completamente la posibilidad de que lo hiciéramos cogidos de la mano.

Desgraciadamente ha vuelto a ocurrir, y mi presencia tan cercana – después de diez años – la ha hecho sospechar.

“Olvidamos que lo que a nosotros se refiere es un juego de azar, y terminamos por ello amargados. Sólo nos queda abierta al final la falta de esperanza. El resultado es la habitación de morir, en la que se muere, defintiviamente. Todo ha sido sólo un engaño. Toda nuestra vida, si lo pensamos bien, no ha sido más que un calendario de festejos usado y finalmente, de hojas totalmente arrancadas.”

Las novelas que componen los Relatos autobiográficos de Bernhard se pueden leer como narraciones de los procesos preparatorios para recibir los sacramentos. Un calendario de hitos que festejamos para inmediatamente reconocer la amenaza macabra que escondían. Es sencillo reconocerlas en el bautizo, esa celebración alegre del nacimiento que nos marca con el sello de una especie única, la especie pecadora; o en la comunión, esa bienvenida a los marineros que festejan que han dejado de ser cachorros para convertirse en personas: se les presume la virtud del criterio a cambio de la amenaza del juicio. Luego, la penitencia a cambio del perdón, la independencia por soledad.

Parece que no sabemos celebrar la vida sin recordar la amenaza de sus peligros. Festejamos la vida con miedo y escepticismo, hasta la muerte. Porque con la muerte nos cagamos.

Por eso la extremaunción es un sacramento tan distinto. No tiene ninguna amenaza, porque simplemente no tiene futuro. No es tampoco ninguna celebración, es un simple acto de cobardía en el que robamos la voluntad a los moribundos para redimirlos. Pero su misterio, el de la extremaunción, es que no se sabe bien quién pide perdón a quien. O no se sabe o no se confiesa.

Yo creo que es todo el humanismo del mundo quien pide perdón al moribundo, todas nuestras ilusiones se concentran en un cura que pide perdón por el engaño, por haber permitido – a aquel hombre inevitablemente bueno por inevitablemente enfermo – que sus esperanzas tuvieran que vivir rodeadas de todos nuestros fracasos, respirando el aire contaminado por nuestros defectos. La extremaunción es un sacramento cobarde, con el que sencillamente hacemos un pacto de silencio, con el que pedimos que lo ocurrido entre nosotros quede entre nosotros.

Antes de entrar he tenido que salir al porche. En esta ocasión no encontré a nadie fumando y me alegré de disponer de un rato en soledad. Por alguna extraña razón encuentro un placer adicional en disfrutar a solas de la alegría y del dolor. Caminé sin alejarme, imaginando que como entonces también ahora ella me entendería perfectamente, comprendiendo sin necesidad de explicación mi deseo de permanecer oculto. A veces salgo de mi aislamiento familiar para dar la extremaunción, le diría, aunque últimamente sólo lo hago por teléfono. Sin duda es más cómodo. Y aunque sea cobarde, es quizás también menos hipócrita.

Amarillo. El escondite perfecto de la pegatina con su puto color amarillo sobre la letra impresa.

He venido a visitar a la ti… He venido a visitar a tu madre, a darle la extremaunción, pensé. He venido a decir que lo siento.

viernes, 9 de octubre de 2009

Estados de ánimo

Loser

David González,

Bartleby Editores, Madrid, 2009.

Solemos cruzarnos por la calle alguna vez, pero la última que hablé con él fue el mes pasado cuando coincidimos en La Sal. Hacía una vida entera que yo no iba, pero esa noche teníamos el jueves de chicas que con un empeño algo infantil organiza Rosa todos los veranos. Habíamos alargado la cena pero no era demasiado tarde, sólo un poco. Me alegré de verle allí; en realidad, me alegré mucho, así que le sonreí y enseguida se acercó para abrazarme. Él también estaba contento, aunque me pareció algo nervioso.

Hicimos un repaso rápido de nuestras vidas familiares, con esa coletilla hipócrita del aburridas como siempre y con el deseo urgente de superar el trámite formal de las preguntas para pasar a divertirnos como antes. Yo obvié completamente el tema de Diego; él me contó con una sonrisa fugaz que había sacado un nuevo libro. Siempre has tenido más bien pinta de sacar un nuevo disco, le dije. Me gustó reírme, y que él lo hiciera mientras pasaba el brazo sobre mis hombros y yo me dejaba caer en él.

Claro que, por supuesto, yo ya había leído el libro. Pero prefería callármelo como había hecho siempre. Empecé a leerle a escondidas cuando compartíamos la cama. Al principio fue por respeto, por ese afán inútil de tratar de respetar lo incomprensible. Luego fue por miedo, y ahora ya es por costumbre. Estoy segura de que él lo sabe o lo imagina, pero ni pregunta ni se explica. La poesía se ha acabado convirtiendo en un tema prohibido entre nosotros. Los dos sabemos que mis halagos le escuecen en sus culpas.

Hubo un tiempo en el que nos volvía locas a todas. Éramos chicas que querían ser todo lo malas que nos dejara nuestra educación y nuestro padres, pero él no nos tomaba en serio. Fue más tarde y no entonces cuando empezó a hacerlo. Le gustaba que estuviéramos a su alrededor, pero sólo para mostrar ese estilo rabioso, irritante y protector. A veces, aunque lo niegue, se parecía a su padre. En aquella época yo todavía estudiaba en Gijón mientras él paseaba de su brazo a una chica frágil a la que había conquistado a base de preguntas, con ese truco fácil del interrogatorio atento que adoran las mujeres solas. Ella no supo imaginar que a menudo la arrastraría a lugares y estados de ánimos oscuros.

Hasta que ella se hartó de sus crujidos, de sus amagos y del arrepentimiento fugaz. Le echó de casa. Límpialo todo antes de marcharte, dijo.

[…] No quiero otra cosa. Nada más que una como tú. No quiero otra persona. Fíjate lo que te digo. Como tú. Exactamente, exactamente como eres tú. Entonces te vas a dar cuenta de verdad… porque una persona como tú, no la quieres a tu lado. Como tú. Nada más que una como tú. Nada más deseo eso en mi vida. Que cojas una como tú. Y que estéis los dos ahí, todo el día en la cama metidos. Es lo único que deseo. A ver si de verdad soy tan envidiosa como dices que soy … y tan mala… y tan hija de puta…y tan asquerosa…[…]

Como adelantándose a una canción de Nacho Vegas, él se quedó indiferente, no lloró pero se sintió mal. En cualquier caso había mil cosas más por las que llorar, solía decir, yo ya he visto llorar a una madre.

Escúcheme señora, yo,
lo único que puedo garantizarle
es que su hijo ha entrado
vivo aquí; ahora bien,
lo que ya no sé, lo que ya no puedo
garantizarle,
es cómo va a salir. […]

Cuando yo le escuchaba hablándome de Mari siempre acababa teniendo la sensación de que no la había querido nunca, que sólo le tenía afecto y que en el fondo él pensaba que ella lastraba sus días por su empeño en protegerla. A veces sin embargo pienso lo contrario, que la brutalidad de su estado no le permitía mostrarse tan afectuoso como quería. Lo dudo. Él no tenía el cuerpo para querer a nadie, empezando por sí mismo. Puede que se viera divertido, pero él no se quería.

Nosotros nos conocimos de otra forma, mucho más tarde y casi sin preguntas. Y además fue él que insistió tanto arrancarme de la compañía de mis amigas. Lo cierto es que divertíamos mucho, como ese jueves de La Sal, aunque las risas acabaran convirtiendose en una convencional manifestación de una nostalgia un poco patética. Pero no puedo evitar divertirme recordando esos tiempos y además, él se deja llevar.

– ¿Avisaré a mi madre? – le pregunté.
– Espera a mañana – me dijo –. Espera a ver qué pasa mañana, qué te dicen. No la dejes preocupada.
Cuando le di la llave de contacto, las lágrimas arrancaron a la primera.
- Tranquilo – me dijo ella acariciándome la espalda con ternura –. Tranquilo – repitió –. Deja de llorar. No llores más. Ahora ya sabemos por qué eres tan dulce.

Hubo un tiempo en el que todo parecía ir tan bien que hasta le ahorrábamos disgustos a su madre, pero cuando enfermó volvió a cambiar. Empezó a tomarse más en serio, a escribir con orden, a viajar y a guardarse el tiempo para sí. Empezó a sentirse más alegre pero también empezó a tener miedo. Miedo a no tener tiempo. Prefería las comidas a las cenas, los paseos a las infinitas tardes en la cama y empezó alargar las sobremesas para huir de los tugurios. Así nos dormimos pronto y aprovechamos el día mañana, solía decir como si acabara de descubrir el truco definitivo para vivir. Y yo también me acabé cansando. Todavía era joven y me quedaba algo de mala; para mí el mañana, el futuro, estaba siempre aún lejano. Lloró, lloró mucho, aunque en el fondo estoy convencida de que comprendió que había llegado la hora de que él hiciera su camino por sí mismo, y que al fin tenía fuerzas para ello.

[…]
y mientras los abusones de la clase
trataban de cogerme por los pies
y me gritaban que bajara
y me tiraban cosas
yo continué con mi ascensión
y al llegar arriba
al llegar arriba me puse de pie
y eché a correr

Ahora le veo bien, centrado, seguro. Se le nota con ganas. Sin embargo a veces me parece que la alegría no le centra, no le deja mirarse a sí mismo, estar a solas. A veces, sin que jamás me atreva a decírselo, tengo la sensación de que los halagos le llevan a otro estado ánimo, le obliguen a ser como le quieren. Yo prefería cuando a lo sumo me recitaba un poema a regañadientes en la cama, cuando tenía que arrancárselo verso a verso, con toda mi insistencia. Creo que me gustaba más cuando le leía a escondidas sus libretas.

Siempre quedan, Daniel, querido amigo,
ciertas manchas
que no pueden arrancar
ni las mujeres de tu pueblo,
ni las del mío, que dicho sea de paso,
en gran parte, la parte del río, ya no existe.

Me encantaban sus poemas. Como a todos. A nosotras por el encanto inexplicable que tiene el macarra herido. A ellos por ese punto sádico que tienen todos los hombres leídos. Y me gustaba más cuando aún tenía miedo a escribir.

viernes, 2 de octubre de 2009

Una declaración de posturas

Zorros, ciencia, erizos y literatura

David P. Barash y Nanelle R.Barash,

Belacqva, Barcelona, 2009.

La hipótesis, por supuesto indemostrable, que da vida a este divertido libro de los Barash – padre psicólogo, hija bióloga y literata – es que la literatura, o al menos las grandes obras de la narrativa, son intemporales y universalmente famosas porque nos ofrecen historias biológicamente verosímiles. Dicho de otro modo, nos sentimos todos igualmente fascinados por la gran literatura porque en ella subyacen y son sutilmente retratados los aspectos centrales de nuestra biología.

Como hipótesis de partida me sienta bien. Estoy cómodamente tumbado e intrigado por averiguar hasta dónde me conduce, aunque desde los primeros momentos deba resistir la tentación de dejarme enredar por otra pregunta. Si la gran literatura se ocupa de los aspectos centrales de nuestra biología, ¿qué destino les espera a las historias que se centran en la biología complementaria, esto es, en las nimiedades, las excepciones o las diferencias como la locura o la cojera? Para seguir leyendo, debo suponer que esa literatura se quedará pequeña para siempre, chata, coja y muda, marginada en lo anecdótico e ignorada por lo trascendental.

Entre la hipótesis y la pregunta me acabo encontrado con mi habitual escepticismo, avivado en esta ocasión por el hastío que me produce la cada vez más imperante mitificación de la genética, esa que supone que en unos años seremos capaces de descifrar las conductas humanas en términos de la expresión de uno u otro gen, lo que finalmente permitiría listar en un manual de vida el catálogo completo de reacciones químicas asociadas a cada una de las posibilidades de nuestro comportamiento. Soy completamente consciente de que efectivamente es así, que la vida es un proceso químico largo y pesado, pero confiar en nuestra capacidad de hacer una lista completa es una burla.

A la par que avanzo en el libro (un capítulo dedicado a los celos del macho en Otelo, la elección del semental en las novelas de Austen, el complejo de virgen y puta en una novela de Hardy) descubro que el ambicioso proyecto inicial estrecha sus miras, y que todos los casos estudiados sólo se ocupan de la biología de la reproducción. Es entonces cuando me pregunto si el propósito inicial del ensayo se ha convertido, al menos en mi camino, en otro.

Necesito fumar. Dado que al parecer la gran literatura es así de grande por describir de forma verosímil nuestro comportamiento reproductivo, me pregunto si la cuestión debería dejar de ser la verosimilitud de la literatura y convertirse en una disquisición de por qué la literatura alcanza sus cotas más admiradas sólo cuando habla de sexo, parejas y, sobre todo, de los hijos. Siento la quemazón de la colilla entre mis dedos cuando me convenzo de que si todo esto es cierto es urgente que deje de preocuparme por la literatura. En su lugar debería preocuparme por la verosimilitud de la vida misma. Al menos de aquella que yo practico, por horas, fuera de la cama.

Leyendo Zorros, ciencia, erizos y literatura parece que fuera necesario aceptar que el comportamiento de los seres humanos pudiera reducirse a una perpetua reacción a la tensión reproductiva. Pero la reproducción es un proceso biológico tan básico, tan ancestral y universal que nos atañe a todos por igual. Pero lo hace de un modo simple y creer que nos retrata, es una simpleza.

En los seres humanos el impulso reproductivo – el motor único e insustituible de la existencia – requiere que los progenitores cuiden de sus crías hasta que alcancen la madurez suficiente para reproducirse a su vez. Este proceso de maduración es largo y exigente, y requiere de una capacidad sofisticada de adaptación a un entorno heterogéneo, cambiante y escaso de recursos. Nuestra capacidad de adaptación se manifiesta de forma individual y es tan peculiar y exclusiva que se convierte en nuestra historia.

La referencia insistente a nuestros hábitos reproductivos nos simplifica tanto que nos iguala. Nos convierte en estereotipos facilones, que necesariamente gustan a todo el mundo, inclusive en las novelas e independientemente de la virtud de su letra. Sin embargo afrontar la ardua tarea de adaptarse al entorno y conseguir los recursos para llegar a madurar hasta ser fértiles y atractivos; reproducirse y disponer de los recursos para crías a tus crías requiere de un arma compleja, de la biología adecuada.

El azar y el tiempo – la evolución – nos ha ofrecido como arma la inteligencia, o lo que es lo mismo, el lenguaje. Nuestra biología nos da nuestra historia, que desde luego va más allá de nuestro ímpetu fornicador y nuestros gametos. Nuestra biología es principalmente verbo, y los mecanismos del verbo son la literatura, de modo que nuestra biología es necesariamente la literatura y nuestra vida, representación.

Metaliteratura, susurro a solas al apagar la luz. Para sobrevivir no necesitamos disponer de universales, son tan simples que se convierten en obvios; pero sí necesitamos el potencial de vivir la representación ajena, de robar y experimentar sus vidas. Ahora bien, si lo que buscamos es algo verdaderamente humano, algo que nos afecte y nos emocione por igual es necesario que renunciemos a las sutilezas. Ese humanismo – el de los universales – hay que buscarlo en el bajo vientre, justamente donde lo escondemos.

Esta noche es el alivio el que da paso al sueño. La declaración universal de los derechos del hombre debería ser un ejemplar del Kamasutra.