La isoportable levedad del serMilan Kundera
Tusqueta, Barcelona, 1997
No había leído el libro de Kundera y de repente me entraron unas enormes prisas por hacerlo. Me apetecía aprender rápidamente la historia que ella había decidido compartir conmigo y decidí que leería el libro lo más rápido posible, tratando de enterarme de todo pero sin recrearme en tomar notas o decorar las páginas con post-it’s. Además aproveché mi inmovilidad para encerrarme unos días en casa.
A los que me incordiaron les mentí con falsos planes para todo el fin de semana. Hice viajar a un amigo imaginario desde Palma para cenar, comer y romperlo todo, sólo para ocultar que me quedaba en casa leyendo. Creo que no se dieron cuenta.
Sin embargo, a pesar del aislamiento no consigo concentrarme. Estoy nervioso pensando en qué podré comentar del libro, y como tengo que leerlo tan rápido necesito buscar un hilo argumental sencillo. De pronto encuentro las ciudades de La insoportable levedad del ser.
Zurich: La primera vez que visité Zurich, creía estar enamorado de una valkiria que no me hacía casi caso. Creo que en algún momento ella se quedó hechizada con mi labia, pero no tardó demasiado tiempo en figurarse lo que se aburriría. Íbamos de camino a Praga y allí descubrimos que con un solo polvo era suficiente. Dolió pero no habría vuelta atrás.
Tomás y Teresa, los protagonistas centrales de la novela, hicieron ese mismo viaje, y cuando llegaron a Praga también supieron que no habría vuelta atrás. Habían vivido exiliados en Suiza huyendo del totalitarismo y de las mujeres. Pero una vez allí se dieron cuenta que Ítaca no existe y, miedosos por quedarse y descubrirlo, decidieron volver a Praga. Dolió y dieron la vuelta atrás.
Praga: Una vez en Praga sólo encontraron salida por el camino del aislamiento, protegiéndose, escudándose de todos los ideales y las ilusiones rotas del pasado, de sus debilidades y de su recién descubierta falta de respuestas. Buscaron cobijo hasta encontrar el vientre materno, allí donde el amor es puro y solitario.
Yo sin embargo disfruté muchísimo de Praga aquella vez que me colé en el viaje que D y M habían decidido hacer a solas. La valkiria no me había dolido tanto, y en aquel momento me resultaba imposible pensar en que pasara un día sin acostarme con D. Cogí una mochila y un hotel cutre y de pronto me encontré pasando diez días durmiendo y follando en un colchón tirado en la entrada de la habitación. M estaba molesta, sola en su cama, celosa hasta el punto de abandonarnos.
Claro que la Praga que yo conocí no tiene nada que ver con la que vivieron Teresa y Tomás. Cuando yo fui ya no se veía rastro alguno de los tanques rusos, ni había hombres con cazadora negra de piel haciendo fotos, no había policía social, ni espías ni delatores. Cuando yo visité Praga todavía creía saber qué era el bien y el mal pero no tanto como se creía en 1968, y además no le importaba a nadie lo que hiciera. Cuando Tomás y Teresa llegaron a Praga el bien era verdadero, violento y tenaz. No había alternativas, sólo existía la marcha hacia el Bien Comunista.
Tengo que saltarme algúnos párrafos del libro, como los de la explicación freudiana que hace Kundera de la necesidad de Tomás de andar de cama en cama, con la que discrepo hasta molestarme.
Ginebra: Cuando el amor se acaba uno puede sentirse liberado. Pero en muchas ocasiones uno se siente perdido. Cuando se te acaba el amor por el Bien totalitario uno se siente necesariamente perseguido. Algunos necesitan protecciones cuando se les acaba el amor. Para los perseguidos no existen protecciones. La única protección es desaparecer.
Cuando llevaba dos meses en Ginebra, D se había esfumado y yo me había puesto una tirita. La pasión científica estaba casi liquidada así que me había quedado ya sin arte ni orden. Acudí a una fiesta de cumpleaños en una iglesia y allí había una chica inglesa guapísima. Venía de visita con un maño borracho que sólo disfrutaba del jaleo a su alrededor así que hablé con ella casi toda la noche fascinado. Me estremecía cada vez que acercaba su cara al hablarme y no sé cómo conseguí resistir que me pusiera el brazo sobre el hombro. Olvidé su nombre pero no olvido el abrazo que usó para despedirme y decirme que tuviera cuidado de mí mismo. Me sentí triste y débil, siempre agraciado por una falsa buena suerte.
La vida siguió sin tener ningún sentido, pero se había hecho más real. Electrizado por el deseo, estaba listo para volver a errar. Volver a sentir el privilegio y la reprobación, una vez más, la levedad y el peso.
Teresa y Tomás, sobre todo Teresa, necesitan que el amor lo explique todo. Y que la explicación sea tal límpida que les libere de sus miedos. A Teresa de su madre y a Tomás de sus misiones. Pero la explicación no llega nunca y es más conveniente protegerse. Huir:
Desde la ventana se veía la ladera en la que crecían los cuerpos retorcidos de los manzanos. En la ladera el bosque cerraba el horizonte y la línea de montes se extendía en la lejanía. […] Los manzanos retorcidos crecían en la ladera y ninguno de ellos podía abandonar el sitio en el que había crecido, al igual que Tomás y Teresa nunca podrían ya abandonar este pueblo.
No busquemos respuestas del amor. Ni tampoco belleza. Es una mera casualidad que ni nos dignifica ni nos degrada. La serie de casualidades de las que emerge el amor sólo adquieren belleza a posteriori. Pero con la flecha del tiempo de cara no significan nada, son fruto de nuestra apetencia, deseo o necesidad y del azar. Somos los únicos animales que necesitamos explicarnos el pasado.
La vida humana acontece sólo una vez y por eso nunca podremos averiguar cuáles de nuestras decisiones fueron correctas y cuáles incorrectas. En la situación dada sólo hemos podido decidir una vez y no nos ha sido dada una segunda, una tercera, una cuarta vida para comparar las distintas decisiones.
Usamos nuestra rebeldía como coartada a nuestro egoísmo. Nos declaramos diferentes, iconoclastas o rebeldes, simplemente para explicar nuestra necesidad de ser impulsivos y caprichosos, y nuestra incapacidad para renunciar a lo que nos apetece. Nos adornamos con rasgos de carácter para no parecer animales.
Yo por ejemplo he decidido ser un buen chico. No soy rebelde, procuro ser educado y generoso, incluso a veces soy obediente. Sin embargo también sé que soy egoísta y necesito hacer lo que me dé la gana, sin explicaciones ni excusas, sólo por mi egoísmo. Pero quizás esté equivocado y haya algo más que no logro vislumbrar. Quizás también el egoísmo sea otro coartada. Otro ladrido.



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